Esta historia contiene lenguaje adulto, particularmente esta capítulo.
No soy S.M., sólo tomo prestados sus personajes. La historia es de mi autoria.
Yo aquí, tú allá.
La última semana en la universidad sí que era la más ardua de todas, pero afortunadamente ya había pasado. Ahora sólo quedaba esperar las notas y luego, disfrutar mis semanas de vacaciones. Habíamos planeado con mi madre que vendría a California y se quedaría conmigo unas semanas, pero cuando me llamo tres días atrás, todos nuestros planes se fueron a la basura.
–Hola cariño –la voz risueña de mi madre ahora había cambiado por una más nasal y sin nada de entusiasmo.
–Hola mamá, veo que tanta juerga te está pasando factura –mi sarcasmo, que antes era leve, ahora había crecido a niveles insospechables.
–Ja, ja, ja. Tú sabes cómo es la vida de una mujer soltera de mi edad. Paso todas las noches de juerga en juerga –tenía a quién salir por lo visto. Me reí por sus palabras, pero pare de hacerlo cuando escuche la tos horrible que salía por mi teléfono.
–Ahora en serio, ¿qué te paso a ti? –estaba caminando por el campus, estaba ansiosa de llegar a mi habitación, aquí afuera hacía un frío de los mil demonios.
–Ya sabes, nena, una simple gripe –y para desmentir sus palabras volvió a toser.
–Eso es lo que tú quisieras, ma. ¿Qué ha dicho el doctor? –espere a que se recompusiera un poco de su pequeño ataque. Cuando volvió a hablar estaba agitada.
–Nada de importancia, una leve pulmonía –golpeé mi frente con mi mano ante la falta de cuidado que tenía mi madre consigo misma–. Dice que pasará en unos días, pero que debo estar en cama.
–¡Mujer! No entiendo por qué has sido tan cabezota y no me lo habías contado antes. Esa simple pulmonía, o gripe, como tú la llamas no es algo para tomarse a la ligera –estaba a una cuadra de mi habitación, apresuré el paso y me abracé a mí misma para protegerme del frío viento de principios de invierno.
–Lo sé, nena. No te angusties, siempre lo hago. Rayos, no me había dado cuenta de que ahora tú eres la adulta responsable aquí –me reí por sus palabras, mi madre era fuerte como un roble, pero cuando se enfermaba nunca era algo leve–. En fin, lamento decirte que no podre ir, bebé. El médico ha dicho que nada de viajes, los cambios de clima probablemente me harán empeorar, y ni hablar que nadie me dejaría subir a un avión con la tos de perro que llevo –era eso justo lo que también me estaba temiendo.
No es que tuviera algún problema en viajar a ver a mi madre en Manhattan, era sólo que no quería ver a cierta personita de cabello cobrizo que había quedado allí, y no se había quedado precisamente contenta conmigo.
–Bella, ¿crees que podrás venir tú? Realmente te extraño, ¿sabes? –aquellas palabras hicieron que mis ojos se llenaran de lágrimas y que mi voz sonara temblorosa cuando le conteste.
–Claro… –carraspee para aclararme la voz–. Claro mamá. Iré con gusto y te cuidaré para que así vuelvas pronto a estar bien de nuevo.
–Gracias cariño, ya estaba pensando que no nos podríamos ver por mi culpa –sabía que ella también estaba con un nudo en la garganta. Sonreía para sacar un poco de tristeza de mi cuerpo.
–Eso nunca, por nada del mundo dejaría pasar la oportunidad de verte.
–Gracias tesoro.
Pensé que la conversación había terminado, ya iba a despedirme cuando a mi madre se le vino algo a la cabeza.
–¡Oh, estaba a punto de olvidarlo! –casi grito, yo me aleje un poco mi teléfono para no quedar sorda–. ¿A que no sabes quién volvió? –esas palabras me hicieron estremecer, y un mal presentimiento se instaló en mi vientre.
–¿Quién? –no quise sonar muy interesada, cuando era evidentemente lo contrario.
–Tanya… –me quedé helada en la puerta de mi habitación, con la mano a medio camino para abrirme paso–. ¿Y a que no sabes qué es peor? No vino sola… –claramente tenía ganas de jugar a las adivinanzas, pero mi buen humor se había ido a la mierda.
–No entiendo, explícate mejor –sé que fui muy brusca pero no quería más rodeos.
–Me refiero a que está embaraza. Edward y Tanya van a ser papás…
¿Alguna vez sintieron cómo su corazón se rompía en mil pedazos? Bueno, esa misma mierda me paso a mí.
No sé qué más dijo mamá, sólo sé que le respondí muy escuetamente. Terminé de entrar a la habitación, y sin quitarme nada me tiré en mi cama, sólo quería llorar por toda la eternidad.
Ese maldito hijo de su mala madre había embarazado a su ex.
Por eso, ahora mientras tomaba mis maletas y recordaba toda la conversación de vuelta, me ponía roja de la ira. Simplemente quería agarrarlo de esas bolas que tenía colgando y retorcérselas por idiota.
–La maleta no fue la que la embarazó –Rosalie, mi compañera de cuarto y mejor amiga en la universidad habló mientras veía cómo yo pateaba la mierda de mi valija.
Tenía esa maldita sonrisa en su bello rostro, de yo sé todo y muchas mierdas más. Le dediqué una sonrisa asquerosamente fingida para luego enseñarle mi dedo del medio. Estaba más que claro que ella sabía toda la historia, la historia que no quería recordar, pero que probablemente me atormentaría todo el viaje.
–No te preocupes, que si él estuviera aquí no sufriría la suerte de la maleta. Para nada –caminé con mis cosas fuera de la habitación, Rose me ayudó a llevar todas mis mierdas a su convertible rojo, que estaba aparcado en la puerta. Mi amiga me haría el favor de llevarme hasta el aeropuerto y asegurarse que mi trasero viaje hasta Manhattan.
Estaba de un asqueroso mal humor, y a medida que el tiempo pasaba y que me iba acercando cada vez más a mi antiguo hogar, era peor. Una vez dentro del auto, mi amiga hablo mientras arrancaba.
–Le agradezco a Alá que por fin te vas, ¿sabes qué es lo que yo creo? –iba a contestar que no me interesaba, pero hablo sin esperar mi ingeniosa respuesta– Creo que te hace falta un buen polvo. Necesitas descargar tensiones, hemos estado muy estresadas por la universidad, pero ahora que vuelves a casa, puedes aprovechar de ese sexy vecino tuyo y saciarte completamente. Cuando vuelvas, verás que tu humor será otro –la mire indignada. No podía creer lo que me estaba diciendo.
–¡Rosalie! –exclamé– No puedo creer que me sugieras eso. Como si fuera poco todo lo que te conté de él, encima pretendes que me convierta en una rompe hogares –miré al frente con el ceño fruncido.
–¡Oh por favor! Dime si no crees, también, de que existe una posibilidad muy grande de que ese no sea su hijo. Estamos en el siglo veintiuno, ahora es todo posible. En ese caso no estarías rompiendo ningún hogar… A menos que te vaya ese rollo del sexo duro y salvaje y se les dé por romper todo el apartamento –me guiño un ojo y yo no pude evitar sonreír y negar con mi cabeza.
Mi amiga siempre tenía el poder de hacerme sentir bien.
No quise seguir hablando de él, así que Rose no perdió el tiempo y me habló de su novio, Emmet. Era uno de los jugadores de football americano de la universidad. Y era el hombre indicado para mi amiga, se compenetraban a la perfección. Además de que él la adoraba, y eso me hacía feliz. Rose era una muy buena persona y muy buena amiga, quería lo mejor para ella.
Finalmente, y después de una hora de escuchar a mi amiga, hablar del buen sexo que compartía con su sensual novio, llegamos al aeropuerto. Rosalie y yo nos abrazamos fuertemente en la puerta de embarque en plan despedida, me sentía nerviosa, ansiosa y todas las palabras que terminaran con osa.
Antes de separarnos ella susurró en mi oído.
–Puedes llamarme siempre que lo necesites, no te preocupes por la hora. Y no dejes pasar ninguna oportunidad por tu orgullo… –iba a separarme de ella para preguntarle de qué hablaba, pero me sujetó más fuerte contra su cuerpo– Y no hablo del sexo. Sólo escucha lo que tenga para decir. Siempre tienen algo para decir.
Cuando se alejó me guiño un ojo y beso mi mejilla, le sonreí y tome mis cosas para subir al avión, no pensaba reprocharle a lo que me había dicho, Rosalie, algunas veces tenía razón, en casi todo.
El viaje fue más corto de lo que esperaba, en cuestión de horas ya estaba sobre un taxi a unas cuadras de mi casa. Cuando el taxista me indicó lo que tenía que pagar me di cuenta de que ya estaba ahí y me entraron los nervios.
Nervios por ver a mamá, que la extrañaba horrores; nervios por ver a Edward y quizás a Tanya. No sabía qué esperar de una situación así, y no tenía idea de cómo actuar ante ellos dos.
Pague, ante la mirada exasperada que me dedicaba el taxista a través del espejo retrovisor y bajé. En el ascensor, vacío afortunadamente, me dejé tranquilizar, ya estaba en casa, vería a mamá y volvería a estar rodeada de todas mis cosas.
La casa estaba algo desarreglada, no me extrañaba, Renné se había pasado estos días en cama y era más que obvio que no tenía fuerzas para ordenar. Cerré la puerta despacio y dejé mis cosas en la entrada, mientras avanzaba por el corredor hasta la habitación de mamá me iba quitando el abrigo.
La puerta estaba entreabierta, vi a mi madre que me miraba desde la cama, acostada y me sonreía.
Yo hice lo mismo.
–Hola mamá –dije mientras me acostaba a su lado y pasaba un brazo por su cuerpo cubierto por las mantas–. Te extrañe.
Dejé un beso en su mejilla y ella sonrió.
–Yo también, nena. ¿Cómo ha ido el viaje? –su voz aún sonaba algo nasal.
–Ha sido tranquilo.
Nos pasamos el resto de la tarde charlando, yo le conté sobre la universidad, sobre Rosalie, y todos las personas que había conocido. Ella me habló sobre la casa, el trabajo y después de unas horas la dejé para que durmiera.
Comencé a ordenar un poco el lugar, junte tazas de café de hacía varios días que había dejado por cualquier lugar y las lavé, juntó a varios trastos de la cocina. Ya pronto anochecería, y fui directo al refrigerador para preparar algo para la cena.
Me sorprendió que no hubiese nada más que sobras, aunque era algo entendible, por su estado. No lo pensé dos veces, me puse el abrigo y tomé las llaves.
Estaba pensando, a medida que el elevador descendía, qué comprar para la cena, cuando las puertas se abrieron me quedé helada al ver a Edward parado frente a mí. Él no me vio inmediatamente, estaba mirando hacia el suelo y tenía las manos metidas en los bolsillos delanteros de su jean. Por un momento pensé en escabullirme, pero no había lugar por dónde salir, y hacerme una bolita y tirarme al piso no me iba a hacer ver menos patética. Pero ya era tarde, cuando escuchó el elevador levantó la mirada.
Su rostro también demostraba impresión y sorpresa. Una sonrisa empezó a tomar forma en su hermosa boca y mi ceño no tardó nada en fruncirse.
–Bella… –murmuró a media voz, me miró de arriba abajo y extendió una mano para alcanzar la mía, yo me alejé de su toqué y traté de esquivarlo para salir.
Hizo como si no hubiese notado mi rechazo y volvió a hablar, ahora algo más tenso.
–¿Cuándo llegaste?
–Hace un par de horas –dije escuetamente.
–¿A dónde vas? –me tomó por sorpresa su pregunta. Lo miré confundida y respondí la verdad para mi sorpresa.
–Al mercado, no hay nada para comer en casa…
Asintió mirando hacía un punto atrás de mi cabeza.
–Puedo acompañarte, si no te molesta –si me molestaba de hecho.
¿Se suponía que estaba haciendo como si nada?
–Mmm… No creo que sea una buena idea… –traté de salir del elevador, pero él no me dejó.
–Son sólo unas calles, no te hará daño que vayamos juntos –hice una mueca, si me hacía daño.
Me encogí de hombros y Edward lo tomó como un sí.
Caminamos en silencio durante una cuadra, hasta que él habló.
–No sabía que volvías a casa –yo tenía mis manos en los bolsillos de mi abrigo y sólo moví mi rostro para mirarlo con disgusto.
–No sabía que tenía que contarte todo lo que hago, sobre todo tomando el hecho de que tú no lo has hecho –su ceño se frunció y me miró reprobatoriamente.
–No era eso a lo que me refería, lo sabes. Y con respecto a lo de Tanya, me imagino que tu madre ya te habrá contado algo, ¿no? –podía ver cómo el vaho salía de su boca, su sexy boca.
Me reprendí mentalmente por inclinar mis pensamientos a sus cualidades sexys.
–Estás en lo cierto, ya lo sé. Todo.
–Necesitamos habar sobre esto, sobre nosotros… –no lo estaba mirando hasta que dijo la última palabra. Me paré en seco y lo miré con odio.
¿Cómo podía hablar de un nosotros cuando había vuelto con su ex, y para colmo de males, ella estaba embarazada?
–Edward, aquí no hay un nosotros. Sólo hay un ustedes. Tú estás con Tanya, y ella está embarazada. No tenemos nada de qué hablar, no tienes que darme explicaciones en lo absoluto, y por nada del mundo hay un nosotros ni ningún tipo de esas mierdas. ¿Entiendes? –él estaba mirándome a unos pocos pasos de mí, podía ver muchos sentimientos pasando por su rostro, pero no me detuve a pensar en ellos.
–Estás equivocada, Bella. Hay mucho de qué hablar, por favor, sólo dame una oportunidad para contarte cómo fueron las cosas.
No entendía, ¿de qué mierda quería hablar? ¿Quería pedirme perdón? Yo no necesitaba explicaciones, para nada.
–No soy yo la equivocada Edward. No sé para qué quieres hablar, las cosas ya están hechas, tú estás con Tanya y van a tener un bebé. ¿Quieres pedirme perdón? Pues, no me interesan tus disculpas.
No quiero escuchar explicaciones de cómo tú caíste bajo sus redes y bla, bla, bla. Eso es todo una mierda, y no me interesa. ¿O acaso esperas convencerme para que tengamos sexo de nuevo? –estaba enojada y exaltada, darme cuenta de que quizás Edward pudiera sugerir tener sexo me cabreaba hasta puntos insospechables.
Su rostro estaba sonrojado, tranquilamente podía haber sido por el frío, pero algo me decía que era porque tenía razón. Su mirada estaba enfocada en algo lejano, pero cuando volvió a hablar me miró a los ojos con sinceridad.
–Esta situación es una mierda, y me encantaría revertirla. No sabes cuánto, Bella –se acercó más a mí y depositó un casto beso sobre mi mejilla, para luego alejarse y volver todo el caminó hacia atrás.
Pasaron varios días, en los cuales tuve la suerte de no cruzarme a Edward ni a Tanya, pero como la suerte no suele estar de mi lado, a diferencia de Katniss Everdeen*, tuve que toparme con la asquerosa de Tanya.
Estaba esperando el elevador, en la planta baja, cuando la vi que intentaba entrar al edificio con varias bolsas de ropa (que sorpresa), escuche en el momento exacto, que las puertas se abrían del elevador, mientras ella lograba su cometido. Entre rápidamente y apreté el botón para que las puertas automáticas se cerraran, de hecho, escuche cuando habló.
–¿Puedes detener el elevador, por fa'? –la ignoré, o eso intenté, pero la muy… maldita apuró el paso y detuvo ella misma las puertas.
Entró mirándome con el ceño fruncido y algo agitada.
–Oh, lo siento. No te escuché.
¡Mentira! Gritó mi subconsciente, mientras se partía de la risa.
–No pasa nada, un poco de ejercicio no lastima a nadie. Deberías probarlo.
¿Me estaba llamando gorda? Tenía muchas ganas de golpear su maldito rostro operado. Sobre todo al notar su sonrisa maliciosa, pero era una mujer embarazada y sólo por eso no pateaba su trasero pasado por liposucción.
Respiré hondo una vez, y luego de cerrar mis ojos por unos instantes la mire de arriba abajo.
Cuando le contesté le dediqué la mejor de mis sonrisas.
–Quizás, pero me gusta mi cuerpo al natural. No seré una modelo, pero mi autoestima está genial –sobre todo después de haberme revolcado con tu esposo en tu cama. Mis pensamientos malignos hacían fuerza por manifestarse en palabras. Tanya estaba pasando lentamente de una cínica sonrisa, a una cara de culo monumental–. De todas formas, luego de que nazca –señale su barriga abultada con mi mentón– supongo que podrás retocar tu cuerpo con cirugía, ¿no? Ya sabes lo que dicen, luego de un embarazo el cuerpo nunca queda igual –din, din, din. ¡Toma eso, perra!
La mirada de odio que me dedicó fue tan putamente gratificante, que la recordaría toda la vida.
Estuvo a un segundo de contestarme, pero el elevador abrió las puertas para dejarla en su piso.
–Justo a tiempo, es tu parada. Mándale saludos a Edward de mi parte –su rostro cambió drásticamente y me dedicó una mirada llena de sentimientos. No los supe interpretar.
–No sabía que ahora era Edward. No te preocupes le daré un buen beso. No de tu parte –susurró la última frase para que no la escuchara, pero la hice de todas formas.
Sentí un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo, no me había dado cuenta que lo había llamado Edward, cuando anteriormente siempre lo había tratado de Sr. Cullen frente a su esposa.
Pasé toda la tarde en mi casa, mi madre había comenzado este mismo día a trabajar en el hospital, y yo había aprovechado para organizar una salida con mis antiguas amigas del instituto. Habíamos decidido ir a un bar a unas cuantas calles de mi casa.
Miré entre la ropa que había traído y vi el hermoso vestido de mangas largas que le había robado a Rose. Era de una tela brillosa color azul oscuro, y como ya había dicho mangas largas. Tenía un precioso escote en la parte trasera que dejaba mi espalda descubierta hasta la mitad. Eso compensaba la falta de escote en el frente. Era bastante corto, me llegaba como a medio muslo, pero me importaba una mierda. Tenía un buen cuerpo y no lo iba a ocultar para nada. Terminé por ponerme unos hermosos zapatos negros, con taco aguja y de terciopelo, me hacían ver unas piernas de la puta madre, pero dolían como si me estuviese clavando los tacos en los pies.
El karma de toda mujer: zapatos hermosos, igual a un dolor monumental.
Estaba cepillando mi cabello cuando escuche que golpeaban la puerta, me sorprendí porque no esperaba a nadie, aún. Dejé el cepillo en la cama y me miré al espejo para comprobar que estaba bien maquillada, tenía los ojos sombreados de negro y un brillo labial rosa, era algo simple.
Me acerque a la puerta y por la mirilla comprobé que era Edward, mi humor empezó a descender, pero luego me acordé de cómo iba vestida y me aproveché de la situación.
–Un momento –dije fuerte para que él me oyera al otro lado. Subí la falda del vestido un poco (bastante) más, y puse todo mi cabello sobre uno de mis hombros.
Cuando abrí la puerta con mi mejor cara de disgusto Edward me dejó ver que lo había sorprendido con mi atuendo.
–¿Puedo ayudarte? –tardó unos cuantos segundos de más en contestar mi pregunta, pero luego de carraspear y mirarme fijamente a los ojos habló.
–Alguien te busca en la puerta –dijo escuetamente. Eso me tomó por sorpresa a mí, esta vez.
Sabía que Ángela pasaría por mí, pero no tenía ni idea de por qué había hablado con Edward. Creo que el cobrizo notó mi confusión y por eso habló.
–Una muchacha toco mi timbre equivocadamente y preguntó por ti. ¿A dónde vas? –discreción cero.
Quise sonreír, pero no lo hice. En cambio puse cara de indiferencia y lo ignoré.
–Oh, pues gracias por avisarme.
Tomé mi bolso, que estaba en a mesita al lado de la puerta, mis llaves y mi abrigo y salí del apartamento.
Edward caminó detrás de mí, mientras nos dirigíamos al elevador. Como el buen caballero que se suponía que era, me dejó pasar primero, y en lugar de marcar el botón a su planta, marcó el de planta baja. Lo miré extrañada.
–¿Sales? –dije con una ceja alzada.
–No lo sé, ¿tú? –refutó.
Señale mi vestimenta y contesté.
–Creo que eso es bastante evidente.
–Aún no has dicho a dónde.
–Y tampoco te lo diré –mi sonrisa lo desafiaba en todos los sentido, y en su rostro vi que ya no tenía paciencia. Estiró su mano derecha para tomar mi cintura, mientras que con la otra apretaba el botón para detener el elevador.
De manera abrupta, éste se paró y yo me vi atrapada entre los brazos del hombre que me quitaba el sueño.
–Sabes de sobra que no me gustan los juegos. Y que sobre todas las cosas odio cuando sales así vestida y no estoy yo para cuidarte –su aliento soplaba en mi rostro y yo sólo quería cerrar los ojos y dejarme llevar. Pero lamentablemente tenía un puto mal genio y en lugar de conmoverme, sus palabras sólo me hacían enfurecer.
–El día que necesite un puto guardaespaldas, cantaré la canción de Whitney Houston* y te lo haré saber, Kevin* –golpeé mi dedo índice contra su duro pecho mientras hablaba. Edward tomó mi manó y sonrió victorioso.
–¿Sabes? Esta es la primera vez que entiendo una de tus referencias cinematográficas –no pude evitar corresponder su sonrisa, hermosa sonrisa–. Y el día que cantes esa canción, no dudaré en tomarte en mis brazos y traerte conmigo, donde perteneces –cualquier mujer estaría saltando de alegría, o como mínimo sonriendo ante sus palabras, pero por el contrario, sólo sentí dolor en mi pecho.
Inmediatamente mi sonrisa desapareció y puse mi mano en el pecho de Edward para alejarlo de mí. Ante mi cambio drástico de actitud, se movió confundido. Aproveche la ocasión para poner en marcha nuevamente el elevador.
Edward me miró preocupado, aún seguía estando muy cerca de mí. Sujetó mi rostro entre sus manos y habló suavemente.
–No sabes cómo lo siento Bella. Todo. No hay peor castigo para mí que ver la tristeza en tu bello rostro. Una mujer como tú sólo debería sonreír, jamás llorar por un idiota como yo.
¿Alguien, por favor podría traerme un cuchillo para terminar de matarme? Creo que mis bragas se me habían caído por esas tiernas palabras. Pero mi corazón se partió (sorprendentemente) más por el significado.
Salí del elevador cuando las puertas se abrieron, y escuche a Edward hablar antes de salir del edificio.
–Tendré el teléfono encendido por si acaso.
No le respondí nada, sólo salí y me cague de frío. La vi a Angie esperándome con Lauren en la puerta de un auto. Me puse el abrigo rápidamente mientras me acercaba a mis amigas. Ellas gritaron mi nombre en cuanto me vieron, e inmediatamente se lanzaron sobre mí. Pude sentir el olor a alcohol emanando de sus cuerpos y me reí por su actitud tan desinhibida.
–¡Belly! –dijo Ángela, estirando la última letra– Te extrañamos, chica.
Me reí otra vez por su estado.
–Yo también las extrañe, aunque veo que no perdieron el tiempo –dije haciendo alusión a la borrachera que estaban comenzando.
–Una chica tiene que hacer lo que una tiene chica que hacer –miré a Lauren con el ceño fruncido, pero con una sonrisa en mis labios. Ya estaba empezando a hablar mal.
El alcohol, evidentemente, no era su mejor amigo.
–¿Quién. Es. Ese. Papacito? –solté unas estridentes carcajadas por las palabras de Ángela.
–¿Quién?
Miré hacia todos lados buscando al chico del que hablaba mi amiga. Era difícil saberlo, la ciudad estaba claramente concurrida, pero era lo lógico, todos los bares y discotecas estaban abiertos para todo aquél que quisiera fiesta.
–Ese, el que está en la entrada de tu casa –mi sonrisa se congeló en mi rostro y me giré para comprobar que Edward estaba parado en el lugar que Lauren había señalado anteriormente.
Él estaba apoyado contra una pared, con las manos en los bolsillos delanteros de su jean. Llevaba las mangas de su camisa doblada, dejando sus antebrazos descubiertos.
Nos miraba; no, rectifico, me miraba desde la lejanía; con su fiel amigo acompañándolo, su ceño fruncido.
–¿Él? Es sólo mi némesis –le conteste a mis amigas, con mi mirada aún fija en Edward.
*Katniss Everdeen: Protagonista de los libros de Suzanne Collins, Los juegos del hambre.
*Whitney Houston: Famosa cantante y protagonista de la película "El guardaespaldas", junto con Kevin Costner. Es esa película que canta "And I will always love youuuuuu".
*Kevin: se refiere a Kevin Costner.
Buenas noches! Tengo actualización doble por lo visto xD
Cómo les va? Bueno, aquí vengo con la continuación de Vecinos. Originalmente era un One-shot, o sea, que pretendía publicar esta parte como una nueva historia, bajo el título que pueden leer al comienzo. Pero como algunas personas pusieron follow a la historia, se me ocurrió hacérselo más fácil y publicarlo aquí mismo.
Qué les parecio? Está todo patas para arriba. Este Edward se mando una bien gorda...
Y Bella, se está conviertiendo en una pequeña boca sucia, pido mil disculpas por la cantidad de groserías, pero es que son parte de mí y me acompañan siempre xD
Espero saber qué les parecio, qué es lo que creen que sigue a continuación...
Gracias por acompañarme, por dejarme sus hermosos rw, los alertas, y demás! Me hacen muy feliz.
Se viene pronto la continuación!
Only Love
