Capítulo 2

Jim entendió al momento lo que eso significaría. Vulcano, sus seis mil millones de habitantes. Las tripulaciones enteras que cayeron defendiendo el planeta y los cadetes y ciudadanos de San Francisco que murieron cuando Nero atacó la Tierra con su sonda.

Su padre.

-Spock… -Casi no le salía la voz-. Spock, no puede ser. No podemos cambiar la historia, ¿recuerdas? El portal no nos lo permitirá, nos detendrá con la sensación de asco.

-No, no podemos cambiarla. Pero quizás sí podamos deshacer un cambio. –Miró la pizarra y luego, de nuevo, a Jim-. He sido capaz de hacer todos estos cálculos. Ni he experimentado el fenómeno de repulsión cuando trabajaba en ellos ni lo siento ahora discutiendo el tema contigo; por lo tanto, es lógico pensar que puede haber una posibilidad de conseguirlo.

Después de un momento, Jim se sentó. Sospechaba que Spock iba a dejar la decisión en sus manos. Lo que pasara después si Jim decía que no… Era probable que Spock lo intentara por su cuenta más adelante, que dejara la Flota y regresara a Malgasia. O que lo intentara cualquier otro vulcano, si averiguaban la existencia del portal. Sólo tendrían que viajar uno o dos días antes de la aparición de Nero y, si no lo impedía la repulsión, avisar a todo el mundo. Pero por otro lado, quizás los malgasianos prohibían el uso del portal a los que no eran del planeta y aquel accidente los había enfurecido tanto que no iban a dejar acercarse a ningún otro extranjero. Quizás la Federación, cuando Spock y él regresaran y enviaran sus informes, decidiera poner la zona en cuarentena. O quizás un derrumbamiento como el que provocó el viaje accidental había destruido la cueva antes de que nadie pudiera intentarlo de nuevo.

Así que ahí, en ese momento, la decisión era suya.

-Vamos a dejar el cómo para luego. ¿Qué pasaría si lo consiguiéramos, Spock? ¿Todo volvería a ser cómo fue?

Spock cruzó las manos a su espalda.

-Sí.

-¿Y qué hay de nosotros? Si cambiamos el futuro, ¿qué pasará cuando regresemos a nuestro tiempo? ¿Apareceremos en Malgasia? Porque sería mucha casualidad que en la línea temporal original la Enterprise también estuviera allí ese día.

-Eso no lo sé, Jim.

-¿Recordaremos los pasados que tenemos ahora? ¿Las cosas que hemos hecho?

-Sin saber con exactitud cómo funciona el portal, eso tampoco puedo contestarlo. Pero si tuviera que especular, diría que no lo recordaremos. Seremos los que estábamos destinados a ser hasta que Nero apareció.

Jim se puso de pie otra vez y se paseó por el comedor.

-Tú no cambiarías, Spock. Yo me convertiría en una persona completamente distinta.

La idea le ponía los pelos de punta.

-Eso es incorrecto. –Spock siguió junto a la pizarra, casi inmóvil-. Los dos cambiaríamos y a la vez, seguiríamos siendo los mismos. En una ocasión le pregunté al embajador Spock cómo era su capitán Kirk. Me dijo que era el mejor capitán de la Flota Estelar. Valiente, ingenioso, decidido cuando tenía que ser decidido y compasivo cuando debía ser compasivo, capaz de despertar una lealtad incondicional en toda su tripulación. Un buen hombre también, lleno de vida, dispuesto a hacer cualquier cosa por sus amigos. No veo ninguna diferencia con la persona que tengo delante.

Lo único que Jim pudo hacer durante unos segundos fue mirarlo y sonreír, conmovido. "Oh, Spock… ¿Qué habré hecho para merecer tanta fe, tanta devoción?" Para Jim, esa revelación siempre era una sorpresa, casi un pequeño milagro.

Le habría dado las gracias, pero no era necesario, Spock podía leer eso en sus ojos. Y probablemente respondería que sólo estaba constatando un hecho.

-¿Por qué dices que tú también cambiarías? Hasta que Nero atacó Vulcano, tu vida fue la que debía haber sido.

-Parecida, pero no exactamente igual. El embajador Spock y yo estuvimos intercambiando notas una vez y llegamos a la conclusión de que el ataque de Nero a la USS Kelvin también afectó mi vida de manera indirecta.

-¿Cómo? ¿Por qué?

-Por un lado, sacó a la luz antes de tiempo la relación genética entre romulanos y vulcanos. Para mi pueblo, fue un recordatorio de lo importante que era mantener el control de nuestras emociones. Mi sangre humana se convirtió para algunos en una amenaza a ese control. Además, la Tierra presionó para que la Federación y la Flota tomaran medidas más agresivas, más militarizadas. El Alto Consejo estaba en contra de esos cambios y muchos vulcanos lo consideraron una señal de que los terrestres todavía no habían dejado atrás sus peores instintos. Tanto el embajador Spock como yo sufrimos algunos insultos y burlas durante nuestra niñez, pero fueron muy distintos en grado e intensidad. Cuando abandonamos Vulcano para unirnos a la Flota Estelar, yo estaba más dispuesto a aceptar mi lado humano que él. –Hizo una pausa, lo cual estaba genial, porque Jim iba a necesitar horas para digerir todo aquello. Spock sólo le dio unos segundos-. Creo que él nunca tuvo una relación con la teniente Uhura.

-¿Qué? ¿Cómo lo sabes?

-Pareció encontrar la noticia muy sorprendente cuando se enteró. Quizás sabía que no éramos del todo compatibles.

Aunque sentía curiosidad, Jim prefirió no profundizar en aquel tema. Estaba agradecido de que hubiera acabado por fin –hubo una ocasión memorable en la que rompieron y se reconciliaron tres veces en sólo un día- y de que hubieran conseguido funcionar bien como amigos y compañeros de trabajo.

-Ya veo…

-Pero a pesar de todos esos cambios, creo que él y yo éramos fundamentalmente iguales, como sucede contigo y el otro James Kirk.

De nuevo, Jim se quedó en silencio. Probablemente Spock tenía razón. Las pocas veces que había hablado con el embajador, Jim había encontrado los mismos principios, la misma lealtad inquebrantable, el mismo humor seco y sutil, la misma capacidad de sacrificio. E incluso si no fuera así, pensó de pronto, ¿importaría realmente? Él había muerto una vez por su tripulación. ¿Era peor convertirse en otra versión de sí mismo a cambio de miles de millones de vidas, incluida la de su propio padre?

El corazón le empezó a bombear adrenalina a la sangre, su mente se afinó. Había tomado una decisión.

-De acuerdo, Spock… Intentémoslo.


Spock le explicó que su primera idea, enviar un mensaje de radio a Vulcano, había activado la sensación de repulsión del Benik Man. También su segunda idea, dejar un mensaje en la Tierra para que lo captaran los vulcanos en una de sus misiones de monitorización, había provocado la misma reacción. Pronto había comprendido por qué: en ambos casos, los vulcanos habrían sabido lo de Nero casi con dos siglos de antelación y eso habría provocado cambios en la Historia que no estaban permitidos por el portal de los malgasianos.

Si querían tener una oportunidad de transmitir ese mensaje, tenía que ser de modo que llegara a Vulcano, como mucho, dos o tres días antes de que Nero atravesara el agujero temporal.

-Pero Spock, el cuartel de la Flota Estelar está aquí, ¿por qué no intentamos dejarles el mens…? –Un escalofrío de asco y repulsión le hizo detenerse en seco-. Vale, vale…

-A mí me sucedió lo mismo.

-De todos modos, deduzco que has encontrado una manera aceptable de comunicarte con Vulcano, ¿no es cierto? Por eso tenemos una pizarra llena de ecuaciones en el comedor.

-Afirmativo. ¿Recuerdas el planeta espejo de Gant'k'sing? –le preguntó Spock. Jim se acordaba y comprendió al momento, admirado, lo que Spock planeaba hacer-. Si el seis de marzo del año que viene a las dieciocho treinta y seis hora local enviamos el mensaje, viajará hasta el planeta espejo, rebotará y saldrá disparado hacia Vulcano. Si mis cálculos son correctos, llegará allí entre dos y tres días antes que Nero.

Un viaje de dos siglos y medio.

-¿Qué probabilidades hay de que funcione?

-Un 78'43%.

La magnitud de aquella empresa le dejaba casi sin aliento.

-Spock, eso sería la carambola más épica que cualquier raza humanoide haya visto jamás. –El vulcano inclinó ligeramente la cabeza-. Pero ¿estás seguro de que te creerán? Porque lo que les vamos a contar suena bastante inverosímil.

-Les probaré que soy vulcano y dado que los vulcanos no mentimos, sabrán que el mensaje tampoco lo hace. Jim, lo importante es construir un emisor lo bastante potente como para garantizar al menos que el mensaje llegará a Gant'k'sing.

-Por supuesto… -Se frotó las manos. Si Scotty estuviera allí… Pero Spock y él podrían apañarse, estaba seguro. No era como si les faltara cerebro-. Veamos qué tienen en esta época y trabajemos a partir de ahí. Probablemente podamos acceder sin problemas a la red eléctrica de Nueva York.

Incluso si su objetivo hubiera sido más modesto, Jim se habría sentido como si le hubiera llegado un regalo de Navidad por adelantado: su vida volvía a tener un propósito de nuevo, más allá de ver pasar los días. Spock y él se sumergieron de lleno en el proyecto, haciendo planes, diseñando un emisor potente, haciendo listas de todo lo que iban a necesitar y dónde y cómo podían comprarlo. El dinero no era un problema: sólo tenían que hacer apuestas algo más elevadas y Jim, de todos modos, habría estado dispuesto a hackear Fort Knox si hubiera hecho falta. Pero algunas cosas no estaban al alcance de personas particulares y tuvieron que exprimirse la cabeza para encontrar sustitutos adecuados. Otras veces, era la sensación de repulsión la que los obligaba a abandonar una idea o buscar alternativas. Sin embargo, seguían avanzando y día a día a Jim le costaba menos creer que podrían conseguirlo.

Durante casi dos semanas no hicieron otra cosa, parando sólo para dormir y comer algo (poco). Dos días antes de Navidad tenían completado el diseño del prototipo del aparato emisor y varios de sus componentes esperaban ya en el salón, envueltos en sus cajas. Jim, que se caía de sueño, miró a su alrededor y vio los montones de cajas de pizza y de comida china amontonadas en el banco de la cocina y el sofá, los papeles arrugados esparcidos por el suelo, sucio de pisadas porque habían sido capaces de encontrar un momento para ducharse, pero no para fregar el suelo mojado después.

-Señor Spock –dijo, tratando de pensar y sonar como un capitán responsable y no como un científico loco-, necesitamos un descanso y tenemos el proyecto muy adelantado. Podemos montar el prototipo después del día de Navidad y probarlo después de Año Nuevo.

-Capitán, estoy bien. Los vulcanos no necesitamos descansar tanto como los humanos.

-Lo sé, señor Spock. Aun así, una pausa nos vendrá bien a los dos. Y el apartamento…

Spock le dirigió una mirada abiertamente irritada.

-¡Ya le he dicho que no necesito descansar!

Durante un segundo, Jim no pudo ni reaccionar de pura incredulidad, pero después se rehízo rápidamente: Spock acababa de hacerle ganar aquella discusión.

-Estoy viendo sus emociones, señor Spock –dijo, casi canturreando-. ¿Cuándo fue la última vez que meditó?

Esta vez fue Spock quien se quedó paralizado, como pillado en falta, y Jim observó cómo obligaba a sus facciones a volverse inexpresivas de nuevo.

-Disculpe mi reacción emocional, capitán. Tiene razón –dijo, levantándose-, necesito meditar.

Jim lo detuvo; sólo había pretendido hacerle ver que necesitaba descansar, no avergonzarlo por mostrar sus emociones. Eso nunca.

-Spock, no tienes por qué disculparte por eso, no conmigo. Sólo… medita tanto como te haga falta, ¿de acuerdo? Yo también dormiré y después limpiaremos un poco. Estoy seguro de que hay burdeles en Kronos que ahora mismo huelen mejor que esta casa.

Spock asintió rígidamente a modo de respuesta y se metió en su dormitorio sin decir nada más. Jim observó la puerta cerrada, suspiró y después se marchó a su propia habitación.


Al día siguiente, Spock estaba como siempre. Si Jim lo notaba un poco más difícil de leer posiblemente era debido más a los efectos de la meditación que a lo que había pasado antes. Después de ducharse y comer algo sustancioso, se pusieron a limpiar el apartamento, especialmente el comedor y la cocina. Resultaba impresionante la de cajas vacías de pizza y comida china que habían conseguido reunir.

Cuando terminaron, se fueron de compras. Los planes navideños de Jim habían quedado olvidados después del descubrimiento de Spock y exceptuando los adornos no tenían nada listo, ni comida ni regalos. Ahora que habían decidido tomarse ese día de descanso, volvía a estar con ganas de celebrarlo un poco.

Primero le compraron a Rose un marco de fotos electrónico. Después, Jim abrió la boca para sugerirle a Spock que se separaran un rato para que cada uno pudiera comprarle un regalo al otro sin estropear la sorpresa, pero lo detuvo un profundo estremecimiento de asco.

-¿Jim?

-No te separes de mí. Ven.

Jim lo sujetó por la muñeca y lo sacó de aquella sección, aliviado al ver que la sensación de asco desaparecía.

-¿Cambio temporal? –preguntó Spock en voz baja.

-Sí.

En la siguiente tienda tuvieron más suerte y pudieron separarse sin problemas, aunque Jim no las tenía todas consigo. No le gustaba perder de vista a Spock cuando estaban fuera de casa; de hecho, prácticamente le había prohibido salir sin él por miedo a que pasara algo que pusiera al descubierto su naturaleza alienígena. Un pequeño golpe accidental que le hiciera gotear sangre verde por la nariz, un idiota que quisiera hacer una gamberrada y le quitara el gorro de lana… Cualquier nimiedad podía hacerle acabar en un laboratorio clandestino del gobierno. Y aunque Spock decía que no podía pasar nada que acabara revelando la existencia de los extraterrestres antes de que los vulcanos visitaran a Cochrane, pues el portal no permitía cambiar la historia, Jim sabía que eso sólo significaba que oficialmente la Tierra no había visto ningún alienígena hasta ese momento: Spock todavía podía recibir una autopsia de manera no oficial en el Área 51.

Pero nadie gritó "Oh, Dios mío, un alien". Jim encontró un puzle de cinco mil piezas con el dibujo de un mapa antiguo de la Tierra para Spock y después de pagar, se reunió con él donde habían acordado.

-¿Listo, Spock? Vamos a ver si aún conseguimos encontrar algo de comida navideña para mañana.

Los dos dejaron atrás un abarrotado Bloomingdale y se fueron a Fairway Market, en Brooklyn, que también estaba lleno de clientes de última hora. Mientras metía en la cesta una bandeja con unos muslos de pavos rellenos que sólo necesitaba dos horas de horno, Jim vio a dos hombres empezar a discutir por unos filetes. En otro pasillo, una mujer le chillaba a alguien por teléfono mientras empujaba un carrito de la compra con comida suficiente para media Flota Estelar. A lo lejos se oía un niño en plena pataleta.

-Me recuerda a la Hora Roja del Festival de Beta III –comentó Spock, añadiendo a la cesta un bote de salsa de arándanos.

-Paz para todos –rememoró Jim, con su mejor sonrisa de drogado. Aunque la misión no había acabado en desastre por muy poco: no sabía qué habrían hecho si esa mujer de la Resistencia no los hubiera ayudado-. Estos años hemos visto unas cuantas cosas raras tú y yo, ¿verdad?

-"Cosas raras" es un término bastante impreciso. Podría abarcar también los intentos del doctor McCoy por dejarse barba.

Jim rió entre dientes.

-Créeme, Spock, la barba de Bones estaba totalmente incluida en mi idea de cosas raras. –Spock se detuvo y agarró de un estante refrigerado un recipiente con sopa de almejas al estilo bostoniano. A Jim le extrañó-. Las almejas son marisco.

-Lo sé. –Lo dejó donde estaba y siguieron adelante-. Mi madre me dijo una vez que era la comida que más echaba de menos de aquí. La idea de probarla, sin embargo, me resulta poco atractiva. La visión de cadáveres de animales flotando no ayuda a abrirme el apetito.

-Visto así, no le abre el apetito a nadie. No llames a mis muslos de pavo "trozos de cadáver de animal", es una orden.

La cola en las cajas les llevó casi tres cuartos de hora y encontrar un taxi tampoco resultó fácil: había tanta gente en las calles como si fueran las doce del mediodía. Pero por fin llegaron a casa y tras guardar la compra en la nevera pasaron a visitar a Rose con su regalo en la mano.

-Chicos, me preguntaba si os vería antes de Navidad –les dijo ella, haciéndolos entrar-. Empezaba a pensar que os habían secuestrado o algo así.

Su casa estaba adornada de verdad, con un árbol, espumillón plateado, largas velas rojas, y olía a ponche de huevo y pastel de manzana. Seguro que a sus nietos les encantaba visitar a su abuela en Navidad. Era un hogar, cálido y reconfortante, y a Jim no le extrañó que Rose no quisiera abandonarlo.

-Hemos estado un poco ocupados –contestó Jim. Después le tendió el regalo, sonriente-. Rose, esto es de nuestra parte. Felices fiestas.

-Felices fiestas, Rose –añadió Spock, solemne.

Ella lo aceptó con expresión encantada.

-Oh, chicos… La verdad es que yo también os he comprado un detallito. –Sin soltar su regalo, fue a buscarlos al árbol y se los dio-. Feliz Navidad a los dos.

Los tres brindaron con un poco de champán después, incluso Spock, a quien el alcohol no le hacía efecto.

-Por los viejos amigos y por los nuevos –propuso Jim, alzando su copa.

Donde quiera que estuvieran.


No fue un día de Navidad de anuncio, perfecto, con toda la familia feliz alrededor de una mesa igual de perfecta. Por culpa de Nero, él nunca había tenido uno de esos. No fue como los de la Academia, cuando buscaba con desesperación el modo de no sentirse solo ni tampoco como los de la Enterprise, donde tan pronto estaba compartiendo la cena con sus oficiales y riendo a carcajadas como atrapado en un templo alienígena con Spock y Chekov mientras unas criaturas como mosquitos del tamaño de caballos los rodeaban en el exterior, zumbando con hambre.

Fue, simplemente, un buen día de Navidad. Tranquilo, extrañamente hogareño considerando que no estaba en su casa ni en su tiempo. Jim supuso con afecto, mientras miraban una película por la noche en el ordenador, que Spock lo volvía todo familiar, siempre una presencia reconfortante. En aquel comedor, en el puente de la Enterprise, en cualquier planeta y rincón de la galaxia. Parte de él.

A la mañana siguiente se pusieron de nuevo a trabajar en el prototipo. No iba a ser muy grande, apenas mayor que las parabólicas que usaban en aquella época para ver la tele. La base era uno de los dos comunicadores que habían llevado consigo; iba conectado a una caja de resonancia –la parte más difícil de todas- y ésta, a su vez, a la antena emisora. Usaban las mejores herramientas que habían podido encontrar, pero era un trabajo complicado.

-Spock, creo que si conectamos el circuito amplificador aquí… Ajá, ¿qué te parece?

Spock lo examinó con su tricorder.

-Una idea ingeniosa, capitán. Quizás ahora la resistencia… ¿Puede pasarme la pinza de precisión?

Jim lo hizo y observó a Spock mientras trabajaba delicadamente en uno de los microchips del comunicador, su rostro un ejemplo de absoluta concentración. Cuando agitó bruscamente la cabeza para librarse del flequillo que le caía ahora sobre los ojos, Jim sonrió, divertido. Aquel era un problema que nunca había tenido en la Enterprise.

-¿Funciona? –dijo, cuando Spock terminó.

-Afirmativo –contestó, volviendo a consultar su tricorder.

-De acuerdo, entonces déjame conectar… -Un calambrazo le interrumpió bruscamente-. ¡Auch, mierda!

Spock alzó la vista con un atisbo de desaprobación.

-Por favor, Jim, ten cuidado.

-Lo sé –dijo, sacudiendo el brazo con la esperanza de librarse del hormigueo-. Lo sé.

Todavía le dolía y a la vez, era como si se le hubiera quedado entumecido. Después de unos segundos, Spock pareció preocuparse un poco.

-Déjame ver.

Spock le agarró la mano herida y la sujetó con cuidado mientras la examinaba. El hormigueo que Jim sentía en el brazo se extendió repentinamente por todo su cuerpo, calentando su pecho, su vientre. ¿Qué cojones…? Jim intentó disimular como pudo, rezando para que Spock no notara el modo en el que se había acelerado el corazón.

-Estoy bien –dijo, retirando la mano.

-¿Estás seguro?

Jim se forzó a mirarlo a los ojos y esbozar una sonrisa despreocupada.

-Sí, completamente.

Spock aceptó su palabra y volvió al trabajo y Jim trató de hacer lo mismo, intentando olvidar lo que había pasado. Era demasiado confuso. Por un momento había parecido como si… No. No quiso ni terminar ese pensamiento.

Bobadas.


Jim consiguió enterrar aquel episodio en el fondo de su mente, aunque tendía a resurgir en los momentos más inesperados, inquietándolo. Quiso encontrarle alguna explicación lógica. Pasaba las veinticuatro horas del día con Spock, estaban en una situación extraordinaria, hacía ya un mes desde la última vez que se había acostado con alguien... Y Spock era, al fin y al cabo, la persona más cercana a él en el mundo. Todo se había mezclado de manera extraña. Tenía que ser algo así.

-Jim –le dijo una noche, la penúltima del año, mientras cenaban-. ¿Estás preocupado por algo?

-No... Sólo un poco distraído. –Por si no quedaba convincente, añadió, casi al azar-. Estaba pensando que es una pena que no sea seguro ir a Times Square mañana a celebrar el Año Nuevo. Podríamos ligarnos a un par de chicas y pasar una noche loca.

-Pena. Qué curiosa elección de palabra.

-Oh, vamos… Algún vulcano ha debido tener alguna vez algún lío de una sola noche.

-Indudablemente, pero no lo tenemos por costumbre.

"Hay una diferencia entre mostrar interés por una cultura extraterrestre y cuestionarla". Jim nunca había olvidado aquella lección de la Academia y normalmente ponía mucho cuidado para no cometer ese error con Spock, pero esa vez no pudo contenerse.

-¿Por qué no?

Spock se sirvió un poco más de arroz con almendras y pasas.

-El sexo casual se considera una indulgencia y los vulcanos no tendemos a concedernos indulgencias. Se espera de nosotros que sepamos dominar esos impulsos. Pero creo que sobre todo se debe a que para un vulcano, el sexo implica más intimidad que para un humano.

-Por la telepatía –comprendió Jim, haciendo que Spock asintiera-. Claro, tendría que haberlo imaginado.

En circunstancias normales los vulcanos levantaban ciertas barreras mentales que les impedía recibir sensaciones telepáticas si tocaban a alguien de manera casual, pero Jim supuso que incluso para ellos, intentar mantener ese control durante el sexo debía arruinar el momento.

-Lo que podemos percibir con nuestras manos no llega a la profundidad de una fusión mental, pero aun así, a la mayoría de nosotros nos resultaría incómodo compartirlo con alguien que no nos importa.

Jim tuvo una imagen mental nada bienvenida de Spock y Uhura juntos y la apartó con exasperación, tratando de centrarse en la conversación. Entendía lo que Spock estaba diciendo. Él nunca se había acostado con una telépata, pero si fuera a acostarse con alguna, sería con una con quien tuviera al menos cierta confianza.

-Tiene sentido.

-Jim, volviendo al tema original, si deseas participar en el ritual de entrada del nuevo año, puedes ir sin mí. La noche del treinta y uno de diciembre es sólo una noche más.

Pero Jim ya estaba negando con la cabeza.

-No, Spock, ¿cuál sería la gracia de ir solo?

-No podría decirlo.

Jim se rió entre dientes.

-No, lo veremos en streaming y ya está.

-No necesitamos verlo en streaming. Puedo decirte exactamente en qué momento son las doce de la noche.

Jim volvió a reír, sin dejarse engañar. Sabía distinguir perfectamente cuándo Spock estaba de verdad perdido y cuándo estaba tratando de desconcertar a la persona que tenía delante o incluso, oh sorpresa, bromeando.

-Seguro que sí, pero de la otra manera es más divertido. Y tradicional. Además, Spock, es el reloj original de Times Square. Considéralo una experiencia antropológica, aunque sea online.

Spock alzó una ceja apreciativamente.

-Eso haré.


En alguna pequeña parte de su cerebro, supo desde el principio que estaba cometiendo un error.

El último día del año estuvieron trabajando en el prototipo hasta las tres de la tarde. Todavía no estaba terminado del todo, pero sólo quedaban detalles que podían dejar listos al día siguiente y Jim se tomó una cerveza para celebrarlo. Después pasaron a casa de Rose para desearle feliz Año Nuevo antes de que se fuera a casa de una de sus amigas y ella les invitó de nuevo a un vaso de ponche de huevo con un poco más de chispa que el que había hecho para Navidad. Jim se bebió una copa de vino más mientras cocinaban y dos más mientras cenaba. En los viejos tiempos, esa cantidad de bebida no le habría hecho ni empezar a sudar, y menos aún con la cantidad de comida que llevaba en el cuerpo, pero no eran los viejos tiempos y no estaba tan acostumbrado a beber y para cuando Spock y él estaban esperando la llegada de la medianoche, sentados en el sofá frente al ordenador, estaba un poco borracho. No mucho, sólo esa ligereza en la cabeza que ponía una sonrisa permanente en su rostro y le hacía decir alguna que otra tontería.

-Spock, ¿crees que Bones también estaba a bordo de la Enterprise en la línea original? Sería triste no tenerlo a él. Ni a los demás. Quiero que estén todos con nosotros.

Spock tardó un momento en contestar.

-Lo estarán.

-¿Cómo lo sabes?

-Una de las pocas cosas que el embajador Spock traía consigo de esa línea era una foto de la tripulación de la Enterprise. Estamos tú y yo, el doctor McCoy, el comandante Scott, la teniente Uhura, el teniente Sulu y el alférez Chekov.

-Oh, eso es genial, genial… -Jim se echó un poco hacia atrás para quedar más reclinado y giró la cabeza hacia Spock-. ¿Me enseñarás esa foto?

-No creo que sea posible, si nuestro plan tiene éxito.

-Claro… Vaya, eso quiere decir que no vamos a volver a ver nuestros Bones, Uhura y demás.

Spock frunció ligeramente el ceño.

-Cierto, es lo más probable…

Jim lo observó; ¿estaría pensando en Uhura? ¿Le habría gustado tener otra oportunidad con ella en la línea original? De repente, las palabras salieron solas de su boca; el impulso de saber era demasiado grande

-Spock, ¿sería demasiado personal que te preguntara por qué no funcionó lo tuyo con Uhura?

Al momento Spock se tensó y Jim casi se arrepintió de no haber cerrado la boca. Casi. Una vez dado un paso adelante, achispado o no, no se volvía atrás fácilmente y sin retirar la pregunta ni apartar la vista, esperó la respuesta de Spock.

- ¿Por qué quieres saber eso?

-No lo sé –dijo, sin mentir del todo-. Uhura es genial, tú eres genial… Las relaciones son complicadas, pero parecíais… quereros mucho.

Spock bebió un poco de su batido de soja con chocolate, probablemente para ganar tiempo y ordenar sus pensamientos. Jim miró el modo en el que su nuez de su garganta subía y bajaba con el movimiento.

-Todavía la considero una buena amiga. –Dijo esa última palabra con una ligerísima vacilación, como si aún no estuviera acostumbrado del todo a utilizarla-. Sin embargo, los dos nos dimos cuenta de que nuestros sentimientos el uno por el otro no eran tan profundos como pensábamos. Además… no se sentía cómoda con el lado telepático que las relaciones tienen para los vulcanos y yo no quería renunciar a eso. Los dos estuvimos de acuerdo en que terminar nuestra relación era la opción más lógica.

Jim había pasado por varias fusiones mentales vulcanas a lo largo de aquellos años con su primer oficial. Sabía lo que era tener a Spock, aun brevemente, en su cabeza: una presencia refrescante cuando su mente estaba febril, la calma en medio de la tormenta.

-El lado telepático… ¿Te refieres a lo que me comentaste ayer sobre el sexo casual?

-En parte. También le preocupaba su pérdida de intimidad si se establecía un… vínculo de pareja completo entre nosotros.

-¿Por qué? ¿En qué consiste?

Otro trago de batido. ¿Tan incómodo se sentía con ese tema? No había motivos. Eran dos amigos hablando, tenían confianza de sobra.

-Ayuda con ciertos… asuntos biológicos. Además, cuando estás cerca de la otra persona, si no está protegida mentalmente, puedes sentir sus… emociones, sobre todo si son intensas. Y tienes una idea general de su bienestar. –Spock hizo una pausa, pensativo-. Comprendo que para una raza no-telepática pueda parecer invasivo, pero para nosotros es algo natural, forma parte de nuestras vidas. Es necesario, especialmente ahora, que somos tan pocos.

"Yo lo habría hecho", pensó Jim con repentina claridad. La idea le sorprendía un poco: él siempre había huido de la palabra compromiso en sus relaciones sentimentales. Pero no veía nada malo ni agobiante en el escenario que Spock describía. No le habría importado tener una idea un poco más clara de lo que estaba sintiendo ni mucho menos saber con seguridad si estaba bien o no. Y no le habría negado eso a Spock, si era lo que necesitaba.

-Yo lo habría hecho –dijo entonces en voz alta.

Spock clavó la vista en él con una extraña intensidad.

-¿Qué?

Jim suspiró para sus adentros. Con lo listo que era Spock incluso entre los vulcanos, ¿cómo era posible que le costara tanto entender algo tan sencillo?

-Spock… -Y luego añadió, esperando dejarlo más claro-. Spock…

Para dar más énfasis a sus palabras, puso la mano en el hombro. Spock abrió mucho los ojos y luego giró la cabeza bruscamente.

-Capitán, su consumo de alcohol están empezando a afectarle.

-¡No! –protestó Jim, algo dolido-. Spock, vamos, esto no tiene nada que ver con el alcohol. ¿Es que no lo ves? Dios, Bones es mi mejor amigo, pero tú eres… tú eres parte de mí, Spock. Mi mejor parte. ¿Crees que me preocupa la idea de sentir tus emociones de vez en cuando y saber siempre si estás bien o mal? Joder, lo que me preocupa de verdad es que cuando esta misión acabe te vayas a Nuevo Vulcano y ya no vuelvas a ser parte de mi vida.

-Jim… -dijo débilmente, todavía sin mirarlo.

¿Qué le pasaba? Jim, intentando alcanzarlo y hacerle entender, le puso la mano en la mejilla para incitarlo a girar la cara hacia él. Spock consintió, pero tenía los ojos apretados con fuerza. Temblaba. ¿Por qué temblaba? Jim se sintió abrumado por una pena y una ternura tan inmensa que casi no podía ni respirar.

-Spock. –Su piel estaba fresca y a pesar de su aspecto liso y suave, era ligeramente más áspera que la humana-. ¿No te das cuenta de lo que significas para mí? ¿No ves que aceptar ese vínculo no es nada comparado con todo lo que haría por ti? Spock…

La mano que aún tenía en su hombro subió hasta su otra mejilla: ahora sujetaba la cara de Spock entre sus manos. Éste abrió los ojos por fin: brillaban, sus pupilas estaban completamente dilatadas. Jim se dio cuenta de pronto de que su propio corazón había empezado a latir a toda velocidad. Sus ojos parecían clavados en los de Spock, pero de algún modo bajaron hasta su boca, entreabierta.

Oh.

Estaba enamorado de Spock.

Y cuando Jim se inclinó para besarlo, Spock le apartó las manos con un movimiento firme, inapelable, y se puso de pie. Su inexpresividad era una máscara frágil que no conseguía ocultar la tormenta que aullaba debajo y al mirarlo, Jim empezó a sentir algo frío y pesado asentándose en su estómago.

-Capitán, no creo que sea sensato continuar con esta conversación. Si me disculpa, prefiero retirarme ya a descansar. Buenas noches.

Spock se marchó sin esperar respuesta, cerrando la puerta de su cuarto tras de sí. Jim, horrorizado y súbitamente sobrio, se llevó las manos a la cara.

Dios, ¿qué había hecho?

Continuará


Elrick, muchas gracias por darle una oportunidad al fic! Espero que te guste y feliz año a ti también!

Hime-chan, muchísimas gracias, eres un sol. Yo no me preocuparía demasiado por paradojas temporales y cosas así, jaja. El caso es que si lo consiguen y Nero es detenido en cuanto aparezca, la línea temporal cambiará y ni Jim perderá a su padre ni Vulcano será destruido; si no lo consiguen, volverán a la línea temporal que conocen. Ya veremos qué pasa!

Lunático, me alegra que también seas fan del K/S. Yo los he shippeado desde siempre, lo raro es que haya tardado tanto en escribir sobre ellos XD Muchas gracias por comentar, espero que disfrutes con la historia.

Dospiesizquierdos, feliz año! Me alegra mucho que te esté gustando y que le hayas dado una oportunidad a esta pareja. Yo los shippeo a muerte, la verdad XD En fin, gracias por comentar, nos vemos en el próximo capi!

Ginebra216, oye, pues me alegra mucho que te hayas animado a volver a leer fics! Al fin y al cabo, hay algunos mejores que muchos libros que se publican por ahí XD Publicaré bastante a menudo, cada tres o cuatro días como mucho. Espero que disfrutes con el fic, muchas gracias por comentar!