Los personajes pertenecen a Rumiko.


Más allá del tiempo.

II


Al despedirnos éramos como dos chicos que se han hecho estrepitosamente amigos en una fiesta de cumpleaños y se siguen mirando mientras los padres los tiran de la mano y los arrastran, y es un dolor dulce y una esperanza…

Julio Cortázar, Rayuela


Kagome miró el camino que estaba transitando, la idea de ir a ese lugar había sido de sus padres para memorar el día que se conocieron cuándo eran jóvenes. La historia de su madre y su padre era hermosa, ello se habían conocido en ese lugar cuándo eran pequeños y cuándo se vieron ambos supieron que habían nacido el uno para el otro, sin embargo se tuvieron que separar porque sus padres les habían dicho que era hora de regresar a casa. Sin embargo con el paso del tiempo se volvieron a encontrar y recordando cuándo eran pequeños, se dieron cuenta de qué ellos ya se habían conocido antes.

Tiempo después se casaron y nació su primogénita: Kagome Higurashi, la cual ahora disfrutaba del paisaje y no era para menos, después de todo ese lugar era sencillamente hermoso. Los árboles de cerezo adornaban el camino empedrado que había. Volteó a ver a sus padres los cuales caminaban de la mano; a veces dirigían sus manos entrelazas al vientre de Naomi en el cuál se estaba creando su futuro hijo: Sota.

La familia Higurashi siguió caminando y disfrutaba del paisaje, hasta qué decidieron que era hora de descansar un poco. Se aproximaron a las bancas que habían colocado en lugares estratégicos para qué el sol no los molestara y finalmente se sentaron y comieron lo que habían preparado previamente en su casa. Después de comer, el papá de Kagome le dio permiso para ir a jugar un rato antes de irse, siempre y cuando no se fuera muy lejos y si así era, qué se fijara muy bien el camino que tomaba.

Pero la pequeña de cinco años salió corriendo hacía un pequeño lago que había por ahí; le había encantado el lugar desde el primer momento en qué lo había visto y además, disfrutaba de la compañía de los animales que había por el lugar. Se mantuvo un rato apreciando todo lo hermoso que el lugar brindaba, hasta qué decidió que era hora de regresar con su familia.

Sin embargo se dio cuenta de qué no había memorizado el camino.

Trató de relajarse diciéndose qué todo estaría bien y empezó a caminar tratando de encontrar el camino que debería seguir. Pero era inútil, no había ninguna flecha ni nada que le indicará por dónde tenía que ir. Sin embargo no se dio por vencida, ella tendría que volver con su familia sana y salva. Siguió caminando por casi media hora y entonces, se dio cuenta de qué lo mejor era pedir ayuda a la primera persona que encontrará.

Pero no había nadie.

Sí, sin duda alguna era su día de suerte.

Caminar al parecer era la única opción que tenía, así que fue lo que hizo hasta que encontró a un niño más o menos de su edad y corrió hacia él. Una vez cerca se dio cuenta de qué tenía el cabello largo y plateado, además de unos bonitos ojos ámbares. Se sonrojó un poco al pensar de qué sin duda alguna el niño que tenía enfrente era guapo. Se acercó poco a poco hasta quedar a una poca distancia.

Él pareció notar su presencia y dejó el libro que estaba leyendo a un lado, para voltearla a ver a la niña frente a él y alzó una ceja, esperando que ella dijera algo.

—¡Hola! —Saludó ella—. ¿Cómo te llamas? —Sabía que antes de pedir ayuda debía tan siquiera ser amable con él.

—Sesshōmaru.

—¡Mucho gusto! —Volvió a sonreírle—. Yo me llamo Kagome.

Después de eso no hubo más plática entre ambos. Kagome se moría de pena por pedirle ayuda, así que lo único que atinó a hacer fue sentarse al lado de él, quién de nuevo desvió su vista hacía el libro que tenía. Ella dedujo que él era mayor que ella —ya que él sabía leer— y se mantuvieron en silencio un rato. Era un silencio cómodo a pesar de que ambos no se conocían para nada. Sesshōmaru sabía que ella estaba perdida, la había visto en el lago, también la había visto deambular por el lugar, pero simplemente no se atrevió a brindarle ayuda ni nada por el estilo, primero que nada porque él también sentía algo de pena (aunque nunca lo admitiera), así que lo único que hizo fue sentarse a terminar de leer el libro y esperar hasta que ella lo viera y se le acercara.

—Es tarde. —Mencionó él a la femenina. Ella lo miró sin entender. ¿Acaso le estaba diciendo que se fuera?

—L-Lo sé, pero… yo…

—Vamos. —Le ofreció su mano para ayudarla a levantarse. Kagome lo aceptó con gusto y se levantó.

Después de eso (y de soltarse las manos) no cruzaron ni media palabra. Finalmente Sesshōmaru dejó a Kagome hasta dónde estaba su familia y después se perdió de la vista de ella al confundirse entre los árboles. La pequeña no estaba segura de por qué, pero al parecer aquel desconocido había despertado en ella el sentimiento de la curiosidad.

Quería saber más de él, de hecho hasta había esperado que la familia de él estuviera por el lugar, pero parecía que él estaba solo.

Tuvo que irse unos pocos minutos después, pero la imagen de Sesshōmaru no desapareció de su mente. Se mantuvo ahí, intacta, esperando el momento en que volviera a verlo de nuevo.


Los recuerdos azotaron su mente de repente y abrió los ojos, se dio entonces cuenta de qué estaba en el mismo parque en el cual se había perdido y conocido a ese extraño niño (del cual no recordaba su apariencia). Se acordó de su padre y sintió un nudo en la garganta, sus pupilas amenazaron con no retener mucho tiempo las lágrimas que se empezaban a almacenar en éstas, pero Kagome rápidamente limpió su cara y se obligó a sonreír. Se suponía que tenía que estar feliz, ese día vería a su novio después de tanto tiempo sin verse (culpa de la universidad).

Se mantuvo mirando el paisaje, las mesas del lugar que habían cambiado con los años, observó a los niños correr de un lado a otro desbordando felicidad. También vio a los padres correr detrás de ellos o llamarlos; de nuevo ese nudo en su garganta.

Kagome había perdido a su padre hace más o menos un año, pero la herida seguía fresca, casi como si fuera reciente. Aunque no era para menos, ella amaba a su padre, siempre fue su héroe, su admiración. La noticia la había tomado desprevenida, había visto a su padre salir en la mañana, apurado diciendo que llegaría tarde, pero llegaría. Hasta lo había prometido. Pero el destino no dejó que cumpliera su promesa.

A Naomi le habían llamado más o menos en la media noche del teléfono de su esposo, fue entonces cuando una voz grave y fría le preguntó que sí era familiar del señor Higurashi, después de decir que era su esposa la noticia cayó sobre ella como una cubeta de agua helada, muy helada. Kagome y Sota estuvieron siempre ahí con su madre, ayudándola a llevar su pena y a la vez ellos mismos tratar de llevarla. Sin embargo, era difícil.

Fue entonces cuando Sesshōmaru llegó a la vida de Kagome, él le había confesado a ella qué era huérfano. Su padre había sido asesinado y de su madre no sabía nada, así que la dio por muerta. La chica al principio pensó que él no tenía emociones, sin embargo cuándo Kagome necesitó un hombro en el cual llorar y con quién desahogarse, el peliplata siempre estuvo ahí, no le reclamó, regañó, ni nada por el estilo. Simplemente escuchó atento todo lo que ella decía; limpiaba a veces sus lágrimas o le daba una qué otra palabra "de aliento" pero fuera de eso, nada.

La femenina no recordaba muy bien cómo se había enamorado de él, pero lo había hecho y perdidamente, cómo una niña. Entonces se lo dijo, después de tanto pensarlo y luchar contra ella misma, fue y le dijo a Sesshōmaru que le gustaba y le preguntó que si a él le gustaba ella. No tuvo una respuesta, solo un beso en los labios que ella tomó como una afirmación. Una hermosa afirmación.

—Disculpe… —un niño pequeño la sacó de sus cavilaciones. Desvió su mirada hacía él y le sonrió, animándolo a continuar—: Nos hace falta una persona más para jugar… ¿quiere jugar con nosotros?

La pregunta la tomó desprevenida, pero después de todo no tenía nada mejor qué hacer. Sonrió de nuevo y vio a los demás niños y padres de familia observarla con curiosidad. —Sería un placer. —Después de eso el pequeño la jaló hacía el centro del lugar y empezaron a jugar diversos juegos. Kagome pensó que así podía distraer un poco su mente en lo que llegaba su pareja.


Sesshōmaru manejaba con total tranquilidad por las calles, ese día tenía claro lo que iba a tratar de hacer; que su novia recordara y así comprobar de una buena vez qué era ella la persona qué no se había podido quitar de la cabeza. Desde que había conocido a esa niña de ojos zafiros nunca dejó de pensar en ella, no sabía por qué, pero así era.

A veces pensaba que la había visto en otro lugar, pero era casi imposible. Para cuándo la conoció él tenía siete años.

Detuvo el auto como quinta vez en el día por el tráfico. Sus pensamientos lo llevaron a pensar qué era lo que estaba haciendo Kagome y si estaría desesperada, pero conociéndola tal vez no era así. Trató de recordar un poco dónde se habían visto la primera vez y cuándo lo hizo pensó en qué le diría a ella para que lo acompañara, aunque no era muy difícil de pensar, un: "ven conmigo" tal vez bastaría.

Su mente vagó hasta el día en que la había visto.

Se había escapado de la casa hogar en la que lo tenían, la muerte de su padre era reciente y el intento de contactar a su madre era en vano. Sesshōmaru sabía qué no vendría por él. Ese día se había escapado al parque que estaba a dos cuadras de la casa hogar. Se adentró en el lugar y de su ropa sacó el libro que había tomado prestado de la biblioteca de esa casa hogar. Trató de encontrar un lugar dónde leer y cuándo lo encontró se topó con la niña de ojos zafiros que inmediatamente llamó su atención. Se veía tan feliz y concentrada en unos simples animales. En su momento la envidió, ella se alegraba de algo tan simple y él, estaba sufriendo (silenciosamente) la muerte de su padre.

La observó un buen rato sin qué ella se diera cuenta y entonces supo que ella estaba perdida, además de qué pronto recurriría a él y eso le gustó en cierta forma. Así que esperó que ella llegara debajo del enorme árbol de cerezos. Cuándo ella llegó y la ayudó a volver con su familia, se fue directamente hacía otro lugar.

Ya no regresó a la casa hogar, estaba completamente consciente de que lo único que harían con él era buscar una familia nueva, o peor aún, lo llevarían con su madrastra Izayoi quién había pedido su custodia, pero él no quería estar con ella. Le caía mal al igual que su medio hermano.

Así que con el simple pensamiento de volver a ver a la niña de bonitos ojos llamada Kagome, se dispuso a buscar algo qué hacer para ganar dinero y poder pagarse los estudios. Él seguiría con su vida y trazaría su propio destino y estaba casi seguro de que éste lo llevaba con ella.

Y no se había equivocado.

Ahora se encontraba estacionando su auto y adentrándose en ese parque esperando encontrar a su novia despierta y no dormida por todo el tiempo que se tardó en la carretera. Buscó a Kagome con la mirada y cuándo la encontró se dio cuenta de qué estaba escondida y de qué además un niño simulaba buscarla al igual que a otras personas más; veía claramente la sonrisa de ella, la risa que se escapaba de sus labios y el pequeño rubor que aparecía en su rostro a causa del calor. Se mantuvo recargado en un árbol un rato solo observándola a ella. Le gustaba verla alegre y no triste cómo cuándo la conoció.

—¡Sessh! —Exclamó sorprendida cuándo lo vio a lo lejos. Kagome les dijo a las demás personas que su novio había llegado y qué ya no jugaría más. Algunos niños estuvieron en desacuerdo y hasta le dijeron que no se fuera, qué el juego no era tan divertido sin ella, a lo que ella lo único que hizo fue soltar una risa nerviosa y abrazar a los pequeñines, prometiéndoles qué pronto volvería a jugar con ellos. Luego de que la dejaron ir se encaminó para encontrarse con el peliplata, quién, para su sorpresa no tenía el ceño fruncido. —Lamento lo de los… —No pudo terminar cuándo él le tendió una botella de agua.

—Estás sedienta —comentó con naturalidad.

Kagome se sonrojó y sonrió un poco por la preocupación de él, así que bebió toda la botella en un dos por tres, dándose cuenta de qué sí, sin duda se estaba muriendo de sed.

—Gracias.

Hubo un silencio entre ellos, el cual Kagome aprovechó para ir a tirar la botella y asegurarse de qué el regalo que le tenía a él estaba en su bolso. Cuándo todo estuvo listo y ella estaba más que dispuesta a romper el silencio, Sesshōmaru se le adelantó.

—Ven conmigo.

Ella lo miró dudosa, pero finalmente decidió que debía seguirlo. Observó el camino que seguían y se le hizo extrañamente familiar, cómo si ya hubiera estado ahí; pasaron por un lago (que se le hizo conocido), siguieron caminando otro tramo (que se le hizo más conocido) y finalmente llegaron hasta un árbol de cerezo (y Kagome supo que ya había estado ahí).

—¿Éste lugar…? —Ni siquiera sabía si debía formular la pregunta qué tenía en mente, tal vez eran solo ideas suyas—. Yo…

—¿Lo recuerdas?

La pregunta la sorprendió, pero más a Sesshōmaru, quién desvió la mirada esperando impaciente la respuesta.

Kagome caminó hasta el lugar y de repente un pequeño recuerdo vino a su mente; era un niño peliplata con un libro, él estaba leyendo ese libro. Lo que le llamó la atención del recuerdo fue qué ese niño se parecía mucho a Sesshōmaru…

—E-Ese niño… —balbuceó, insegura—. ¿Eras… tú?

Él asintió y Kagome se mostró demasiado sorprendida.

—Te perdiste —le ayudó a recordar—, y me pediste ayuda.

Después de eso la pelinegra se abalanzó a los brazos masculinos. La emoción del momento no la hacía procesar bien, pero no le importaba. Ahora recordaba y se ponía muy feliz por qué siempre quiso conocer al niño que había despertado su curiosidad, siempre quiso saber qué fue de él. Lo único que había sabido era como se llamaba, ¡y ella no se acordaba!

—Eras tú… ¡eras tú! —Decía con alegría escondiendo su rostro en el hombro masculino.

Sesshōmaru, aunque no lo mostrara, también estaba muy feliz de tener consigo a la niña pequeña de ojos bonitos que había despertado su curiosidad e interés.


Kagome se puso el cinturón de seguridad al mismo tiempo que Sesshōmaru, ambos voltearon a ver el lugar antes de irse, habían pasado mucho tiempo ahí y ahora tenían que regresar a casa (con una gran historia que contar).

—Es raro —comentó Kagome tiempo después—, pero cuándo te conocí de pequeña, sentí que te había visto en algún otro lugar.

Sesshōmaru escuchó en silencio, le pasaba lo mismo.

—Y era como si algo quisiera qué me acercara a ti. —Recordó—. Porque de repente dejaron de pasar personas por dónde estaba y la única persona a la que le podía pedir ayuda era a ti. Como si el mundo quisiera qué nos encontráramos.


Una y otra vez…


—El día que fuiste al ministerio público para hablar con el conductor que atropelló a tu padre —comentó—, yo no iba a ir. Pero algo me hizo ir.

—¿Fuiste a buscar a tu madre?

—La encontraron. —Los ojos de Kagome se iluminaron—. Ella tenía su vida hecha y no quería saber nada de su hijo.

—Lo siento…

Pero Sesshōmaru no lo sentía, ese día se había reencontrado con ella y eso, era algo de lo que nunca se arrepentiría.

—¡Pero! —Comentó Kagome después—. Lo bueno de todo eso es qué volvimos a encontrarnos.


En un ciclo sin fin.


»Muchas gracias por su calidad bienvenida al Fandom y más por sus reviews, en especial a: Andy Thaisho, Elizabeth QT, Aiko Hime Aka, Kds, Melli y en especial a mi primer review: Yesenia-Yese91.

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