Capítulo 2:

Acababan de interrumpir uno de los momentos más deliciosos de toda su existencia. La venganza no tendría límites. Su acostumbrada noche del sábado en el prostíbulo de esa maldita rata pintaba mejor que nunca con aquella delicia, pero lo habían echado todo a perder y en el mejor momento. La estaba besando, sus manos acariciaban hambrientas esos suaves muslos y su mente no dejaba de evocar imágenes de todas las cosas maravillosas que le haría. Sin embargo, todo se había echado a perder y no perdonaría.

¿Qué mierda de seguridad tenía aquel local? Esperaba que esa rata fuera capaz de mantener las puertas cerradas y de proteger a sus clientes y a sus empleados de esos demonios de alcantarilla. Jamás le había sucedido algo semejante en toda su larga vida. Se ocuparía de que ese sitio fuera clausurado con la máxima inmediatez. Podía encontrar millones de prostíbulos mucho más seguros que aquel. ¡Malditas ratas avariciosas que no habían querido gastar ni un penique más de la cuenta en contratar a un equipo de seguridad competente! Un hombre como él no tendría por qué encontrarse en una situación semejante.

Observó sin sorprenderse la escena que ante él se abría. Clientes intentando luchar contra la amenaza que se cernía sobre ellos. Clientes siendo brutalmente asesinados y su dinero después robado. Las bailarinas brutalmente violadas; algunas de ellas muertas antes de que su cuerpo fuera tomado. Las ratas intentaron oponerse a la invasión, por supuesto. Sin embargo, en cuanto se vieron superadas salieron huyendo exactamente como lo que eran. ¡Sucias alimañas! Aquellos demonios de alcantarilla lo vieron, lo señalaron y sonrieron como si dentro de su plan se encontrara él. Nunca esperó algo semejante. ¡Menudo atrevimiento!

Llevaba cerca de un siglo acudiendo a ese antro el mismo día, a la misma hora. Seguro que ellos ya sabían eso. Seguro que lo habían estado vigilando, esperando el momento propicio para poder tirarse sobre él. ¡Desgraciados! Iban a por él. Todo estaba planeado. El dinero que sacarían de los clientes y las cajas y las violaciones sólo era un pequeño añadido. Al parecer, esos demonios de alcantarilla eran más inteligentes de lo que una vez imaginaron aunque seguían siendo bastante tontos si pensaban que podrían con él.

Cerró la cortina de un tirón al ver que se dirigían hacia él y dio un paso atrás. Si se atrevían en verdad a atacarlo, descubrirían lo que un auténtico Taisho era capaz de hacer. Además de su fuerza y su poder innato de la familia, acudió al ejército y había luchado en multitud de revueltas por pura diversión. Entrenaba a diario y dos veces por semana practicaba lucha libre para no perder las buenas costumbres y su ansia de sangre. No iban a encontrarse con una flor delicada que salía huyendo a la primera de cambio con el horror pintado en la cara. Se encontrarían con un auténtico demonio. Un macho demoníaco que los iba a descuartizar por su atrevimiento.

― ¿Qué ocurre?

Volvió a la realidad con esa pregunta tan inocentemente pronunciada. ¡No estaba solo! ¿Cómo había podido olvidar a la deliciosa mujer con la que estaba a punto de acostarse un minuto antes? Esa mujer cambiaba por completo sus planes. Podría dejarla allí. Ella no estaba bajo su responsabilidad. Sólo era una humana sustituible, pero no se sentía capaz de hacerlo. Ella era virgen. ¡Era su virgen! Se la habían ofrecido a él. Aunque todavía no había pagado, iba a dar una gran suma por ella. ¡Era suya! La sola idea de que uno de esos asquerosos demonios de alcantarilla le pusiera las manos encima, le asqueaba.

Giró la cabeza lo suficiente para verla. Ella se había puesto de pies y lo miraba con los ojos enormes por el temor y su cuerpo tembloroso. Su instinto de supervivencia humano le gritada que algo estaba sucediendo fuera del reservado, en el club. Ese instinto que los humanos parecían poseer ante el peligro le estaba avisando.

― Están asaltando el local.

― ¿Q‐Quién? ― logró balbucear.

― Unos demonios de alcantarilla.

Ella lanzó una exclamación ahogada al mismo tiempo que se llevaba una mano al pecho, asustada. Los humanos, con el tiempo, habían aprendido a temer a esos demonios que se escondían en las alcantarillas y, a veces, en los callejones sin salida. Las humanas los temían más que nadie porque sabían cómo resultaba el encontrarse con uno de ellos.

― ¿Q‐Qué…? ¿C‐Cómo…?

La muchacha no parecía ser capaz de articular una pregunta coherente.

― Creo que me quieren a mí, pero no podrán cogerme.

No, no podrían cogerlo, pero ahora contaba con otro factor más en la ecuación que lo alteraba todo: Kagome. No podía dejarla allí a merced de esos mal nacidos. Ahora bien, sacarla sería arriesgado. Lo buscaban a él, y, en cuanto la olieran a ella, él dejaría de tener importancia. ¿Quién era él en comparación con una hermosa y joven hembra humana virgen?

Kagome contempló la ancha espalda de Inuyasha horrorizada. Los demonios de alcantarilla fueron los responsables de la muerte de sus padres. Los asaltaron una noche cuando volvían del trabajo para robarles. Su padre intentó oponerse y lo mataron y a su madre la violaron. Horas después, su madre también moría. Nunca podría perdonarles a esos miserables lo que le hicieron a sus padres y la sola idea de sufrir el mismo destino…

Apartó la mirada con los ojos inyectados en lágrimas. No sabía qué hacer. Ella no era rival para esos demonios, ni para ningún otro. ¡No podía defenderse de su brutal fuerza! Sin embargo, Inuyasha parecía muy seguro de sí mismo, y, al examinar mejor su cuerpo, se percató de que probablemente fuera más fuerte de lo que ella imaginó en un principio. Esa idea la dejó anonadada. No obstante, Inuyasha había hablado de sí mismo, no de ella. El gran e importante Ministro de Trabajo salvaría su vida y no la de una vulgar prostituta. Él lucharía por y para sí mismo, y nadie se lo reprocharía. La dejaría allí a merced de los asaltantes, y, aunque ella lucharía con uñas y dientes, terminaría sufriendo el mismo destino que sus difuntos padres. ¿Qué iba a ocurrir con su hermano después de eso?

No, no podía morir. Tenía que vivir por Souta, para protegerlo y asegurarse de que él sobrevivía, de que él continuaba con su vida. Souta la necesitaba y sin ella moriría de hambre o bajo la fría lluvia. No pensaba morir esa noche allí, y no se dejaría amedrentar por esos demonios de alcantarilla, por la asquerosa rata de su jefe o por el mismísimo Ministro de Trabajo. Agarró la botella de whisky decidida, pensando que podría serle útil el cristal. Sólo le valdría para un golpe. También podría usar los vasos. Lo que fuera. Lo único que necesitaba era huir de allí.

El primer demonio intentó entrar en el reservado segundos después. Inuyasha se agachó elegantemente, agarró la cinturilla de sus pantalones y lo alzó como si pesara menos que un niño sobre su cabeza. El demonio gritó asustado desde ese momento hasta mucho después de que Inuyasha lo lanzara bien lejos, fuera del reservado. En ese momento en el que se abrieron las cortinas, Kagome pudo entrever el horror en el que se había transformado el local. Había demonios muertos por todas partes, peleas entre otros y sus compañeras… ellas… Apartó la mirada horrorizada. Podría ser ella.

― No puedes flaquear ahora. ― le dijo el ministro sin mirarla.

― Ellas… ― musitó.

― No llores. ― le ordenó secamente ― No eres tú.

― Pero podría ser yo…

― ¡No lo serás! ― aseguró.

Y en la determinación que escuchó en su voz supo que él no lo permitiría. Se había equivocado al juzgar al Ministro de Trabajo tan pronto. Ahora sabía mejor que nunca que no la abandonaría y, sin saber por qué, eso le causó una sonrisa.

Sus alegres pensamientos se vieron interrumpidos por el gruñido de un demonio que entró como un toro a través de la cortina. Corría hacía ella, la lanzaría por los aires si le daba. A penas pudo apartarse a tiempo, alzó la botella y la rompió en su cabeza con un gritito femenino que hubiera preferido suprimir. La botella se hizo añicos y el demonio cayó a sus pies inconsciente, o tal vez muerto. Ella soltó la boca de la botella y se apartó dando traspiés.

De repente, se vio arrastrada por unos fuertes brazos que conocía y unos labios posesivos se apoderaron de los de ella. Durante unos segundos, se olvidó de todo lo que estaba sucediendo esa noche, fuera y dentro de ese reservado, y sólo pudo pensar en lo endiabladamente bien que besaba ese hombre. Se derretía en sus brazos cada vez que él la sostenía y sus rodillas estaban temblando por la emoción. Un solo beso más como ése y él la tendría a su merced. La idea la excitaba y la horrorizaba al mismo tiempo. Él rompió el beso demasiado pronto para su gusto.

― Me gustan las mujeres que saben defenderse.

Y la idea de gustarle a Inuyasha Taisho se le antojó fascinante. No obstante, no tuvo demasiado tiempo para pensar en ello. Más demonios intentaron entrar a por él, pero Inuyasha la soltó y luchó con maestría contra todos ellos. Lo vio usar karate, también boxeo y muchas más técnicas de diferentes estilos de lucha. ¡Era impresionante! Inuyasha dominaba por completo el arte de la lucha y sabía cómo luchar, hasta qué punto atacar o ceder, cuál era la mejor estrategia y todo calculado en cuestión de segundos.

Se encontraba fascinada viéndole peinarse el cabello hacia atrás tras rematar a otro demonio cuando unas manos sujetaron sus tobillos y tiraron de ella. Gritó mientras caía al suelo de espaldas y fue arrastrada sobre el frío mármol, fuera del reservado. Con sus manos quiso defenderse de las manos que trataban de desnudarla. No podía hacerlo. El golpe que se había dado en la espalda al caer al suelo la había dejado atontada y le costaba incluso el simple hecho de respirar. Con manos temblorosas y las mejillas húmedas por las lágrimas gritó e intentó apartarlo de ella, pero sentía cada vez más y más que la batalla estaba perdida. ¿Así iba a acabar todo? Sudorosa, temblorosa, temerosa y llorando por un poco de compasión.

Ni en sus mejores sueños. La escuchó gritar a su espalda y sólo vio el borrón de su cuerpo siendo arrastrado por el suelo. El demonio que la había agarrado debía haber olido su virginidad. Lo que no sabía, era que había firmado su sentencia de muerte. Apartó de una patada uno de los cuerpos que había tumbado él mismo y apartó la cortina. Cuando la vio tirada en el suelo, intentando luchar débilmente por su vida, le hirvió la sangre. Ese asqueroso demonio, osando posar sus sucias y sudorosas manos en el cuerpo de Kagome. ¡Lo pagaría caro!

Se dirigió a paso decidido hacia ellos, dispuesto a matarlo de un rápido golpe hasta que las manos del demonio le arrancaron el sujetador azul celeste y ella suplicó clemencia. Toda su perfecta calma se evaporó. Corrió hacia él y antes de que pudiera posar de nuevo sus manos sobre ella, le partió el cuello.

― ¿Estás bien?

Kagome se giró, adoptando una posición fetal en un vano intento de ocultar su cuerpo semi desnudo y sus gruesas lágrimas.

― No hay tiempo para llorar, Kagome.

Se las ingenió para colar su mano en el arco que formaba su cuello contra el suelo y con su otra mano posada en su brazo desnudo, la hizo sentarse en el suelo. Teniéndola más a su alcance de esa forma, rodeó su cintura y la puso en pie. Su larga melena azabache cubría sus pechos aunque se podía lograr a atisbar perfectamente la curvatura de los senos y la opulencia. Si no se encontraran en medio de aquella batalla, él le habría quitado el maldito sujetador, y no estaría temblando de miedo precisamente. Se quitó la chaqueta de un tirón y se la puso sobre los hombros. Era la primera vez en su vida que deseaba cubrir a una mujer.

Vio como la joven metía los brazos dentro de las mangas con una timidez que le asombró para una bailarina de striptease y él mismo le ató la americana. Cuando se volvió con un brazo sobre sus hombros para protegerla con su cuerpo si era necesario, se encontró con varios ojos sobre ellos. Ya estaba hecho, todos esos demonios habían olido su virginidad e iban a por ella.

― ¿Inuyasha? ― lo llamó ella asustada.

― Vamos a tener que salir de aquí.

― Pero…

― La salida principal y la de emergencia son un hervidero de demonios. Tú conoces la zona privada del local. ― supuso ― ¿Por dónde podemos salir?

Kagome sopesó la pregunta y todo lo que ello conllevaba. Mentalmente empezó a recorrer toda la zona privada en busca del menor atisbo de una salida, una ventana o un hueco por el que pudieran escapar. Mientras tanto, Inuyasha luchaba con todo demonio que osara acercarse a ellos, pero no podría luchar eternamente. Tenía que darse prisa. Entonces, pensó en la ventana del despacho de la rata. Esa ventana era lo bastante grande como para que Inuyasha cupiera en ella y estaba en un primer piso sobre un contenedor abierto.

― ¡Sé por dónde podemos salir! ― exclamó.

Inuyasha pateó a otro demonio y se volvió hacia ellos.

― ¿Por dónde?

― Tenemos que dirigirnos hacia las escaleras, primer piso. ― le indicó.

― ¿Las escaleras? ― le preguntó sin estar seguro de sus palabras.

― Confía en mí.

Se aferró a su grande y cálida mano y tiró de él para arrastrarlo hacia las escaleras. Inuyasha la hizo retroceder y le dio un cabezazo al primer demonio que intentó cruzarse con ella. Kagome contempló el golpe asombrada y escuchó romperse los huesos de la cabeza del otro demonio. Por el contrario, Inuyasha estaba perfectamente, como si no hubiera sucedido nada. El Ministro de Trabajo era sin duda alguna impresionante. Se notaba que era descendiente de una de las grandes familias que acabó definitivamente con la guerra entre demonios y humanos. ¡Qué fuerza!

Los demonios se percataron de que intentaban llegar hasta la escalera y se cruzaron en su camino. Inuyasha no podía enfrentarse a ellos para pasar y defenderla a ella al mismo tiempo. ¡Tenía que ayudarlo! Y la gran idea llegó cuando vio el extintor en la pared. No había ningún demonio al acecho junto al extintor. Se soltó de la mano de Inuyasha mientras que él se enfrentaba a la barrera y no contestó a su llamada cuando él quiso detenerla. Antes de que pudiera volver a llamarla, agarró el extintor y gritó sorprendida por lo mucho que pesaba. Cayó al suelo en cuanto lo sacó de su confinamiento en la vitrina. Trasteó con la boquilla del extintor nerviosa porque varios demonios corriendo se dirigían hacia ella, aprovechando que estaba sola. Por fin dio con el mecanismo y los miró sonriente, sabiendo que ellos pensaban en violarla.

― Lo siento chicos, pero otro día será.

Apretó el resorte y salió suspendida la espuma. Los demonios gritaron y cayeron al suelo intentando quitarse la espuma de los ojos, la nariz y la boca. Entonces, ella giró el extintor, arrastrándolo por el suelo, y se volvió hacia la barrera frente a la escalera.

― ¡Inuyasha!

Inuyasha se giró para mirarla en mitad de una llave y con una sola mirada descubrió todo su plan. Dejó caer a ese último demonio y se apartó. Volvió a pulsar el resorte y la espuma salió disparada hacia los otros demonios. Cegados no pudieron hacer gran cosa contra Inuyasha, quien los apartó en cuestión de segundos. Sorprendentemente, él corrió hacia ella después. Agarró el extintor con una mano, sin el menor esfuerzo y la agarró a ella con la otra. Subieron juntos las escaleras y se sintió avergonzada por resbalarse con los peldaños manchados de espuma. ¿Quién no se resbalaría con esos tacones?

Llegaron al final de la escalera e Inuyasha la empujó contra la pared del pasillo que rodeaba el local por dentro, dando a las diferentes habitaciones. ¿Qué iba a hacer Inuyasha? Escuchó un ruido metálico y al volverse lo vio golpear con el extintor las barras metálicas que sostenían la estrecha escalera de metal. ¡Iba a echar abajo la escalera! Observó fascinada como sus músculos bajo la camisa se contraían y se ensanchaban en cada golpe hasta que, finalmente, se detuvo. La escalera seguía ahí, a lo mejor no pudo con ella.

Su corazón dio un vuelvo cuando una fila de demonios surgió de la escalera, pero, entonces, Inuyasha presionó el resorte del extintor y los embadurnó a todos. Ya habían aprendido la lección y no se vieron muy afectados. Sin embargo, el propósito era que se distrajeran lo suficiente como para que Inuyasha apoyara las palmas abiertas de sus manos sobre la barandilla de la escalera y se alzara en el aire para darles una impresionante patada que los hizo caer de espaldas, como si se tratara del efecto domino. En cuanto los pies de Inuyasha volvieron a tocar el suelo del primer piso, la escalera gimió y cayó, dejándolos a ambos aislados allí arriba.

Si se hubieran encontrado en otra situación, le hubiera aplaudido. Lo que acababa de hacer había sido impresionante. Nunca en toda su vida imaginó algo semejante. Inuyasha conocía muy bien el arte de la guerra.

Sin echar una sola mirada atrás, él agarró su mano y tiró de ella.

― ¿A dónde? ― exigió saber.

― ¿Y las demás?

Horrorizada, dirigió su mirada hacia el piso inferior. Sus compañeros de baile, sus amigas, esas otras chicas que también estaban allí porque no tenían otra cosa, estaban siendo violadas. Algunas de ellas ya estaban muertas. Había unas pocas que aún lograban defenderse.

― No puedo salvarlas.

Ella clavó los tacones en el suelo ante sus impasibles palabras y se quedó mirando su espalda, dolida por sus palabras. ¿Por qué no podían salvarlas? ¿Por qué tenía que sobrevivir sólo ella?

― No daré un paso más si no… ―intentó imponerse.

― Ahora vas a escucharme mocosa.

Se vio aplastada contra la pared mientras que el cuerpo de Inuyasha la presionaba cada vez más y más.

― Me ha costado un infierno salvarte sólo a ti. ― aclaró ― ¡No puedo salvarlas a ellas también!

― Pe‐Pero… ti‐tiene… tiene que ha‐haber… algo que…

― ¡No! ― se apartó de ella ― Me he visto envuelto en situaciones como ésta anteriormente y sé de lo que hablo.

No podía entender por qué ella no podía mantener la boca cerrada y sentirse agradecida porque él le hubiera salvado la vida. Los humanos eran seres egoístas y caprichosos que no se preocupaban por los demás. No podía preocuparle en serio lo que le estuviera ocurriendo a las demás chicas. No podía importarle porque ella estaba a salvo. ¿Tan difícil era callarse y salir huyendo de allí sin mirar atrás?

― No puedo irme sin saber que ellas…

― Ellas ya están condenadas.

― ¿Por qué me salvas a mí?

Ni él mismo podía contestar a esa pregunta. ¿En serio estaba salvando a una mujer humana sólo por su virginidad?

― No lo sé, pero si sigues molestando, cambiaré de idea.

Ella tragó hondo al escucharle y bajó la mirada asustada y dolida por sus palabras. Estaba harto de tanto sentimentalismo humano. En esa noche había tenido más que suficiente por toda una vida. Agarró su mano y volvió a tirar de ella hacia el cuadro de seguridad que había visto al llegar arriba. Ante su mirada llorosa, rompió el cristal y sonó la alarma que llamaba al cuerpo de seguridad de la ciudad. Después, rebuscó en la americana que le había colocado y sacó un mechero que siempre llevaba encima por si acaso. Hizo salir una llama y alzó su brazo para acercarlo a la alarma de incendios. La alarma se activó y empezó a caer agua del techo como si se tratara de lluvia.

Desde allí arriba, pudieron ver cómo los demonios de alcantarilla que habían asaltado el prostíbulo salían huyendo, temerosos del cuerpo de seguridad y de bomberos. ¡Demonios! Había hecho todo eso para que una humana no se preocupara, ni sufriera por sus "amigas".

― Gracias.

No contestó a su simple agradecimiento y le ordenó secamente que le mostrara esa salida. Kagome lo guió hacia una puerta y entraron en lo que parecía un despacho, el despacho de la rata.

― ¡Por aquí!

Kagome corrió hacia la ventana y la levantó. Sacó medio cuerpo y señaló algo abajo. Él se acercó para echar un vistazo y vio el contenedor abierto, lleno de blandas bolsas sobre las que podrían caer. Desde luego, esa chiquilla tenía cerebro. Se subió él el primero al marco de la ventana y saltó. Cayó sobre las bolsas y se apartó para hacerle sitio y poder intervenir si ella tenía algún problema al caer.

― ¡Salta!

La vio sentarse en el marco y decir lo que parecía una oración. ¡Humanos!― pensó ― Siempre creyendo que alguien ahí arriba los va a salvar. La vio caer perfectamente sobre las bolsas. Salió el primero del contenedor y la ayudó a salir a ella. Justo en el mismo momento en el que la alzaba del contenedor para dejarla sobre el suelo de cemento húmedo por la lluvia de horas antes, unos demonios de alcantarilla gritaron y los señalaron. Agarró su mano y tiró de ella para salir corriendo de allí. Ahora que estaban fuera, lo único que tenían que hacer era correr hasta llegar a una zona más transitada o hasta que el cuerpo de seguridad llegara hasta allí y los demonios de alcantarilla salieran huyendo.

Kagome se tropezó por segunda vez por culpa de los tacones de aguja y se estabilizó de nuevo para continuar corriendo. Le faltaba el aliento, estaba agotada y asustada y esos malditos tacones no le permitían correr como una persona normal. Todo eso por no decir que iba a terminar torciéndose el tobillo. Ella los estaba retrasando. Inuyasha debió pensar lo mismo porque al tercer tropezón, se volvió, la levantó en volandas contra su cuerpo, y empezó a correr con ella en brazos. Kagome se quedó sin palabras. Corría incluso más de prisa que antes y eso que estaba cargando con ella.

Él no dijo ni una sola palabra y continuó corriendo hasta que llegaron al centro de la ciudad. Fue en el momento en el que se cruzaron con el cuerpo de seguridad y con los bomberos corriendo hacia la zona en la que se encontraba el prostíbulo cuando él al fin la dejó en el suelo. Agarró su mano y caminaron por las calles como si nada sucediera, como si fueran una pareja normal y corriente. Muchas cabezas se volvían hacia Inuyasha por la calle. Todos debían saber quién era él, a diferencia de una inculta hembra humana como ella. Las mujeres le sonreían coquetas; los hombres mostraban su respeto. Algunos hombres también se volvían hacia ella. La rata definió su virginidad como algo muy valioso. Empezó a pensar que se había quedado corto. Los demonios de alcantarilla parecían dispuestos a matar por tenerla.

Torcieron por la esquina derecha en una calle y se encontraron en el barrio más elegante y más lujoso que ella había visto en toda su vida. Como humana que era, había recorrido muy poco de la ciudad y nunca zonas como ésa. ¿Qué pintaba una humana como ella en un sitio así? La gente que por allí vivía debió pensar lo mismo porque le lanzaron miradas de pura arrogancia y prepotencia. Se creerían mejor que ella esos crueles demonios… ¡No! No todos eran crueles. Examinó discretamente el perfil de Inuyasha pensando en ello. El Ministro de Trabajo a el que tanto había odiado en el pasado, no era para nada el monstruo que ella había imaginado. Era un hombre atractivo, arrogante, por supuesto, pero también bondadoso. La salvó y cuando ella se lo pidió, hizo algo por las demás. Si hubiera sido malo, no lo hubiera hecho ni aunque le suplicara.

Inuyasha la guió hacia el interior de un edificio y subió en un ascensor por primera vez en su vida. Había oído hablar de los ascensores y le dijeron que como secretaría trabajaría en un lugar en el que los hubiera, pero nunca había montado en uno. Subió emocionada, mas no sintió nada. Sabía que estaba subiendo y no notaba ni la menor alteración. Se sintió decepcionada.

Al llegar al piso que Inuyasha había señalado, sonó un timbre y las puertas se abrieron. Kagome no pudo evitar volver la cabeza asombrada para ver cómo las puertas volvían a cerrarse mientras que ellos avanzaban hacia la puerta del apartamento de Inuyasha. Aquel lugar era mucho más de lo que ella hubiera podido imaginar nunca. ¡Qué bien vivían los demonios! Especialmente, los demonios tan importantes como Inuyasha. Él sacó unas llaves de su americana y abrió tres cerraduras. Alguien tan pudiente como él debía tener buena seguridad en su hogar.

Estaba todo a oscuras cuando abrió la puerta y la empujó al interior. Tras ella escuchó cerrarse las cerraduras mientras se iba iluminando poco a poco el piso. ¿Las luces se encendían solas? ¡Impresionante! Sin poder evitar sonreír por su nuevo descubrimiento, se volvió hacia Inuyasha y lo vio cerrar además un par de cerrojos que sólo estaban por dentro y una cadena. Abrió la pequeña puerta de una caja metálica junto a la puerta y movió unas pinzas. ¡Qué extraño!

― ¿Qué es eso? ― preguntó con curiosidad.

― Sistema de seguridad. Si alguien intenta entrar, lo sabremos y también la policía.

Dudaba que alguien fuera capaz de abrir esa puerta, pero no lo expresó en voz alta. Inuyasha la ignoró por completo al pasar por su lado y atravesó el corredor para meterse en una habitación. Ella avanzó y se detuvo delante de una puerta abierta para ver lo que parecía ser el salón. Contempló asombrada todo ese lujo. Todo el suelo cubierto con una moqueta impecable, los muebles de la mejor calidad, de exquisitas molduras, preciosos cuadros con toda la pinta de ser carísimos. Se parecía a la casa de muñecas que ella había soñado tener. La diferencia era que esa casa era de verdad.

― ¿Quieres tomar algo?

El demonio apareció por la puerta con un vaso de lo que parecía whisky. ¿Cómo podía seguir bebiendo sin caer tumbado de espaldas?

― No, gracias.

Él se encogió de hombros y se bebió todo el contenido del vaso antes de agarrarla y tirar de ella hacia el sofá. En menos de dos segundos, se encontraba tumbada sobre la cómoda tapicería con Inuyasha sobre su cuerpo, calentándola. ¿Pensaba acostarse con ella?

― Espera, ¿qué haces?

Sintió sus labios, su lengua, humedeciendo la sensible piel de su cuello y su grito de protesta se convirtió en un gemido. ¿Por qué tenía que gustarle tanto? Después de todo lo que habían compartido en esa noche, no quería sexo con Inuyasha. Bueno, mentía. A decir verdad, lo deseaba y viendo que no era para nada el demonio que ella imaginó, podría incluso… ¡No de esa manera! Se estaba descubriendo a sí misma deseando algo más de un demonio que eso.

― ¡Detente!

Lo empujó con las manos y le resultó imposible moverlo. Él era muy fuerte.

― ¿Por qué? ― preguntó él en un gemido ― He pagado por ti.

Odió esa frase, pero fue la baza que ella necesitaba.

― ¡No! ― lo retuvo de nuevo ― ¡Todavía no has pagado!

Él se apartó de ella enojado por las palabras de la joven y la observó frustrado y colérico. Era verdad, todavía no había pagado. Sin embargo, a ella ¿qué más le daba? Su única ganancia sería la propina que él iba a darle.

― Tendrás tu propina cuando…

― No. ― contestó impasible.

― ¿Cómo que no? ― contestó asombrado ― Te daré una muy buena propina y…

― ¡No es suficiente!

Vio la seguridad en sus ojos y no pudo menos que maldecirse a sí mismo. Ella no le tenía miedo, ni se lo tendría. Sabía a la perfección que él nunca la violaría y se estaba aprovechando de eso. Desgraciadamente, sus pensamientos eran acertados y no le quedaba otra que regatear con ella. ¡Increíble! Le salvaba la vida y tenía que suplicar por un poco de sexo.

― ¿Cuánto quieres? ― cedió.

― No quiero dinero. El dinero se gasta de prisa. ― puntualizó ― Ofréceme algo mejor.

Algo mejor que el dinero. Sólo se le ocurría una cosa mejor y no le gustaba cómo podía resultar, pero en verdad estaba desesperado por tenerla.

― Te daré un techo y comida de por vida si así lo deseas.

Nunca le había ofrecido tanto a ninguna mujer.

― Mmm… ― meditó ― Me gusta, pero seguro que puedes mejorarla.

― ¡Eres una perra avariciosa! ― gruñó.

― ¡Y tú un gañán!

Los dos fruncieron el ceño mientras se lanzaban una mirada desafiante. Kagome no iba a ceder ante él, no hasta que él cediera a sus deseos. Por primera vez en su vida, se dio cuenta de que, para su desgracia, había dado con una humana que no lo temía. Kagome no tenía ni una pizca de miedo y eso que un par de horas antes había temblado de puro temor. ¿Cómo era posible semejante cambio? Sólo un humano podría sorprenderlo de aquella forma.

― ¿Qué más quieres?― gruñó la pregunta en una clara rendición.

― Quiero absoluta libertad. No eres mi dueño.

Esa respuesta no le gustó en absoluto. ¿Libertad para qué? ¿Para salir a la calle? ¿O para verse con otros hombres?

― Podrás hacer lo que te venga en gana siempre y cuando no te veas con ningún otro macho de ninguna especie. ― declaró con voz impasible.

Kagome se quedó sin palabras al escucharlo. ¿Estaba celoso? Juraría que cuando pronunció esas palabras vio un ápice de posesividad y de celos en su mirada. Sabía que era posesivo, pero no imaginó que hasta tal punto. Si era así con ella, ¿cómo sería con una mujer a la que amase? En un lugar secreto de su corazón, albergaba la esperanza de saberlo y de sentirlo algún día.

― De acuerdo. ― cedió ella sabiendo que nunca se iría con otro.

― Entonces…

Hizo amago de volver a besarla, pero ella lo apartó poniendo los dedos sobre sus labios.

― Quiero algo más.

― Habla.

Aprovecharía lo receptivo que estaba Inuyasha. Ya era hora de hablarle de su hermano pequeño.

Continuará…