**Bueno aquí les traigo la continuación… Recuerden que Inuyasha y Compañía no me pertenecen, si no a Rumiko-Sensei y la Historia es de la Escritora McKinney** Capítulo 1

Muelle de Queenhithe

Su aventura había comenzado.

Kagome respiró hondo, casi incapaz de ocultar sus nervios al mirar hacia el río Támesis desde la cubierta principal del Seabravery. En pocas horas abandonarían el muelle de Queenhithe y se harían a la mar.

Empezó a juguetear con la joya que llevaba al cuello, como hacía siempre que estaba inquieta. Era un colgante extraño, antiguo y descas carillado, pero único. Al oro le habían dado forma de lagarto diminuto, y tenía pequeñas incrustaciones de esmeralda. Los ojos eran rubíes y el vientre estaba cuajado de diamantes. Tenía bisagras, pero estaban escondidas, y un cierre que sólo ella sabía abrir. En su interior, su padre había grabado el único regalo que le había hecho a Kagome: el último verso de una canción infantil.

Al tocar el colgante, se dio cuenta de que se había caído otra peque ña esmeralda. Aquella pérdida la entristeció, pero se obligó a luchar contra la melancolía. Ya había llorado todo lo necesario al despedirse de Hikaru y del Hogar. No habría más lágrimas. Se había convertido en una dama aventurera y despreocupada. Pronto empezaría su viaje, y, en cuestión de semanas, vería lugares exóticos que sólo había conocido en sueños. Londres quedaría atrás, y comenzaría una nueva vida.

Con las mejillas sonrosadas de la emoción, miró a la orilla del río. El Támesis la animaba a seguir adelante; como si le hablara, el curso del agua, normalmente perezoso, se agitaba con el viento y lanzaba olas juguetonas contra los costados del barco, con el mismo ritmo frenético que latía su corazón.

Casi incapaz de creerse su buena fortuna, metió la mano apresuradamente en su pequeño bolso de seda marrón para buscar la carta que había cambiado su futuro. Al principio no la encontró y la preocupación arrugó su suave frente. ¿Acaso lo que estaba viviendo no era más que un sueño?, ¿es que ya iba a despertarse? De pronto, sus dedos tocaron el caro papel en el que estaba escrita la misiva; la carta seguía allí. Era real. Por fin iba a convertir sus sueños en realidad.

Aliviada, la acercó a la luz, y estaba a punto de leerla de nuevo cuan do una fuerte voz femenina la interrumpió.

—¡Otra mujer! ¡Gracias a Dios! ¡No sé cómo habría soportado esta travesía sin otra mujer con quien compartir mis desdichas!

Kagome alzó la mirada, y sus ojos turquesa se abrieron sorprendidos ante la señora entrada en carnes y elegantemente vestida que estaba en cubierta. La mujer llevaba una cofia de seda negra y un parasol, también negro, con forma de pagoda. Resultaba obvio que iba de luto por ser viuda, pero su vestido era de gran calidad. El caro tafetán negro susu rraba a su paso mientras se acercaba para saludarla.

—Permítame que me presente, querida —dijo mientras la tapaba con el parasol—: soy la señora de Stefan Lindstrom. Seguro que nos hacemos buenas amigas en el trayecto hasta las Bermudas. Lo sé porque es la sexta vez que hago este viaje.

—¡La sexta! —exclamó Kagome, asombrada—. Me temo que ésta es mi primera vez.

—Seguro que todo irá muy bien. Conozco todas las curas para el mareo, y he oído que el Seabravery es el mejor navío que surca estos mares. Además, el propietario del barco viajará con nosotros, así que espero que la tripulación se esfuerce todo lo posible para que disfrute mos de un viaje tranquilo. ¿Cómo se llama, querida?

La pregunta de la señora Lindstrom la cogió por sorpresa, así que necesitó un minuto para recuperarse antes de hablar.

—Señorita Higurashi. Kagome Higurashi —respondió, vacilante.

—Encantador, sencillamente encantador... ¿Y viene de...?

—Del Hogar Phipps-Bluefield para Jóvenes Sin Recursos —le informó la joven tras otra pausa.

—¡Oh! ¡Una huérfana! ¡Qué romántico! —exclamó la viuda dando una palmada.

Kagome la miró, desconcertada. No entendía el comentario. Ser huérfana no había tenido nada de romántico. La señora Bluefield, una verdadera santa, se había encargado de educarla y cuidarla, pero, aparte de aquello, su vida en el Hogar había sido gris, tan gris como el color de los prácticos vestidos de lino del Hogar. La señora Lindstrom decía cosas sin sentido.

—Ya no soy una huérfana —le explicó Kagome—. Quiero decir, que, desde mi mayoría de edad me convertí en maestra de esa Institución.

—Y era una buena maestra, estoy segura.

La mujer esbozó una amplia sonrisa, y, al instante, la joven le tomó cariño. La señora Lindstrom quizá adoleciera de cierto exceso de curio sidad, y no cabía duda de que tendía a lo teatral, pero a la joven le gus taba igualmente. El hecho de que Kagome fuese una huérfana pobre no parecía molestarla en absoluto, y aquello no era habitual en la gente de su posición social.

—Bueno, ¿qué la ha traído al Seabravery, señorita Higurashi? —inqui rió la mujer, que parecía no poder dejar de hablar—. ¿Por casualidad va al encuentro de su prometido en St. George's? Con su esbelta figura y ese glorioso color de pelo, seguro que le espera una gran aventura. ¡Oh, cómo me gustaría ser joven de nuevo! La de cosas que haría...

Mientras la señora Lindstrom seguía parloteando sobre su juventud perdida, Kagome, cohibida, se apartó un rizo de la frente y lo escondió discretamente bajo su raída cofia marrón. Nunca había considerado que el color de su cabello fuese «glorioso». Con un tono intermedio, su pelo no era ni negro ni castaño. De hecho, a ella, aquel color entre negro y caoba le parecía aburrido. Era el fiel reflejo de su vida: pálido y comedido.

Frunció el ceño al recordar que Houyo Akitoki había comentado en una ocasión que su cabello era «decentemente discreto». Claro que aquello no le había impedido encapricharse de ella, pensó Kagome con tristeza. De aquello huía, precisamente. Después de la muerte por tisis de la señora Bluefield, hacía ya un año, la palidez grisácea de Houyo había descendido sobre su vida como una mortaja. Aunque lo había conocido nada más llegar al Hogar, de repente, tras el fallecimien to de su mentora, no tenía forma de escapar de él. Sus atenciones empe zaron a resultarle asfixiantes, y su presencia, insoportable.

La culpa oscureció sus ojos color turquesa. Houyo no era un hombre horrible, a pesar de lo que le había hecho a su tapiz. Todo lo contrario: con su piedad santurrona, casi todos lo consideraban un buen hombre. Un hombre terriblemente bueno, pensó ella recordando que la había llamado ingrata por rechazar su oferta. Puede que llegara a arrepentirse de no haber accedido, pero lo dudaba. Aunque el color de su pelo fuese decentemente discreto, su corazón no lo era. Y nunca habría podido entregárselo al nuevo dueño del Hogar.

Todavía recordaba el episodio que había dejado bien clara su incompatibilidad. Como Houyo era un evangelista incondicional, opina ba que la filosofía de la señora Bluefield, que dirigía el Hogar a base de cariño, resultaba insuficiente. Estaba convencido de que el cristianismo, llevado al extremo, conseguiría que las clases más bajas se contentaran con la miseria que les había tocado vivir. Como estaba claro que no había clase social más baja que los huérfanos, se había sentido obligado a enfatizar los mensajes más radicales de su religión a los pequeños, y, en una ocasión, ya completamente absorbido por la causa evangelista, había sorprendido a Kagome leyéndoles Cenicienta alos niños y le había suplicado que reconsiderase su camino, diciendo que el cuento era «objetable en su descripción de algunas de las pasiones más bajas del corazón humano».

Poco después, Houyo se le había declarado. Le había ofrecido con orgullo: «una vida modesta, tranquila y pasiva en la fe, la caridad, la san tidad y la sensatez». Después, como regalo de compromiso, le había ofrecido el libro Coeleb en busca de esposa, escrito por una evangelista con vencida, obviamente con la esperanza de que curara su amor por «el vicio» de la literatura.

Nunca podría haber funcionado, y, en aquel momento, al mirar atrás, Kagome entendió por qué la señora Bluefield siempre la había ani mado a dejar la Institución para buscar un puesto en el mundo exterior. Habría trabajado allí toda la vida si con ello hubiera podido devolverle a la mujer que la crió parte de su amabilidad. Pero había perdido a su mentora hacía tiempo, y la idea de pasar el resto de su vida con Houyo le resultaba insoportable. Justo cuando su búsqueda de trabajo parecía ya infructuosa, había sucedido el milagro por el que llevaba tiempo rezando: había llegado la carta que llevaba guardada en el bolso. Era como si el remitente conociese su situación y le ofreciese una gene rosa escapatoria.

—Bueno, señorita Higurashi, ¿se dirige usted a St. George's o a una de las plantaciones del interior? —Sobresaltada por la pregunta, Kagome abandonó sus pensamientos y miro a la señora Lindstrom—. ¡Oh, ya lo sé! —siguió diciendo la simpática mujer—. ¡Seguro que va a Clairdon para casarse con uno de los chicos de los Sinclair! Por cierto, ¿cuántos hijos tiene lord Sinclair? La última vez que pregunté me dijeron que ocho. Unos muchachos bastante robustos, según recuerdo... De hecho, señorita Higurashi, es lo mejor que podría hacer.

Kagome logró ocultar su sonrisa con la mano. ¡Sí que le gustaba hablar a la señora Lindstrom!

—Siento desilusionarla —repuso la joven tras bajar la mano enguantada—. Me temo que no hago este viaje para reunir me con mi prometido. De hecho, no voy a St. George's, sino a Kingston, en Jamaica.

—¡Kingston! Santo cielo, no sabía que el barco siguiera trayecto hasta Jamaica.

—Sí, me han contratado para ser la acompañante de lady Perkins, la dueña de la plantación Roselawn. Por su carta, sospecho que se trata de una dama de edad avanzada. ¿No habrá oído usted hablar de esa plantación, por casualidad? —Kagome miró esperanzada a su interlocutora. Siempre se había considerado una persona bastante fuerte, pero alejarse del único hogar que había conocido para navegar hasta una isla tropical sin tener ni siquiera un punto de referencia, le provocaba cier ta inquietud.

—St. George's está bastante lejos de Jamaica, querida, pero déjeme pensar... —La señora Lindstrom sacudió la cabeza—. No, no recuerdo haber oído hablar de Roselawn, y debo decir que me enorgullezco de saber quién es quién... Pero Roselawn y lady Perkins... No, no recuerdo nada.

—Ya veo. —Kagome intentó ocultar su decepción.

—¿Cómo supo de ese puesto? —le preguntó la viuda con cara de preocupación.

—Bueno —la joven observó las aguas del Támesis—, fue toda una sorpresa. La carta de lady Perkins llegó hace una semana. En ella me indicaba que, si deseaba convertirme en su acompañante, estuviese hoy aquí, lista para embarcar.

—¡Es usted muy valiente, querida! ¡Viajar tan lejos y sola! Claro que supongo que en el orfanato debió de sufrir un trato terrible.

—¡Oh, no! ¡Todo lo contrario! —De repente, a Kagome se le empa ñaron los ojos. Puede que el Hogar Phipps-Bluefield fuese un orfanato, pero su mentora lo había convertido en un lugar maravilloso. En los años que había pasado allí, y hasta donde alcanzaba su memoria, aque lla amable mujer había sido su madre, su amiga y su maestra. Y allí esta ba, cortando sus últimos lazos con ella. A pesar de los problemas con Houyo, resultaba doloroso.

—Oh, tranquila, querida. —La viuda la observó con inquietud—. Tienen que haber sido muy buenos con usted para que los eche tanto de menos —afirmó mientras le daba palmaditas en la mano.

—Sí, así fue. —Las palabras surgieron antes de que la joven pudie ra contenerse. Por alguna razón, empezaba a sentir una nostalgia inso portable.

—Pero ahora, señorita Higurashi, podrá ver el mundo... Bueno, ¡al menos medio mundo!

—Sí. —Kagome intentó sonreír.

—¡Y quién sabe qué pasiones y romances la esperan por el camino!

La joven se ruborizó. Aquello era exactamente lo que deseaba, pero, al tenerlo tan cerca, se preguntó si estaría a la altura del desafío. Quizá sí fuese tan decentemente discreta como Houyo creía…

—Siento desilusionarla, señora Lindstrom —respondió—, pero mi vida ha sido bastante gris, y me temo que ni siquiera un viaje a Jamaica puede cambiar eso.

—Cuando se es joven y bella como usted, querida, nunca se sabe qué aventuras deparará el destino.

—Bueno, la esperanza es lo último que se pierde, ¿verdad? — Kagome se rió a pesar de sí misma.

—¡Cierto! —La viuda también se rió—. Vamos, señorita Higurashi — la animó, abriendo su parasol—. Aunque el señor Lindstrom falleció hace casi diez años, todavía le echo de menos, pero no puedo soportar el sol con esta ropa de luto. Así que, si es tan amable, me gustaría que nos tomásemos un descanso en mi camarote. Podría pedirle a mi don cella que nos preparase un chocolate, y esperaríamos juntas a que levaran el ancla.

—Oh, sí, se lo agradecería mucho —dijo Kagome. Pero la buena mujer ya se había puesto en camino, con el puntiagudo parasol negro liderando la marcha, como la proa de un barco.

El camarote de la señora Lindstrom, que estaba entre dos cubiertas, era grandioso. Las cómodas eran de caoba, y las esquinas estaban deco radas con ligeros toques de bronce dorado. Se trataba de muebles pen sados para un barco, porque los pomos y tiradores se habían empotra do en la madera, de modo que no se moviesen durante la travesía. Una diminuta y lujosa alfombra azul alegraba considerablemente el camaro te, y, los ojos de buey abiertos, permitían que entrara la agradable brisa que soplaba desde el Támesis. Cuando llegaron a la amplia estancia, la doncella de la señora Lindstrom se encargó de colocar los refrigerios en el velador, que también estaba diseñado para un barco, ya que contaba con un pequeño raíl de latón rodeando la parte superior.

—Dígame, señorita Higurashi —comentó la buena mujer una vez ser vido el chocolate—, ¿le gusta su camarote?

—Oh, sí, está muy bien. —Kagome no mencionó que hasta su pequeño y sencillo camarote era bastante más grande y elegante que la habitación del desván en la que dormía en el Hogar—. Seguro que tene mos un viaje maravilloso en este enorme navío. Todavía no me puedo creer que mi nueva patrona tuviese el generoso detalle de reservarme un billete —añadió después de probar el chocolate.

—Sí, es algo extraordinario, sobre todo si tenemos en cuenta que el propietario viaja con nosotros. Eso hace que el billete cueste el doble, al reducirse el espacio, ya sabe. Y además, ponen un cuidado especial en todo.

—¿Conoce al propietario? —preguntó la joven.

La señora Lindstrom sacudió la cabeza, lo que hizo que los gruesos rizos plateados que le asomaban por la parte delantera de la cofia se balancearan como muelles.

—No, sólo sé que es inmensamente rico... El Seabravery es tan sólo uno más del medio centenar de barcos que posee. También tiene una enorme plantación de azúcar en alguna isla del Caribe. En St. Kitts, creo, o quizá en Nevis.

—Parece bastante misterioso —comentó Kagome mientras se anu daba los casi deshechos lazos de su cofia. Estaba deseando quitársela, pero no sería correcto hacerlo.

—En efecto, debo reconocer que es bastante misterioso. Verá, que rida —la mujer se inclinó hacia adelante, como si estuviese a punto de contarle algo muy importante—, otra razón del elevado precio de los billetes del Seabravery, es que este barco nunca ha sido saqueado. Ni por piratas, ni por corsarios. Al parecer, la reputación del propietario es tan terrible que ni siquiera los peores rufianes se atreven a molestarlo.

—No me diga —susurró la joven.

—Sí. Me lo contó mi yerno, y él lo sabe todo. Absolutamente todo. Por eso eligió este barco para mí. Creyó que sería el más seguro.

—Entonces, ¿regresa a su hogar? ¿Tiene una casa en St. George's? —se interesó Kagome mientras jugueteaba nerviosa con el lagarto. Le alegraba cambiar de tema. Aquel viaje siempre le había parecido dema siado bueno para ser cierto, y no quería que nada estropease aquella impresión. Por algún motivo, hablar sobre el propietario del barco hacía que se sintiese un poco incómoda.

—¡Sí! He estado fuera seis meses y, aunque adoro a mis nietos, estoy deseando ver a mis amigas. Oh, ¡ojalá no fuese a Jamaica! La señora Ransom tiene una hija de su edad, más o menos... ¿Cuantos años tiene, querida? ¿Unos diecinueve?

Ella vaciló. Odiaba aquella pregunta.

—Sí, diecinueve —respondió con demasiada rapidez.

—Eso es espléndido. Yuka Ransom acaba de cumplir los veinte. ¡Podrían ser grandes amigas!

La joven se sintió nuevamente desconcertada por la camaradería de la señora Lindstrom. La mujer no le daba importancia al hecho de incluirla en su círculo social. Era como si olvidase con quién estaba hablando. Kagome había tenido muy poco contacto con las clases supe riores, pero, de vez en cuando, alguien perteneciente a la nobleza aban donaba a su hijo bastardo o a algún pariente indeseado en el Hogar. Aquellas personas siempre dejaban bien claro que ella y su mentora no eran sus iguales. Pero no ocurría lo mismo con la increíble señora Lindstrom.

—¿Más chocolate, querida? —La mujer hizo un ademán en dirección a la jarra.

La joven sacudió la cabeza.

—Por favor, llámeme Kagome —le pidió, esbozando una pequeña sonrisa. Se sentía muy aliviada por haberla conocido. Seguro que todo iría bien si aquella buena mujer iba a bordo.

—Estoy segura de que seremos grandes amigas. —La señora parecía encantada con la oferta. Sonrió y le dio una palmadita en la mano—. Y tú debes llamarme Kaede. Así me llamaba el señor Lindstrom.

—Debía de quererte mucho.

La viuda sonrió con tristeza al recordarlo, pero se recuperó al instante.

—Bueno, Kagome, seguro que el capitán Corbeil ya está listo para zarpar. ¿Por qué no salimos a ver qué ocurre ahí arriba?

La joven asintió y recogió sus guantes.

—Ya tendríamos que haber partido. Debemos de llevar varias horas de retraso.

—¿Quieres que subamos para ver si ese misterioso propietario ha llegado ya? —La señora Lindstrom guiñó un ojo con descaro—. Oh, espero que cene con nosotros y no en su camarote. ¡De lo contrario, el viaje sería mortalmente aburrido! —añadió mientras se enderezaba la cofia y recogía su parasol.

Kagome la observo y llego a la conclusión de que nunca había cono cido a nadie como Kaede Lindstrom. Nada podría resultar aburrido con ella cerca.

El sol se puso detrás de la torre de Londres, y el Seabravery todavía no había soltado amarras. Desde el alcázar, Kagome contemplaba los fuegos artificiales que estallaban en el puerto para celebrar el solsticio de verano. La señora Lindstrom se había retirado a su camarote hacía un buen rato, y la joven se quedó paseando por las cubiertas, segura de que no partirían antes del alba, pero esperando que ocurriese... algo.

El puerto atrapaba su atención. Las numerosas hogueras que ilumi naban las calles vencían la sucia penumbra nocturna de Londres, y la noche se llenaba con los gritos de la muchedumbre.

Tanto el arzobispo de Canterbury como el arzobispo de York habían intentado que sus feligreses se convencieran de que estaban celebrando el festival de Juan el Bautista y que aquella noche había que pasarla en la Iglesia.

Kagome sonrió. Estaba claro que no había servido de nada. La gente seguía encendiendo hogueras en las calles, ansiosa por celebrar el sols ticio de verano. Incluso desde donde se encontraba, podía ver a hom bres, mujeres y niños bailando por las estrechas calles adoquinadas y proyectando siluetas paganas alrededor de las relucientes llamas.

Apoyó los codos en la barandilla con aire soñador. Aquella noche Inglaterra parecía haber retrocedido en el tiempo. Las hogueras eran las mismas que se encendían desde los tiempos de los druidas, y los ritos asociados al solsticio se seguían practicando. Se plantaban semillas de cáñamo en el camposanto, y las chicas solteras cogían sus acericos y se los colgaban en las medias con la esperanza de poder ver cómo serían sus futuros maridos. Atrapada por el bullicio, Kagome se preguntó si su acerico estaría a bordo y se rió de sí misma por ser tan supersticiosa.

En el puerto, los niños no paraban de gritar y seguían estallando petardos que asustaban a los caballos. El bullicio distrajo a Kagome, que no vio los carros que se acercaban a la pasarela del barco hasta que ya estaban descargando, ni tampoco que el capitán Corbeil se dirigía a la cubierta principal para supervisar.

Al principio pensó que por fin había llegado el propietario, pero no parecía probable que alguien tan poderoso viajara en un carro común. La joven observó cómo subían a bordo caras alfombras persas de seda y mesas de caoba con elaboradas patas en forma de cariátides. Le llamó especialmente la atención un sofá tapizado en negro con patas talladas en forma de delfines dorados, que era transportado por cuatro hom bres. Incluso Kagome podía ver que se trataba de muebles elaborados según las últimas tendencias dictadas por la moda. Y estaba claro que estaban destinados a amueblar un camarote muy grande; seguramente el que ocuparía el propietario.

Miró más allá de un hombre que llevaba una urna de bronce, y vio que el capitán estaba apoyado tranquilamente en la barandilla. Bajo sus pies, retumbaba el ruido de los martillos y los murmullos de las voces de los trabajadores que clavaban los muebles recién llegados en el cama rote al que estaban destinados, para que no se movieran durante el viaje. Al añadirse el estrépito a las celebraciones del puerto, el sonido resulta ba ensordecedor. No tenía sentido retirarse a su camarote con aquel bullicio, así que permaneció a la sombra de los mástiles. Aún así, la mira da del capitán la encontró.

Se trataba de un hombre de pelo gris y de amplio pecho que se había comportado como un perfecto caballero durante todo el día. Se había asegurado de que tanto ella como la señora Lindstrom disfrutaran de todas las comodidades, y nunca le había faltado una palabra amable o un chiste educado.

Pero, en aquel momento, cogido por sorpresa, parecía diferente. Era como si ella lo inquietara, como si todas las preocupaciones que había sido capaz de ocultar durante el día no fueran tan fáciles de ocultar en las sombras de noche.

Kagome se quedó tan inmóvil como un conejillo asustado, mientras él examinaba el raído chal que la protegía del frío. Parecía avergonzado de cada remiendo, de cada borde desgastado de su vestimenta, y ella se preguntó si le tendría lástima. Quizá hubiese averiguado de alguna forma el lugar del que provenía y sintiese compasión. Pero, instintiva mente, la joven supo que no se trataba de eso. Su expresión parecía la de alguien que fuera culpable de algo.

Puede que fueran las explosivas celebraciones del puerto o el fuer te ruido que hacían los obreros bajo cubierta, pero, de repente, un esca lofrío le recorrió la espalda. Se obligó a apartar su inquieta mirada de la alterada expresión del capitán, y se volvió hacia la barandilla. Lo que le parecía ver en los ojos de aquel hombre debía de ser un error. Seguro que las fantasías de la señora Lindstrom empezaban a afectarla.

Contempló el Támesis y se maravilló ante el cambio sufrido a causa de la noche. Por la mañana le había parecido que el río era una reluciente puerta a la aventura. Pero, en aquellos momentos, le recordaba más a un negro e insondable río infernal, adentrándose en la espesa niebla. Sintió otro escalofrío y se tapó mejor con el chal para protegerse del viento.

—Señorita Higurashi, me sorprende encontrarla levantada a estas horas.

Kagome se volvió rápidamente y descubrió que el capitán Corbeil estaba su lado. Había desaparecido la extraña expresión de su mirada, y en su lugar podía verse un alegre brillo.

—N-n-no tenía sueño —tartamudeó como una niña. Muy disgus tada por su falta de compostura, respiró hondo y siguió hablando—. Perdóneme, capitán. Llevo nerviosa todo el día, y este retraso no ha hecho más que empeorar la situación. De hecho, creo que los nervios empiezan a hacerme ver cosas extrañas —confesó con una sonrisa vaci lante.

Una vez expresada su inquietud, se sentía un poco tonta. El capitán no guardaba turbios y oscuros secretos; era un hombre paternal y caba lleroso, preocupado por el bienestar y la comodidad de su pasajera. Tendría que haberse alegrado de estar en tan buenas manos, y no ser tan suspicaz.

La risa que retumbó en el pecho del capitán término de tranquili zarla.

—Seguro que se equivoca, señorita Higurashi —aseguró, entre risas—. ¿Qué podría estar viendo? ¿Es que no le agrada el barco?

—¡Oh, no! El barco es realmente magnífico —respondió, esbozan do una tímida sonrisa. ¿Cómo había podido pensar que allí se escondía algo siniestro?

—De cualquier modo, debo disculparme por el retraso. Es lamen table, pero le prometo que partiremos en menos de una hora.

—¿Por la noche? —se extrañó la joven—. ¿No es algo poco fre cuente?

El capitán se agarró a la barandilla. Kagome miró hacia abajo y, por primera vez, se dio cuenta de que al hombre le faltaban tres dedos. Tenía unas enormes cicatrices en la mano, y ella se preguntó cómo no se había dado cuenta antes. Como no quería que descubriese su indis creta mirada, levantó la vista enseguida, pero él le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—Conozco bien el Támesis, señorita. Saldremos al Canal en un segundo.

—Entonces, ¿no vamos a esperar al propietario? —preguntó Kagome, intentando desviar su atención de la mano mutilada del capitán.

Su pregunta pareció sorprenderlo, aunque logró esconder rápida mente sus emociones detrás de una fachada de jovialidad.

—Oh, sí. Vendrá con nosotros, señorita Higurashi. Se lo garantizo. — El capitán se excusó de forma abrupta y se dirigió a las bodegas para supervisar a sus hombres.

Kagome se quedó sola un minuto, hasta que apareció la señora Lindstrom. Llevaba un lujoso chal de lana negra que no tapaba del todo el brocado azul de su camisón. Tenía la cofia torcida y parecía desaliña da, como si acabaran de despertarla de un sueño profundo y no hubie se tenido tiempo de adecentarse.

—¡Ah, estás aquí, querida! —La señora la llamó, haciéndole gestos con una mano—. ¿Has visto qué estrépito? ¡Y a medianoche!

—Sí, es asombroso —respondió la joven acercándose a ella. Estaba a punto de hablar, cuando oyeron un tumulto en el puerto. Como si hubiese estado esperándolo, el capitán apareció en cubierta y se dirigió a la pasarela. Curiosas, las dos mujeres se acercaron a la barandilla y observaron el muelle.

Kagome nunca había visto un esplendor de tal magnitud. Bajo ellas se encontraba un carruaje lacado en negro y tirado por ocho corceles del mismo color. Su presencia hacía que todo lo demás careciese de importancia. Hasta las celebraciones del solsticio de verano del muelle de Queenhithe perdieron brío, y los golpes cesaron bajo sus pies. Los arreos eran dorados, y un fino borde de oro rodeaba el carruaje, pero no había blasones en las puertas que identificaran a su dueño. Sólo había una palabra que pudiera describir el vehículo: amenazador. Sin embar go, incluso aquella palabra resultó poco adecuada para describir al hom bre que salió de su interior.

—Dios mío... —La señora Lindstrom ahogó un grito de asombro.

Kagome sintió que la mujer la cogía del brazo, pero, aunque deseaba tranquilizarla, descubrió que no tenía la fortaleza suficiente para hacer lo. Intentó hablar, pero no pudo. Como si el hombre que se acercaba al barco se hubiese adueñado de su voluntad, la boca de Kagome era inca paz de articular palabras, y su mirada no conseguía abandonar al desco nocido.

Era bastante más alto que el capitán, que ya tenía una altura considerable, pero era el aura de violencia apenas contenida que lo rodeaba, lo que hacía que el hombre resultase imponente. Llevaba un abrigo negro a la moda, y bajo él, Kagome pudo ver una camisa de batista blan ca y unos pantalones negros. Por sus ropas se diría que el recién llegado conducía su vida dentro de las reglas dictadas por la sociedad, pero, al examinarlo mejor, Kagome adivinó que aquel hombre tenía pocos límites.

Lo cierto es que desafiaba a la moda, y no sólo con la ferocidad oculta en sus modales. El cabello le llegaba por debajo de los hombros y llevaba un diminuto aro de plata en el lóbulo izquierdo. Cuando se juntaban todas las piezas, sólo había una forma de describirlo:

—¡Es un pirata! —exclamó la señora Lindstrom al tiempo que apre taba con fuerza el brazo de Kagome. La joven quiso reconfortarla, pero no podía negar su afirmación. De hecho, ella pensaba lo mismo.

Desde las sombras del alcázar, observaron cómo el hombre subía a bordo del Seabravery, y que el capitán Corbeil iba a recibirlo. Por el salu do que se dirigieron quedó claro que se conocían bien. Resultaba obvio que aquel hombre aterrador era el propietario al que habían estado esperando durante tantas horas.

En un momento de lucidez, Kagome pensó que le estaban atribuyen do demasiadas cualidades siniestras al desconocido. Pero entonces, como si hubiesen estado hablando de la joven, la mirada del capitán Corbeil se dirigió hacia ella de mala gana, y la del propietario la siguió.

Aunque estaba en la cubierta principal, bajo ellas, la presencia abrumadora del hombre la capturó. Como si la hubiese hechizado, la obligó a mirarlo y Kagome quedó paralizada: los ojos del desconocido eran sorprendentemente bellos a la vez que fríos. Apenas la miró, pero, en aquel breve lapso de tiempo, su mirada fue tan profunda que la joven sintió que sometía su alma a escrutinio. Ejercía tal poder sobre ella que, a pesar de que el propietario ya se había vuelto de nuevo hacia el capitán, Kagome seguía sin poder apartar la vista ni dejar de sentir el miedo que empezaba a calarle hasta los huesos.

—¡Oh, qué emoción! —oyó susurrar a la señora Lindstrom—. ¡Por todos los santos, Kagome! ¡Ese hombre es un pirata! ¡Un pirata! ¡Oh, ahora sí que viviremos una aventura!

La joven la miró fijamente. Consternada, se dio cuenta de que su mano agarraba el brazo de la señora Lindstrom con tanta fuerza como ésta agarraba el suyo. Miró hacia abajo y comprobó que el propietario desaparecía bajo cubierta. No tenía ningún argumento racional para pensar que había algo extraño en todo aquello, pero no podía librarse de aquella sensación. Y, aunque pareciese una locura, no le abandonaba la inquietante idea de que el misterio tenía que ver con ella.

Sintió un súbito ataque de pánico y soltó el brazo de la mujer. Guiada por su instinto, se acercó a la pasarela con la intención de aban donar el barco, aunque aquello significara volver de rodillas al Hogar, con el orgullo pisoteado. Pero, de repente, oyó el tintineo del cabestran te y el ruido producido por el agua al levantar el ancla. Vio con temor que ya se había izado la pasarela y que bajo ella sólo quedaban las relu cientes aguas negras del Támesis. Horrorizada, se volvió hacia la seño ra Lindstrom. La cara de la viuda era un reflejo de la suya. Kagome exa minó con desesperación las cubiertas en busca de una escapatoria, pero, le gustara o no, ya no había vuelta atrás.

Su aventura había dado comienzo.

Se va poniendo interesante no creen?... nos vemos en la próxima actu

venus in arms: espero que te guste este nuevo capi ^^ Gracias por tu rew

Guest: mil gracias por tu rew ^ ^ pues si espero estar actualizando pronto…

Inujocelyn: gracias por tu rew y categoría nena

Taina23: gracias por tus categorías ^^ y también me encantaría saber tu opinión ;)

Un gran beso a todas!

Dark_yuki