Cómo estaréis harta de mis "excusas" por tardar tanto en actualizar y eso, me limitaré a decir que las cosas no van nada bien en mi familia, y aparté de mi todo aquello ajeno a mi estantería llena de libros, y mis dvd's de Castle y de El Mentalista. De verdad que siento haber estado tanto tiempo desconectada y agradezco a los que aún teniendo parones de meses, sigáis leyendome. Pero simplemente, cada vez que me ponía frente al ordenador para seguir con mis historias, me ponía a llorar. Y pues, para hacerlo rápido y mal, prefería no hacerlo.

Os dejo con el capítulo dos. Espero que os guste.


Capítulo dos.

Pensó en sus hermanos, mientras terminaba de darse los últimos retoques al maquillaje, frente al espejo. Pensó que, si estaba dispuesta a ayudar a la policía a encontrar al asesino de Sofía, pondría a sus hermanos en peligro. A ella la daba igual ser un objetivo. Ya había pasado por situaciones difíciles, muy difíciles y había logrado salir "casi" ilesa de todas. Pero sus hermanos… no podía permitir que les pasara algo. Jamás se lo perdonaría.

Rebusco en la mochila hasta encontrar el móvil. Dio uso a su memoria, tratando de recordar el número de su tía. Chasqueó la lengua, confusa entre dos números. ¿Era un tres, o un seis?

Decidió probar con los dos. El primero no dio resultado y se disculpó por la intromisión. Marcó, entonces, el otro número. Pero unos golpecitos en su puerta la impidieron presionar el botón de llamada.

-Teresa, cariño. Hay un hombre aquí que requiere tus servicios.

-Dile que espere un minuto, Marina. Por favor –respondió.

-Insiste en que es importante. Es el inspector que vino el otro día.

No pronunció palabra. Se limitó a asentir con la cabeza, indicando así a su mentora que le dejara pasar. Ella obedeció y, segundos más tarde, Patrick Jane cruzaba el umbral de su habitación.

Le vio entrar por la puerta. Suspiró, nerviosa.

No entendía por qué su corazón se aceleraba de aquella forma cada vez que divisaba la rubia cabellera rizada. Era un hombre más. Y ella ya trataba con muchos.

"Si, es un hombre más, pero él no paga para acostarse contigo" susurró una voz en su cabeza.

La agitó, tratando de librarse de su yo interior.

Estrecharon las manos sin apenas hablar. Abrió la mano, señalando hacía la butaca. Patrick se sentó allí y espero a que la mujer hablara.

-Si voy a decirles quien es Jeremy, tendrá que quedarse aquí un rato. Si sale ahora mismo, sospecharán que he sido yo la soplona y eso no me conviene. –dijo, sin dejar opción al hombre para opinar.

Él se limitó a asentir con la cabeza. Estaba enfrascado en sus propios pensamientos.

Depositó el móvil sobre el tocador; ya haría la llamada más tarde.

-¿Han averiguado algo en estos dos días? –preguntó.

Puede que llevara años sin tratarse con Sofía, pero era su amiga. Aún la quería.

-No se me permite dar detalles del caso, lo siento mucho.

-Ya…

Vio cómo se fijaba en su amplia colección de libros. Les tenía extendidos por la mesa que había en la habitación, por orden alfabético.

-¿La gusta leer?

Clavó su mirada en el inspector.

-En mis ratos libres. Por favor, trátame de tú.

-Lo haré, siempre y cuando me trates igual.

No pudo evitar sonreír, al ver como sus labios se curvaban hacia arriba.

-Ya que tenemos tiempo… ¿Puedo hacerte una pregunta un tanto personal?

-Prueba –respondió, levantando una ceja.

-¿Qué haces aquí?

Frunció el ceño. Era una pregunta un tanto ridícula.

-Creo que es obvio de que trata mi trabajo. –contestó, algo enfurecida.

-No. No me refiero a lo que haces aquí, sino por qué estás aquí. ¿Por qué?

Se cruzó de brazos. Por alguna razón extraña razón ese hombre la transmitía confianza. Sin embargo, no pensaba contarle su vida. Prefirió dejar que lo adivinase. Grave error.

-Dímelo tú. Por lo que he podido comprobar hasta ahora, se te da bastante bien adivinar las cosas.

Jane la miró fijamente durante un par de minutos, hasta el punto de llegar a sentirse incómoda. Había hablado con Marina sobre el hombre. Esta la había dicho que Patrick Jane era uno de los mejores policías del lugar y que habría logrado resolver casos que nadie había conseguido antes, y con muchos años menos que los inspectores que los habían llevado. Aunque también había gente que no estaba de acuerdo con sus métodos de obrar.

-Te criaste en un buen barrio. Sabes leer, por lo que no eres analfabeta. Tienes educación, modales, pero siempre dices la verdad. O, al menos, lo que crees que es verdad. Fuiste a un colegio de los caros, de ahí tu inteligencia y sabiduría; y también tu rebeldía. Supongo que no eras la mejor estudiante, pero si aplicada, lo que te hizo ser respetada. –Se tomó unos segundos. –Respetada, hasta que entraste a trabajar aquí. Tan solo la mujer que te ha avisado de que había venido está por encima de ti. Lo que me hace suponer que llevas ya unos cuantos años en este lugar. Desde los quince, o los dieciséis me arriesgaría a decir. Tenías otras opciones, mejores opciones, pero no tan remuneradas. Así que algo tuvo que pasar para que eligieras esto. No a ti; estás dolida, pero no tanto. Fue a alguien cercano. Y tu papel de madre sobre tus hermanos pequeños es una buena pista. El hecho de que estés aquí es porque nadie más lleva dinero a casa, y tus hermanos dependen de ti. Con lo cual, no fue solo a tu madre; también a tu padre. Y tú, pasaste a tomar los dos puestos.

-Eres bueno –contestó, tratando de simular el nudo que se había formado en su garganta.

Él se encogió de hombros.

-Y es por eso por lo que estás aquí –sentenció.

El ambiente se había vuelto algo tenso. A pesar de haber acertado en su deducción, se sentía intimidada al ver cómo era un libro abierto para Patrick. Y eso no la gustaba, nada.

El joven inspector debió de percatarse también del incómodo momento de la situación, y decidió cambiar de tema. Sabía que había dado en el clavo al describirla, puesto que sus músculos se tensaban con cada palabra que pronunciaba.

-¿Sabes? Te sientan bien esos trajes.

-Oh, vaya. Si te digo la verdad, a mí no me hace mucha gracia ir así vestida. No sé qué demonios veréis los hombres de erótico en una cosa como esta –dijo, señalándose a sí misma.

Jane estalló en una carcajada, al ver la cara de asco que puso ella.

-No te rías, es verdad. Y ni te imaginas lo que pesa un traje de estos. Siempre acabo con la espalda muerta.

-Créeme que sé lo que pesan.

Frunció el ceño. ¿Quería decir que se había probado alguna vez uno de ellos?

-No me malinterpretes –respondió, justificando sus palabras. –Tengo una hermana pequeña, de dieciséis años. Cuando apenas llegaba a los diez se emperraba en vestirse como una princesa, con trajes súper pomposos y más y más faldas. Al final de la tarde siempre acababa cargando yo con él, porque ella se cansaba de llevarlo.

Sonrió, imaginando la escena. Ella había pasado por cosas parecidas, salvo que sus trajes no eran de princesas, sino de dinosaurios o superhéroes. Esos que sus hermanos solían llevar, y que al final siempre acaba llevándolos ella de la mano.

-Así que una hermana ¿eh?

-Sí. Lo malo es que ha entrado en la edad del pavo, y parece que se la han cruzado los cables. Se llama Charlotte.

-No he preguntado el nombre.

-Lo has hecho, con la mirada.

Teresa sonrió. El tal Patrick Jane comenzaba a caerla bien. Poco después cayó en la cuenta de que ese nombre la sonaba demasiado.

-No estudiará por casualidad en el instituto River Hights, ¿verdad?

-Así es.

-Recuerdo a una niña pequeña de rizos rubios, llamada Charlotte, que venía muy a menudo a casa a jugar con mi hermano. Estaban en la misma clase. Pero cuando su padre se enteró de que yo trabajaba aquí le prohibió seguir viéndole. Decía que alguien como su hija no podía acercarse a alguien como yo.

-Stan. Tu hermano se llama Stan… -susurró él, como si estuviera pensando. –Y tú eres esa Teresa Lisbon… Ya decía yo que me sonaba tu cara.

-¿Esa Teresa Lisbon?

-Sí, tu estabas en 4º de la ESO, y yo en 2º de Bachillerato. Todos los tíos te admiraban porque estabas muy buena, mientras yo me mantenía al margen porque había repetido tres cursos y mi atención la tenían otro tipo de mujeres. Aunque he de reconocer que alguna miradita si te echaba, y que has mejorado mucho con los años.

Recibió un leve puñetazo en el hombro como contestación.

-Oye, no empieces como aquel día. Me acerqué a ti para decirte hola, y me arreaste una bofetada.

-Pensé que también me ibas a pedir que te la chupase –contestó entre risas. Había aprendido a llevar ese tema bastante bien. –Además, luego te invité a un helado por las molestias.

-Y tantas. ¡Me dejaste la mano marcada en la mejilla! –protestó, también sonriendo. –Creo que mi hermana vuelve a llevarse con el tuyo. El otro día estaba hablando con un chico por teléfono y cuando colgó la pregunté quién era. Me dijo que era Stan, que habían recuperado la amistad de nuevo.

-Vaya, ¿tu padre ya no se lo prohíbe? –preguntó con ironía y una pizca de desprecio. Ironía y desprecio que, tras la respuesta de él, deseó no haberlas usado.

-Murió, hace tres años.

-Oh, vaya. Lo… lo siento mucho.

-No te preocupes, son cosas que pasan. La vida es así, y supongo que no hay nadie que entienda eso mejor que tú.

-Por desgracia, sí.

Un silencio un tanto incómodo se apodero de la estancia. Ella decidió cortarlo.

-Y, ¿Cómo es que el chico rebelde, repetidor de tres cursos, se mete a poli?

-Terminé el bachillerato y decidí que no quería estudiar más. Siempre se me dio bien el ejercicio físico y tengo buena resistencia. Además, me parece fascinante la mente humana. Cómo alguien puede llegar a hacer tales barbaridades, sin ni siquiera sentir un ápice de culpabilidad.

-¿Quieres oír barbaridades? Pásate a hora punta por el instituto de nuestros hermanos.

Ambos adultos rieron.

Ahora, Teresa se sentía mucho más confidente con Patrick. A pesar de haber roto cualquier relación con gente de su pasado hacía ya cinco años por elección propia, se sintió confortada al saber que al menos alguien la recordaba como una chica dulce y humilde, y no como una puta.

Rememorar el día de la bofetada y el helado la hizo sonreír. Sintió algo especial por ese chico, pero para entonces no era más que una cría de dieciséis años. Muy madura, sí, pero cría al fin y al cabo. Y, trataba con tantos hombres al día, había visto el lado arrogante y despectivo de todos ellos que se negaba a tener una relación con uno. Otro añadido era la diferencia de edad. No tan chocante con sus veintidós y veintisiete años de ahora, pero si con sus dieciséis y veintiuno de entonces.

Se percató de que Patrick aún no había borrado la sonrisa pasados varios minutos. Miró su reloj; entre tema y tema, había pasado casi tres cuartos de hora desde que el hombre entró en su habitación, así que decidió que era hora de actuar.

-Descolócate un poco la camisa, y salgamos fuera. Dersy ya estará por aquí.

Se dirigió hacia la puerta, con el inspector pisándola los talones. Le sorprendió cuando, justo antes de envolver el pomo con su mano, se giró y colocó su dedo índice en el pecho de él.

-Cuando salgamos ahí fuera, sígueme la corriente, ¿vale? Si la gente se entera que estoy colaborando con la policía, el estatus del prostíbulo bajará, lo que hará que me despidan.

Con el asentimiento por parte del hombre, abrió la puerta. La sala principal era un ir y venir de mujeres, hombres con miradas lascivas, e imágenes dejando muy poco a la imaginación. La estancia estaba llena del color rojo, en sus diferentes tonalidades; color que a Lisbon nunca había gustado, pero Marina siempre se negaba ante sus ideas de renovarlo y transformarlo todo al color verde. Marina decía que el ser humano asociaba los colores a diferentes aspectos, y el rojo equivalía al amor y al sexo.

Atravesaron el salón de punta a punta, sorteando a las personas que venían y los sofás y sillones dispersos por la sala. Cuando se encontraban a un par de metros de la puerta de salida, Teresa se acercó a Patrick hasta quedar su boca junto a su oreja.

-Jeremy es el hombre de vaqueros largos oscuros, con una camisa a cuadros roja. –susurró. - Pelo castaño claro, y ojos marrones oscuros. Tiene pinta de acabar de visitar a una de mis compañeras, así que no tardará en salir. Espérale fuera.

Se separó de él, con la mirada fija en sus ojos, y tras despedirse del inspector con un simple adiós, volvió a su habitación.

Sin embargo, Jane se quedó embobado, parpadeando repetidamente y sin despegar sus ojos de la puerta. Agitó su cabeza ligeramente para despertar de su mundo, y acató las órdenes que la mujer le había dado.

Tal y como había dicho ella, diez minutos después, Jeremy Dersy era arrestado por el asesinato de Sofía Debyasse y llevado a comisaría para interrogarle.


-Eso no fue lo que pasó.

-Entonces, ¿por qué una testigo recibió una carta de la víctima, en la que alega que tiene que hablar contigo sobre un asunto de vida o muerte?

-¡Y yo que demonios sé! ¿Está segura de que esa testigo suya no se ha inventado la carta? Hacía años que no hablaba con Sofía, así que no sé cómo podría estar yo involucrado. –Jeremy frunció el ceño cuando el Inspector sacó un teléfono móvil de prepago de una de las bolsas de pruebas de la policía.

-¿Estás seguro, Dersy? Porque hemos encontrado este teléfono en tu casa, con al menos una llamada diaria a Debyasse en los últimos cuatro meses.

-¿¡Habéis registrado mi casa!?

-Su novia nos ha abierto la puerta alegremente sin poner ningún impedimento, cuando la hemos enseñado una foto en la que apareces en uno de los prostíbulos del barrio.

Patrick miró a su sospechoso, con una sonrisa de oreja a oreja. Sabía que pronto comenzaría a hablar.

-Vale, está bien. Sí que seguía manteniendo el contacto con Sofía, pero yo no la maté. –esperó varios segundos, mientras entrelazaba sus manos. –Sofía sabía que yo suelo frecuentar por esos lares y me pidió ayuda.

-¿Ayuda, para qué?

La conversación empezaba a ser interesante, así que tomó asiento.

-Quería destapar una red de prostitución de menores. Según me había contado, un grupo de personas se acerca a niñas de entre 10 y 17 años, fingen ser amigas y cuando consiguen la suficiente confianza con ellos, las hacen subir a sus coches y las secuestran. Se las llevas a los burdeles y las obligan a ejercer la prostitución. Sofía acudió a mí porque la gente ya está acostumbrada a verme por allí así que si iba a mirar a ver si había alguna menor allí metida, nadie sospecharía de mí.

-¿Por qué accediste a ayudarla?

-Oh, venga ya. Si, pago a mujeres para que se acuesten conmigo, pero jamás tocaría a una menor. Eso es algo prohibido y tenía que hacer algo para tratar de evitar que esas niñas pasen por eso. Seré todo lo imbécil que queráis, pero tengo una hermana pequeña y jamás me perdonaría si la ocurriese algo así.


Apartó con rabia la silla de la mesa y se sentó en ella, recostando la espalda. Suspiró, frustrado. El asesinato de la joven iba mucho más allá de un simple crimen pasional. En verdad le gustaban los casos enrevesados, porque así podía poner su cerebro en funcionamiento, pero una red de prostitución de menores era algo que le afectaba personalmente. ¿Cómo alguien era capaz de arruinar la infancia a unas niñas pequeñas, con tal de sacarse dinero?

-Jefe, ¿quieres que le retenga?

-No, Martínez. Suéltale. Pero dile que si se entera de cualquier cosa sobra la red, que nos avise. ¡Ah! Y que no salga de la ciudad.

-Entendido.

Vio a uno de sus mejores agentes salir de la sala en dirección hacia los calabozos. Tenía un dolor de cabeza horrible. Miró la hora, eran casi las dos de la madrugada, así que decidió marcharse a casa. Recogió el móvil y las llaves que tenía esparcidas por la mesa, las guardó en la bandolera que solía llevar, y se marchó hacia el ascensor.

Ya en el aparcamiento, metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón. En busca de la llave del coche. Lo hizo como acto reflejo, sin darse cuenta de que tan solo unos minutos antes, las había guardado en la bandolera. Estaba distraído, demasiado distraído y lo único que quería era llegar a casa, dar un beso a su hermana pequeña, y acostarse. Deseo que no podría cumplir, porque nada más abrir la puerta de su casa, se encontraría con una nota de la joven informándole que se quedaría a dormir en casa de Lisa.

Pensó en llamar, para asegurarse de que se encontraba bien. Llevaba sin verla todo el día y la echaba de menos. Pero Lisa era la hija de su capitán, conocía a la familia y estaba seguro de que la cuidarían, así que se preparó un té caliente, se vistió con la ropa del pijama y se sentó frente al televisor un par de horas hasta que el cansancio le pudo y decidió irse a dormir. Mañana sería otro día.


Despertó con una ligera dolencia en el cuello. Se llevó su mano izquierda hasta él y lo masajeó con cuidado. Estaba hasta las narices de las tortícolis. Bostezó, mirando el reloj. Había dormido poco más de dos horas. Pensó que podría descansar según llegase a casa, pero enseguida desechó la idea. Era sábado, lo que quería decir que sus hermanos estarían todo el día en casa. Quizá Stan no, quien probablemente tuviese un partido de baloncesto en algún pueblo cercano, pero tendría que encargare de Jimmy y de Tommy.

Suspiró. Se levantó de la cama, recogió el traje que acabo por los suelos unas horas antes y lo guardó en la mochila de deporte que se había apropiado de uno de sus hermanos. Se vistió con sus vaqueros y su sudadera habituales, se recogió el pelo y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

Al llegar a casa, se sorprendió de ver como apenas había jaleo. Cuando llegaba los fines de semana, sus hermanos solían estar peleándose y gritándose. Pero ese día no. Ese día parecía estar todo en calma.

Se apresuró a meter la llave en la cerradura y abrir la puerta. Ideas macabras pasaron por su cabeza en los apenas cuatro segundos que tardaba en entrar en casa, pero se obligó a sí misma a tranquilizarse. "Siempre te pones en la peor de las situaciones, Teresa" le susurró una voz en su cabeza.

Entró al descansillo. Cerró la puerta sin echar el cerrojo y dejó caer su bolsa al suelo.

-¿Stan? –gritó primero, para después pronunciar los nombres de los otros dos.

No recibió contestación, por lo que su corazón comenzó a latir aún más fuerte.

-¡Queréis dejar de hacer el idiota y contestarme!

Comenzaba a cabrearse. Sus hermanos ya se la habían jugado una vez, escondiéndose en los armarios de la casa y simulando que no estaban. Ese día se prometió que les mataría uno por uno, por haberla hecho creer que les había ocurrido algo, pero enseguida les perdonó. Dentro de lo que cabe, eran aún niños y sólo querían jugar.

-¡Os juro que como estéis escondidos de nuevo en los armarios os la vais a cargar!

Esta vez, si recibió contestación, pero no de quien ella pensaba.

-¿Teresa?

Estaba a medio camino del piso superior cuando oyó la voz. Regresó escaleras abajo, algo confusa. Entró al salón, pero allí no había nadie. Se dirigió hacia la cocina y entonces se topó de frente con ellos.

-Siento no haberte contestado. Estábamos en el jardín. He llevado a Jimmy y Tommy con la vecina y han encajado la pelota en nuestro jardín, por enésima vez.

-¿Por qué has dejado a tu hermano con…? –No la dio tiempo a terminar la frase. Se fijó en los ojos llorosos de Jane. -¿Qué haces aquí? ¿Qué ocurre?

-Se ha presentado aquí hará cosa de una hora. Venía buscándote y supuse que querría contarte algo de tu amiga así que le dejé pasar.

-Vale, Stan. Pero por favor, deja de dar rodeos y contadme que está pasando.

-Os dejaré solos. Estaré en mi cuarto por si me necesitáis.

Miró con orgullo a su hermano. A pesar de tener dieciséis años, era muy maduro para su edad. En parte la recordaba a ella, a su edad. Stan había pasado a ser el hombre de la casa, y cuanto más mayor se hacía más maduro era.

-¿Qué ocurre? –preguntó esta vez a Patrick, quien tenía los ojos rojos.

-Charlotte. Ha desaparecido.