Capítulo Uno.

Luna Nueva.

Llevaba tres años contemplando la luna.

Tres años sin dormir lo suficiente, esperando por las noches el momento justo, aquel en el que lo único que ronda los pasillos del Palacio de Jade no es ni nada menos que el silencio, solo para levantar de su futon y con la ayuda de aquel báculo otorgado por Oogway, salir hacia el exterior en busca de aquel astro.

A veces la encontraba llena, redonda y brillante, otras no era más que una fina línea curveada de fantasmal brillo. En ocasiones, como esa, simplemente no la encontraba y el cielo resentía su ausencia, se volvía más oscuro, más lúgubre, e incluso las estrellas parecían más opacas. Esas eran sus noches favoritas y al mismo tiempo, las que más sufría. Era cuando los recuerdos volvían a su mente, tantos que ni mil noches alcanzarían para acabar de rememorarlos, y cuando el dolor de su rodilla tronaba con más intensidad.

Eran en las noches de luna nueva cuando bajaba las Mil Escaleras Sagradas que separaban el Palacio de Jade del Valle de la Paz… o de lo que quedaba de este: un pequeño pueblo de pocas casas, rodeado por gruesas murallas, tan altas que si te pararas junto a estas y alzaras la cabeza, seguirías sin encontrarles la cima. Murallas resguardadas por guardias, cuya puerta —única vía de acceso al exterior— permanecía cerrada la mayor parte del día. Nadie entraba, ni nadie salía. No sin permiso.

Allí era donde ahora vivía.

Aquel era el nuevo "Valle de la Paz", el que recorría únicamente las noches de luna llena, solo, con el fiel silencio de los guardias de la muralla como único testigo de su presencia… y de su existencia, en realidad. Porque tres años habían pasado y en esos tres años, la supervivencia del Guerrero Dragón a aquella masacre era no más que un rumor, débil y poco creíble, que pasaba de boca en boca por los pocos aldeanos de aquel nuevo pueblo.

A cada peldaño que descendía, el dolor tronaba con intensidad en su pierna derecha, obligándole a cojear. Era un dolor intenso, agudo, que parecía nacer directamente desde el hueso y que jamás, en todos esos años, había aminorado. Incluso parecía intensificarse a veces, postrándolo en el futon, volviéndole un desvalido dependiente de la paciencia y atención de su esposa. Y aun así, jamás había emitido queja alguna.

Hacía ya años, muchos más de los que llevaba mal herido, había conocido alguien capaz de romperse las manos golpeando árboles. Solo por ser más fuerte, solo por superarse… y en ese entonces, la creyó loca. Ella le dijo que ya no sentía dolor y él creyó que estaba bromeando, que le tomaba el pelo, hasta que comprobó que era cierto.

Ella no sentía nada.

O eso le hizo creer. A él y a todos.

Lo cierto era que ella seguía sintiendo el mismo dolor que sintió al dar el primer golpe, sentía el mismo dolor que sintió al romperse por primera vez la mano, solo que lo había hecho parte de sí misma. Tal como uno acepta las cosquillas o la ternura de una caricia, ella había aceptado el dolor de un golpe y lo había incorporado a su cuerpo, como una parte más, tal como él llevaba haciendo todos esos años y como aún lo hacía, porque era difícil, era un trabajo arduo. A ella le tomó veinte años y él ni siquiera llegaba a tres. Tenía demasiado por recorrer aún.

—¡Eu, Po!

La voz de Grulla llamó su atención nada más llegar hacia la entrada al valle y segundos después, aterrizó junto a él. El sobrero creaba una oscura sombra sobre la mitad de su rostro y por la manera en que agachaba la cabeza, Po supo que no llevaba puesto el parche sobre el ojo izquierdo.

—Necesito salir.

—¿Otra vez? —cuestionó el ave.

—Hoy hay luna nueva —rebatió, como si eso lo explicara todo—. Debo hacerlo, sabes que no tardaré.

El ave hizo un encogimiento de hombros.

—Mei-Mei me arrancará el único ojo que me queda. Anda, ve.

—No tardo.

—Siempre dices lo mismo.

Y nunca cumplía.

Pero nadie podía.

Salió del Valle de la Paz y como todas las veces, la misma opresión se cernió en torno a su pecho, dificultándole la respiración, ahogándolo. Porque, al salir, lo primero que capataba la atención eran las ruinas intactas de lo que alguna vez fue llamando "Valle de la Paz", los restos donde, una noche, todos perdieron algo entre las crecientes llamas. Un amigo, un familia, una madre, un padre, un hijo… o todo. Absolutamente todo.

Él podía decir que lo perdió todo allí, pero sería egoísta para con los demás. Seguía vivo, sus amigos —aunque no todos— habían sobrevivido, tenía a su esposa, su padre y su hijo. Tenía por quien seguir. Él no lo había perdido todo, solo una parte. Sin embargo, una demasiado importante.

Pasando las ruinas del antiguo Valle de la Paz, se encontraba el cementerio.

Las lápidas se repartían aquí y allá, y eran tantas que tardaría toda la noche en contarlas.

Eran todas esas personas que habían muerto de forma injusta en aquella masacre, hacía tres años, llevándose consigo mucho más que solo su propia vida. Algunas repletas de ofrendas, limpias, cuidadas, pues eran visitadas de forma diaria mientras que otras no tenían ni nombre que las identificaran, no eran nadie, solo un cuerpo si nadie que fuera llorarlo. Había tumbas que ni siquiera contenían los restos de alguien, pues solo eran pequeños altares, creados por aquellas que necesitaban un lugar donde llorar a su familiar difunto.

Po atravesaba aquellas lápidas en silencio, a paso lento, presentando sus respetos hacia aquellas personas que nunca debieron de haberse ido y menos de aquella forma, hasta llegar casi al final.

Un pequeño relieve en el suelo alzaba aquellas cuatro lápidas por encima de las demás, haciéndolas resaltar, volviéndolas visibles para todo aquel que visitara el lugar. Se encontraba justo en el medio del cementerio y los nombres estaban tan claros que incluso en la oscuridad de una noche sin luna podía leerlos.

Maestra Víbora.

Maestro Mono.

Maestro Shifu.

Sr. Ping.

Las lágrimas ya no acudían a sus ojos cada vez que veía el nombre de quienes había considerado su familia, sin embargo, el dolor en su pecho seguía siendo tan punzante y asfixiante como la primera vez. Mucho más doloroso que las molestias en su pierna, mucho más duro de sobrellevar, mucho más intenso, y nuevamente volvía a recordarla a ella, a ella y sus manos rotas por tanto golpear árboles. Porque así como ella le enseñó que el dolor físico podía manipularse, también le demostró que ni el más estoico guerrero puede suprimir sus propios sentimientos. Disimularlos, tal vez, pero jamás eliminarlos, ni manipularlos a su antojo.

Los recuerdes volvían a su mente, nítidos e intensos, recordándole una vez más lo perra que podía ser la vida, lo traicionero que era el destino, lo confuso que resultaba el universo. En un minuto se hallaba cenando con su familia, con sus amigos, observándola a ella reír como una chiquilla con la nieve, y al siguiente… al siguiente corría por su vida, buscando a sus seres queridos, protegiendo a su hijo de un desquiciado, luchando junto a sus amigos para defender a su gente. En tan solo un minuto, menos tal vez, todo se había oscurecido.

La pierna le duele y su pelaje se humedece cuando comienza a nevar. Copos finos, tan chiquitos que podrían confundirse con agua, pero que se derriten y calan hondo en su piel, helándole. Aun así, no quiere volver. No puede. Juró no demorar, pero ¿por qué irse del único lugar donde puede ver a su familia?

La angustia lo traiciona y la culpa vuelve a sus pensamientos.

Todo fue su culpa.

Todo lo que pasó, todas esas muertes, fue por su culpa. Que nadie se lo dijera, que no se lo sacaran en cara, no lo volvía menos real. Ellos lo sabían y en tres años, se habían dedicado a mirarlo de reojo, incapaces de hablar, de hacer comentario alguno.

—Lo siento —murmuró por milésima vez delante de aquellas tumbas, delante de un poco de tierra removida, delate de cuatro cadáveres que ya no podían oírlo.

Y sabían los dioses cuanto lo sentía.

Entonces, cuando sus pies amagan un paso hacia atrás, preparándose para rehacer el trayecto recorrido hasta ese lugar, algo llama su atención… bueno, la atención de su nariz en realidad. Un olor fuerte, dulzón y sobre todo, familia. Y el corazón le da un vuelco, porque tres años no son suficientes para olvidar aquel olor a comida recién hecha, mezclado con el de aquella flor que ella tanto amaba.

Por instinto, su vista se desvía un par de metros más allá, hacia una tumba un poco pequeña. En esos años, nadie ha visitado esa tumba, nadie ha dejado una ofrenda, ni se ha inclinado a presentarle respetos… pero allí estaba, sobre la fina capa de nieve: un cuenco humeante de comida y a su lado, una pequeñísima flor de cerezo, tan fresca y rosada como si hubiera sido arrancada de su árbol en pleno apogeo de la primavera.

De repente, el dolor en su rodilla no significa nada.

Sus pasos lo llevan presuroso hacia ese lugar, haciéndole trastabillar en un par de ocaciones, y sus ojos recorren ansiosos los alrededores. Una mezcla de miedo, ansiedad e ira calientan su pecho. Miedo porque eso no estaba ahí cuando ha llegado, ansiedad porque no ha visto a nadie llegar e ira a quien se hubiera atrevido a perturbar el descanso del pequeño cuerpo enterrado en ese lugar.

—¡¿Quién anda ahí?! —gritó, girando sobre su propio eje—. ¡Muéstrece! ¡Es una orden!

Pero nadie aparece y al cabo de unos segundos, su vista vuelve hacia la tumba a sus pies y todo lo que creía haber superado, vuelve a él en forma de lágrimas al leer el nombre tallado allí.

Lía.

Sencillo, corto, sin apellido ni nada que la identificase. Solo Lía. Tal como a ella le gustaba. La memoria de ojos verdes, chispeantes e inocentes, vuelve a sus pensamientos, junto a la imagen de una pequeña sonrisa torcida.

Y sabe que solo hay una persona que podría visitar la tumba de esa niña.

La misma que le ha enseñado a manipular el dolor de su cuerpo.

La misma de la cual lleva tres años sin saber nada.