PREFACIO

-Edward...-murmuré, sintiendo como la sangre empezaba a irse de mi cuerpo con demasiada rapidez. La herida, que a simple vista yo había dicho que era pequeña, parecía ser bastante más problemática de lo que daba a entender a primera vista.

-Mi amor... ¿me olles?-me centré en el rostro de Edward, roto por el dolor y por la pena. Se iba desdibujando lentamente... sus facciones se iban apagando y desvaneciendo...

-Si...-mi voz era pastosa, y cada vez me costaba más mover la lengua para articular las palabras, pero intenté mostrarme lo más segura posible.

Mi ángel no debería estar triste.

-Te quiero... te quiero más que a nada en este mundo...-dos lágrimas recorrieron mis palidísimas mejillas.-Sé que te parecerá cursi-añadí,-pero es lo que pienso...-tosí, y varias gotas de sangre salieron por mi garganta.

¿Cómo una sola herida de bala podía hacer tanto daño en mi organismo?

Miré a mi alrededor, que se iba oscureciendo cada vez más.

Se veía un cielo encapotado, y también se podía ver la fina lluvia que caía, aunque yo no pudiera notarla. Edward me cobijaba de cualquier cosa que no fuera él.

Miré mi vestido que había elegido especialmente para Edward, que sabía que le encantaba. Ahora estaba arrugado y mojado.

El color rojo sangre de mi vestido se confundía con el propio color de mi sangre, haciendo la tela más oscura con un olor extraño y, en cierto modo, nauseabundo.

¿Cómo había llegado a esa situación si hace un par de horas estaba felizmente en cama con mi recién esposo? ¿Cómo se había podido torcer de aquella manera?

-Te quiero... eres la persona más increíble que existe en todo el mundo...-dos lágrimas, puras como dos diamantes rodaron por sus mejillas.

Me sorprendí. Nunca lo había visto llorar. Ni siquiera cuando sus padres fueron ingresados en el hospital.

-Es.. estás llorando-levanté mi mano pesadamente, intentando borrar esas marcas, que hacían de mi explendoroso ángel de la guarda un ángel caído, no por ello menos hermoso.

-Tú eres lo más importante que tengo... estas lágrimas son todas tuyas... y mereces muchas más... por favor... oh Bella-sollozó, apretando los dientes-por favor no me dejes... siempre estaríamos juntos... ¿lo recuerdas?-me abrazó y me embolvió en su chaqueta, apretándome contra su caliente cuerpo, sintiéndome mejor.

-Siempre estaré contigo... siempre...-lo último que escuché antes de que todo se pusiera negro, fuera la voz del Doctor Cullen y su mujer, que nos llamaban, preocupados.