2. Sombra Caída
A pesar de que aquella criatura no suponía ninguna amenaza, por simple instinto, Warmka seguía cubriéndose la cabeza con los brazos, preguntándole quién o qué era.
Ésta se quitó la capucha y, tal como se supuso por los ojos, era una Renegada. Ese olor era inconfundible, por no hablar de su piel grisácea y las cicatrices por su cara.
—¿Cómo tienes tan poca cabeza para ir por este sitio a las bravas? —le preguntó mientras clavaba una de sus dagas en el suelo.
—Tengo que mandar una carta, y esta cosa —le respondió aún con el miedo en el cuerpo, enseñándole el medallón—, al Jefe de Guerra. Es urgente, y no hay otro camino desde donde vengo.
A la misteriosa no muerta se le ocurrió una pequeña idea. Podría ofrecerle sus servicios de pícara para proteger a la joven y a su carta por un módico precio, oferta que ella aceptó a regañadientes, pues no sabía de dónde sacar el oro para pagarle, y no estaba dispuesta a deshacerse del botín del brujo de la cueva así como así.
—Por cierto, soy Kalí —dijo con orgullo y ofreciendo la mano en señal de acuerdo—, la mejor pícara de toda Entrañas.
"Di que sí, no tienes abuela", pensó nuestra cazadora en lo que aceptaba la huesuda mano de la pícara. El orgullo bien llevado era una virtud, consideraba ella, pero de esa manera le resultaba desagradable.
Pero necesitaba algo de ayuda para lo que quedaba de trayecto. Ya vendería algo para pagar a Kalí.
Aunque lo cierto es que hasta que llegaron a Cerrotajo no tuvieron muchos problemas con los enemigos, a lo sumo un par más de humanos rondando por la zona. Pero fue en ese poblado cuando se encontraron con problemas.
—Ah, ¡mi mercancía! —Sollozaba un orco ante una carreta destruida frente al puesto de bienes y comida—. ¿¡Ahora qué hago!?
Pero en cuanto vio a nuestro dúo, sus ojos se iluminaron como si hubiera visto un oasis en medio del desierto. Acudió a la orca y le suplicó desesperado que lo escoltara de camino a Orgrimmar, pues el cañón que había entre las dos ciudades estaba poblado de arpías ladronas de mercancía y asesinas de comerciantes. ¿Quién mejor para una tarea así que Warmka, con lo hábil que siempre fue para el tiro?
Así que ella se colocó en la carreta, reparada, entre las cajas de suministros, y Kalí al lado del hombre, acechando. A cambio de esa tarea le daría algo del dinero obtenido de sus ventas, lo cual no podía ser más interesante para las dos.
"Está plagado de arpías… Más me vale tener buena puntería y acertarles una a una, sin un fallo", planeó la orca atenta a sus movimientos.
Entonces bajó una arpía, que fue abatida sin problemas. Otra más acudió, que también cayó. Pero fueron llegando a pares y con eso ya no pudo seguir el ritmo, y tuvo que sacar las flechas de dos en dos para seguir matándolas y mantener la carreta intacta. Kalí por su parte despejaba el camino de bestias y criaturas peligrosas, así como de más arpías que aterrizaban. Lo más extraño es que metía los cadáveres de algunas dentro de la propia carreta, cosa que Warmka no soportó. De por sí estaba incómoda rodeada de cajas, pero eso era el colmo, no podía con más peso.
Para cuando alcanzaron al fin la capital ella ya estaba sacando flechas de tres en tres. Por suerte esas inmundas bestias no se atrevían a ir más allá de los muros, pues sabían que podían aniquilarlas a cañonazos.
Aun con las numerosas veces que había visitado la ciudad, la cazadora seguía sintiéndose maravillada como la primera vez. Había tanto que ver y hacer, tanta gente que visitar. Pero era antes el mensaje, así que se dirigió al enorme edificio del Valle de la Fuerza, al Salón del Jefe de Guerra. Mientras, la renegada fue exigiendo la recompensa al mercader, que no cabía de sí de gozo por el éxito del trabajo de nuestras aventureras.
Ahí se encontraría con… él.
A pesar de tener pareja, y ser felices juntos, el hombre dentro del Salón era su concepto de orco perfecto, sobre todo físicamente. Fuerte, enorme, con un par de maravillosos y blanquísimos colmillos y, sobre todo, unos ojos azules que parecían hipnotizarla. No podía remediar verle embobada como si fuera un jabalí asado.
"¡Contrólate!", se dijo mentalmente, con la carta y el medallón en la mano, a punto de personarse ante el famoso Thrall.
—¿Qué tienes que decirme? —le pidió en cuanto se dio cuenta de su presencia, interrumpiendo la reunión que tenía con un renegado.
Ella entonces le hizo una reverencia.
—Vengo del Valle de los Retos para entregaros un mensaje de Kaltuk. Veréis… —empezó a explicar en lo que entregaba la carta, reprimiendo de forma inútil la sonrisa de boba, y que finalmente logró contener con una fuerte tos—, andaba yo buscando alimañas cuando me adentré en una cueva al norte del Cubil… Entonces me encontré con un orco brujo que llevaba esto encima… y por eso se me encargó la tarea de entregároslo. —Y le enseñó el medallón, que dejó caer en la mano de Thrall.
Él la leyó en silencio, y cuando acabó su reacción fue más o menos la misma que la del jefe de la chica. ¿Sería aquel "Consejo de las Sombras" realmente un peligro actualmente?
—No sabes lo mucho que nos has ayudado con esto, cazadora—declaró el Jefe de Guerra—. Gracias. —Y le dio unos toques en el hombro, que eran lo único que le faltaba para morirse de vergüenza.
Después le encargó una misión muy especial.
—Irás más allá del este, y te adentrarás en el Portal Oscuro. Cuando termines de explorar y… seguramente, limpiar lo que haya más allá; volverás aquí y me contarás lo que hayas descubierto. Llévate a toda la gente que puedas, cuantos más mejor. Buena suerte.
¿Al Portal Oscuro? ¿A casa? ¿Cómo podía siquiera llegar hasta ahí, si desde el Éxodo a Kalimdor no se había alejado de Orgrimmar y de su hogar? No se sentía preparada, no podía estarlo… pero eran órdenes de su Jefe de Guerra, de su superior, y no podía desobedecerle, como tampoco quería decepcionarle.
Salió de ahí, y se encontró con la pícara arrastrando los cadáveres que había acumulado en el viaje por el cañón hasta un asiento de la plaza, para después desollarlos.
—El cuero es lo mejor —comentaba con un tono risueño—, se adhiere como una segunda piel. Quédate si quieres con los restos para comer.
"Muy generosa por tu parte", pensó nuestra cazadora, que ya iba desmenuzando los cadáveres con la carne al descubierto y guardándola debidamente en un papel de cocina que se había llevado.
Hecho eso, aprovecharon para hacer una visita a los "Tres Guardaespaldas". Uno se encontraba en el Valle de los Espíritus, vigilando la puerta del oeste.
—Sí, son tres. Yo soy la más joven de los cuatro, y la única mujer —le explicaba Warmka a la renegada, la cual no se creía cómo podía haber tenido su padre esa puntería para haber concebido tres hombres seguidos—; son muy majos, ya verás.
Miedo le daba a Kalí lo que entendieran los orcos por "majos", pero no lo consideraba asunto de su incumbencia.
Si bien se alegró por ella cuando se reunió mostrando semejante alegría con el menor de los tres hermanos, aprovechó para echarle un ojo a las mercancías de la zona.
Quedaban dos más, y uno se encontraba en el Valle de la Sabiduría, al norte. Ahí el mediano de los "Tres Guardaespaldas" hacía guardia al banco y a la casa de subastas de la ciudad.
—Dime, ¿qué tal está papá? No… no estaréis con problemas de comida otra vez, ¿verdad? —le decía preocupado a su hermana, ya que le parecía verla algo más delgada que de costumbre (aunque en realidad fuera igual o más fuerte que la mayoría de mujeres orcas).
—Qué va, con esta joya —le respondió mostrando el rudimentario arco, del que tan orgullosa estaba—, tenemos un plato en la mesa cada día. Bueno, también Kaltuk me echa una mano. No me puedo quejar —concluyó con una sonrisa.
Aunque en el fondo sabía que se podría alimentar mejor, pero era antes la supervivencia que la gula, la cual reservaba para tiempos de bonanza o de celebración.
Mientras, la pícara seguía explorando la zona, echando un vistazo a los artículos de la casa de subastas. Deseaba adquirir un par de preciosas y eficaces dagas que había visto, pero no se lo podía permitir.
Quedaba una última zona por visitar: el Valle del Honor, donde estaba el mayor de los hermanos en la puerta del norte.
Al llegar ahí, en un principio pareció no percatarse de la presencia de la chica, pero cuando se acercó un poco más la reconoció al instante. Esos ojos rojos eran inconfundibles.
—¡Cuánto tiempo sin verte, hermana! —exclamó cuando le dio un fuerte abrazo.
Mientras tanto, Kalí observaba a los instructores entrenando a niños orcos, a guerreros entrenando y la herrería puesta en marcha a toda máquina.
—Thrall me dijo que reuniera a gente para una misión a Terrallende —le comentó Warmka—. ¿Te apuntas?
En otras circunstancias, ella habría rechazado la oferta, pero después de verla en acción en el cañón, empezó a verla de otra manera. Tal y como se había manejado contra las arpías, la orca había demostrado tener potencial, tal vez más del que ella misma imaginase, por lo que encontró interesante acompañarla en aquella misión que las conduciría al Portal Oscuro.
—Sí —contestó de forma seca, casi borde. "Quiero ver hasta dónde puedes llegar", se dijo para sus adentros.
Para empezar, la cazadora se hizo una buena idea de a quién reclutar también. Se encontraba en el Poblado Sen'Jin. Además, el camino al puerto que llevaba a la Bahía del Botín se encontraba al sur, así que matarían dos pájaros de un tiro.
Por suerte la guardia de la fortaleza de camino ahí quedó en mínimos, seguramente por alguna campaña bélica, y el camino ahí fue sencillo.
Qué recuerdos le daba el poblado… Esas fugas por la noche, esos atardeceres en la playa, esas fiestas trol en las que había participado. Lo único malo era que, aun viniendo agotada de la cacería, ir a ese lugar solía significar acabar aún más cansada al día siguiente, puesto que ése era el poblado de su pareja, el joven trol San'Jin.
Sabía muy bien cuál era su choza, por la de veces que le llamó para escaparse con él, y así hizo ahora golpeando la puerta, una tabla de madera muy rudimentaria.
Ninguna respuesta.
Empezó a preocuparse, y siguió insistiendo:
—¡San'Jin! ¡Abre la puerta, es urgente! —Nada, por mucho que golpeara no había respuesta, ni siquiera oía pasos.
Harta, derribó la tabla de una patada. Lo que encontró dentro se le quedó grabado a fuego en la mente.
La choza entera estaba oscura, sólo la tenue luz de las velas permitía ver la dantesca imagen de unos símbolos verdes dibujados en el suelo, un libro polvoriento y su querido San'Jin, en medio de la sala, sentado. Estaba físicamente ahí, pero parecía haberse desprovisto de alma. Y el hedor a magia vil… ese hedor le dio náuseas a la chica.
—¿Qué has… —murmuraba horrorizada, sin creerse todavía que los rumores sobre él fueran ciertos. ¡Él, un brujo!—, hecho?
Se acercó poco a poco a él, esperando que saludara o hiciera algo. Pero no había esperanza, cuando le cogió la cabeza con las manos, vio el vacío en sus ojos y se dio cuenta de que en espíritu ya no estaba ahí. No pudo soportarlo y ella perdió también la cabeza.
—¿¡Qué has hecho!? —rugió mientras unas lágrimas brotaban, y huyó entre llantos y lamentos que se escucharon por todo el poblado.
