Día 35

Dhampir72


Bond debería haberlo sabido a estas alturas. Es lo suficientemente adulto para reconocer las señales de que un romance sin ataduras se convierte en algo más y también es lo suficientemente adulto para reconocer cuando él es el culpable de eso. Al mismo tiempo, es demasiado viejo para pretender que no le importa, que no quiere que las cosas sean así.

Eso es algo de jóvenes, de todos modos.

Entonces, Bond puede estar rompiendo sus propias reglas, pero por una vez en su vida, no le importa. Sólo ha pasado poco más de un mes desde que ésta cosa comenzó, pero Bond ya se siente más en casa en el departamento de Q de lo que se siente en el suyo. Se encuentra a sí mismo buscando dormir en la misma cama todas las noches, al lado de la misma persona, a sabiendas de que despertará en el mismo lugar, con los mismos brazos a su alrededor. Es algo que Bond nunca pensó encontrar en su mano de cartas. Pero ahora cree que las cosas son diferentes.

Q debe ser una de las pocas personas en el mundo que lo entiende en verdad, alguien a quien no debe mentirle, alguien en quien puede confiar en una profesión en la que la confianza se gana a la fuerza y es escasamente regalada.

Bond no va a dejar que sus esperanzas se eleven tan rápido, pero tampoco va a terminar con algo que acaba de empezar.

Así que se queda cuando sabe que Q piensa que no lo hará y hay algo en la sonrisa de Q que le dice que sí, aquí es donde debe estar.

La mayoría de las veces, de cualquier modo.

—No hay nada en tu refrigerador —dice Bond mientras Q entra a la cocina, secándose el cabello con una toalla.

—No he venido mucho. Y todas las veces que estoy aquí, tú también estás y pedimos comida a domicilio —Q contesta, despreocupado, dejando caer la toalla alrededor de sus hombros mientras rodea a Bond para alcanzar la tetera.

—Pero no hay nada ahí, de hecho está vacío —continúa Bond, observando el pecho desnudo de Q—. Incluso yo tengo condimentos.

—Oh, condimentos. Tal vez debemos mudar nuestras pijamadas a tu departamento, entonces —sugiere Q, llenando la tetera en el grifo.

—Hay un servicio que puedes llamar —dice Bond. Su estómago gruñe mientras cierra la puerta del refrigerador y comienza a hurgar en las gavetas, sólo para encontrarlas en el mismo estado deprimente.

—Raro —es la respuesta de Q al tiempo que mueve a Bond para poder colocar la tetera en la hornilla.

—Tú eres raro —replica Bond.

—Sí, lo sé —responde Q y lo besa—. La regadera está libre, si la necesitas —Q hace una pausa y lo huele—. Y definitivamente es así.

Bond le pellizca el trasero en represalia, deleitándose con el chillido que recibe a cambio. Se baña rápido con una franela prestada y, cuando emerge, encuentra una toalla fresca en el borde del lavamanos, esperándolo. Huele al detergente de Q, igual que sus sábanas, las mangas de su cárdigan y Bond inhala profundamente.

Se seca, enrolla la toalla en su cintura y camina descalzo hacia el salón. Q ya está sentado en el sofá con su primera taza de té y el gato —Einstein— en su regazo, levantando la mirada cuando él entra.

—Y yo pensando en sugerirte que dejes ropa aquí, pero ahora me doy cuenta de que te prefiero así —dice Q. Es en éste momento que Bond se da cuenta de que el hombre no está usando sus gafas.

—¿En verdad puedes verme desde esa distancia? —inquiere.

—Por supuesto que puedo —aclara Q—. Hipermetropía.

—¿Qué tanta? —pregunta Bond, acercándose.

—La suficiente —aclara Q. Es sólo cuando empieza a parpadear que Bond se da cuenta de que está teniendo dificultad.

—Puedes preparar té sin usar tus lentes.

—Puedo preparar té hasta dormido.

Bond se sienta a su lado en el sofá.

—¿Pero no puedes verme ahora? —pregunta, quitando la taza de manos de Q para ponerla en la mesita de café.

—Nope, estás absolutamente, 100% invisible —replica Q.

—Tú, pequeño pedazo de mierda.

Bond besa la sonrisa en la boca de Q. Sabe al azúcar que pone en su té y Bond lo siente en su lengua. Q mueve sus brazos alrededor del cuello de Bond y lo acerca. Einstein deja salir un sonido molesto conforme salta del regazo de Q al suelo.

—Sabes, no debo ir a trabajar hasta la tarde —Q le informa a Bond cuando se separan.

—Perfecto, eso nos da el tiempo suficiente —dice Bond y se acomoda en su asiento—. Vamos a comprar alimentos.

Q gruñe y cae de nuevo contra el brazo del sofá.

—Ugh, ¿por qué? Podemos simplemente ordenarla —dice, moviendo su pierna envuelta en el pijama sobre la rodilla desnuda de Bond—. No tenemos que vestirnos.

—Vamos —dice Bond, levantando y arrancando a Q del sillón.

Q se queja todo el camino hacia la habitación y luego, conforme se viste con una playera, un suéter y pantalones decentes, Bond cuelga su toalla en el baño y se viste con la ropa que usó ayer, un poco arrugadas por el lugar en el que había estado doblada junto al estribo.

—En serio deberías dejar algo de ropa aquí —le dice Q, sentado en el borde de la cama poniéndose los calcetines mientras observa a Bond intentando aplanar una arruga en el frente de su camisa. Se ha puesto los lentes, así que ahora está viendo a Bond sin parpadear. Pero eso hace que se ponga rojo y regrese su atención a los calcetines—. Si quieres.

Bond se sienta a su lado en el borde de la cama, admirando el profundo rubor en el cuello de Q.

—Me gustaría —Bond dice y es cierto.

Q lo mira por el rabillo del ojo.

—¿Sí? —pregunta y se endereza.

Bond gentilmente toma las gafas de Q y las coloca sobre el nido de rizos negros y revueltos sobre su cabeza para besarlo.

—Sí —dice.

—Okay —acepta Q, asintiendo en consentimiento.

Es un gran paso y ambos lo saben, pero definitivamente vale la pena por la manera en la que Q sonríe cuando Bond lo besa de nuevo, pensando que nunca se cansará de esa sonrisa.

—Pero primero, iremos al supermercado.

Q ríe sin poderlo evitar.

—Bien, bien. Déjame tomar mi abrigo.