DESPEDIDA
Capítulo 2: La Razón Detrás de Todo
Metió la llave en la vieja cerradura y abrió la puerta de la caja de zapatos, el mote nada cariñoso que le había otorgado a su apartamento, aun con restos de lágrimas en los ojos. A pesar de que llorar la hacía parecer una persona débil y ella sabía que era todo menos eso, no podía hacer nada para parar su llanto. Rukia se acomodó en su desvencijado sofá y lloró allí largo y tendido de pura frustración durante más de una hora. Cuando le dolió la cabeza, paró de hacerlo. Era suficiente llanto para todo el año. Tomó una de las pastillas que tenía guardadas en la alacena esperando que su dolor mermara, de esas muestras médicas no negociables que el doctor Kurosaki le daba para donarlas a algún centro comunitario y ella, en cambio, las donaba, por lo menos en su mayoría, a su botiquín personal, desobedeciendo órdenes, pensando que estaba tan necesitada como esas personas. Era irónico, Ichigo Kurosaki era el mal pero también le había dado la cura —parcial—, aunque indirectamente.
El desolado apartamentito de Rukia no contaba más que con una minúscula cocina, si es que se podía llamar así, porque ni con estufa contaba, sólo una parrilla eléctrica, un anticuado baño y una sala que también la hacía de habitación. No era nada lujoso ni de lejos, más bien poco espacioso e incómodo, sin embargo, a Rukia jamás le pareció tan acogedor como en ese momento. Suponía que la razón no era otra más que esa mezcla de sentimientos y preocupación que vino a ella al saberse desempleada, haciéndole tener visiones de ella misma vagabundeando por las calles sin un techo en el cual cubrirse pero con el que, ahora mismo, sí contaba. Era como una sensación de nostalgia anticipada o de auténtica valoración.
—Ser pobre es horrible —murmuró con amargura. En su memoria aún estaban frescos los recuerdos de su anterior estilo de vida, rodeada de sirvientes y lujos hasta que... bueno, hasta que pasó lo que pasó.
Sumida en sus penosos recuerdos, la memoria de Rukia retrocedió aún más en el tiempo, a cuando vivía con Hisana, su fallecida hermana, en una situación más miserable que la actual. En ese tiempo, Hisana sonreía falsamente pero ella, a sus doce años, no lograba verlo. Creía lo que su hermana decía a pesar de que eran claras mentiras, se lo tragaba por su propio bien y por el de su familiar. Luego todo había cambiado cuando lo conocieron a él.
—Y vivieron felices para siempre... —ironizó Rukia, recordando cómo terminó todo. Y es que todo había sido como de cuento de hadas: un hombre rico, un príncipe, se había enamorado de la chica pobre y la había sacado a ella y a su hermanita de la miseria. Esos eran los ingredientes correctos para hacer una historia digna de ser cinematografiada por Disney, empero, la vida no tiene final a menos que éste sea la muerte y después de que el príncipe se llevó a Cenicienta al castillo las cosas no fueron tan felices como se pensaría.
Recuperándose un poco de su depresión, la cual se estaba volviendo alarmantemente recurrente, Rukia se dijo que no. Que ella no se dejaría vencer, que era una chica inteligente y que esa vez se las arreglaría como tantas otras en el pasado y que pronto llegaría el día en que todos la miraran hacia abajo, besándole los pies y rogando su perdón. Rogándole a ella por ser ella y no por ser rescatada por algún caballero de brillante armadura montado en su corcel blanco.
—Pero eso puede esperar —se dijo, mirando la hora en su celular, el único verdadero lujo que poseía. Aún tenía tiempo de ir a un videoclub y rentarse un par de films de terror. Ella era un poco miedosa, sí, pero si algo le iba a quitar el sueño esa noche no iba a ser el odioso del doctor Kurosaki.
OoOoOoOoOoOoO
La rutina de levantarse temprano, tomar el metro y caminar cinco manzanas para llegar al consultorio era algo que a partir de ese día tendría que olvidar, claro, después de que fuera por sus cosas e Ichigo (ahora podía llamarlo por su nombre, ya no había motivo por el cual respetarlo y no le iba a hablar de "usted" a un hombre apenas seis años mayor que ella) le dijera cuándo y dónde le entregaría su liquidación. Y claro, esa carta de recomendación que tanto había pregonado.
¡Hey, llevaba un poco más de un año trabajando para él, se lo merecía todo y más!
Aún caminando por la calle, Rukia comenzó a hacer futuros planes con esa liquidación aún no calculada y mucho menos pagada. Pensaba en que se compraría una enorme y asombrosa pantalla LCD y hasta un Home Theater... tal vez hasta un karaoke. Aunque sabía de antemano que depositaría el dinero en el banco donde había dejado gran parte de sus sueldos en espera de poder costearse esa Universidad que su hermana tanto quería que estudiara para que ostentara el título de abogada, le gustaba imaginar todo aquello para evitar sumirse en una depresión que le recordara lo delicado de su situación. A veces debía conformarse con vivir de sueños, ilusiones y fantasías hasta que todo aquello se volviera realidad gracias a su propio empeño.
Todo su buen humor se fue al garete cuando, al estar muy cerca del consultorio, escuchó gritos. Sintió escalofríos recorrerle la columna vertebral, como si presintiera algo realmente malo que venía hacia ella. Se acercó más al lugar, dándose cuenta que la fuente del escándalo no era nada más que su ya no más lugar de trabajo. Gracias a la puerta que era de cristal pudo distinguir al doctor y a su esposa; se notaba, no ya por los gritos, que estaban peleando. La expresión corporal de Ichigo le recordó a los tigres de Discovery Channel, cuando estaban a punto de atacar a otro predador, en este caso, Orihime era el otro predador. A esta última, Rukia no la conocía realmente, sólo la había visto un par de ocasiones, en el consultorio y por la calle respectivamente. Aunque ella no tenía en particular en contra de Orihime, Rukia sabía que la mujer mayor sí lo tenía en contra suya. La había tratado fríamente en ambas ocasiones, haciendo hincapié en lo poca cosa que ella era al lado de la señora. Era extraño, la mujer de cabellos naranjas lucía inofensiva y hasta dulce, nada que ver con la fría actitud que poseyó en esas ocasiones y de la que ahora mismo también ostentaba.
—No te pedí hacerlo —escuchó que decía la mujer.
—Lo sé. Pero después de todo lo que has estado haciendo, ¿qué esperabas que hiciera yo? —vociferó Ichigo dentro del consultorio, con voz estrangulada, harta—. Pensé que estarías agradecida y dejarías esa tonta actitud que has estado tomando los últimos meses.
—Yo no he estado haciendo nada —respondió su esposa con un hilito de voz, como conejo acorralado, aunque su expresión lucía igualmente feroz.
—¡Por favor, no lo niegues y ten la decencia de aceptarlo! —reclamó el hombre, ya exasperado—. ¿Crees que no lo he notado? ¡Revisas mi agenda, mis llamadas, mis mensajes y no hay un solo momento en el que no me estés insinuando que te engaño con ella!
"Demonios, ¿en qué problema se ha metido este Ichigo?" pensó Rukia incómodamente, "tan correcto que se veía".
Ella sabía que escuchar conversaciones ajenas era una falta de educación y, más que eso, una ofensa. Hisana se lo había repetido muchas veces, recordándole que la única vida que debía preocuparle era la suya propia y la de las personas que amaba. Pero la pelea se estaba poniendo interesante y le picaba el morbo y la curiosidad. Además, no tenía ningún lugar a dónde ir tan temprano en la mañana para darle tiempo a la pareja y ella quería ya sacar de ese lugar sus cosas para no regresar jamás. Era culpa de aquellos dos por discutir en un lugar, si bien no público, donde las personas entraban y salían constantemente.
—Está bien, ¡lo hice! ¡Pero porque es la verdad! —explotó Orihime adentro del establecimiento clínico. La conversación se estaba poniendo verdaderamente fea. Ella ya no era más un conejillo asustado ni siquiera en su tono de voz—. ¡Me engañas con ella! ¡Con tu secretaria! ¡Con esa tal Rukia! O dime entonces por qué la contrataste. Vi su curriculum y no creo que lo hayas hecho por su maravilloso historial académico.
Rukia se quedó pasmada automáticamente tras escuchar esas palabras. Francamente, sólo había escuchado hasta cuando pronunciaron su nombre, su mente no había procesado la mofa a su escasa preparación escolar, pero es que no lo podía creer. ¿Qué ella e Ichigo qué? De solo pensarlo se le retorcían las entrañas; no odiaba particularmente a su jefe antes del día de ayer, pero para ella era simplemente eso: su patrón. No hombre, no mujer o quimera. Su jefe, un ser que le daba órdenes que ella obedecían a cambio de dinero. Se preguntó por un segundo qué era lo que había poseído a Orihime para imaginar semejante atrocidad.
Y en un impulso mal guiado por la necesidad de limpiar su orgullo ante esa mujer, Rukia entró al lugar exclamando:
—¿Podría repetirme eso, señora Kurosaki? Sucede que no sabía que su esposo la estaba engañando conmigo.
El silencio se apoderó del consultorio en un instante. La pareja le miraba atónita a un par de metros de distancia. No esperaban que la tercera parte involucrada se presentara ante ellos en medio de la discusión. Aunque Orihime creía firmemente que Ichigo la engañaba con ella, o eso quería creer, enfrentarse a Rukia Kuchiki no entraba en sus planes. No en realidad.
—Y bien, ¿no va a continuar ahora? —arremetió Rukia aún llena de indignación, luego vio como Ichigo la miraba como si estuviera loca y se dio cuenta de su error, pero ya era demasiado tarde. Debía haber dejado que esa fantasiosa mujer pensara lo que quisiera de ella, total, ella estaba a punto de terminar completamente sus asuntos con el doctor Kurosaki, pero no, tenía que haber sido ella y su bocota.
"¿En qué me he metido?", se reprendió mentalmente, notando la tensión que reinaba en la habitación. "Mierda, debí hacerte caso, Hisana".
Rompiendo el silencio en el lugar, Orihime habló ahogada en su angustia; los ojos anegados en lágrimas.
—Dejen ya de fingir; sé que han estado viéndose a mis espaldas, que se han estado burlando de mí. Paren ya con su descaro.
—Por supuesto que nos veíamos, señora —declaró Rukia. Si ya se había metido en ese embrollo por lo menos trataría de limpiar su nombre a como diera lugar—. Yo trabajaba aquí. No hay manera de que no nos viéramos, pero no de la forma en que usted está insinuando.
Los ojos llenos de ira reprimida de la mujer le indicaron a Rukia que no le había creído una sola palabra, que su pequeño discurso solamente había servido para caldear aún más sus ánimos. Pero eso qué importaba. Su conciencia estaba limpia. Si la loca de cabellos naranja quería amargarse la vida de la nada, a Rukia le daba igual. No es que la fuera a ver de nuevo a ella o a su esposo, aunque un último intento no le haría mal a nadie. Tal vez lograría hacer entrar en razón a la mujer casada.
—Señora, por favor, yo tengo decencia, estoy segura que su esposo también; y créame cuando le digo que jamás me metería con un hombre casado y mucho menos que fuera mi jefe. Es antinatural y repulsivo —le lanzó una mirada matadora al muy pasmado Ichigo que todavía no conseguía acomodar sus emociones y actuar en consecuencia. La jovencita se dirigió al escritorio a sacar las pocas pertenencias que tenía allí, dispuesta a marcharse lo más pronto posible sin decir una palabra más. No estaba para esas niñerías. Su vida había entrado en una crisis que no le permitía detenerse a ayudar a esa mujer a montar una obra de teatro con la cual entretenerse.
Pero antes de que pudiera tomar uno de sus cuadernos personales, la mano de Orihime la detuvo.
—Tú no te llevas nada de aquí, ladrona.
Rukia bufó exasperada. Lo que le faltaba, que la acusaran de ladrona.
—Mire, "señora", me está cansando la paciencia con sus paranoias, así que déjeme hacer lo que tengo qué hacer o no respondo.
Orihime no respondió verbalmente a la advertencia de Kuchiki, en cambio, el ruido de una bofetada sonó en toda la recepción y la mejilla de Rukia se puso colorada. ¿Pero qué se creía esa tipa? ¿Cómo se había atrevido a pegarle a una persona inocente? ¡La tal Orihime ahora sí iba a conocer a Kuchiki Rukia! Y haciendo honor a su último pensamiento, Rukia se le lanzó sobre ella con ganas de ver correr sangre, claro, no tan literalmente.
Con una mujer como ella, Rukia no necesitaba defenderse como una verdadera karateca, así que se conformó con zarandearla y golpearla todo lo que pudo. Lástima que Ichigo la detuvo casi al instante así que lo que pudo fue más bien poco.
"Y yo que creí que se había quedado pasmado", pensó, mientras era jalada por el joven médico lejos de la otra mujer. Sabía que su reacción no había sido digna o adecuada, pero estaba fuera de sus casillas desde el día anterior y necesitaba desquitarse con alguien. Que Orihime se lo mereciera no había sido más que un regalo del cielo para justificar sus acciones.
—Ichigo —chilló la mujer a su marido, limpiándose un hilillo de sangre que le bajaba desde la comisura de los labios hasta la barbilla—. Dile que se vaya.
Reprimiendo un pensamiento grosero en contra de su cónyuge, el médico optó por complacer su mandato y evitarse así otra pelea. También se lamentó su anterior inacción. No había podido reaccionar hasta que ya era demasiado tarde.
—Largo de aquí, Rukia —señaló la salida con un dedo acusador realmente frustrado. La conversación con su esposa había tomado proporciones insospechadas—. No empeores más el asunto.
—Quiero mis cosas —rebatió caprichosamente y con razón. No le iba a dar gusto a esa mujer de salirse con la suya y sacarla de allí como si fuera una vil delincuente.
Sintiéndose superado por toda la situación, Ichigo se salió enloqueció de ira y terminó por gritarle a todo pulmón a la pobre Kuchiki. Sabía que la mujer no tenía toda la culpa en ese problema, pero aun así lo hizo. Era necesario dejarle claro que, aunque la habían involucrado involuntariamente en sus problemas de pareja, ella no tenía nada que ver en ese asunto.
—¡Te largas ahora!
Claro que Rukia era mujer de armas tomar que no se quedaba callada ante nada. Nadie se merecía tal sacrificio de su parte.
—Te largas y un cuerno. Son mis cosas, he venido por ellas y tú no puedes impedírmelo. Así que te quedas tranquilo, te sientas junto a tu esposa y si quieren pueden vigilarme entre los dos para que comprueben que no me voy a robar nada. Después me dejan irme en paz y todos contentos.
Rukia no esperó respuesta y se precipitó al escritorio por segunda vez en esa mañana, llevándose todo lo que le pertenecía, arrojándolo con violencia aterradora a su bolsa. Ahora sí tenía la certeza de no querer regresar ni muerta y mucho menos embarazada a ese lugar. El simple pensamiento le provocó náuseas.
Habiendo terminado su empresa, se dirigió con paso aireado a la salida, mas se detuvo a medio camino. Se giró hasta quedar frente a la pareja que trataban de tranquilizarse el uno al otro, y con el ceño muy fruncido les obsequió unas cuantas palabras a cada uno. No eran los insultos que se merecían, pero casi.
—Señora, en lugar de andar buscando problemas donde no los hay debería estar agradecida de que su esposo la ama a pesar de que se ha comportado como una loca maniática. Él se casó con usted, lo cual implica que la eligió, pero si sigue comportándose así le aseguro que se va a arrepentir de ello. Y tú —señaló a Ichigo acusadoramente— aún vas a pagarme mi liquidación te guste o no—y salió del lugar.
¿Quién iba a creer que en un cuerpo tan pequeño cabría tanta fuerza y autoridad?
Última edición 26/11/2013
