Capítulo 2: Reunión

Una vez más, se encontraban en una reunión. Y, una vez más, todo se había convertido en un caos.

Estados Unidos había vuelto a presidir la reunión. En esa ocasión, ésta trataba sobre la crisis económica que tantos dolores de cabeza les estaba dando (literalmente). Como si fuese una novedad, Alfred, por esa vez, no propuso la construcción de un héroe gigante, sino de una máquina del tiempo para conseguir dinero del pasado. Una memez lo cogieses por donde lo cogieses, vamos. No había podido explicar algo más aparte de la introducción cuando Inglaterra ya le había replicado que estaba en contra de semejante absurdo. Japón, en cambio, apoyó al estadounidense, recibiendo bronca por parte de Suiza. Francia tampoco tardó demasiado en meter cizaña en lo que a gustos estilísticos ingleses se refería. Veneziano, hambriento, comenzó a chillar cosas sobre pasta y pizza.

Y el caos llegó.

Y tras el caos llegó un alemán furioso imponiendo orden a base de gritos. Y, lo más importante, consiguiéndolo.

Después del sonoro (y nada sorprendente) fracaso de otra reunión más, decidieron cambiar a temas algo menos importantes (con un poco de suerte, las chorradas sólo estarían presentes en los temas serios). Inglaterra comprobó que ese último deseo no se iba a cumplir en cuanto Francis abrió la boca:

—¡Sí, yo tengo una queja! ¡Ese conjuro tuyo, Cejotas, no funciona!

Con «ese conjuro tuyo» Francis se refería a un hechizo que Inglaterra les había hecho a sus casas para que no pudiese entrar gente indeseada y ellos no se llevasen sorpresas desagradables (después de todo, sus casas eran como museos). «Cejotas» no era demasiado necesario explicarlo.

—¡Qué dices, frog!—replicó Arthur, ofendido por partida doble—¡Eso es imposible!

—Hace dos semanas vi a una mujer salir de mi casa— insistió el francés—. Me desperté de repente en el salón— Francis decidió omitir el detalle de la botella de vino de vino tirada sobre el suelo y sus ropas. Le restaría toda la credibilidad y estaba totalmente seguro de que no la había bebido. ¡Y era una botella carísima y deliciosa que se reservaba para ocasiones especiales! ¡Tirada por el suelo! El desalmado que hubiese hecho eso no merecía perdón—. Al levantarme y mirar por la ventana vi una mujer saltar la valla del jardín. Era rubia, de pelo largo y vestía ropas raras y horribles. ¡Eran cómo hacía varios milenios! Aunque ella no estaba mal —añadió, con una sonrisa lasciva—. Y la vi hablar con alguien de la calle justo antes de que desapareciese entre el gentío sin que pudiera detenerla. Tenía un bonito acento de Marsella.

Esa última información desconcertó a Alemania. Estaba completamente seguro de que la persona de la que hablaba Francis era la que él había visto. Pero esa mujer era alemana, no francés.

—¿Estás seguro de que no era alemana? — le preguntó, sin poder evitarlo.

Francia le miró como si fuese el salvador de su credibilidad. Su testimonio podía ser dudoso, ya que siempre podía haberlo soltado para molestar a Arthur (no sería tan raro, la verdad); pero si alguien serio como Alemania como Ludwig también la había visto, nadie osaría dudar de la veracidad de la afirmación.

Ludwig, sintiendo que tenía que dar alguna explicación más, siguió hablando:

—Cuando volví a casa, hace un par de días, la encontré allí. Había conseguido entrar, no sé cómo porque estaba todo cerrado, además del conjuro…

—¿Cómo, West?—interrumpió su hermano—. ¿Qué una tía maciza ha entrado en casa por voluntad propia y no me lo has dicho?

—Estabas borracho al volver—le replicó Alemania, dirigiéndole una miraba reprobatoria.

Prusia se sonrojó ligeramente de la vergüenza. Se suponía que era el mayor, que tenía que dar ejemplo…Pero no estaban hablando de eso.

—Eso no es excusa. Esa chica tenía que haber disfrutado de mi grandiosa presencia. —sentenció.

—¡Y me podrías haber llamado!—intervino Francia ¿indignado? Con una expresión tan lujuriosa que las naciones que se sentaban cerca de él se alejaron un poco. No fuera a ser que les confundiera con ella—. Aún me pregunto qué fue lo que ocurrió para que me despertase en el salón…

Decidiendo que esa conversación había llegado demasiado lejos, Ludwig continuó con el tema inicial. Además, acababa de recordar un detalle que le había llamado la atención en cuanto la vio.

—Aunque sí tenía un pendiente extraño, con una extraña forma puntiaguda, que le colgaba de la oreja izquierda.

A Francis se le iluminó la mirada al oírlo. ¡Tenía esperanzas!

—Sí, es ella— confirmó

Pero, inesperadamente, alguien se metió en la conversación.

—¡Pero si esa chica es coreana la mires por donde la mires, daze~!— bueno, que Corea se adjudicase cosas no era tan extraño, en realidad.

—¡Pero si tiene rasgos occidentales! —protestó Francia

—¡No! Es completamente oriental, y por su marea de hablar, de la zona de Taegu! — se le enfrentó el coreano.

—Egipcia—intervino inesperadamente Gupta. Aunque tampoco dijo nada más.

Varias naciones más se unieron a la disputa, defendiendo que la chica era de sus respectivos países, y que la habían visto, o bien dentro de sus casas (una desagradable sorpresa), o bien saliendo (tampoco muy agradable), o bien por los alrededores (que se había convertido en algo sospechoso a raíz de la discusión).

Los gritos se volvieron tan fuertes que Alemania se vio obligado a imponer orden de nuevo. Fue entonces cuando habló Suiza, que no había dicho nada hasta el momento:

—Resumiendo, alguien tiene la capacidad de colarse en nuestras casas cuando quiera, y puede cambiar su aspecto, idioma y acento haciendo que sea imposible conocer su procedencia. Sólo sabemos que es mujer, que aparenta siempre unos veinticinco años y que lleva un pendiente singular.

Todos le miraron, sopesando sus palabras. Una persona imposible de rastrear les rondaba. No eran buenas noticias, desde luego.

—Podríamos controlar las fronteras para observar cuando accede a los territorios— propuso Austria—. Al menos sabemos lo del pendiente.

Pero Suiza no parecía convencido; y no era el único.

—No creo que utilice los sistemas tradicionales de viaje—replicó—. Además, no podemos estar deteniendo a todas las personas que lleven un pendiente como el suyo. Si que el diseño no parece habitual, pero de ahí a que sea único…

Feliciano, por su parte, temblaba, atemorizado por la idea de que alguien observase todos sus movimientos. Romano le echó la bronca por esquizofrénico, pero lo cierto era que él mismo no se encontraba demasiado tranquilo.

El caos tras el desconcierto inicial amenazaba con volver cuando oyeron un extraño rugido del exterior. Dinamarca, que se encontraba cerca de la ventana, miró.

—¡Eh! ¿Qué es eso? — gritó, desconcertado.

Todos le miraron, miraron las ventanas y se abalanzaron contra estas últimas para mirar también la posible causa del rugido, apretujándose contra las mismas. Hungría no prestó tanta atención a lo que había tras la ventana como a lo que podía ocurrir en la habitación; con tanto país masculino tan juntito, mientras casi se desangraba por la nariz sólo de imaginar cosas. ¡Incluso podría promover una orgía!

En el exterior, sobre el enorme descampado que había tras el edificio, había un extraño monstruo cuadrúpedo grisáceo con los ojos en blanco, del tamaño de un todoterreno. A varios metros frente a él había una mujer a caballo. La mujer del pendiente.

Dicha mujer saltó del caballo tras coger un arma que el animal cargaba, y le dio un pequeño golpe, para incitarle a alejarse de allí. El arma era una naginata.

La mujer chasqueó los dedos, y a pesar de la distancia que les separaba, los países comprobaron sin dificultad que tras ese chasqueo y unas palabras que no llegaron a oír, su pelo se volvió negro y liso y sus ropas de cuero se transformaron en trajes de pelea orientales, mientras cogía la naginata con la destreza de un maestro.

El monstruo gris le rugió con el objetivo de intimidarla, pero ella no retrocedió ni dio señales de verse afectada por ello. De hecho, el resultado fue el contrario, la mujer se abalanzó sobre él y le clavó el arma en una de las patas. La bestia no sangró, aunque sí le rugió, molesta mas no dolorida. Los países, al verlo, lanzaron una exclamación ahogada. Entonces el monstruo cambió repentinamente de objetivo, mirando al edificio. A las ventanas. A los países.

Se habían convertido en su objetivo.

Pero antes de que la criatura se lanzase a por ellos, la mujer hizo aparecer una barra de hierro y le golpeó para llamar su atención. Lo consiguió, y se enfrentaron en una batalla bastante encarnizada, en la que el monstruo atacaba y ella le esquivaba, retrocediendo sin parar para alejarle del edificio. Las acrobacias se sucedían una tras otra, y no sufrió daños.

En un momento dado, ella retrocedió con un gran salto hacia atrás, poniendo varios metros de distancia entre ambos. Posicionó la barra en vertical, frente a su cuerpo, mientras pronunciaba nuevas y extrañas palabras. La barra se transformó a un hacha. Sus ropas en una armadura ligera. Sus rasgos recuperaron su aspecto occidental. La mujer cogió el arma tan sólo con su mano izquierda y se dirigió contra el monstruo. Este retrocedió ligeramente, momento que ella aprovechó para clavarle el arma. Frunció el ceño al ver que ésta se había quedado atascada en el cuerpo de la bestia, pero sin ocasionarle apenas daño. Retrocedió un poco al tiempo que hacía aparecer una lanza fina y ligera que, nuevamente, agarró con la mano izquierda (a esas alturas las naciones ya se imaginaban que sería zurda). Una vez más, la chica dijo algo que nadie oyó ni entendió. O casi, porque, aunque no le había oído, Noruega supo perfectamente lo que la mujer había dicho por los pequeños y destellantes símbolos que aparecieron en el arma. Eran «Úr*» y «Hagall*». Eran runas.

Esa mujer sabía usar la magia rúnica, la magia nórdica. Su magia.

Y a Noruega eso no le gustó.

—Oye, Nor—le dijo Dinamarca—, ¿eso no es lo que haces tú?

El aludido prefirió no responder, y prestó atención al combate. La mujer había plantado los pies en el suelo y se preparaba para lanzar con todas sus fuerzas el arma reforzada mágicamente. La lanza salió disparada y atravesó al monstruo, que se rompió en mil pedazos y desapareció. Las armas que llevaba clavadas en el cuerpo cayeron al suelo, y cuando ella las recogió comenzaron a desaparecer con el contacto. Después fue a por la lanza, clavada en el suelo. Por último se dirigió al caballo, el cual se había acercado al comprobar que el peligro había pasado. Ella montó y miró a las naciones, que aún la observaban. Apartó la vista y comenzó a galopar hasta perderse en la lejanía.

En la habitación, todo quedó en un silencio producido por el desconcierto. Hasta que alguien lo rompió:

—Yo la conozco…

Sorprendentemente, todos le escucharon decir eso, y a los pocos segundos, todo el mundo (literalmente) miraba expectante al propietario de esa voz.

Era Canadá.


Significado de las runas:

Úr: la fuerza, el Toro Poderoso

Hagall: la Destructora, el granizo, el Averno


Y en el siguiente capítulo Canadá será el protagonista :D

Saludos