El sol bajaba lentamente intentando desaparecer de mi vista. El cielo rojo brillaba en todas partes sin importar en que dirección mirara, miraba la arena normalmente blanca brillando en tonos naranjas y amarillos bajo mis pies brillantes como cubiertos de diamantina plateada, podía apreciar también el rojo del cielo brillado en la copa de cada uno de los árboles tropicales que rodeaban por todas las direcciones la enorme casa, en la que nos hospedábamos y brillaba sobretodo en la superficie el agua azul que iba y venía en pequeñas olas que rompían contra la playa.

¿De donde podía haber salido tanta perfección?

Sonreí feliz cuando el agua del mar llegó hasta mi mojando apenas los dedos de mis pies y sin querer mi mente voló hasta mi primera vez en aquella playa, los brazos de Edward rodeándome con delicadeza y sosteniéndome cerca de su pecho de una manera que prácticamente gritaba que no iba a dejarme marchar jamás. Igual yo tampoco tenía la mas mínima intención de dejarlo, ni antes ni ahora que me acunaba firmemente entre su brazos mientras tarareaba una dulce nana junto a mi oído.

El me pertenecía y yo a el. Un pacto y una promesa mudos completamente.

Sin importar los quince años que ya habíamos pasado juntos, mi amor por el no había diezmado, sólo había ido aumentando de una manera incontrolable, sin límites ni fronteras.

-Me alegra- escuche a Edward murmurar en mi oído mientras sus labios se posaban descaradamente en el lóbulo de mi oreja haciéndome casi soltar el escudo que mantenía mi mente desnuda ante el. Aunque mi control sobre el ahora era tan sumamente bueno me impresiono el titubeo que este sufrió ante el contacto de mi esposo, amor sin límites igual que atracción y deseo sin límites.

Como un par de humanos que prueban por primera vez la miel del amor y se sienten embriagados por ella. Aunque con Edward cada instante, cada momento que pasaba era como la primera vez.

-Que dices?- le pregunté mientras lo encaraba por encima del hombro, una sonrisa radiante se extendía en su brillante rostro haciendo que me quedará sin aliento y sus ojos provocadores me llevaron a darme cuenta de que algo malo cruzaba por su mente. Algo tan malo que seguramente me encantaría.

-Me alegro de que no tengas intención de dejarme- ronroneo Edward -porque yo te perseguiría, te traería de vuelta y te encerraría para tenerte de nuevo para mi, SOLO PARA MI.

Sonreí contenta mientras depositaba un corto beso en sus labios, sabía que aquello era completamente una mentira, jamás antepondría su felicidad a la mía y eso era bien sabido por todo aquel que lo conocía, sin embargo el simple hecho de imaginármelo me hizo sentir unos molestos murciélagos en el estómago que casi de matan. Entonces varias preguntas golpearon mi mente, ¿Cuanto podía llegar a amarlo? ¿Acaso había algún límite para este sentimiento? ¿Podría matarme el hecho de almacenar tanto amor en mi débil corazón?

Sentí los brazos de Edward rodearme con aún más fuerza y de pronto recordé mi mente desnuda ante el y pensé en volver a cubrirme con el escudo.

-Yo se la única respuesta a todo- me dijo Edward mientras me obligaba a encararlo. Lo mire confusa un momento, directo a sus hermosos ojos dorados, antes de que continuara -somos infinitos.

-¿Lo juras?- le pregunté dudosa mientras me aferraba más fuerte a el, ¿En serio estaríamos por siempre juntos?

Su cálida mano se posó en mi mejilla de manera tranquilizadora.

-Tenemos la eternidad para comprobarlo- me susurró antes de fundir sus labios con los míos una vez más, como nunca y como siempre al mismo tiempo.

Somos infinitos me repetí a mi misma antes de rodear su cuello con mis brazos y darme cuenta de que nada a mi alrededor era tan perfecto como Edward. Absolutamente nada.