Capítulo 2: Intocables
La lluvia golpeaba la mano del caballero, obligando a que el hedor se acentuara aún más. Anna le veía zarandearse sobre su caballo y decidió no darle demasiada importancia, se fijó en el pelo empapado que le cubría la cara mientras este miraba hacia el suelo. Pero Sir Jaime había perdido el equilibrio y cabalgaba prácticamente inconsciente.
— ¡Agarradle! ¡Va a caerse del caballo!— gritó cuando ese comenzó a balancearse más pronunciadamete.
— ¡Cállate! — el capitán Hoat rió con sorna al mirar al caballero pero no paró a sus hombres.
El joven Lannister cayó de su caballo y aterrizó con todo el pecho en el suelo. Anna comenzó a dudar de que el castigo justo para él fuera obligarle a llevar su mano colgada del cuello como un macabro recordatorio de su vida pasada. En ese momento comprendió que el hombre que regresaría a Desembarco del Rey — si conseguía que regresaran— sería muy diferente al que abandono la capital.
Se lanzó de su caballo y le enderezó, tenía la cara llena de barro.
— ¡Matarreyes!
No se movió y ella temió lo peor.
— No les permitáis haceros esto, Sir Jaime.
— No...
— Los mataremos, los mataremos a todos— prometió susurrando en su oído— pero antes habréis de levantaros.
Jaime Lannister se levantó a duras penas, el barro empapaba su ropa y le hacía mucho más pesado caminar. Ella entrelazó sus dedos para que el preso pudiera apoyarse con el pie y volviera a subirse al caballo.
Ambos asintieron con la cabeza, cada uno en su caballo.
La venganza era un magnífico motivo para seguir vivos.
— Harrenhall... hogar dulce hogar
El olor a carne quemada y a entrañas asfixió a Anna Mormont, que tuvo que llevarse la manga de su camisa a la nariz.
— Dioses que olor...
Hoat sonrió con diversión, ella deseó apearse del caballo y arrancarle los ojos con sus propias manos. A ver como sonreía ahora.
Un hombre alto, de pelo corto y vestido con cota de malla, les recibió.
— Mi señor Lannister, Milady.
— ¿Quién sois vos?
— Mi nombre es Roose Bolton, señor de Harrenhall y vengo a disculparme personalmente por las incomodidades que hayan tenido en el viaje.
— ¿Incomodidades? Han intentado violarme y a Sir Jaime le han cortado la mano de la espada. ¿Os parecen a vos "incomodidades"?
Anna sintió la adrenalina en sus mejillas y no precisamente por vergüenza. Miró furibunda a Lord Bolton.
Este miró con incredulidad a Vargo Hoat y este asintió.
— ¡Por todos los dioses! ¡Quitad esa mano del cuello de Sir Jaime!— miró con desprecio a Anna pero con respeto al Matarreyes— os ofreceremos nuestra hospitalidad a ambos y os llevaremos sano y salvo a Desembarco del Rey, Sir Jaime.
Lannister asintió. Anna sabía que no tenía fuerzas para más.
Anna Mormont miraba con incredulidad los pompones del vestido. Los arrancó con violencia y los lanzó al fuego que estaba cerca de la terma. Los dioses sabían que aquel vestido que le habían dado para sustituir sus ropas manchadas no era para ella, sino para una prostituta. Era rosa y muy ceñido con alguna que otra pluma. Se sintió tentada a lanzarlo al fuego entero y ponerse ropas limpias de hombre otra vez. En cambio lo dejó cerca de la terma y comenzó a desprenderse de lo que llevaba puesto.
El baño era bastante cálido. El vapor ascendía continuamente, dándole a la habitación un aspecto brumoso. Le daba ganas de reflexionar su situación.
Estaba condenada, Robb Stark la buscaba por traición y Bolton y sus hombres pensaban entregarla. No sin antes jugar un rato con su juguete nuevo vestido de rosa.
Robb y ella habían crecido juntos desde los trece años, cuando su tía la mandó a casa de los Stark para ocuparse de la Isla del Oso sin interferencias.
Disparaban día y noche con su arco. Había veces en las que pasaban semanas fuera de Invernalia, solos Robb, su lobo Grey Wind y ella. Cazando y sobreviviendo a la intemperie, por el placer de la aventura.
Aquello acabó cuando Ned Stark se convirtió en la mano del rey, Robb andaba preocupado de un lado a otro, y ella era incapaz de encontrar una solución a su desvelo.
Una noche encontró al joven lobo, sentado en frente de la chimenea y admirando el dulce e implacable baile de las llamas.
— ¿Sabes quién es el hombre más fuerte y honorable que jamás he conocido?— Anna sabía que estaba afligido por su padre, que injustamente estaba en prisión en Desembarco del Rey. Capturado por el Matarreyes
— Los Lannister son perfectamente capaces de doblegar a mi padre, ellos controlan el mundo en el que vive ahora, Anna...
Anna pasó una mano por su espalda y se sentó a su lado. Su amigo tenía los ojos rojos por la falta de sueño y el pelo le caía por la cara de tanto mover la cabeza
— Acabaremos nosotros con los Lannister si es preciso, sabes que podemos— dijo guiñándole un ojo con complicidad
— ¿Te encargarás personalmente?— le preguntó divertido
— Si te vas ahora mismo a la cama y descansas yo misma seré la que atraviese el corazón del Matarreyes.
— ¿Y cómo piensas acercarte tanto a él, cazadora?— la llamaba así cuando estaban en confianza
— Puedo alcanzarle desde lejos con el arco, aunque siempre me queda mi gran arte para la seducción
Robb rió y ella hizo lo mismo, y se quedaron un poco más mirando al fuego, ensimismados.
— Tu padre saldrá de esta
— No lo dudo
Anna se secó la lágrima que corría por su mejilla amenazando con desenterrar viejos sentimientos.
Ese día, al atardecer, decapitaron al Rey del Norte.
Ahora su mejor amigo era el Rey y pedía justicia por haber liberado al Matarreyes. Le prometió su pecho atravesado y en cambio lo liberó de la noche a la mañana y sin ninguna explicación aparente. Entendía la traición que eso suponía para Robb pero le dolía que este la hubiera puesto en busca y captura.
Acostumbrada a los vestidos vaporosos, Lady Mormont aflojó el corsé del vestido desde dentro de la terma.
— Os quedaría mejor de la otra forma.
— ¿Quién os ha dado permiso para entrar aquí?— Dijo hundiéndose en el agua y cubriéndose el cuerpo muerta de vergüenza.
— Al igual que vos yo también he viajado a aquí desde Riverrun.
Anna torció el gesto, vencida. Lannister también merecía un baño.
El caballero avanzó por la estancia y pasó las dos primeras termas. Anna levanto una ceja, incrédula.
— No osareis meteros en esta terma
— No me gusta la soledad, Milady.
Ella negó con la cabeza y recogió sus piernas de forma que abrazándolas era imposible que él viera ninguna parte de su cuerpo.
Cuando el comenzó a desvestirse, ella desvió la mirada y se quedó observando las ondas que producía su colgante en el agua. Cuando ya estaba sentado y dentro del agua el caballero le dirigió una sonrisa torcida.
— El maestre Qyburn me ha dicho que permanezca acompañado porque puedo quedarme inconsciente con la medicina que me ha aplicado.
— No necesito una explicación— dijo enfadada— seguís siendo un hombre detestable.
— ¿Detestable?
— ¿Tengo que enumeraros lo que odio de vos? Supuse que seríais más inteligente y lo sabríais de antemano.
Jaime miraba su muñón.
— Creo que lo que más odiáis de mi es no poder matarme para llevar mi cabeza a vuestro señor.
— Entre otras muchas cosas
— En cambio vos a mí me parecéis realmente hermosa.
Anna le miro con desprecio y apretó aún más sus piernas contra ella.
— Una pena no ser vuestra hermana
— Una pena no ser vuestro señor.
— ¿Insinuáis algo Matarreyes?
— ¡Por los dioses! ¡Miraros a un espejo! Cada vez que menciono a vuestro lobito los ojos se os inundan en lágrimas... os odiáis a vos misma por haberle traicionado mucho más que a mí — al caballero parecía divertirle cruelmente la situación— ¿quién os regaló el colgante que lleváis puesto y que os quitáis ni para bañaros?
— ¡Era mi mejor amigo!
— No me engañéis— Jaime sonrió con suficiencia— habríais dado lo que fuera por meteros en su cama alguna noche.
La ira se concentró con tanta violencia en su cabeza que le impidió pensar con demasiada claridad, alargo la mano y cogió su daga de debajo de su ropa; recorrió la terma andando erguida, sin importarle el estar desnuda o lo que el caballero pudiera ver y apretó su arma contra el cuello de Jaime.
El levantó las manos.
— Este bien, me rindo.
Ella no aparto el cuchillo y un hilo de sangre descendió por el pecho del Matarreyes mezclándose al final con el agua de la terma.
— Vuestro padre debería haberos enseñado algo de educación.
— Mi padre dejó de mirarme cuando me negué a heredar Roca Casterly y entré en la Guardia Real.
Anna calló.
El rió, aún más divertido y, consciente de que había ganado esa batalla, movió la pierna bajo el agua de forma que tocó fortuitamente la pierna desnuda de la chica y ella se apartó con violencia.
— Me dais asco
— ¿Por qué? ¿Porque rompí mi juramento a Aerys Targaryen? ¿Porque empujé a vuestro pequeño lobo por una ventana? ¿Porque he yacido con mi propia hermana? — Jaime no parecía darse cuenta de la importancia de sus palabras
— Porque sois un hombre sin honor
— ¿Un hombre sin honor?
Jaime la miró, esta vez sin deseo en sus ojos, tan solo con tristeza, ella alzó una ceja.
— La gente conoce vuestra historia, no podéis huir de ella
— La gente conoce la historia de Ned Stark y Robert Baratheon, ese cuento para niños de un hombre que incumplió sus juramentos asesinando a su rey por la espalda, pero nadie sabe el gusto que tenía el monarca por el fuego valirio, ni cómo mando esconder botes llenos de este por toda la ciudad: el palacio, el lecho de pulgas, las termas... Cuando la rebelión llego a Desembarco del Rey me pidió la cabeza de mi propio padre y que me encargase de que todos ardieran con su ciudad.
— ¿Qué?
— Encargó a un piromante quemar la cuidad con el dentro, así que le apuñale en la espalda a él y a su piromante. Y los demás maestros del fuego que estaban a su servicio.
A todos...
Esta vez sí que se miraron a los ojos, Ana frunció los labios negó con la cabeza, negándose a dejar de creer algo de lo que había estado convencida toda su vida. En el fondo nada tenía sentido. Nadie conocía esa historia y él, sin embargo, se la había contado.
— ¿Porque no se lo contasteis a Lord Stark?
— No me habría creído, nunca quiso creer nada de lo que dije— comenzó a sonrojarse, como si tuviera una gran fiebre y sus parpados comenzaron a tintinear.
— ¿Matarreyes?
El hombre resbaló por la piedra de la terma y justo antes de que se hundiera ella le agarró por la espalda, ignorando el contacto con su ardiente piel.
— ¡Ayuda! — gritó con todas sus fuerzas— ¡Matarreyes! —Le intentó despertar con una torta en la cara y el abrió los ojos momentáneamente.
— Mi nombre es Jaime...— dijo con sus últimas fuerzas.
La habitación estaba oscura y su vestido rosa relucía en medio de la estancia.
Vargo Hoat no había recibido ningún castigo y Roose Bolton le había traicionado.
— Le cortaré las mejillas hasta que su desdentada sonrisa le llegue hasta las orejas —dijo sin querer en alto
— Una dama no debería hablar así.— Jaime entro en la estancia.
— Yo ya no soy una dama— le dio la espalda.
— Siento lo que han hecho con vos, Milady.
Ella le miró, se acercó a él y se puso de puntillas para estar a su misma altura. Unos escasos cinco centímetros separaban sus rostros.
—No me mintáis, sois el que más disfruta con esto— le señaló con el dedo índice.
— Yo...
— ¡Ha sido vuestro padre! Y el tendrá de nuevo a su hijo mientras que las niñas Stark no tendrán una maldita casa a la que volver, ni nadie que las lleve hasta ella.
Él no contestó, colocó su mano en el hombre de la chica y la obligó a dejar de estar de puntillas.
— Yo no he sido, Lady Mormont, ni lo habría ordenado, lo sabéis
— Dioses, lo sé...— las lágrimas acudían a sus ojos y ella se negaba a enseñárselas al caballero. Así que se volvió con rapidez.
— Bolton acabará muerto, Milady.
— Yo también prometí a Robb que os mataría— dijo sonriendo con pesar— y me temo que aquí estamos.
Oyó reír a Jaime detrás de él. Una pequeña parte de ella deseaba regresar con él a Desembarco del Rey y vivir en la corte. Aquella parte que le recordaba que alguna vez fue una niña que jugaba con su hermano mayor y le rogaba que encontrase un buen marido para ella.
Frunció los labios, reflexiva, esa parte se fue con Jorah a Essos. Se volvió hacia el caballero.
— Esta tarde parto hacia Desembarco del Rey. ¿Que haréis vos?— preguntó, curioso.
— Dependía de ese desgraciado traidor de Roose Bolton. Pero el tan solo es otro mercenario al servicio de los Lannister.
— Os ha regalado a Vargo Hoat— dijo repugnado.
— Lo sé. Planeo huir mañana por la mañana hacia el norte.
— Entonces os deseo buena suerte
— Y yo a vos— ella le tendió la mano— gracias por salvarme la vida, Sir Jaime.
El estrecho su mano con efusividad.
— Igualmente. Recordad que me sacasteis de aquella jaula.
— Vaya decisión, hasta pronto Jaime Lannister.
Él no sonrió con la broma. Anna habría podido jurar que el caballero no estaba feliz con su vuelta a casa. No lo entendía, volvería a ver a su familia, a sus hombres, a su hermana...
El caballero se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, a la vez que sus demonios le decían que hacia lo mejor abandonando a la dama a su suerte, su conciencia le martirizaba con la idea.
Salió de la habitación y el silencio consumió a Anna, que se acurruco en la cama y amortiguo el sonido de sus lágrimas con la cochambrosa almohada que le habían dado.
Estaba sola.
Vargo Hoat entró en la sala con violencia y ella agarró su daga y le apuntó.
— ¡La valiente dama decide defenderse, caballeros! — rió el capitán con absoluto desprecio.
— ¿Y Lord Bolton?
— Consideraros un regalo que me ha concedido Lord Bolton
No merecía la pena negarse a sí misma la evidencia, estaba aterrada. Cualesquiera que fueran las intenciones de Hoat, serian dolorosas. Además Roose Bolton la había dejado a su suerte y ya no tenía a Jaime para hablar por ella.
— ¿Qué queréis?
— Vuestro amiguito me mintió en el bosque, Lady Mormont. Me temo que en las Isla del Oso no hay zafiros suficientes para pagar vuestro rescate.
No tendría que haber esperado a la mañana, debería haberse marchado aquella misma tarde.
— ¿Eso significa que terminareis lo que empezasteis en el bosque?— dijo desafiante
— Por mucho que lo desee mis caballeros quieren disfrutar de un pequeño espectáculo esta noche y tengo otra cosa pensada para vos.
Dos hombres se adelantaron e intentaron prenderla, acostumbrada a que la subestimasen, evito un golpe y clavo la brillante hoja de la daga en su estómago. El otro hombre sacó su espada y ella enganchó la empuñadura de su daga en la del arma del soldado, retorciéndola hasta que la soltó y esta cayó al suelo. Aprovechando que estaba desarmado le agarró por detrás y acercó su cuchillo al cuello del hombre.
— ¡Dejadme salir o le rajo el cuello! ¡Lo juro Hoat!
El capitán, consciente de que iba en serio tan solo pudo reírse.
— Hacedlo, vamos.
El hombre se rebatía en sus brazos pero Anna le tenía bien agarrado. Aun así estaba desarmado, y dirigía una atónita mirada a su capitán que tan fácilmente le había abandonado. La memoria le jugó una mala pasada y pensó en Robb.
— Bastardo...
— En efecto, eso soy. Soltadle, Lady Mormont.
— Cualquiera que me ataque recibirá una puñalada— dijo soltando al soldado que salió avergonzado de la habitación.
Vargo se abalanzó sobre ella, que le esquivo con dificultad. Se dio cuenta de que no era como cuando había luchado contra Jaime, no estaba vestida cómodamente, y tampoco tenía su espada. Era una lucha perdida.
El capitán le agarró del brazo del cuchillo y ella lo cogió con la otra mano para atacarle, cortándole en la cara.
Vargo Hoat gruñó enfadado.
La golpeo en el estómago con el codo, y acto seguido en el pecho, dejándola sin aire.
Tres hombres nuevos la agarraron y la sacaron de la estancia. Harrenhall era enorme pero solo recorrieron un par de pasillos para salir a la luz del día.
Se encontró frente a un corral hundido en la tierra, redondo y de unos cuatro metros de diámetro. Había dos metros de caída.
— Salta — le increpo Hoat
— ¿Quién va a luchar contra mí?
— ¿Quién? La pregunta es ¿qué va a luchar contra mí? Aunque dudo que pueda considerarse lucha— añadió riendo hacia sus hombres.
La empujó sin avisar y Anna cayó de rodillas. El golpe dolió, pero no concedió al capitán el gusto de darse cuenta.
La criatura salió de una puerta a su derecha y ella se echó para atrás.
Un oso, muy apropiado.
— ¡Sois un demente!— le grito a Hoat
El capitán le lanzo una espada de madera, con las que practicaban los niños.
— Ya podéis jugar, Lady Mormont.
No se dignó a mirarle, no pudo hacerlo tampoco.
Estuvo mucho tiempo bailando con el oso, procurando no hacer movimientos bruscos para que el animal no se enfureciera. Las paredes de la jaula parecían crecer y crecer hacia el cielo, haciendo imposible pensar en una escapatoria.
De repente notó un gran revuelo encima de ella, los hombres de las Valientes Compañías hacían comentarios sobre la llegada de alguien.
Alcanzo a oír la voz de Ser Jaime y se permitió relajar los músculos y mirar hacia arriba.
Discutió con Hoat, y saco la cabeza por la barandilla.
— ¿Cómo vais, Milady?
Ella colocó su dedo índice contra sus labios y señalo con su espada de madera al oso.
Pero era demasiado tarde, el animal se abalanzó sobre ella, su idea era que el gran animal se apoyara en la espada de madera, clavándosela como resultado de la presión, en cambio, la bestia acabo de un manotazo con la rudimentaria arma.
Volvió a acercarse a ella, que escapó por un flanco que el oso no vigilaba, pero se dio la vuelta y Anna recibió un profundo arañazo desde el cuello hasta el hombro. No pudo hacer más que gritar de dolor.
— ¡Esta bien! ¡Ahora bajo! — la voz de Jaime llego hasta sus oídos.
— ¡Puedo sola!— dijo recogiendo el arma del suelo
No le hizo caso, resbalo por la barandilla y cayo a su lado.
— Fantástico, ahora nos matará a ambos.
— ¿No decíais que podíais sola?
— Os meteréis en mi camino y fallaremos los dos.
— Dejadme— el caballero le arrebato la espada y se enfrentó al oso.
La bestia se abalanzó sobre Jaime y Anna cerró los ojos, se sintió desfallecer y cuando por fin consiguió abrirlos tenía a Jaime en el suelo delante de él.
— Increíble...— murmuraron Lannister y Hoat a la vez.
Su prima tenía razón, Alysanne sostenía que las mujeres de su familia eran Cambiapieles y podían entrar en la mente de los osos.
Se alejó de Jaime y el dolor del arañazo fue sustituido por el de una flecha en su espalda. Se fijó en el tirador y se acercó a él, se puso en dos patas y acerco su cabeza al arco tenso del hombre. Acto seguido se concentró en volver a su cuerpo lo más rápido posible.
— ¡No disparéis!— grito el caballero— ¡Es ella!
— Lo siento Lord Comandante pero lo tengo a tiro y no permitiré que os mate.
— ¡NO!
El oso cayo a su lado, muerto. Y Ser Jaime se acercó a Anna a toda velocidad.
— ¡Lady Anna! — la incorporó en sus brazos. Aún tenía los ojos blancos— por favor, no...
— La damita ha resultado ser una Cambiapieles. Una grata sorpresa... ahora solo podre tirar su cadáver al río en vez de beneficiármela— Hoat rió, y con él, todos sus hombres.
Jaime alzó la cabeza, y por primera vez en su vida pensó en los dioses de los que le hablaba Lady Catelyn, aquellos en los que creía Anna les rogó que no dejasen que aquello ocurriera. Si hubiera podido gritar lo habría hecho.
Ella agarro con fuerza su brazo.
— No deberíais haber vuelto
— Y vos deberíais haberos marchado hace unas horas.
Ella rió y se incorporó.
— Ha faltado poco, ser Jaime
— Muy poco, Lady Mormont
Salieron con la ayuda de los hombres que se apiñaban alrededor del corral. Cuando ambos estaban fuera Hoat se acercó a Ser Jaime.
— Ella se queda
— Me temo que si queréis a la dama tendréis que luchar conmigo, y dudo que a Roose Bolton le interesen más vuestros deseos que los de mi padre.
Vargo le asesinó con la mirada y Jaime paso a su lado golpeándole en el hombro.
— Siento lo de los zafiros — sonrió Anna cuando se subió al caballo.
— Lo lamentaras pequeña zorra.— Vargo Hoat le dio la espalda y Anna sintió como un desagradable escalofrío le recorría la espalda. Se permitió expirar con alivio.
— Gracias— le dijo al caballero sin mirarle— ya os debo una mano y mi vida.
— Entonces habréis de quedaros mucho tiempo en la capital
Una sonrisa torcida apareció en el rostro de Lady Mormont, que se subió al caballo que le ofrecían. Lo condujo hasta que salieron de Harrenhall, uno al lado del otro, sin mirarse y sin comentar lo que había pasado en el corral.
Anna sintió por primera vez el dolor punzante de las garras del oso y se dio cuenta de que si no quería una infección lo mejor era curarla lo antes posible.
Unos veinte hombres les acompañaban y no pudo evitar preguntarse si pensarían de ella lo mismo que Vargo Hoat.
Estuvieron cabalgando hasta entrada la noche y el cansancio se notaba en la cara de Jaime.
Se sentaron alrededor del fuego y ella se escabulló bosque adentro en busca del río que llevaba oyendo todo el camino. Lo encontró a unos pocos metros y buscó un lugar cómodo y plano para sentarse y con un pañuelo limpiar la sangre reseca dar su herida del cuello.
Se sentó en una peña a la orilla y mojó el pañuelo en el agua, al principio le fue bien, pero cuando quiso alcanzar las gotas que habían caído por la espalda y el final de la herida, se dio cuenta de que el corsé le apretaba tanto que no podía alcanzar la zona. Resopló enfadada y limpió el pañuelo en el agua a golpes.
— El día que os comportéis como una dama, tal vez os traten como tal.
— No me importa cómo me traten los hombres como vos, Ser Jaime.
El caballero rió, se acercó a la peña y se sentó a su lado.
— Claro que os importa.
— Decid lo que queráis.— dijo intentando por última vez limpiar la sangre de su espalda.
— ¿Me permitís?
— Gracias — dijo tendiéndole el pañuelo
Lannister levantó una ceja, sorprendido.
— ¿Confiáis en mí, Lady Mormont?
Asintió como una respuesta, aquel era un caso desesperado. Y contando con que le había salvado la vida, ahora no echaría su buena obra del día a perder.
Agarro el pañuelo y lo poso suavemente en la piel de la chica, ascendió por la espalda, dejándola limpia a su paso y provocándole un escalofrío a la dama. Cuando lo posó en la herida ella reprimió una queja por el escozor y el levanto inmediatamente el pañuelo.
— ¡Perdonadme! No controlo mi fuerza en la mano izquierda.
— Es igual, me gusta quejarme.
El pasó el pañuelo por última vez, pero se escapó de entre sus dedos y la mano tocó su piel unos segundos.
Ninguno tuvo suficiente valor como para decir nada. Pero se volvieron para mirarse. Anna Mormont sintió un peligroso deseo de agarrar su casaca y besarle como si no se apellidase Lannister. ¿Era aquello lo que le provocaba el caballero? No sentía nada por él, pero la culpa y el hecho de que le debía ya dos vidas habían podido con ella. Un favor a cambio de otro favor. Así funcionaba el reino, no existía el altruismo.
¿O sí?
— ¿Por qué habéis vuelto?— dijo olvidando sus pensamientos. Agitando la cabeza.
El giró la cabeza hacia un lado para mirarle mejor. Sonrió de lado.
— No lo sé, soñé con vos.
— Una pesadilla, asumo
— En realidad— Jaime se acercó a ella con la intención de besarla — fue bastante agradable— terminó la frase muy cerca de sus labios.
Ella frunció el ceño, se alejó y bajó la manga de su vestido. Siempre se pedía algo a cambio, por mucho que ella desease que no fuese así.
— No os paséis de listo conmigo— dijo levantándose, dirigiéndose al campamento.
— ¡Lady...!
— Gracias por vuestra ayuda, ser Jaime.
Él le agarró del brazo y ella se zafó rápidamente, con cara de disgusto.
— Que hayáis perdido el título de Matarreyes no os hace perder vuestro nombre.
En realidad, y por desgracia, Anna no quería decir aquello pero sabía que era lo correcto.
— Entonces os deseo buenas noches, Lady Mormont.
— Lannister— dijo despectivamente cuando pasó a su lado.
El pañuelo quedó abandonado encima de la peña y Jaime lo lanzó al río con la bota. Con el movimiento de la corriente consiguió adivinar dos iniciales: R.S.
Asintió con la cabeza. Robb Stark regalaba pañuelos y ganaba guerras mientras que él bebía demasiado vino e intentaba llegar a alguien intocable.
