Martes
Las primeras horas de la mañana, la tenue luz entraba a la habitación por una pequeña rendija en las pesadas cortinas. Restos de una cena y varias botellas vacías descartadas por el lugar eran lo que quedaba de anoche. Apenas iba amaneciendo, Kuvira se despertó de golpe. Un lugar extraño, ¿dónde estaba? Miró a su al rededor. No eran sus suaves sabanas blancas ni su habitación minimalista. Tampoco veía a Yan rondar por la ventana.
Sus dudas fueron interrumpidas por un punzante dolor de cabeza. Apretó los ojos de y se sentó en la cama, podía sentir aún así que el mundo daba más vueltas de las que debería.
¡El trabajo!
No... Es la semana libre.
Volvió a abrir los ojos y se dio cuenta de que había alguien a su lado.
Oh espíritus.
—Buenos días, Kuvira. —Su la estuvo mirando desde hace tiempo, aun acostada con la mano sosteniendo su mejilla y sonriendo cínicamente. —¿Dormiste bien?
—Aah... Buen día. —Recargó la cabeza hacía atrás y miro de reojo a Su. —Estoy bien, sólo no recordaba el lugar.
—Diría que puedo refrescar tu memoria —Inquirió con un tono sensual. —Pero por lo visto te sientes mal. Iré por algo para ti, ¿si? —Acarició la mejilla de la joven y se levantó de la cama. Envolvió su cuerpo en una de las sábanas. —Puedes disponer de la tina si lo deseas.
Kuvira asintió. El frío ambiente hizo que su piel se erizara. Entro al baño y dejó que la tina se llenara. Miro al espejo completo que estaba detrás de ella. Sobre su piel resaltaban pequeñas marcas rojizas.
Oh espíritus, no fue un sueño.
Se sumergió esperando despejar su mente y aliviar parte de la resaca. Por alguna razón seguía temblando cada que intentaba recordar qué había sucedido anoche. El aroma de las pequeñas velas y de las sales en el agua era el mismo que impregnaba impregnaba la piel de la dama de la que hasta hace poco era una desconocida. Las duelas de haya rechinaron y sacaron de su ensimismamiento a la joven. Suyin se acercó sin tener en mente en concepto de privacidad. Dejó una charola plateada cerca de la tina y se sumergió junto a Kuvira.
—Menta e hibisco, niña. —Tomó una humeante taza y se la ofreció. Igual que durante el almuerzo en Lianmeng, Kuvira estaba completamente sonrojada. —Te sentará mejor si lo tomas caliente.
—Gracias... Ah... ¿Des.. Descansaste? —Preguntó mientras miraba la taza.
—De maravilla, en realidad. —Sonrió.
El silencio como el vapor del agua se fue desvaneciendo y pronto estaban bromeando sobre las más que evidentes marcas en la piel de ambas.
—Yo sé de alguien que tendrá que cubrirse si no desaparecen pronto. —Sonrió mientras se acercaba a Kuvira. —Dudo que puedas cruzar tan campante las puertas de las salas y oficinas así.
—¿Y tú? Esa solicitud en la universidad podría tardar si te hacen los tediosos chequeos. Además ese tatuaje... —Tomó a Su por la cintura.
—Se arrepentirían si me dejan ir.
—Con un demonio. —La besó. —¿Dejarías de ser tan cínica?
—Algún día. No prometo nada.
Cerca de las ocho de la mañana Suyin necesitaba dejar el papeleo, Kuvira por su parte decidió volver a su apartamento, buscar a Yan, ocuparse de sus propios asuntos. Igual estaba suficientemente motivada y vería a Su más tarde.
Al salir del edificio se encontró a Mako.
—Perdone, necesito que registre su entrada de ayer y la salida de hoy. —Alegó el muchacho.
Kuvira se acercó a la recepción, tomó el libro, marcó las horas y firmó.
—¿Podrías darme el número de la extensión del cuarto piso? 4-B, por favor.
Mako le dio una pequeña tarjeta con los datos de Suyin, normalmente no era así de fácil que diera información, pero a juzgar por las imprudentes marcas que Kuvira no podía esconder con la camiseta, era más que evidente que ya no era una extraña. Sin mencionar nada más desvió la mirada evitando incomodar a la muchacha —y que no le propinara un buen golpe por mirón.
—Ni se te ocurra emitir palabra alguna sobre lo que sea que estés pensando —Sentenció, dio media vuelta y se marchó.
Y bien, ¿qué más podía hacer? Suyin estaría ocupada todo el día por la entrevista en la Universidad. No había horario establecido, ir a buscarla para comer en algún sitio y devolverle el favor del almuerzo no era opción. Había liberado suficiente tensión anoche, por lo que hacer yoga sería técnicamente innecesario. Dar una vuelta por la oficina, ni pensarlo con semejantes moraduras en su cuello. Llamar a Varrick sólo le conseguiría un regaño y el gasto de una llamada completa que en realidad duraría menos de diez segundos.
Abrió la puerta de su apartamento. De no haber puesto atención le habría pisado la cola a la perezosa bola de pelo café grisácea que descasaba descaradamente en el tapete de bienvenida. El gato se levantó y comenzó a maullar reclamando comida.
—Ya entendí, caramba. Yo también tengo hambre. —Rascó el mentón del pequeño animal. —Acompáñame, hoy no tengo prisa.
Tomó una lata de comida, forzó el abre-fácil y la dejó a un lado del tazón de Yan.
A pesar de que Kuvira era una entusiasta de la cocina, se limitó a tomar algo de fruta y buscar cereal. Un buen coctel, aritos de manzana-canela, música, Sufjran estaría bien para pensar en algo que hac...
Carajo, no hay leche.
Bajó lentamente la mirada hacía el platón de Yan. El último cartón se había terminado antier y el culpable era ese adorable malagradecido.
—Cuida la casa, espero no tardar. —Tomó una sudadera con capucha color negro, cambió por unos pantalones tipo cargo verde oliva y se aseguró de que se vería lo suficientemente imponente antes de salir —como siempre.
Al cruzar la puerta del edificio se dio cuenta de que el cielo estaba más nublado que de costumbre. Podría empezar a llover pronto o ser sólo el caprichoso clima de la costa de la República Unida. Caminar no le haría mal, igual quería ver de qué más se ha perdido por manejar como bólido por la ciudad. Jardines, fuentes, arboledas y arbustos llenos de flores de colores, cafeterías y tiendas vendiendo lo que sea que pudiera imaginar. Todo lucía bastante bonito a pesar de ser tan temprano, sí señor. Ni un maldito súper abierto en siete calles a la redonda.
El cambio en sus bolsillos no era suficiente como para conseguir un desayuno completo en alguna cafetería. Cruzó el parque central de la ciudad. No daría más vueltas, si abría alguna tienda para el momento en el que ella pasara por ahí estaría bien. De no ser así, seguiría su camino.
Las nubes seguían arremolinándose sobre su cabeza. A lo lejos era perfectamente audible una tormenta eléctrica. La temperatura bajó un par de grados y el viento llevaba consigo un aroma a tierra mojada.
Faltaban quizás veinte minutos para volver a casa. Miró su móvil. 8:56, aún era temprano. Volvería a casa resignada, soltando una que otra maldición, a improvisar un desayuno libre de lácteos. Con lo que sea que hubiera en su alacena. Siguió caminando por un pasaje esperando acortar la distancia o encontrar alguna tienda de conveniencia. La lluvia se hizo presente entonces.
Ah, ¡por Vaatu!
A lo lejos un cartel iluminado con colores neón entre la llovizna prometía salvación para la joven. Se apresuró al lugar. Caía en la categoría de mini súper, de esos que asaltan una vez cada tercer día y cuyos reportes eran firmados a diario en su despacho. Empujó la puerta, reconoció de inmediato al dueño.
Un hombre algo mayor, tembloroso y armado con una escopeta colgada sobre la espalda le dio la saludó alegre. Tenía completo permiso de portarla y Kuvira era quien había firmado con gusto ese permiso después de que hubieran saqueado la tienda tantas veces el año pasado. Olvidaba que estuvo vagando por el quinto distrito. El anciano le dio la bienvenida a la remodelada tienda. Kuvira le sonrió de vuelta y limpió sus pies antes de entrar.
El mini súper se veía mejor de lo que la recordaba la última vez que fue para hacer una reconstrucción de los hechos junto con el equipo pericial. El lugar era pequeño, pero ciertamente estaba bien equipado. Habían un par de personas más rondando por ahí, sin embargo no se veían sospechosos. Ya era parte de ella analizar a la gente para anticipar sus intenciones.
Se acercó a los refrigeradores, parecía que el proveedor aún no llegaba y lo único que quedaba era un galón de leche. Pensó las posibilidades, además de sus anhelados aritos de manzana podría hacer una malteada calóricamente grosera. Contempló la puerta de cristal del refrigerador hasta que una chica de cabello a la altura del mentón se adelantó a abrirla y tomar el galón.
—Qué pena, es el último.
Atroz. Infame. Vil.
Como si nada pasara, la villana del día dio la vuelta triunfante con el galón de leche prometido. Con el galón de Kuvira.
Oh no, hoy no.
Decidió seguirla un poco más de cerca. Casualmente, sin hacer más evidente lo mucho que le había molestado. Haciéndose tonta por los pasillos. Esperaría el momento justo...
Se distrajo. Ahora ¡AHORA!
Tomó el botellón de la canasta de la otra chica y se apresuró a pagar. Ya no importaba pensar qué más faltaba en su despensa. Tenía lo que había buscado toda la mañana.
—¡OYE! ¡VUELVE! —La joven se dio cuenta y comenzó la carrera por la tienda.
El dueño parecía entretenido viendo tal escena. Igual no harían nada malo. Mientras no tiraran nada estaría bien e igual si lo hacían tendrían que pagar. Fuera de la tienda la lluvia comenzaba a aturdir la ciudad. El granizo caía con fuerza considerable golpeando la entrada de cristal y el tragaluz de la orilla. Una relámpago iluminó el local por completo seguido de un trueno ensordecedor.
—Señorita Kuvira, no podré terminar la cuenta, la caja no abrirá sin energía. —Anunció pacíficamente el señor.
La aludida volvió corriendo a la caja con mala cara. Sabía que tampoco podía salir debido al mecanismo de seguridad.
—Le dicen karma, Kuvira. —La otra chica se acercó burlona.
—Silencio. Yo vi antes el botellón, no era justo.
—El clima no parece que quiera ceder en un buen rato y tampoco quiero un desorden aquí. O dividen ese galón y el precio o desactivaré el mecanismo y las echaré a la tormenta. —Sentenció el anciano.
Las dos cruzaron miradas resignadas, en realidad era tonto querer matarse por quién abrió primero el refrigerador.
—Ya, lo siento. —Le dio la mano. —Mira son ocho yuanes. —Sacó un puñado de monedas de su sudadera. —Cuatro yo y cuatro tú.
—Está bien. —refunfuñó. —Dame, no tengo cambio, pagaré el resto. Me llamo Korra.
Habían pasado ya dos horas dentro del mini súper, el viejo encendió unas cuantas velas para que las chicas estuvieran más cómodas y más tarde desapareció en el fondo de la tienda. Les dejó tomar uno de esos almuerzos congelados y prepararlos en la parrilla. Al fin había calmado el hambre y con ello su mal humor. Aparentemente Korra se encontraba en la misma situación.
—Corres bastante bien.
—Entrenadora de altetismo de la Universidad de las Cuatro Naciones a tu servicio.
—Vaya, al parecer todo el mundo tiene que ver con esa universidad. —Interrumpió su celular. —Oh lo siento.
—¡Madame!
—¿Qué pasa Varrick, ¿todo bien?
—Espíritus, pensé lo peor, llamé mil veces a su apartamento sin respuesta. Cortaron la energía en siete distritos, los otros once están a medias.
—Me di cuenta ¿Hay reportes de robos, asaltos? El conmutador sigue trabajando.
—Por ahora no hay nada, lo único que quería era asegurarme de que está bien.
—Estoy dentro del mini súper del terror en el quinto distrito pero la seguridad está bien.
—Me alegra escuchar eso. Sus nervios, madame, ¿cómo va el asunto?
—Bastante... Bastante bien, gracias. Debo colgar, no tengo mucha batería.
—Entendido. Déjeme saber cuando haya vuelto a casa. Blackstone fuera.
—¿No tienes cosas que hacer? —Preguntó Korra.
—Oh no. Me tomé unos pocos días en el despacho.
—¿Abogad... Un momento... ¿Qué no eres tu la aclamada abogada e investigadora de la que recientemente todo el mundo habla?
—Kuvira de Zaofu. —Sacó una pequeña tarjeta de su pantalón. —Ojalá nunca te veas en la necesidad, pero si acaso, tienes mi contacto.
—¡Cielos! Asami debió conocerte antes. —Aceptó la tarjeta y bajó la mirada.
—¿A que te refieres?
—Bueno... Verás hace tiempo saquearon una de las bodegas de electrónicos de su padre. Pensamos que fue un robo hecho sin más, pero más tarde comenzaron a dejar amenazas en la correspondencia. Por ello tuvieron que dejar Ciudad República.
—¿Hace cuánto dices que pasó?
—El próximo mes se cumplen dos años. Apenas hace seis meses el defensor del señor Sato les dejó volver a la ciudad. Toda la investigación fue turbulenta y al menos Asami no confiaba del todo, por lo que se las arregló para conseguir un detective privado y efectivamente había un abismo entre la realidad y las palabras del defensor.
—Menudo desastre... —En verdad comenzaba a interesarle, sobretodo por el asunto del defensor. —Verás cada proceso es diferente y no hay una medida exacta para saber cuánto tardara. Sin embargo podría hacer que mi asistente contacte al detective que contrató Asami y permitirnos ayudarles de manera legal.
Las delgadas velas fueron gastándose al punto en el que eran sólo trozos de pabilo ennegrecido flotando sobre cera líquida. La tormenta había pasado a ser una delicada llovizna y la luz fue establecida tres horas después del apagón. Las dos chicas se levantaron y agradecieron al anciano por la comida y el refugio; salieron de la tienda, Korra con un paraguas cobalto y Kuvira con el galón de la discordia en mano, ambas platicando sobre los detalles del caso mientras se dirigían al apartamento de Kuvira. Korra no dejaba de mencionar que se trataba de una treta entre el defensor y los ladrones. Sin saber exactamente cómo, tenía esa sensación. Por su parte, Kuvira era técnicamente cliente frecuente. Podía confiar en la calidad de los electrónicos y sobretodo de los planes ejecutivos de comunicación que ofrecía Industrias Futuro. Sentía que el poder ayudar sería una especie de pago. Conocía al señor Hiroshi y aunque tenía un pasado con vínculos turbios sabía que incluso de vacaciones, era parte de su deber apoyarlo y averiguar que sucedía realmente con el defensor.
(...) no solamente es un derecho, sino un deber, combatir por todos los medios lícitos la conducta reprochable de jueces, funcionarios públicos y compañeros de profesión, y hacerla conocer, sin temor, a las autoridades competentes (...)
Así que con reproche o no por parte de Varrick dejó que Korra llamara y agendara una cita con relativa prioridad. Al llegar al edificio un repartidor se acercó a ella.
—¿Señorita Kuvira?
—Servidora, ¿cuál es el asunto?
—Tengo un paquete para usted y una nota, necesito que firme aquí. —Le entregó un bolígrafo plástico.
—¿Tiene remitente? —Revisó el paquete, no sonaba ningún reloj. Firmó la tableta del chico.
—No, la única indicación está en el sobre según las especificaciones del envío.
—Bien. Gracias...
—Kai
—Gracias Kai, anda, compra algo caliente. —Le dio unos cuantos yuanes de propina y siguió su camino al elevador.
El muchacho agradeció y salió del lugar. Korra y Kuvira siguieron su camino por el elevador hasta llegar al sexto piso. Yan había salido por el balcón y la entrada de la terraza estaba húmeda. Kuvira refunfuñó y fue a secar el piso mientras Korra cerraba el paraguas y se acomodaba en la sala. Después de cambiar la sudadera húmeda por la lluvia y ofrecerle a Korra una toalla y un suéter volvió a la cocina, donde aún se encontraban los vestigios de su desayuno frustrado. Apartó la fruta y devolvió el cereal a la caja.
Ambas miraron curiosas el paquete envuelto en papel blanco, atado con nada más que un cordón de fibra natural. Kuvira dio un vistazo a la nota. Estaba sellada con cera y tenía un jabalí estampado. Korra se adelantó con previo permiso de la otra joven para abrir el paquete. Era un jersey de la Universidad de las Cuatro Naciones y una camiseta de la Academia de Artes y Ciencias de Zaofu.
La nota no decía más que:
Lianmeng a las 22.20, niña.
Korra miró confundida a Kuvira, a quien se le notaba un semblante frustrado y un ligero sonrojo.
Consiguió el trabajo la muy descarada.
Nota de la autora: ¡Muchísimas gracias por sus comentarios y corazoncitos! Devil, me halagas bastante, hago lo mejor que puedo, tomo hechos canon por aquí, algunos headcanons por acá, "qué haría yo" por otro lado y ahí tienes mis AU. Gracias por el review y sobre Duda, gracias por entender. LupitaAzucena, me alegra muchísimo saber que te dejo con ganas de más, aprecio que me sigas y que leas :) para ti y Susurro Nocturno ¡Claro que habrá continuación! Son los siete días de vacaciones de Kuvira con sus aventuras y recuperación del estrés.
Si tienen alguna idea que les gustaría ver en los próximos días (capítulos) déjenme saber, ¿vale? Por lo pronto habrá un segundo capítulo para complementar éste pero será más corto y después seguiré con la semana.
¡Disfruten!
~Con mucho mucho amor, MelPocaSuerte.
