capítulo 2

DESPERTÓ con tiempo suficiente para poner en ejecución sus planes de la noche anterior. Sabía dónde localizar a Jacob y a qué hora. Bajó por la escalera para no toparse con los demás huéspedes. Eran casi las seis y media de la mañana. En el tercer piso, salió de la escalera normal y fue a la de emergencia. A través de ella, llegó hasta el dormitorio de Jacob. La

puerta estaba cerrada, pero afuera había un servicio de té en una bandeja. Todo sugería que él estaba adentro aún. Ella empujó la puerta y, sigilosamente, entró.

Había allí mucho desorden, hacía falta un toque femenino. Jacob no estaba solo. Bella pudo reconocer a través de las puertas de cristal opaco de la ducha las figuras de los dos y la voz de Jessica. La joven sintió pánico, mientras un intenso frío le recorría el cuerpo.

—Oh mi amor, ese tipo de caricias me encanta—gimió Jessica.

Bella comenzó a agitarse con frenesí. No sabía qué hacer. Sentía

deseos de salir al darse cuenta de la dimensión de lo que estaba pasando.

Pero se sentía paralizada. No podía despegar los pies de donde estaba.

—Oh Jacob, ¿pensarás en mí cuando estés haciéndole el amor a esa niña boba y buena para nada?

—Ah vaya— exclamó Jacob y Bella reconoció su voz alterada por el placer—. Si en algo pienso es en el dinero del padre y en el futuro que nos comprará a ti y a mí, mi amor. Eso me hará pensar en ti cuando tenga que hacerle el amor a esa boba.

— En todo caso, debes apresurarte Jacob. Ella sospecha que algo no funciona bien. Será virgen y boba, pero no, creo que su inocencia llegue a la estupidez.

—Oh Jess, en realidad no sé si podré hacerle el amor así de repente. Me desconcierta. No sabe lo que es un hombre ni cómo hacerse atractiva. Sino estuviera de por medio el dinero de su padre no me la acercaría siquiera. Si es virgen, es porque ningún hombre la encuentra suficientemente mujer...

Bella sintió esas palabras royéndole el corazón. Los grados de dolor parecían oleadas de frío en su cuerpo y en su cabeza. Quería gritar de agonía pero no podía emitir sonido. Era algo demasiado cruel y demasiado cínico. Y bien, en todo caso ahora sabía qué era lo que Jacob pensaba de ella.

— Debes esperar a que me case con ella, Jess. Entonces haremos planes.

Primero tendremos nuestro hotel de lujo en Barbados, con el dinero del padre. Luego, me volveré más que frío con ella, y cuando se dé cuenta de que la detesto como mujer, no tendrá más remedio que divorciarse de mí.

Pero la haré sufrir lo suficiente como para que sea ella la que me pida el divorcio. Para entonces, el hotel y todo lo demás estará a mi nombre y no podrá quitármelo. Y si su padre trata de meterse, haré un escándalo acerca de la frigidez y la falta de feminidad de su hija. Ello lo asustará y lo mantendrá lejos. No permitirá que se publique en los periódicos ingleses algo así como «La hija de un magnate petrolero es inadecuada como esposa». ¿Te das cuenta? Yo prefiero a una mujer que sabe complacer aun hombre. En eso nos parecemos Cullen y yo, ¿no crees?

Bella comenzó a pensar con sensatez. Podía marcharse en ese

momento. Ya sabía suficiente. Pero el orgullo de los Swan y su

herencia celta le indicaban que debía escuchar todo y permanecer todo el tiempo que fuera necesario. De la pena surgió el carácter y la determinación. Bella era valiente. Ya se lo había demostrado a sí misma en ocasiones previas.

—¿Sientes celos de Edward? Él y yo sólo somos amigos ocasionales.

—Tal vez; pero, ¿hasta qué punto? ¿Acaso no te ha pedido que te

acuestes con él?

—No.

—¿Y si lo hiciera, qué harías?

—Aceptaría, Jacob... ¡Oh vamos, mi amor! No esperarás a que yo esté sola mientras tú pasas el tiempo enamorando a esa tonta. Tal como has dicho, soy toda una mujer y también tengo mis... necesidades.

Bella comenzó a sentir rabia. Ya era suficiente. Les demostraría a los dos de lo que era capaz como mujer y como persona. E iba a comenzar a demostrarlo en ese mismo momento. Jessica y Jacob salieron del baño y se fueron a la cama sin darse cuenta de que ella estaba inclinada en el dintel de la puerta de la ducha. Bella se quitó el anillo de compromiso y se acercó a la cama mientras ellos se regocijaban secándose uno al otro.

Jessica no parecía ya tan sofisticada ni tan experimentada. No era sino algo semejante o inferior a una prostituta. Bella pensó en hacérselo notar pero decidió no enfrentarse con ella por el momento. Era Jacob quien le interesaba. Ahora era su turno para ver el rostro verdadero del hombre a quien creía amar y de quien en ese instante sólo podía vengarse.

—¡Bella!— exclamó Jacob casi en un grito capturado por la sorpresa.

—No digas nada. Ya te he oído suficiente. Mejor concéntrate en satisfacer las ... «necesidades» de tu amiga, si es que te acepta ahora que no tienes asegurada la comida ni para ti ni para ella por el resto de tu vida. Tenías todo calculado, pero cometiste un error. No soy frígida. Vine aquí a buscar virilidad, y te encontré tal y como eres, un pobre y vil oportunista. Aquí tienes tu anillo. Búscate a otra que pueda mantener tus ambiciones y búscala bien, porque «tu» Jessica tampoco lo hará.

Arrojó el anillo a la cara de Jacob y, dándose la vuelta, se dirigió hacia la puerta. Alcanzó a notar que el rostro de él se ponía pálido por el desconcierto y que Jessica estaba a punto de estallar de ira. Con seguridad, ella saboreaba ya una vida de lujos y comodidades. Bella se dio cuenta de que algo crecía y maduraba en ella. Había puesto a los dos en su lugar, y había separado a Jessica al hacerlo.

Sin embargo, la joven se sentía atenazada por la pena. ¿Qué había de malo en ella? ¿No era suficientemente mujer? No era así, de ninguna forma. Era una mujer atractiva y muy sensual. Ya había amado con intensidad y odiado con furor. No iba a permitir que su futuro como persona se viniera abajo por un par de canallas. En ese momento, se prometió no volver a dudar de su femineidad y atractivo. Iba a dejar el hotel sin más, y en su momento, encontraría a un hombre íntegro que la deseara por lo que era, y lo iba a encontrar antes que sus vacaciones terminaran.

Al bajar al recibidor, Bella se encontró otra vez con alguien conocido: el extraño Edward Cullen. El corazón comenzó a palpitarle con fuerza. Allí estaba la masculinidad pura y la experiencia. Alguien que podía enseñarle de una sola vez más que mil Jacobs juntos. Alcanzó a oír parte de la conversación entre el hombre y la chica de la recepción.

—Lo siento, señor Cullen, pero el sitio que usted busca no está en nuestra guía, pero si me espera un momento, trataré de localizárselo.

Bella se sorprendió al dirigirse ella misma al extraño en un tono no sólo amable y familiar, sino insinuante.

—Yo sé donde está ese lugar. Es una especie de cueva cerca de aquí. De hecho, pensaba ir para allá ahora mismo. Tal vez te interese que viajemos juntos. ¿Tienes coche?

—Sí, claro que tengo, por supuesto que podemos viajar juntos—contestó el hombre con seguridad y cierta impaciencia—. ¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar?

—Alrededor de una hora y media.

—¿Podrías estar lista en una hora, a lo más?— Señaló él mirando su reloj—. Nos encontraremos aquí.

Bella asintió y regresó a su dormitorio a cambiarse de ropa. Arregló una pequeña maleta con algunas cosas y bajó a desayunar. En el plazo del tiempo marcado, volvió al recibidor.

Edward Cullen no había llegado todavía. Bella vio a Jessica acercársele.

—¿Así que has conseguido que Edward salga contigo? No te durará el gusto demasiado tiempo. Él no se interesa por mujeres sin atractivo y bobas como tú. Además, odia a las vírgenes. Y de cualquier modo, así no conseguirás que Jacob vuelva contigo. Él no te ama. Me ama a mí.

—¡Oh! Yo pensé que el dinero era su gran y único amor. Y no me interesa causarle celos. Para mí es algo totalmente passé et fini.

—No lograrás que Edward se fije en ti ni que te haga el amor. El lo tiene todo. No está interesado en el dinero de tu papi. Tiene un tío en Londres que es multimillonario, y él es el único heredero. Además, es el mejor fotógrafo de Inglaterra en su especialidad: modas y mujeres.

—Mmm... Sabes mucho sobre él, ¿no? Pero no me importan los chismes de los que hablas.

Bella giró sobre sus talones y regresó a su dormitorio. Se le olvidaba algo. Un bikini muy atrevido en tonos violetas y naranja que compró en Saint-Tropez en Francia, durante otras vacaciones. En ese momento, estaba decidida a usarlo. Se desvistió y se lo puso; luego se miró al espejo y se vio mucho más fresca y femenina. Sobresalían los puntos eróticos de su atractivo. Con seguridad, eso era algo que Edward Cullen notaría a un kilómetro de distancia. Bella se vistió y revisó la maletita. Llevaba todo: toallas, sandalias, aceite para el sol, en fin, todo lo necesario. En lo más recóndito de su mente, se dio cuenta de que era su gran oportunidad para probarse como mujer ante un hombre que lo tenía todo. Sonrió con atrevimiento ante la idea de ser seducida.

Al bajar de nuevo Edward Cullen no había llegado aún. Tal vez había cambiado de opinión. Pero en todo caso podía llegar retrasado. Bella esperó una media hora. Nada ocurrió y nadie se presentó a buscarla. A las ocho y media se dio por vencida. Comenzó a recoger sus cosas para marcharse. Se puso de pie decidida a llevar las cosas al cuarto y salir del hotel, cuando sintió que una mano poderosa sobre el brazo la hacía volverse sobre sí. Era Edward Cullen.

—¿De quién te escondes? ¿Has olvidado nuestra cita?

Bella comenzó a ponerse nerviosa al sentir la cercanía y la

masculinidad del hombre. Él parecía sofisticado y maduro, mucho más hábil y poderoso que ella.

—Yo... er... no la olvidé, ni me escondo de nadie. Lo que sucede es que no te he visto llegar.

—Me retrasé porque fui a llenar el tanque de gasolina del coche. ¿Llevas todo lo tuyo en la maleta? Espero que traigas suficiente aceite bronceador.

Hoy hará mucho calor. Y la cueva a donde vamos está junto a una playa muy pequeña. Allí no hay tiendas ni agua. Está bastante lejos de aquí.

Bella ya lo sabía. En las recientes vacaciones de Semana Santa, fue allí con Alice. El lugar era reducido, pero bellísimo. Aunque para llegar había que descender una colina por veredas muy peligrosas. La cueva, casi dentro del mar era un lugar idílico, un sitio perfecto para los amantes, allí no había extraños ni curiosos, estaba retirado y protegido. Inclusive era posible bañarse desnudo. Y ello le hizo pensar en lo que acababa de decir Edawrd. Tal vez insinuaba que ella debía tener presente que estarían solos todo el tiempo. Quizás ya pensaba hacerle el amor. Bella se estremeció ante la sola idea.

Edward la tomó del brazo y salieron del hotel hacia el aparcamiento. Se detuvieron ante un Porche convertible. Edward cogió la maletita de Bella y su bolsa y las colocó con cuidado en la parte de atrás. Finalmente, los dos subieron a sus respectivos asientos.

—Traigo en la bolsa suficiente comida y bebida. Pasaremos allí la mayor parte del día. ¿Estás segura de que quieres venir conmigo? No hay transporte público para regresar.

Bella se dio cuenta en ese momento de que no sólo sería la guía de Edward, sino su acompañante. Tendría que congeniar y compartirlo todo con él. ¿Acaso ello implicaría hacer el amor? Tembló al percatarse de que en realidad continuaba siendo virgen. Tal vez él la rechazaría por eso.

—Sí... Estoy segura, no hay problema. Estoy en tus manos... Edward.

—Bien. Eso me agrada. Estaremos un buen rato mientras tomo las

fotografías que necesito. Mi equipo está en el maletero del coche.

Bella indicó a Edward por dónde conducir y a qué velocidad. Él obedecía y ella batallaba con el viento que revolvía su larga cabellera. Pensó que, de haber sabido que viajaría en un coche descapotable, se habría atado el pelo.

—Deja en paz tu cabello, no tiene sentido luchar contra el viento. ¿Es su color natural?

—¡Claro que sí!

—No hay necesidad de molestarse. La mayor parte de las mujeres se lo tiñen hoy en día. El color negro contrasta con el tono blanco de tu piel y con tus ojos. ¿Acaso eres de origen céltico? ¿Eres Irlandesa?

—Escocesa.

—Ah, vaya.

Bella pensaba en la forma en que había superado a su propio temperamento. Su orgullo le había impulsado a buscar venganza y he allí que se había comprometido en un viaje con un don juán que le era completamente extraño. Su padre le había advertido cientos de veces que dominara su temperamento. No estaba obedeciendo y ésas eran las consecuencias. Debía admitir que tal vez estaba cometiendo un error. Su conducta no iba de acuerdo con su corazón. Ella no era Jessica, después de todo.

La joven no podía evitar pensar que tal vez se entregaría a un extraño.

De ocurrir las cosas como las imaginaba, ese mismo día podía dejar de ser virgen. La idea no era muy placentera después de todo. Bella comenzaba a pensar en las consecuencias y en un futuro muy remoto. Se dio cuenta de ello y se gritó a sí misma: «cobarde», y después de un momento de reflexión se auto convenció, «debo hacerlo, tengo que lograrlo».

—Estás muy seria— indicó él con una sonrisa—. ¿Estás pensando en algo importante? Tal vez estás intentando cambiar de opinión.

—No. No he cambiado de opinión ni cambiaré. Pasaremos el día juntos.

—Al parecer, no estás muy segura. No te preocupes. A pesar de que hayas oído lo contrario, no voy a intentar violarte. No tengo necesidad de eso. Y ahora que ya empezamos a sincerarnos, dime, ¿qué haces pasando sola tus vacaciones aquí?

—Yo... pues... iba a pasar mis vacaciones con mi novio aquí pero en el último momento... pues... nos enfadamos.

—Y ahora necesitas alguien que lo remplace, ¿no?—Señaló él con

sequedad—. Bueno, ¿por qué no? Es muy cierto. Hoy por la mañana me dio la impresión de que algo dramático te sucedia. Parecías

atormentada y furiosa a la vez.

—Y tú sentiste lástima por mí, ¿no? Y es por eso que...

—¿Que me dejé cortejar por ti? No soy tan altruista. Lo que sucede es que tú estás en la edad de la histeria, ¿cuántos años tienes?

—Dieciocho.

—Oh Dios, eres muy joven. Yo tengo veintiocho. Soy de otra generación.

¿O acaso me vas a decir que prefieres a los hombres adultos? ¿No te gustan los jóvenes de tu edad?

—Mis gustos son muy variados en todo— declaró Bella con desdén.

Hubo un instante de silencio y la joven se dio cuenta de que eso no le había hecho mucha gracia a él.

—¿Ah sí? Bien, creo que los dos pasaremos un día inolvidable. Pensaba que a los dieciocho años de edad no se podía disfrutar de todos los placeres de la vida, pero veo que me equivoqué. Tú eres bastante atractiva como mujer y ese aire tuyo de inocencia debe seducir a muchos hombres, ¿Cuántos amantes has tenido? ¿O no te molestas en contarlos?

Un tanto sorprendida por el rumbo que tomaba la conversación, Bella se percató de que el decir la verdad no encajaría con el éxito de sus planes. Entonces decidió asumir un aire semejante al de la sofisticación de Alice.

—¿Para que quieres saberlo? ¿Quizás deseas ser uno más en mi lista?

—Así que ése es tu juego. Bien, para ti sólo el tiempo es el poseedor de la verdad, ¿no? Conoces tu juego mejor que yo, y al parecer tienes todo el día para persuadirme de que sería beneficioso para mí hacerte el amor y aparecer en tu lista, ¿no?

—Dobla en la siguiente curva a la derecha—señaló Bella cambiando el tono sarcástico de la conversación.

Bella estaba arriesgando todo en una sola jugada. Estaba haciendo pensar a Edward que tenía suficiente experiencia sexual para complacerlo y satisfacerlo, y que por eso le había convencido de ir con ella a un sitio desierto, invitándolo por lo tanto, a hacerle el amor. Era todo el riesgo del mundo, más ya no había forma de retroceder. De cualquier manera la realidad era que, apenas la tocase, él se daría cuenta cabal de su

inocencia y de que mentía. Pero entonces, algo podría suceder. Sólo era cuestión de mantenerse en lo dicho, de tener valor.

Iban ya por parajes solitarios. No se veían otros coches. Entre las colinas comenzaba a divisarse la franja de tono turquesa del mar. Hubo un rato de silencio mientras él maniobraba entre las curvas y pendientes. Llegaron a un promontorio y ella indicó que ése era el lugar. Él aparcó, salieron del automóvil y coincidieron en el comienzo de la vereda hacia abajo.

—¿Es difícil bajar hasta la cueva?—inquirió él con curiosidad.

—Bastante difícil.

—Ah, tal vez tenga que bajar dos veces. No quiero arriesgar mi equipo.

Pero al menos nadie nos distraerá. ¿No hay niños por aquí?

—No, a menos que tengan cuatro piernas.

—¡Vaya! Al menos un buen cambio de humor. Tengo que llevar mis

cosas. ¿Puedes ayudarme con tu maleta?

—Sí, claro.

—¡Cómo no ibas a poder! Eres de una nueva generación, un nuevo

producto humano más capaz y adelantado. Seguro que mamaste la

liberación femenina de la leche de tu madre. Y a propósito, ¿qué piensan tus padres de tu estilo de vida?

—Mi madre murió y mi padre...

—... es un ex hippie que aprueba y promueve el amor libre, ¿no? Bueno, aquí tienes la maleta. Puedes comenzar a bajar. Yo me las arreglaré para llevar mi equipo y la cesta con la comida. ¡Oh que día! Ten cuidado con tu piel o te quemarás.

Bella sonrió y comenzó a descender el risco. Llegó jadeante hasta la playa. Pero había valido la pena. El lugar era bellísimo. La arena era de un color tan blanco que parecía arcilla. En frente, había dos riscos enormes dentro del mar de tono turquesa. En uno de ellos, el de la derecha, estaba la entrada a la cueva, semi sumergida en el mar. La brisa era tibia y agradable. El cielo estaba totalmente despejado y el sol brillaba con intensidad. No había nadie más. Bella dejó la maleta en un lugar alejado del alcance de la marea. En ese momento, llegó Edward con parte de su equipo y una pequeña sombrilla.

—Ummm, tenemos todo el sitio para nosotros en exclusiva. Voy a colocar esto. Procura que no le caiga agua. Menos a la sombrilla porque es especial para fotografiar. Por lo demás, ponte cómoda mientras regreso.

Procuraré no tardar mucho. Aunque, bueno, estoy seguro de que una libre pensadora más que liberal como tú se siente a sus anchas en lugares como éste. ¿Te vas a bañar desnuda? Ese es el estilo actual ¿no? Incluso en playas familiares como éstas de la isla de Jersey. Desnúdate si te apetece. Nadie va a violarte aquí. Yo también me voy a desnudar.

Bella no respondió y lo vio volverse a subir. Cuando regresó de nuevo, ella comenzó a ponerse nerviosa. Los pequeños vellos de sus brazos estaban erizados. Tenía miedo, pero a la vez sentía un impulso mucho más potente que su temor natural a experimentar la posesión masculina por primera ocasión, y ese impulso era el deseo.

Edward puso todo el equipo junto a la bolsa; acercó la maletita de ella y tendió un par de toallas de baño sobre la arena. Luego miró su reloj.

—Oh, hasta dentro de un par de horas no podré comenzar, el ángulo de luz no es el adecuado todavía. Vamos a nadar, ¿gustas?

—No por el momento. Prefiero tomar el sol primero.

Él comenzó a desvestirse mientras Bella fingía no observarlo. Pero se estremeció al contemplar su cuerpo alto y musculoso, cubierto de vello oscuro y abundante en los brazos y en el pecho. ¿Qué sentiría al tener ese cuerpo unido al suyo? Ella sintió que la pasión desbordaba sus senos.

Cerró los ojos un momento y luego los volvió a abrir. Edward la miraba un tanto asombrado, cubierto sólo con un traje de baño color blanco. Su masculinidad era notoria, y él parecía así aún más poderoso. Bella entonces lo vio correr hacia el mar, desapareciendo en medio de una ola, cortando el agua con vigorosas brazadas. Ella aprovechó el instante y se desvistió también. Pronto quedó temblorosa y jadeante de nerviosismo, con su bikini de tonos violeta y naranja.

Acababa de esparcir la loción bronceadura por toda su piel cuando Edward llegó hasta ella. Él la devoraba con la mirada, sin ningún disimulo notando la brevedad del bikini. La mirada color jade la recorría por completo, fascinándola al punto de dejarla indefensa. Él podía hacer ya lo que quisiera. En ese momento, un hilillo de agua chorreó desde su pelo hacia el encuentro de los senos de ella. Él de inmediato, se arrodilló y comenzó a deslizar sus labios en ese espacio, con lo cual un millón de emociones de brillantes colores asaltaron la mente de Bella; su cuerpo estaba frío y caliente al mismo tiempo, tratando de asimilar la sensación de sus caricias.

—Estás temblando—dijo él con sorpresa.

—Es... pues... el agua fría. Hace que me estremezca.

—Ummm... ¿por qué no te quitas esto?— Indicó él señalando el bikini—.

Después de todo, nadie te verá sino yo.

—No... No quiero tomar el sol— protestó Bella al intentar él quitarle el bikini, sabiendo de antemano que no se detendría. Las manos del hombre desataron el nudo del sostén con facilidad mirándola fijamente a los ojos.

—Mmmm... Unos bellos senos— susurró, acariciándolos, sin dejar de mirarla. Luego, tomó la loción para broncear y el aceite para el sol y los mezcló frotándolos con rapidez.

—¿Qué haces?— inquirió ella en un murmullo.

—Espero que no te quemes en esa parte. ¿No es lo que querías?

Bella se dio cuenta de que no podía detenerlo y que era inútil protestar.

Sí, eso era lo que ella estaba anhelando desde que lo vio por primera vez en el ascensor del hotel. No pudo reprimir oprimirse los labios con la lengua.

Sus sensaciones eran inquietantes mientras él untaba la mezcla de loción y aceite en sus senos de una forma suave y lánguida, tocando cada pulgada de su piel. Oh, ¡cómo ardían las yemas de esos dedos! A cada movimiento suyo, la pasión despertaba dentro de ella en su más bella intimidad. Pronto, las puntas estaban tan erguidas y sonrosadas que ella misma se quedó asombrada. Bella notaba, con los ojos entrecerrados, el magnetismo de la poderosa mirada de color jade. La corriente era lánguida, pero no por ello menos intensa.

—No dudo en lo más mínimo que muchos hombres te habrán encontrado irresistible— jadeó él, acalorado—. Esto es demasiado excitante para un santo, no se diga para alguien común como yo. Pensaba tomar el sol aquí contigo, pero creo que es mejor que vaya a remojarme un poco.

Sin embargo, él no se movió de su lugar. En cambio, tomó más loción y más aceite y los volvió a frotar. Bella se recostó de espaldas y lo dejó hacer, cerrando los ojos. Él volvió a realizar la misma operación, sumergiéndola en sus sueños dorados e irresistibles. De repente él comenzó a pasar los labios por los senos. Eso era algo fuera del mundo.

Ella quería dejar de ser virgen y lo había elegido a él a pesar de todos sus escrúpulos. Pero nunca se imaginó que sentiría estremecimiento por todo el cuerpo, hasta que finalmente estiró los brazos para tomar su cabeza y atraerla una y otra vez hacia su pecho, deleitándose al máximo con un placer que era al mismo tiempo dolor y agonía. Bella rindió todas sus defensas. Estaba apunto de suplicar que la poseyera.

—Después— dijo él, adivinando su urgencia—. Tengo trabajo, ¿recuerdas?

Bella lo miró incorporándose y entre oleadas de pasión lo sintió

distante, ocupado en algo. Ella había sentido deseo por Jacob, pero, comparado con esta pasión, aquello había sido algo insignificante. Ahora lo único que quería era que volviera a tocarla y a besarla, que la abrazara y la poseyera.

—No me mires así— exclamó él, hoscamente—. Pareces una joven

inocente que acaba de descubrir la magia del sexo y desea más.

—Lo soy; y sí, quiero más.

¿Qué sentido tenía descubrir ahora que era virgen? Ello había hecho que Jacob la repeliera y tal vez provocara lo mismo en Edward. En ese momento, comprendió que no deseaba que él le hiciera el amor sólo porque ya no quería ser virgen, sino también porque lo deseaba. Él se aproximó y deslizó una toalla al lado de ella. Bella lo miró fijamente y su lengua comenzó a deslizarse por instinto sobre sus labios, provocativamente.

—Estás tratando de tentarme, ¿verdad? Tengo un remedio para eso.

Antes de que ella pudiera protestar, él ya la había levantado en brazos y la llevaba al agua, hasta que ésta los cubrió.

Bella se enfadó ligeramente cuando él la soltó y la dejó sumergirse en el agua fría, pero al emerger se fue percatando de que el momento del shock había pasado. Ella había aprendido a nadar antes que a caminar y estaba acostumbrada al agua fría del Mar del Norte. Bella comenzó a bracear mar adentro y Edward fue tras ella, la tomó por un talón y la volvió a sumergir, llevándola hacia la superficie, luego la agarró por la cintura y comenzó a besarla con pasión.

—Mmmm... Sabes a sal— espetó él con brusquedad.

—Tú también— respondió ella siguiendo la broma.

Entonces, volvieron a unir sus labios, flotando y abrazándose

estrechamente. Luego, comenzaron a nadar de regreso a la playa. Ella se encontraba bien y su pulso latía sin precipitación. En un momento dado, Edward ya no la siguió, sino que regresó hacia lo profundo. Bella llegó a su toalla y se tendió. Unos minutos más tarde, Edward llegaba a su lado, sin intentar tocarla.

Bella comenzó a sentirse somnolienta, por lo agitado de la mañana. Se volvió de frente y dejó de sentirse tensa. Cerró los ojos y se sumió en un letargo delicioso. Mientras, Edward Cullen se volvió para verla. Una hermosa y joven mujer, un cuerpo fascinante. Hubo un instante durante el largo momento erótico anterior en el cual él estuvo a punto de perder el autocontrol. Desde que la había visto por primera vez en el ascensor,

había pensado que era muy joven, una niña tímida y nerviosa. ¡Qué equivocado estaba! Ahora lo pensaba mejor. No era la primera chica que se le acercaba buscando fama y dinero, para convertirse en modelo de alta costura. Una mueca de sorna y de disgusto desdibujó su boca. Era gracioso, después de todo. Muy irónico, pero era la primera vez que le dolía en su integridad el ser usado.

Edward se puso de pie, sintiéndose como un imbécil al permitir que una joven lo envolviese de esa forma. Pero reconocía que la deseaba, era ilógico, era un abuso, más así era. Pero antes de hacerlo debía poner las cosas en claro, advertirle que hacerle el amor no significaría para él compromiso alguno. Él no podía dejar de mirarla. Estando así, recostada sobre sus brazos, dormitando, parecía una niña inocente e intocada, pura.

Sonrió con amargura. Estaba siendo demasiado sentimental. Casi con seguridad, el vivir con Tanya lo había vuelto más vulnerable. Ella se rió de él ante su proposición matrimonial, inflingiéndole un trauma a los veintidós años de edad. Pero ahora los papeles estaban invertidos. Ella no era la modelo de moda y no conseguía contratos con tanta facilidad. Mejor dicho, no los conseguía. Estaba de modé. Por eso necesitaba de un

fotógrafo experto que utilizara todos sus trucos para rejuvenecerla. Tanya era una mujer de treinta años de edad, que había vivido y amado demasiado. Ello era ya notorio en su rostro y en su cuerpo. Y ahora, Tanya quería casarse con él, especialmente al saber que Edward era el único heredero de su tío multimillonario. Pero Edward ya no tenía la ingenuidad de los veintidós años de edad. Habían pasado por su vida muchas Tanyas a las cuales él mismo tomó, utilizó y luego despreció.

Mientras Edward contemplaba a Bella no pudo evitar el sentir melancolía y algo de amargura. He aquí una Tanya más. Cuando menos una Tanya en potencia, lo suficientemente joven como para florecer en su inocencia y candor. Pero en realidad... ¿quién podría saberlo? Edward comenzó a recoger parte de su equipo y con varias cámaras alrededor del cuello, la sombrilla y las lentes de distancia, inició un recorrido por la playa. La

marea dejaba ver una parte mucho más ancha de la cueva. Cumpliendo con su deber, Edward se concentró en el trabajo. Y, sin embargo, no podía olvidar la presencia de la joven dormida allí, tan cerca de él, sobre la blanca arena.