Capítulo 2

El amor que sentía hacía Jace era algo que había formado parte de él desde que tenía uso de razón. Quererle era estaba dentro de su ser. Durante años, el vínculo que les unía había sido el principal motivo de Alec para seguir adelante. Para enfrentarse a una vida en la que, cada paso, cada decisión tomada, estaba escrita para él de antemano. Sabía quién era, cuál era su camino, y junto a quién debía recorrerlo. Era un cazador de sombras, era el parabatai de Jace. Se sentía completo.

Al menos eso creía hasta que conoció a Magnus.

Solamente una persona había sido capaz de desviarle de ese camino, de eclipsar esa devoción que sentía por su hermano y sustituirla por un amor que nada tenía que ver con la fraternidad, y esta era el gran brujo de Brooklyn.

Magnus le dio la esperanza de la libertad. Le enseñó que podía decidir quién era. Que no debía conformarse con el futuro que estaba escrito para él. Juntos, reescribirían la historia de ambos.

Después de arriesgarlo todo: su carrera como cazador, las relaciones con su familia, su apellido, su corazón… ser consciente de que nada de aquello era verdad le destrozó por dentro; oscureció su alma y desdibujó su camino; haciéndolo incierto y peligroso.

Por ese motivo, movido por las tinieblas que reinaban en su interior, cumplió su amenaza en cuanto salió de la sala en la que se reunían. Alec abandonó el instituto y contactó con la Clave para informarles del paradero del traidor Magnus Bane.

Cuando regresó a las instalaciones del cuartel general de los Cazadores de Sombras, supuso que el brujo ya no se encontraría en ellas para entonces. Lo prefería así. Gracias a su lealtad, la Clave permitiría que fuera él mismo el encargado de darle caza de nuevo. Estaba seguro. Contaba con ello.

Los Lightwood, en cambio, estaba convencido de que no habrían abandonado el que era su hogar; Maryse podía ser muchas cosas, pero no era una cobarde. Aguardaría a la llegada de los miembros de la Clave y daría la cara ella misma en su propia defensa. Se moría de ganas de verla humillarse para excusarse.

A quien no esperaba encontrar tampoco en el instituto, era a Jace. Creyó que se habría marchado con Clary y el resto de los seguidores de Magnus el traidor. Pero se llevó una desagradable sorpresa cuando traspasó las puertas de la sala de entrenamiento y le vio conversar con otro cazador; se preparaban para realizar una práctica de Kendo. Y se comportaban como si nada hubiera sucedido; como si todo continuara como siempre y ese no fuera más que otro día de adiestramiento cualquiera en sus vidas.

Rebosante de furia, Alec se acercó hasta ellos y obligó al muchacho que hablaba con Jace a marcharse.

—Largo—rugió, con una convicción que no dio lugar a que el cazador se negara a lo que pedía.

—Lo siento, Mike—se disculpó Jace, mirando al muchacho mientras se alejaba—. ¿También has perdido la educación, hermano?—preguntó, cruzándose de brazos; esta vez concentrado en Alec.

—No me llames así—replicó este, con desprecio—. ¿Qué haces aquí? Creía que estarías escondiéndote con tu amigo el brujo.

—No hay motivo para esconderse—afirmó su parabatai, apenado por el tono de desdén con el que le hablaba—. Alec, tenemos que hablar. Deja que te explique…

—No hay nada que hablar. No hay nada entre tú y yo que sea digno de mención. No puedo anular el vínculo que existe entre ambos por mi propia salud, pero sí fingir que no existe. No lo necesito. Dime, ¿a qué te refieres con que no hay motivo para esconderse? Has traicionado a la Clave. Has ocultado información valiosa. Serás juzgado junto al subterráneo.

El pecho de Jace dolía por la presión que sentía que lo aplastaba. Cada palabra de su hermano, era una daga envenenada directa a su corazón.

—No va a haber juicio, Alec. Magnus no va a ser juzgado por la Clave. Ni yo tampoco. Al contrario, la Clave nos ha pedido que encontremos a Valentine y la Copa, y que acabemos con este asunto de una vez por todas.

—Mientes otra vez—tragó con fuerza, esperaba que así fuera—. Parece que se está convirtiendo en una fea costumbre.

Jace no dijo nada, se mantuvo en silencio, observándole cómo si tratara de disculparse por algo. Desvió su mirada de su hermano, dirigiéndola al fondo de la sala. Alec la siguió y contempló a Lydia Branwell conversar acaloradamente con su hermana Isabel.

Un mal presentimiento se apoderó del mayor de los Lightwood.

Alejándose del otro cazador, caminó hasta las dos mujeres.

—Dime que no es cierto—pidió. No miraba a Izzy, sino a Lydia.

—Ven conmigo. Aquí no—la enviada de la Clave caminó en dirección a un despacho en el que poder hablar con él en privado.

—Alec…—Isabel llamó su atención, pero su hermano la ignoró y siguió a la cazadora.

— Dime que no es cierto—volvió a pedir, una vez a solas en el interior de ese despacho.

—Me temo que no puedo hacer eso—contestó Lydia. Parecía disgustada.

Alec le dio la espalda un instante, llevándose las manos a la cabeza y luego dejándolas caer de forma brusca.

—Cuéntame qué ha pasado—pidió, frustrado; volviéndose de nuevo hacia ella—. Creía que la Clave…

Lydia bajó la mirada. Ahora había tristeza en sus ojos. Alec podía verla. La conocía mejor que nadie en toda la sede de los Cazadores de Sombras. Le debía mucho. Sabía que había sufrido tanto como él para poder recobrar la confianza de la Clave, y por su forma de desviar la mirada, podía entender que había sucedido algo que la estaba martirizando.

—Jocelyn Fray. Eso ha sucedido—aclaró la cazadora—. Su recuperación ha resultado ser una lacra para nosotros. Sus contactos en la Clave son más sólidos de lo que pensábamos. Ha convencido al nuevo inquisidor de que ella tenía conocimiento del plan de Magnus. De que los Lightwood fueron los que lo idearon todo. Como prueba de…

Alec dejó escapar una risita irónica.

—Como prueba de su lealtad—finalizó por ella.

—Ahora la Clave cree que tu madre controlaba a Magnus Bane a través de Jace. Que juntos buscaban un modo de destruir la copa mortal y capturar de una vez por todas a Valentine. Y que lo han mantenido en secreto por el bien de todos.

—Así que, no solo no van a juzgarles, sino que además es posible que les den las gracias por traicionarnos a todos—Alec no podía creer lo que estaba sucediendo.

Lydia podía ver su frustración aumentar por momentos. La rabia en su interior reflejada en sus ojos.

Se acercó a él. El cazador de nuevo le daba la espalda. Acarició uno de sus hombros y le obligó a darse la vuelta para mirarla.

—No hay nada que podamos hacer, Alec. Lo siento—afirmó, con dulzura y candidez en su voz—. Las órdenes son ayudar a Jocelyn y a Magnus Bane a dar con el segundo brujo para intentar encontrar la Copa y destruirla. Además de capturar a Valentine Morgenstern con vida.

Alec negó. Su garganta se estrechaba, haciendo que notara que su nuez de Adán se moviera lentamente a través de su laringe.

—No puedo hacerlo, Lydia—confesó—no puedo…—apretó los dientes, incapaz siquiera de pronunciar las palabras. No podía trabajar al lado de las personas que le habían traicionado. Aunque fuera por el bien de la sociedad de Cazadores de Sombras. Por el bien de la humanidad.

Lydia deseó no tener que darle la información que restaba a la que ya había compartido con él.

—Hay algo más—pronunció esas palabras casi con miedo. Se sentía como si se sumara a la larga lista de personas en las que confiaba y que le había defraudado.

Alec frunció el ceño.

— ¿Qué?—no le gustó su expresión.

—Vuelvo a Idris, Alec. Tu madre me ha pedido que abandone el instituto. Jocelyn y ella comparten su gestión a partir de hoy por orden expresa del Inquisidor. Maryse y ella han puesto a Jace al cargo de la misión. Todos los cazadores han de obedecer sus órdenes.

"Incluido tú" era lo que iba implícito en esa frase. Alec lo sabía. Entendía lo que Lydia trataba de decirle: me quitan de en medio. Se llevan a la única persona que puede apoyar tus convicciones. Te quedas sólo. Sólo contra ellos.

Fue tal la furia que se apoderó del cazador que no se sintió capaz de decir nada, arremetió en su lugar contra los muebles del despacho; volcó las sillas, volteó la mesa y esparció todos los papeles que había en ella.

Lydia no se sintió con ánimos de interponerse en su camino. La expresión de su rostro le congelaba la sangre en las venas.

En ese estado de locura abandonó Alec el despacho, dirigiéndose de inmediato hacia la sala de entrenamiento. Jace se adiestraba allí con Mike en esos precisos momentos.

En cuanto le vio aproximarse; despojándose de su chaqueta de cuero y tirándola al suelo, y desprendiendo odio con la mirada fija en Jace, Mike lanzó su palo al aire en su dirección para que lo cogiera; sus intenciones eran fáciles de adivinar.

—Alec, ¿qué haces?—la pregunta de su hermano quedó en el aire.

No tardaron en chocar sus sables de madera. En resonar con fuerza en toda la sala.

—No te bastaba con traicionar a tu parabatai. Sentías la necesidad de humillarme—reprochó el mayor de los cazadores.

—Te equivocas, Alec—se defendió el Nefilim, respondiendo a su agresión—. Nada de lo que hemos hecho ha sido por herirte. Al contrario.

—Claro, por eso te has asegurado de dejarme sólo. De que tenga que cumplir tus órdenes para no ir en contra de las de la Clave. Me despojas de la poca dignidad que me queda, ¿cómo te sientes? Siempre has querido destacar, estar por encima de los demás, la dicha debe ser indescriptible.

Jace trataba de contrarrestar los golpes sólo con movimientos defensivos, pero su hermano no le dio lugar a hacerlo durante mucho tiempo. Sus golpes eran tan severos y cargados de necesidad de dañar, que tuvo que responder a ellos como si luchara con un enemigo.

—Eso es lo que no entiendes, Alec. Tú no estás sólo.

Tras el primer golpe del bokuto contra las costillas de Alec, Jace creyó que este se retractaría, que aflojaría la intensidad con la que le atacaba.

En lugar de eso, el dolor que le atravesó le hizo luchar con más furia. Hizo varios movimientos rápidos que desarmaron a Jace y le hicieron caer al suelo.

—Sí, lo estoy—fue todo lo que dijo, antes de comenzar a golpearle sin descanso—. ¡Estoy sólo! ¡Sólo!

El bokuto de Alec golpeó su cuerpo una y otra vez hasta que alguien se aproximó por detrás de él y le obligó a separarse de su hermano; su cuerpo impactó contra la pared.

Al menos eso era lo que él creía que había sucedido, que alguien le estaba sujetando. Pero entonces se dio cuenta de que nadie le tocaba. Miró hacia la entrada: de pie frente a ellos, con la mano alzada, Magnus Bane utilizaba su magia para detenerle. A su lado, Izzy le miraba horrorizada, tapándose la boca con una mano.

Alec dirigió su mirada al suelo, hacia donde estaba Jace, tendido y ensangrentado, con Clary agachada a su lado, comprobando sus heridas.

Rememoró la noche de la desaparición de Magnus, cuando vio a su hermano tirado en el suelo en un estado semejante. Aquel día sintió un miedo terrible a perderle al verle herido. Ahora, esas heridas se las había infligido él.

—Suéltame—susurró, volviendo en sí sumido en una extraña conmoción.

Magnus no obedeció enseguida, se acercó hasta él y le miró a los ojos.

El brujo vestía de nuevo del mismo modo peculiar que solía hacerlo, con una casaca azul abierta en la zona del pecho y un pantalón negro. Su cabello había sido cortado y peinado de punta, y su barba recortada. Pero no en su totalidad, la leve capa de pelo que quedaba en sus mejillas le daba un aspecto más serio y mayor. A pesar del cambio, continuaba habiendo una profunda tristeza en sus rasgados u oscuros ojos marrones.

—Este no eres tú, Alexander—afirmó, moviendo la mano hasta la mejilla izquierda del cazador, y acariciando un arañazo que el sable de madera había dejado en esta.

Alec cerró los ojos ante su contacto; seis meses odiándole, y un leve roce había bastado para devolverle el recuerdo de aquello que sentía cuando le tocaba.

Por un momento, Magnus creyó que se había tranquilizado.

—Alexander…—susurró, pronunciando su nombre con un tono derrotado y arrepentido que hizo que le diera un vuelco el corazón.

— ¡Suéltame!—gritó el Nefilim, demostrándole que se equivocaba. Sus palabras, su voz, lejos de tranquilizarle, le exaltaban aún más.

El brujo hizo lo que deseaba, aflojó el agarre que su magia tenía sobre él, y le dejó marchar.

—No vuelvas a tocarme—advirtió Alec, acercándose a Magnus hasta susurrarlo a su oído—. Nunca—finalizó, mirándole durante unos instantes a tan corta distancia de su rostro.

El brujo hubiera deseado poder besarle y demostrarle de ese modo lo mucho que le quería; lo mucho que sentía el dolor que le había infligido su decisión de enfrentarse a Valentine dejándole al margen. Pero sabía que, en esos instantes, tratar de llegar hasta el fondo de su corazón, habría sido como tratar de no ahogarse en un profundo océano de desesperación.

Alec se apartó de él y dio una patada al bokuto arrojado a sus pies, cogió su chaqueta de cuero del suelo, y salió de la sala sin mirar atrás.

—Dale tiempo—escuchó decir el brujo, a su espalda; mientras observaba angustiado como el joven cazador al que amaba se alejaba.

Magnus sonrió con tristeza.

—Tiempo es todo lo que puedo darle ahora mismo—contestó a Isabel, vencido—. Pero jamás aceptará mis disculpas.

Volviendo a la cruda realidad, Magnus se acercó a toda prisa hasta donde estaba Jace, se agachó a su lado y comprobó sus heridas. Los golpes habían causado contusiones en sus costillas, pero no era nada que una runa, o su propia magia, no pudiera arreglar.

—Se pondrá bien—afirmó, mirando a Clary para que esta dejara de preocuparse—. Estas heridas duelen más en el alma que en el cuerpo, querida. Te lo aseguro.

Jace le miró comprensivo. Sus palabras no podían ser más acertadas.

A pesar de que le dolía todo el cuerpo, de que sus costillas ardían como el fuego del infierno y le dificultaban la respiración, lo que más le dolía de ese enfrentamiento era pensar en las palabras de Alec. En el convencimiento de su hermano cuando decía que le habían dañado de forma intencionada.

— ¿Qué…—le costaba hablar a causa del dolor—¿Qué vamos a hacer, Magnus?—preguntó, hundido.

El brujo suspiró, tan consternado como él.

—No lo sé, querido. No sé si hay algo que se pueda hacer. No hay nadie en quien él confíe ya.

Pero se equivocaban, había alguien que sí podía volver a poner a Alexander Lightwood de vuelta en el camino correcto.

O, al menos, alguien que pudiera darle una pista de cómo volver a encontrarlo.

Alec cogió su arco y sus flechas y salió en estampida del Instituto. Caminó por la ciudad en dirección oeste y no se detuvo hasta llegar al bosque.

Durante un tiempo indefinido, afinó su puntería y dejó la mente en blanco. Obviando todo y a todos los que existían a su alrededor.

Simon era la última persona a la que Alec habría deseado conversar en un momento como ese. Encontrarse con él en el bosque, fue una extraña coincidencia en un día que no parecía sino poder empeorar a cada minuto que pasaba.

— ¿Qué haces aquí, mundano? ¡Lárgate!—le instó, desagradable; como lo había sido siempre con él.

Simon no se amedrentó, como hubiera hecho un tiempo atrás, sino que se acercó y, aprovechando la rapidez que le daba ser ahora un vampiro, le robó una de sus flechas del carcaj y comenzó a juguetear con ella en sus manos.

—Ya no soy un mundano, Alec Lightwood—recordó—deberías tenerlo en cuenta. Soy un vampiro. Y este territorio está cercano a mi guarida, vengo aquí a menudo. Es a ti a quien no suelo ver frecuentarlo. ¿Demasiada gente en el instituto?—preguntó, sarcástico.

—Soy un Cazador de Sombras, Simon. Matar a gente como tú es mi trabajo. Arrancarte la cabeza sería cómo archivar papeleo en un día cualquiera en la oficina. No me tientes—cargó una flecha y la disparó contra su objetivo: un árbol a doscientos metros de distancia; acertó justo en el centro.

El vampiro se rio.

—Tiene que ser una putada eso de no ser el niño bonito del instituto, ¿no? Que Jace esté al mando y las cosas se muevan sin que tú: su amadísimo parabatai—dijo con sarcasmo—seas necesario para él. Eso debe estar carcomiéndote por dentro. Jode que te quiten de en medio, ¿eh?

Alec disparó una flecha contra él tan rápido, que Simon no tuvo tiempo de agarrarla. Le atravesó la mano con la que jugueteaba con la flecha que le había quitado minutos antes.

—Dímelo tú, vampiro—se mofó el Nefilim, sabía que eso no le mataría, pero dolería lo suficiente como para advertirle que no volviera a intentar chulearle—. Desde que Jace apareció en tu vida, para Clary no eres más que un segundón.

Simon volvió a reírse. Se arrancó la flecha de la mano sin pensarlo; aguantó un quejido de dolor por no darle la satisfacción de escucharle sufrir.

—Sabes, en otro momento, eso me habría dolido—confesó—. Pero ya no. Ahora sé que le importo.

Esta vez fue Alec quien se carcajeó.

—Claro. Si con eso duermes mejor—y continuó dirigiendo flechas al árbol.

—En realidad, yo ya no duermo. Pero sí, si lo hiciera… seguro que lo haría muy bien—Simon se acercó a Alec, parándose justo a su lado, observándole disparar mientras hablaba—. Estuve enfadado un tiempo, como tú. Pero ahora he entendido que todo lo que hizo, fue porque me quiere. Aunque no sea del modo en que yo quisiera. En el que ama a Jace.

El Cazador de Sombras bajó la flecha que tenía preparada, y le miró a los ojos. Había suspicacia en su mirada. Notaba como si el vampiro tratara de decirle algo.

—Camille introdujo la sangre de vampiro en mi organismo, Alec—prosiguió Simon, ante su silencio; mirándole con una seriedad en sus ojos castaños que nunca antes había visto—. Mi destino era morir. Clary no supo afrontar esa perdida. Mi muerte. El solo pensamiento de perderme dolía tanto, que la empujó a hacer algo por lo que podría arrepentirse toda la vida. Por lo que yo podría no perdonarla jamás. Prefería darme una vida, por diferente y dura a la mía que fuera, a verme morir.

Alec bajó la mirada hasta la flecha que tenía en su arco, acariciando la punta con sus dedos. De pronto no podía soportar el convencimiento con el que Simon le observaba y hablaba.

— ¿Qué tratas de decirme, vampiro?

Simon se acercó un poco más a él. Se inclinó y le miró desde abajo, colándose en su campo visual.

—Que tú y yo no somos tan distintos como pensabas, Alec. Es hora de que te des cuenta.

Se apartó un poco del cazador y le dio la espalda. Todo lo que había venido a decir ya estaba dicho. Comenzó a caminar, alejándose de él.

—El Dumort queda muy lejos de aquí, novato—puntualizó el Nefilim—y sé que estás viviendo con Rafael. Es tu mentor ahora.

— ¿Qué tratas de decirme, cazador?—preguntó el vampiro, guasón; volviéndose a mirarle y deteniendo su retirada un instante.

—No estás aquí por casualidad. Has venido a buscarme. ¿Por qué? ¿Qué quieres de mí?

Una última sonrisa de Simon.

—Sólo he venido a enseñarte de nuevo cuál es el camino correcto, Alexander. Sólo eso. Alguien tenía que hacerlo. Y yo era el más indicado.

Y desapareció de su vista del mismo desconcertante modo que había aparecido.

El teléfono móvil de Alec sonó en su bolsillo interior de la chaqueta. Era un mensaje de texto de Jace.

—Merlion. Instituto. 1 hora—era todo lo que decía cuando lo leyó.

No necesitó más información para saber que trataba de convocarle a esa reunión porque habían encontrado un modo de hallar el nuevo paradero del ex cazador de sombras. O, al menos, una pista sustancial al respecto.

Miró la pantalla del teléfono durante unos minutos, pensando en cuál debía ser su decisión.

¿Debía acudir a esa reunión y darle la satisfacción de ser sólo un segundón a sus órdenes?

¿Debía dejarles crees que era tan fácil manipularle? ¿Traicionarle sin sufrir las consecuencias?

No. No podía hacerlo.

Pero, al mismo tiempo, si no acudía, dejaba a un lado sus obligaciones como Cazador de Sombras. Y no podía permitirse defraudar a la Clave. No después de todo lo que había ocurrido. De lo mucho que le había costado que sus compañeros cazadores volvieran a tomarle en serio tras su espectacular salida del armario; ser gay era algo que no estaba bien visto tampoco entre los Nefilim. Mucho menos cuando el objeto de deseo resulta ser un brujo. Un indigno subterráneo.

Puso el teléfono en modo de vibración, y lo guardó de nuevo en su bolsillo. Alzó el arco con una flecha preparada, respiró profundamente y la dejó escapar; la rabia que sentía fue canalizada a través de su brazo hasta la punta de la flecha. Cuando esta atravesó la madera del tronco de su objetivo y se partió por la mitad, Alec no podía parar de pensar en una frase concreta de de Simon: "El solo pensamiento de perderme dolía tanto, que la empujó a hacer algo por lo que podría arrepentirse toda la vida".

¿Y si el vampiro tenía razón?

Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de centrarse. Todo lo que consiguió a cambio, fue ver el rostro de Magnus perfectamente dibujado en su mente.

¿Qué pasa, Alec?—se dijo—. ¿Crees que tiene razón? ¿O es que quieres… que tenga razón?

—Eres patético—se recriminó, en voz alta. Levantó el arco de nuevo y se dispuso a disparar.

En su bolsillo, el teléfono volvió a vibrar. Esta vez, decidió no prestarle atención.

Cuando Simon apareció en el interior del instituto, junto a la cama con dosel situada en la habitación de Isabel, esta le miró con expectación.

— ¿Está hecho?

—Está hecho—contestó él. Se sentó sobre la cama, dejándose caer hacia atrás—. Y, debo confesar, que le ha costado pillarlo mucho menos de lo que esperaba.

—Te lo dije—sentada a su lado, la cazadora sonrió esperanzada mientras se colocaba unas botas de piel de color negro que le llegaban hasta las rodillas—no se ha desviado del camino tanto como creéis, solo trata de canalizar el dolor de la manera incorrecta.

—Izzy—se incorporó de nuevo en la cama y la miró ladeado—lo siento. Tenías razón.

— ¿A qué te refieres?—preguntó, curiosa.

—A lo que hablábamos ayer. He podido sentir su frustración. Su dolor—aseguró el vampiro, conmovido. Se acarició la mano que la flecha del cazador había atravesado; ni siquiera le guardaba rencor por ello—. A pesar de todo, no es oscuridad lo que hay en su interior. Es sólo aflicción. Un pesar tan profundo que le engulle y no permite al Alec de verdad salir a la superficie. Pero está ahí, Izzy… lo he sentido.

Isabel llevó una de sus manos hasta la de Simon, entrelazando sus dedos. Se observaron con cariño unos instantes, hasta que la cazadora acercó su rostro al del vampiro y le besó con suavidad.

—Sólo hay una cosa que no entiendo—aclaró él, cuando se separaron; acariciando con la otra mano la mejilla de Isabel.

— ¿Qué?—preguntó ella, el estremecimiento que su beso le había provocado todavía recorría su espina dorsal de un modo placentero. Se dio las gracias a sí misma por haber dejado a Simon entrar en su vida tres meses atrás. Y en su alcoba, por supuesto. Sólo esperaba que nadie se percatara del encantamiento que usaban para que el vampiro pudiera entrar y salir del instituto sin que nadie se percatara de ello.

—Siente que está sólo. Y, ¿sabes? entiendo ese punto de vista en cuanto a Jace, está dolido por haberle ocultado lo de Magnus. Y en cuanto a tus padres también, la verdad. No es que hayan sido los padres del año… Pero, ¿y tú? ¿Por qué te mantiene a ti alejada de él? Eres todo lo que tiene. Tú siempre le has apoyado. Y sé que él te quiere más que a nada. Lo ha demostrado con creces desde que le conozco.

Isabel sonrió ante esa afirmación. Una sonrisa que en seguida se llenó de tristeza.

—Porque trata de protegerme—aseguró, completamente convencida de ello.

— ¿De qué?—preguntó, confuso.

—De sí mismo—afirmó ella—. Siempre lo ha hecho, desde que éramos críos. Cuando estaba enfadado, se mantenía alejado de mí. De otro modo, sus represalias siempre acababan afectándome.

—Quien bien te quiere, te hará sufrir—relató Simon. Isabel le miró con una ceja alzada—. Es un viejo refrán mundano—explicó; en ocasiones olvidaba que ya no era uno de ellos—. Significa que quien realmente te quiere te hace sufrir. Nuestros actos y palabras repercuten más en aquellos que nos importan.

La Cazadora dejó caer su cabeza sobre el hombro del vampiro.

—Por una vez, estoy de acuerdo con las extrañas costumbres de los mundanos.

Simon suspiró profundamente, solo esperaba que su intervención hubiera servido de algo. Que Alec pensara con claridad en lo sucedido, y se diera cuenta de que no estaba sólo. De que había personas que le amaban, a las que les importaba. Al igual que lo había hecho él.

Todos se paseaban a un ritmo desenfrenado por el Instituto. La noticia del posible hallazgo del paradero de Valentine Morgenstern hacía que cada Cazador de Sombras quisiera estar preparado para el momento en el que Jace diera la orden y le convocara a la batalla.

Aguardando la llegada del Seelie, Meliorn, y su valiosa información, Magnus se mantenía al margen de todas esas personas. No deseaba el contacto con otro ser vivo que no fuera Alec Lightwood hasta el fin de sus días. De modo que, al ser imposible cumplir ese deseo, prefería malgastar su ilimitado tiempo en soledad.

Sabía que Alec había abandonado el Instituto tras lo sucedido en la sala de entrenamiento, quizás ese era el motivo por el que se había aventurado a colarse en su habitación para obtener esa ansiada soledad.

Magnus se acercó a la cama del cazador, acariciando las sábanas con la punta de los dedos, suspiró al notar su contacto. Podía percibir su olor: olía a temor, tristeza y furia. Y bajo todo ese dolor, se hallaba su verdadera esencia: dulce, tímida, pura.

Cada momento compartido con Alec pasó por su mente en esos instantes.

Recordó el día en que hirieron a Luke Garroway. Rememoró cómo el Cazador le ofreció que tomara de él todo lo que necesitara para tener la energía necesaria para ayudarle. Sus manos entrelazadas, la fuerza vital de Alec atravesando su cuerpo, haciéndole sentir por primera vez que podía palpar la conexión que sabía que existía entre ellos.

Esa visión fue sustituida enseguida por aquella en la que le veía observarle con perspicacia, la primera vez que tuvieron un minuto a solas. Aquel día, horas más tarde, en su propio apartamento. Alec sujetaba el coctel que le había ofrecido y preguntaba el por qué había querido verle precisamente a él; Magnus sonrió divertido al recordar su mueca de disgusto al dar el primer sorbo a esa bebida.

—Como un lienzo en blanco deseoso de ser pincelado…—susurró.

Percibió, al pensar en ello, la dulce calidez que se instauró en su bajo vientre la primera vez que vio el torso desnudo del cazador de sombras. Aquel día en la sala de entrenamiento del Instituto, deseo de hacerle saber con un beso aquello que no podía evitar sentir por él.

Un beso… ese beso. Aquel con el que se sellaron sus labios por primera vez, fue el siguiente recuerdo que se dibujó en su mente. Los rosados, mullidos e inexpertos labios de Alec chocando contra los suyos, los suspiros de excitación, la forma en la que su boca se abrió, dándole acceso, cuando se dio cuenta de que Magnus quería profundizar el contacto. Que deseaba más de él.

Esa imagen le ayudó a no perder la cordura durante cada instante que Valentine pasó torturándole.

Todo aquel sufrimiento con la única intención de mantenerle a salvo. Y lo único que había conseguido finalmente con ese acto de valentía, había sido alejar de su lado a la persona por la que lo realizó.

Estaba tan absorto en sus pensamientos, que ni siquiera le escuchó entrar en la habitación.

— ¿Qué haces aquí?

Su voz profunda y su tono severo, eran inconfundibles.

Magnus cerró los ojos un instante. Después los abrió y se volvió a mirarle a la cara. Alec estaba junto a la puerta, con su carcaj colgando de su espalda, y su arco en la mano izquierda.

—Supongo que ninguna excusa sería lo bastante buena para ti, Alexander—afirmó el brujo—de modo que no perderé el tiempo en darte una. ¿La verdad? sólo buscaba soledad.

— ¿En mi habitación?—su ceño estaba fruncido, y su tono era de incredulidad. Se aproximó hasta la cama; por el lado contrario al que se encontraba Magnus, se descolgó el carcaj, y lo colocó, junto al arco, encima del colchón; no dejó de observar al brujo un solo instante.

—Eras la única persona por la que habría sacrificado complacido esa soledad, Alexander. Deberías saberlo.

—Hay muchas cosas que debería saber, Magnus. ¿No crees?

¿Sarcasmo?pensó el brujo. Aguardaba una respuesta más hiriente en su lugar. Entonces tuvo un fugaz sentimiento de comprensión.

— ¿Debo asumir, por el simple hecho de que no me estés gritando o golpeando sin descanso como a tu hermano, que la curiosidad ha sustituido a la rabia y has decidido que quieres hablar de ello?

— ¿Hablar de ello?—Alec fingió una sonrisa irónica—. Lo haces parecer un asunto sin importancia. En lugar de…

—No—le interrumpió Magnus, acercándose rápidamente hasta donde estaba—no pretendía hacer que sonara de ese modo. Por supuesto que importa, Alexander. He pensado mucho en…

Esta vez fue el Cazador el que evitó que continuara hablando.

—Da igual. Te equivocas. No... No tengo tiempo de hablar de ello. Necesito una ducha antes de la reunión con Meliorn—el brujo le miró entristecido, y Alec se odió por dudar; por haberse mostrado débil. Eso era precisamente lo que no quería continuar siendo, ese crío débil que tanto había sufrido por él. Pero no podía evitarlo, todo su ser se estremecía por la cercanía de Magnus. Y eso le hacía sentir un miedo indescriptible; a rendirse; a perdonarle sin darle su merecido.

—Alexander…—trató, pero le otro no le permitió siquiera intentarlo.

Sorprendiendo al brujo al hacerlo, Alec se quitó la chaqueta y la camisa que cubrían la parte superior de su cuerpo, y le miró con suficiencia.

—Ve a charlar con Jace, ¿quieres, Magnus? Estoy seguro de que agradecerá tu compañía más que yo.

El brujo asintió en silencio. Dio unos pasos hacia la salida, pero se detuvo a mitad de camino entre esta y el muchacho.

—Sabes, Alec… Lo entiendo. Crees que no lo hago, pero entiendo tu rechazo. Y no espero tu perdón. Bueno…—hizo una floritura con las manos de forma exagerada—en realidad sí, pero… bueno, ya me entiendes. No espero que sea fácil conseguirlo—el Cazador no le miraba, estaba de espaldas a él, pero Magnus habría podido jurar oírle tragar angustiado desde donde estaba—. Sólo quiero que sepas que todo lo que hice… todo lo que Jace y yo hicimos…

—Fue pensando en mí, ¿no, Magnus?—Alec terminó la frase por él, observándole esta vez con una dolida y severa mirada en sus ojos oscuros.

—Suenas incrédulo—se lamentó el brujo, acercándose de nuevo a toda prisa hasta donde estaba él. De pronto parecía totalmente desesperado por hacerle entender—. Haría lo que fuera por poder convencerte de que digo la verdad. De que me enfrenté sólo a Valentine por alejarlo de tu futuro. Por tener una oportunidad para darnos uno a los dos más adelante. Pero tú no…

Alec soltó una perturbadora carcajada. Esa maldita frase de Simon dando vueltas en su cabeza "El solo pensamiento de perderme dolía tanto, que la empujó a hacer algo por lo que podría arrepentirse toda la vida".

—Eres tú quien no lo entiende, Magnus…

Alec se quitó el cinturón que sujetaba su vaquero, haciendo que cayera un poco hacia abajo y mostrara sus abdominales inferiores y los oblicuos marcados. Se lo enroscó en la mano con fuerza mientras hablaba; el brujo no pudo evitar tragar excitado ante semejante visión.

—Te creo—afirmó el Cazador—. Y creo a Jace. Le conozco, y te conozco a ti. Sé que ambos haríais cualquier cosa por cuidar de aquellos a los que queréis. Al igual que hago yo alejándome de Izzy.

— ¿Estás admitiendo que te quiero, Alexander?—sonó guasón, pero era nerviosismo lo que había en su voz.

—No lo he dudado nunca, Magnus. Ni un solo instante de los que he pasado contigo—. Alec se acercó un poco más a él, hasta comerse casi literalmente su espacio personal, pero sin llegar a rozarle.

Sorprendido por su confesión, el gran brujo se quedó callado, mirándole desde abajo como si de pronto su altura hubiera aumentado; descolocado.

—Pero no puedo perdonarte. Ni a él tampoco—afirmó Alec, desolado—. No puedo.

La mirada del brujo se volvió aún más confusa.

—Yo, creía que lo entend…

—Tengo tanto odio… tanto, Magnus, por lo que hicisteis—se llevó una mano a la cabeza y se mesó su pelo negro, como si le doliera y tratara de arrancarlo de ese modo—. No es nada comparado con lo que he sentido hasta ahora. Antes, era diferente. Yo era un adolescente cualquiera enfadado con el mundo. El odio era sólo un arma para combatir mis carencias. Tú hiciste que eso cambiara. Convertiste ese odio en… —fue a decir amor, pero no se atrevió— algo que jamás esperé sentir por alguien a quien no estaba vinculado.

La mirada de Alec se tornó vidriosa, y Magnus no fue capaz de respirar durante un tiempo indeterminado; el dolor que percibía de él, le hacía querer enterrarse bajo tierra y no salir jamás.

—Apareciste en mi vida como una maldita supernova. Lo cambiaste todo. Todo—gritó la última palabra, dándole un énfasis que le hizo entender cuan enorme era ese todo para él—. La atracción que sentía por ti… Dios, tenía que decidir día a día si quería seguir con mi vida o arriesgarlo todo para estar contigo. Cada segundo que pasábamos juntos, mis dudas se hacían más grandes, y mis sentimientos por ti... Entonces… tú…

Magnus fue a alzar una mano para ponerla sobre la mejilla del cazador, pero este dio un paso atrás, alejándose de su contacto.

—Tú mismo me diste las fuerzas necesarias para decidir por una vez lo que quería que fuera mi futuro—continuó, cogiendo aire pesadamente—. Y lo hice: defraudé a mi familia; frente a todo y todos los que querían, arriesgué mi trabajo, mi vocación, y todo por estar contigo. Y esa misma noche—se rio de un modo que le hizo sentir escalofríos—desapareciste. Me abandonaste cuando más te necesitaba. ¡Me abandonaste, Magnus! Y tu traición hizo que ese odio volviera y se hiciera más fuerte que nunca. Ahora, ya no es sólo un modo de evasión, es parte de mí.

Magnus entendió enseguida el significado de toda esa confesión: perdonarle, sería como luchar contra sí mismo.

—No lo hagas, entonces—pidió, resignado—. Siempre he creído que merecías ser quien eres, no quien los demás desean que seas. No puedo pedirte que luches contra ti mismo.

Alec asintió, quedándose unos momentos en silencio.

—Bien, entonces basta de dramas por hoy. Se hace tarde—fue todo lo que dijo después al respecto; cogió su camisa de encima de la cama y le dio la espalda para dirigirse al baño; su mano palpitaba por la fuerza con la que había estado sujetando el cinturón de cuero. Sabía que si decía algo más, no sería capaz de continuar conteniendo las lágrimas.

Magnus se quedó estático en medio de la habitación, observando cómo se introducía en el baño y cerraba la puerta tras él.

Allí, a solas, Alec se dejaba caer al suelo, contra la puerta, y sus lágrimas brotaban libres por fin.

El gran brujo fue a salir de la habitación pero, antes de hacerlo, se acercó a la puerta del baño y puso una mano en esta. Cerró los ojos y se concentró en su magia.

Sus rasgados ojos se llenaron de lágrimas en cuanto percibió el estado en el que el Cazador de Sombras se escondía al otro lado de la puerta. Sobre todo, porque sabía que era el causante de todas y cada una de ellas.

Por primera vez desde que sucediera, desde la noche que llevó a cabo su plan, el gran Brujo de Brooklyn se arrepintió de su decisión. Deseó poder volver al momento del beso; a ese instante en el que pudo percibir la verdadera felicidad en la persona de Alexander Lightwood, y no dejar que jamás la perdiera.

Por desgracia, viajar atrás en el tiempo ya no era una opción. El futuro, era todo lo que tenían.

Y volver a ser parte del de Alec, parecía en esos momentos algo imposible.