Disclaimer: The Lost Canvas (TLC) NO me pertenece a mí sino a Shiori Teshirogi. Saint Seiya a ese ser superior que es Kurumada.

Advertencias: ...

Pareja/Personajes: Manigoldo de Cáncer

Acotaciones:

Las especificaciones están en la primera página :D


Cuidando niños

Capítulo II

El cuarto custodio se detuvo de pronto. Aunque no es como que estuviese corriendo especialmente a prisa. Al menos no a la velocidad de la luz, ni siquiera a la del sonido, así que mucho, mucho, mucho menos a una aceleración que él considerara adecuada para una situación de peligro como la actual, por lo que sus pies se detuvieron justamente en el instante en que deseó que pararan y sólo provocó que un par de hojas del árbol en el que se había detenido se soltasen.

Estas cayeron con lentitud, secas y deshaciéndose un poco en el proceso, con un doloroso crujido como acompañamiento musical, casi casi como si acabaran de perecer en el acto mismo en el que se precipitaron hacia abajo. Él, personalmente, ni se molestó en mirar, porque para empezar en ese lugar en particular su alrededor entero estaba, literalmente, pudriéndose lentamente.

Manigoldo entonces esperó.

Se apoyó despreocupadamente contra el enorme tronco, cruzado de brazos y bufando. Cerró los ojos después de un rato y suspiró. Sin duda que un descanso no le iba a venir nada, pero nada de mal, muchísimo menos al considerar que -¡Sin querer!- había vuelto a sobrepasar a los simpáticos mocosos (A pesar de que había intentado no hacerlo), por lo que debía darles cierta ventaja antes de volver a correr, porque… Oh, claro, él era el que los estaba siguiendo para verificar su seguridad NO al revés, mira que después el viejo no iba a querer darle permiso para ir a jugar a las escondidas con ellos si se enteraba que estaba adelantándoseles continuamente una y otra y otra y otra y otra vez.

Aunque no era su culpa, los críos esos de verdad se estaban demorando demasiado en llevar a cabo la peculiarmente sencilla y perfectamente simplona proeza que representaba cruzar un lugar como ese. Un sitio que, sin duda, para él mismo, acostumbrado a esos paisajes poco pintorescos y demases panoramas desoladores, no representaba una mayor amenaza y asemejaba muchísimo más a un inofensivo patio de recreo con animales pudriéndose a su alrededor. Ah, pero no había nada que hubiese por hacer, salvo sentarse a aguardar a que los muchachitos estos decidieran dejar de perder el tiempo en tonterías varias para que pudiesen continuar con su camino y su misión de las pelotas.

Fue con ese pensamiento en mente que les sintió acercarse con premura. Escuchó, primero, los pasos precisos y certeros de Grulla. Esos que casi ni tocaban el piso para volver a despegarse de este con una elegancia poco esperada para una amazona con ademanes tan masculinos.

Prontamente le seguía Pegaso (Al parecer el protegido patriarcal, pero no es como que eso le importara, claro. Tampoco era como si estuviese celoso, como crees), con sus pisadas un poco menos certeras y bastante más brutas y ruidosas. A ciencia cierta, no le hubiese sorprendido que ese chico hubiera atropellado, sin querer, a una ardilla en el camino, porque iba corriendo como todo un caballo desbocado.

Una vez más volvió a suspirar y contó cincuenta mastodontes mentalmente. Aprovechó de mirarse la punta de la capa con descuido, porque le había dado la impresión que esta se había manchado con tanta cosa pudriéndose por esas partes. Al instante, y en cuánto terminó de contar, se inclinó y miró para abajo. Allí estaba el restante.

Unicornio. Que venía como cientos de años luz más lento y más lejos que sus compañeros. ¿Qué clase de caballero era capaz de mantener una velocidad tan patéticamente atortugada?

Entonces miró una última vez para asegurarse de que el bronceado más bajo se alejaba y suspiró, porque una de las cosas que menos esperaba a esas alturas de su vida era verse convertido en un vil cuidador de niños.

Al menos, se dijo a si mismo, mientras se arrodillaba en el tronco preparándose para saltar, si le sacaba lo positivo a la situación tenía que agradecer que no estaba enfrascado en real aburrimiento, en una de esas monótonas reuniones dónde todos se paraban rectos y pretendían prestar atención.

El único que realmente escuchaba siempre era sagitario, porque el pobre hombre parecía no tener ninguna otra motivación para vivir que asistir a esas reuniones, organizar la agenda diaria de la diosa e irse de vacaciones para volver después de la mano con un jodido huérfano como si lo hubiese engendrado en el camino y se sintiera responsable de alimentarlo. ¡Que el santuario no era ninguna puta guardería, por los dioses!

Aunque ese hecho en particular no era para nada lo que realmente le molestaba. El hecho que sí lo hacia, era saber que esas reuniones resultaban una verdadera lata para cualquiera que no considerara un panorama de diversión el estar de pie una eternidad escuchando sermones con las piernas acalambradas.

Al menos, y esto el cuarto custodio lo mentalizó con un poquitín de nostalgia, antes solía ser más divertido, cuando podía molestar a Albafica y este podía pretender que lo ignoraba si llanamente no lo amenazaba con clavarle una rosa en dónde no le llegaba la luz del día.

Ah sí, sin duda que esos eran buenos tiempos, tan tan buenos que aún le resultaba bastante malo pensar que el pececito había sido el primero de los suyos en caer, pero bueh, así era la guerra, después de todo.

Así que se puso de pie, se acomodó la capa una vez más y en cuanto escuchó el estruendo que hacía un órgano matando todas las notas musicales habidas y por haber, supo que era su momento de actuar.

Estúpidos niños descuidados.