Capítulo 2: No en la biblioteca.


Sabía que debía sentir culpa y vergüenza por lo ocurrido la noche anterior. Era lo primero que le habían enseñado en su casa: No debía juntarse con gente cuya sangre estuviera tan sucia que deshonrara la nobleza de los que nacían en el seno de una familia sangre pura.

Y él no sólo no se había mantenido apartado de ella, sino que había llegado al punto de rogarle, de pedirle permiso, de implorarle que le dejara tomarla sobre la mesa. Había terminado cediendo a sus provocaciones a pesar de haberse resistido con todas sus fuerzas durante mucho tiempo.
Y lo peor de todo era que no se arrepentía. Quizás sólo le hubiera dolido un poco el orgullo tener que ceder a sus exigencias... Y que le quitara la cara cuando pretendía besarla.
Salazar, eso había herido de muerte su dignidad como hombre. Había sido una completa idiotez por su parte y era bastante consciente de eso, pero se había dejado llevar demasiado por la situación y ahora pagaba las consecuencias… las consecuencias de no poder dejar de mirar hacia su mesa del gran comedor y buscarla con la mirada. Se arrepintió en el mismo instante en el que se percató de que Weasley la tomaba de la mano y jugaba con ella disimuladamente.

Alguien chasqueó los dedos frente a sus ojos de repente. Blaise parecía esperar una contestación a una pregunta que Draco no había oído formular.

—¿Qué?

Su amigo puso los ojos en blanco antes de repetir lo que le había preguntado.

—Que si recuerdas que mañana hay examen de Historia de la magia —quiso saber.

—¿Eh? Ah sí, claro —se le había olvidado por completo. Los días enteros que había pasado en la biblioteca no había estado precisamente estudiando. Recordó la forma en la que Granger se mordió un labio sensualmente en la mesa de enfrente la noche anterior. Ella sabía que la observaba tras su libro de Pociones, lo que tal vez no se esperaba era que aquel gesto fuera el desencadenante de todo, que fuera la gota que colmara el vaso del Slytherin. Y qué manera de colmarse.

Blaise chascó los dedos de nuevo frente a él, esta vez casi rozando su fina y puntiaguda nariz.

—¿Qué te pasa hoy? Estás como en las nubes.

Draco se puso derecho en el asiento y movió los huevos revueltos de su plato con el tenedor.

—No he dormido demasiado esta noche —no mentía en absoluto. Después de hacerlo con Granger en su sala común y volver a su habitación en las mazmorras, a duras penas pudo conciliar el sueño al meterse en la cama. Todavía guardaba el sabor de su piel en los labios, su figura desnuda en la retina. El olor de su pelo parecía haberse impregnado en su cuerpo y quedarse con él en la penumbra de la noche. Imposible dormir después de haber mandado a la mierda todos y cada uno de sus principios por unos minutos de placer. Se percató de la mirada desconfiada de Blaise. Había vuelto a dejarse llevar por sus pensamientos de nuevo—. ¿Decías algo?

—Decía de deberíamos ir a la biblioteca después de clases —comentó, algo intrigado por el comportamiento de su amigo.

Draco la miró de nuevo en la distancia, esta vez inconscientemente. Sabía que estaría allí. Ella siempre estaba allí.
Granger levantó la mirada para encontrarse con sus grisáceos ojos clavados en ella. Era como si hubiera podido sentir su energía a través de la habitación. Draco arrugó la nariz al ver a Weasley con el rostro hundido en su cuello. Parecía estar diciéndole algo al oído que no quería que nadie más que ella supiera. Tal vez le proponía algo indiscreto para después de clase.

Ninguno rompió el contacto visual durante unos segundos. Era como si no pudieran hacerlo, como si una fuerza mayor se lo impidiera. Draco vio por el rabillo del ojo cómo el pelirrojo le mordía disimuladamente el lóbulo de la oreja antes de separarse. Ella cerró los ojos en ese instante y él aprovechó para volver la mirada hacia su amigo.

—Claro —dijo entonces—, deberíamos pasar la noche en la biblioteca.


Cuando traspasó la puerta de la biblioteca ella se encontraba en el mismo sitio que siempre. Draco recorrió la estancia con paso firme y se sentó en la mesa frente a ella como cada noche. Granger levantó la vista de su libro con una sonrisa ladeada en el rostro, sonrisa que fue desvaneciéndose poco a poco al comprobar que aquella vez no venía solo. Blaise se sentó frente a su amigo y ambos abrieron los libros de Historia de la magia. Aquella iba a ser una noche un tanto diferente… o quizás no.

Se repartieron los temas y acordaron hacer resúmenes para luego duplicarlos con un simple hechizo y ahorrar tiempo. No pasaron más de un puñado de minutos cuando Blaise suspiró sonoramente, llamando así la atención de Granger. Draco apartó la mirada de ella en el momento justo. Lo cierto era que iban muy apurados de tiempo, pero ni bajo presión Draco lograba concentrarse. ¿Qué diablos le estaba pasando? Era como si esos ojos marrones lo hubieran embrujado y quitado la voluntad. Era estresante, a veces incluso molesto, pero no podía dejar de mirarla.

Un rato más tarde Blaise le hizo otra pregunta y él volvió en sí. No supo responderle si la primera revolución de los centauros había sido antes o después del reconocimiento de las sirenas como seres independientes en el mundo mágico, así que aquella era la confirmación de que estaban de mierda hasta el cuello. Ninguno tenía ni remota idea de eso, que era del primer tema. Draco estaba a punto de volver a su resumen cuando un movimiento frente a él le distrajo. Granger se había levantado silenciosamente de su mesa y lo miraba con picardía mientras se perdía entre las estanterías de la biblioteca.
Draco se preguntó durante unos segundos si de verdad necesitaba tropezar con aquella piedra por segunda vez. Luego también se levantó de su mesa.

—Voy a buscar algún libro donde podamos buscar información más detallada.

Blaise asintió con la cabeza y él se alejó de allí siguiendo los pasos de Granger. Cuando las estanterías lo ocultaron de la vista de su amigo, redujo el paso. Los pasillos y pasillos repletos de libros eran inmensos y parecían venírseles encima con cada segundo que no la veía. ¿Estaba su orgullo dispuesto a sufrir de nuevo uno de sus jueguecitos? ¿Estaría burlándose de él en esos momentos?

Estaba a punto de darse la vuelta para volver por donde había venido cuando algo cayó al suelo unos pasos más allá. Draco aceleró el paso y se asomó al lugar de donde porvenía el ruido. Granger se inclinaba lentamente hacia adelante para recoger un libro del suelo. Su camisa dejaba ver parte de su escote y su falda se ceñía cada vez más a su trasero cuanto más se agachaba. Al ponerse derecha, fingió que no sabía que estaba ahí.

—Oh, Malfoy.

Sí, Malfoy. Daba igual lo mucho que se esforzase. No lograba engañarle ni un poquito.
Granger se volvió para colocar el libro en su sitio y Draco se acercó a ella por detrás.
Hermione podía sentir su proximidad, sus cuerpos casi se rozaban. Él le apartó el pelo detrás de la oreja.

—¿Qué te traes con Weasley? —susurró.

Ella se volvió bruscamente y ambos se miraron fijamente a los ojos.

—Eso no te interesa —espetó.

Él sonrió ladeadamente.

—No puedes saber lo que me interesa y lo que no.

Ella frunció un poco los labios.

—Tienes razón. No lo sé, pero lo que sí sé es que es algo que no te incumbe.

Draco arrugó un poco la nariz, pero pronto se recompuso de sus palabras.

—Es cierto. Sólo me preguntaba si a él también le haces rogarte como me hiciste hacerlo a mí ayer.

Parecía que la conversación no estaba yendo por donde ella había esperado, y estaba claro que eso le molestaba.

—Tampoco es algo que te incumba —Draco la tenía prisionera entre su cuerpo y la estantería. Granger intentó dar un paso a un lado, pero él se hizo eco de sus movimientos y volvió a interponerse en su camino—. ¿Vienes a rogarme una segunda vez, Malfoy?

Él levantó las cejas en un gesto de sorpresa. ¿Quién se creía que era él? ¿De verdad pensaba que iba a volver arrastrándose a sus pies a suplicarle que le dejara tomarla sobre la mesa de nuevo? Él no era ningún estúpido. ¿Que le gustó la experiencia? Sí. ¿Que iba a endiosarla? No.
Salazar sabía lo mucho que le apetecía tomarla de nuevo, ahí mismo, en ese preciso momento... Pero esa vez no iba a ser él el que acatara sus normas. Iba a esperar a que ella terminara buscándolo. Porque lo haría, tarde o temprano, y entonces sería él el que pusiera las reglas.

Dio un paso más hacia ella, haciendo que su espalda impactara contra la estantería, y rodeó su cintura con sus firmes brazos. Hermione podía sentir su abultada erección bajo la túnica pegando contra su pelvis. Contuvo la respiración cuando lo vio acercarse a su rostro. Su aliento rozó sus labios suavemente antes de desplazarse a su oído y susurrar:

—No voy a volver a rogarte nada. La próxima vez serás tú la que vengas a mí —ella estaba tan aturdida por su proximidad que ni siquiera se le ocurrió rechistar—. Lago negro. Esa es la contraseña de mi sala común. Si aceptas buscarme que sepas que será con condiciones.

Draco presionó su lóbulo con los dientes de la misma forma que lo había hecho Weasley horas antes en el gran comedor, pero esta vez ella profirió un débil gemido contenido.
La miró una última vez antes de darse la vuelta y alejarse.
Sabía que era orgullosa. Iba a tener que esperar un tiempo a que cediera.