Las noches en vela se sucedieron en una época silenciosa. Las preguntas que amartillaban la cabeza de Sugawara no tenían respuestas rápidas y solo el tiempo podía dar lugar a aquellas.

Asahi había encontrado una escuela perfecta para Shoyo. Era una escuela privada de alto standing que ni en sueños Koshi habría imaginado poder pagar para el niño, pero gracias a Asahi, Shoyo había sido becado al 100%.

Aquella tarde a mediados de noviembre, Sugawara había salido pronto del trabajo. Esperaba frente a la puerta del imponente edificio escolar, fijándose en los grandes ventanales decorados con dibujos de los niños. Desde su posición podía ver la cabeza pelirroja de su hijo, sentado aún en el aula mientras la profesora recogía las fichas que había entregado previamente, cuando su teléfono móvil empezó a sonar.

La tediosa melodía del tubular bells solo estaba asociada a tres personas. Su jefe, su compañero de trabajo habitual y Oikawa. En las tres últimas semanas no había tenido ni una sola noticia de Tooru, por lo que cuando sacó el aparato del bolsillo de sus pantalones tejanos, no esperaba que fuera él. Leyó en la pantalla el nombre de Toruu adornado con tres emoticonos de corazoncillos que no se había molestado en quitar todavía. Reflexionó vagamente en que debía haberlos quitado hacía tiempo, cuando aquella relación había empezado a morir.

La vibración del teléfono sobre la mano no era la responsable de que todo su cuerpo vibrara, y no precisamente de forma positiva. Llevaba casi un mes sin oír su voz, ligeramente nasal cuando se ponía nervioso, clara y varonil cuando quería hacerse el seductor. A pesar de no tener demasiado éxito en su trabajo como actor, no podía negar que era bueno. Un mar de lagrimas atacaba por salir de sus ojos cuando el timbre de la escuela sonó. Era como un sonido lejano que le separaba de aquella cámara de aire aislada que él sentía que se había formado a su alrededor. Pero instintivamente deslizó el dedo hacía el telefonillo rojo que indicaba cortar la llamada antes incluso de poder contestar. Se pasó el brazo por los ojos, intentado que no se notara que estaba tenso, y guardó el móvil de nuevo en su bolsillo.

Levantó la cabeza y pudo ver como Shoyo bajaba las escaleras corriendo, con los brazos abiertos dispuesto a saltar en cuanto llegara a su altura. Koshi se arrodilló intentado evitar aquello, y abrazó al niño cuando llegó a su altura.

—¡Papi! — el calor del cuerpo del niño le invadió, devolviéndole la estabilidad que necesitaba en aquel mismo momento. Besó la frente de Shoyo y le soltó, para abrocharle el abrigo y colocar correctamente su bufanda. Hacía frío, más frío que ningún otro año que recordara y no podía decir si era porque termicamente era así o porque poco a poco perdía la cabeza.

— Hoy vamos a ir a un sitio especial ¿vale? — le anunció Sugawara. Tenían una cita concertada con el psicólogo.

—¿Y va a venir papá?— preguntó el pequeño pensado en su otro padre, al que acaba de colgar el teléfono.

Sugawara negó con la cabeza intentando buscar cómo explicarle aquello.

— Papá está muy ocupado, trabaja mucho para que puedas venir a esta escuela tan chula — se descubrió a si mismo mintiendo de forma automática sin saber muy bien por qué—. Así que aunque no venga, él está pensado en ti ahora mismo.

Shoyo asintió sonriente, convencido de aquella explicación vaga y simple. Koshi se levantó y le agarró de la mano mientras empezaban a andar. Siempre había pensado que mentirle a los niños estaba mal. Sus directrices básicas educacionales incluían llamar a los pájaros, pájaros y no pio pio. Aquello también incluía llevarlo a entierros y explicar qué era la muerte, o hablar con naturalidad del sexo u otros temas comprometidos como el terrorismo o las drogas.

—¿Me vas a contar qué has hecho hoy en la escuela? — preguntó como habitual rutina. Shoyo siempre contaba lo mismo, con la misma emoción del primer día y lleno de entusiasmo. Oírle hablar, verle moverse, fijarse en los pequeños detalles de su crecimiento hacían que la mente de Koshi dejara de divagar entre tinieblas.

El entramado de calles y aquella vocecilla hicieron que aquel camino se le hiciera corto. Frente a la puerta. Era un edificio bajo y un cartel anunciaba el grupo de psicología y psiquiatria. "Sawamura Daichi, Bokuto Kotaro 1º 4ª". Una placa fina cubría donde debía haber habido otro nombre de alguien habría abandonado la empresa. Koshi pasó los dedos por encima de aquella placa fina, sintiendo el pequeño relieve de esta cuando un pequeño copo de nieve, quizá el primero el da temporada cayó sobre el cartel.

— ¡Nieva! —gritó Shoyo tirando del brazo de su padre sin llegar a soltarse y tratando de salir al encuentro de los finos copos de nieve que caían de forma sutil.

— Pero ya tenemos que subir — argumentó Koshi llamando al interfono del 1º 4ª.

—!¿Pero luego jugaremos con la nieve?¡— la cara de Shoyo pasaba de la emoción a la suplica pasando por una tristeza falsa solo exagerada para que su padre no dijera que no.

—No llevamos la ropa adecuada— empezó a decir el adulto responsable cuando el bep bep de la puerta le hizo empujarla para abrir y entrar al edificio. La cara de Shoyo intensificó la falsa angustia en un profundo puchero que derretía la endereza de Sugawara—. Pero está bien, jugaremos con la nieve.

Shoyo saltó emocionado, memorizando aquella promesa en su mente. Subieron las escaleras al primer piso poco a poco y accedieron por la puerta cuarta, leyendo de nuevo un letrero idéntico al de abajo, solo que en este aún no se había puesto la placa sobre el otro nombre. Michimiya Yui era el nombre que se había tachado en el cartel de bronce de la entrada. Seguramente aquella mujer se habría casado y habría abandonado el trabajo. Desafortunadamente aún habían muchas mujeres que hacían aquellas cosas… Suspiró.

—¡He he hey!— escuchó una voz animada de un tipo alto que se arodilló de un salto frente a Shoyo—. Tú eres Sugawara Shoyo ¿verdad?

Shoyo abrió la boca alucinado.

—¿Cómo lo sabe? — preguntó y entonces tiró de la mano de su padre y le miró—. Papi, ha adivinado quien soy.

—Es que soy un mago, Shoyo — dijo el hombre justo antes de pasarle la mano por el pelo y sacarle una moneda de la oreja al niño. Aquel truco sencillo dejó anonadado al pequeño que le miró con más asombro si es que podía haberlo. Le entregó la moneda, que era una de aquellas monedas de chocolate y automáticamente se levantó para tenderle la mano Sugawara—. Soy Bokuto Kotaro, yo me encargaré de la terapia junto con mi colega Sawamura.

Koshi le estrechó la mano en un apretón que tal vez le pareció demasiado fuerte.

—Qué, ¿vienes conmigo Shoyo? Vamos a hacer magia — le dijo guiñándole un ojo y Sugawara vio como Shoyo se soltaba de su mano y se agarraba a la de Bokuto—. Enseguida le atenderá mi compañero a usted.

Sugawara miró como el pelirrojo se alejaba hablando con el terapeuta con un poco de ansiedad atrapada en el pecho. No tenía muy claro cómo iba a salir aquello, pero esperaba que fuera para bueno. Se sentó en una silla verde algo desgastada y miró por la ventana como caía la nieve para fundirse en el suelo. Esperaba que no cuajara en el suelo, o les esperarían unos días fastidiosos.

Centrado en aquellos pensamientos simples, Koshi no se fijó cuando Sawamura apareció por el pasillo. Era alto y de espaldas musculosas, que se apreciaban en aquella camisa formal, probablemente de firma. El psiquiatra repasó de arriba a abajo al hombre que miraba por la ventana como un niño que no puede salir a jugar y dibujó una sonrisa sutil antes de dirigirse a él.

—Disculpe que le moleste, soy Sawamura Daichi — le tendió la mano, a lo que Sugawara respondió con un apretón firme pero sin pasarse de la ralla como había ocurrido con Bokuto. Sawamura le indicó que se adelantara hasta la puerta que se encontraba abierta, la puerta de su despacho.

Era una habitación sencilla, espaciosa, con una mesa grande y despejada. La decoración del lugar era sencilla también, en colores marrones y negros, y si no hubiera sido por el gran ventanal que alumbraba con luz natural el ambiente hubiera sido un poco asfixiante para el gusto de Sugawara.

Daichi se sentó detrás del escritorio y invitó a Koshi a sentarse frente a él.

—Necesito que me cuente a grandes rasgos por qué cree que su hijo precisa tratamiento y bueno, un poco la situación familiar— dijo sacando una carpeta vacía de un cajón del escritorio, junto con unas cuantas hojas de papel blanco—. Ya me adelantó que no era una situación sencilla.

—Creo que necesita apoyo psicológico debido a un incidente que ocurrió en octubre y no estoy seguro que fuera la única vez y no sé que otra cosa podría yo… — Sugawara desvió la mirada. En parte se sentía responsable de la situación a pesar de saber que era imposible que él supiera nada de lo que estaba ocurriendo en casa cuando él trabajaba—. Mi pareja, o mi ex-pareja mejor dicho, dejó solo a Shoyo durante unos cinco días a oscuras, solo con una bolsa de patatas fritas en la mano y prohibiéndole hacer ruido.. Es un niño travieso pero muy obediente así que no se quejó, y cuando yo llegué a casa solo me dijo que tenía hambre porque las patatas se acabaron el primer día. Yo… Estube en Hokkaido por trabajo esos días, y llevo un año entero ausentándome bastante así que no sé...

Sugawara dejó escapar un suspiro. Se suponía que el equipo de salud mental no iba a juzgarle, pero aún así se sentía confuso. Observó como Daichi dibujaba un esquema familiar y ponía un cuadrado y una redonda en el árbol genealógico.

—Mi ex-pareja es un hombre también — dijo señalando al circulo que había dibujado y observó como Sawamura dibujaba un cuadrado sobre el circulo—. No sé si usted es de los que piensa que eso es malo para un niño, pero no es necesario que le trate por eso, porque él entiende que en eso es diferente y nunca hemos apreciado que le afecte, aunque si lo considera...

—No se preocupe, esas cosas son cada vez más habituales, aunque no tanto en alguien tan joven — Sawamura apuntó varias lineas debajo de aquel árbol familiar y luego volvió a mirar a los ojos a Koshi. El padre soltero se sintió intimidado, aquel hombre le resulta tan amenazante como atractivo—. ¿El niño ha tenido ataques de ira o enfados muy seguido? Los niños suelen demostrar las frustraciones con iras desmedidas y fuera de lugar.

—No, bueno, un poco cuando empecé a viajar por trabajo pero después lo normalizó.

—Quizá su hijo se está culpando de las ausencias de su ex-pareja o por las suyas, pero no es nada que mi compañero Bokuto no pueda ayudarle a gestionar — el tono de Sawamura era tranquilizador, a pesar de que aquello ponía más nervioso a Sugawara. Él también podría ser responsable del problema, no era algo que no se imaginara—. Lo que si querría recomendarle es que tuviera unas cuantas sesiones para usted, porque es evidente que las precisa.

El turbular bells volvió a sonar en el bolsillo de su pantalón y Sugawara lo miró de reojo. Debía ser Oikawa. Sin poder evitarlo, Sugawara rompió a llorar frente aquel tipo, sintiéndose un completo inútil.

NA: En respuesta al guest que dejó un review preguntado. Creo que la otra historia es idealizada porque sus personajes están claramente delimitados entre el bando del bien y el mal. No es algo que esté mal, pero a mi no me parece realista. La gente no es mala ni buena desde mi perspectiva, solo tiene objetivos personales, sentimientos o respuestas emocionales que se contraponen a los objetivos personales, sentimientos o respuestas emocionales de otros. En cualquier caso agradecería que dudas de este tipo se abordaran por MP.