Alcohol, sudor & gemidos

El aire frío de la noche olía a eucalipto fresco, a tierra húmeda, y hacia que el aliento de Ilana se convirtiera en niebla mentolada, jadeaba porque estaba helándose, pero más por la excitación y nerviosismo que recorrían su joven cuerpo. La vibración de la música electrónica resonaba en su pecho y el bosque se coloreaba con las luces de neón, volviéndose un paisaje surreal y psicodélico. El hotel antiguo estaba en ruinas, era de seis pisos de alto llenos de grietas, moho y naturaleza muerta que trepaba. En la entrada tenía una fuente hermosísima en la que había crecido maleza y varios chicos fumaban hierba que endulzaba más el aire. Había también numerosas estatuas de dioses griegos resquebrajadas con enredaderas creciendo, era como si el bosque quisiera tragarse el hotel de los bajos fondos y alimentarlo en su cálido vientre. La princesa alzó su rostro hacia la luna y con una sonrisa brindó por una noche de diversión, libre de preocupaciones.

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La fiesta se concentraba en el lobby del hotel, el piso de madera estaba roto y por las grietas nacían dientes de león y flores silvestres que Lance arrancaba y jugueteaba con sus dedos, la sala estaba colmada de personas bailando o postradas en los viejos sillones de terciopelo; el joven soldado estaba sentado frente al escritorio de la recepción que ahora servía como barra, tomaba un vaso de vodka y jugo de naranja mientras bebía con éxtasis la figura adorable de la princesa al otro lado del salón. Estaba sentada en el brazo de un sillón y su vestido se había levantado un poco, dejándolo ver la delicada ropa de encaje blanco que adornaba sus muslos. Estaba extasiado con su imagen, con su cuerpo blanco y tierno como las flores de la corona que él estaba tejiendo con la maleza, podía ver como el cuerpo de Ilana se sacudía levemente cada vez que ella reía y como sus pechos subían y bajaban acorde a sus pesadas respiraciones. Comenzó a sentir como si cada centímetro de su piel ardiera y como si en su vientre bajo se formara una bola de fuego que vibraba incontrolablemente, tenía que hacer un verdadero esfuerzo para no saltar de su silla, ir hacia ella y apretarla duro contra su propio cuerpo. Pero allí estaba un tipo de último año, algún jugador de futbol con cabello rubio y gran sonrisa, un tipo que le hablaba y la hacía reír, la hacía feliz al menos por un instante, y era eso lo que ella necesitaba, no una tormenta como su corazón lleno de cáncer.

–Es bastante hermosa– escucho una voz delicada e hipnotizante que humedeció con saliva su oído.

–Lo es– Replicó Lance sin dejar de observar con ardor a Ilana antes de volverse para contemplar a una chica que señalaba la corona de flores en sus manos. Era pequeña, de pelo largo negro y magenta, al igual que el maquillaje que rodeaba sus ojos grises, felinos. Era linda, provocativa y le sonreía traviesa.

–Soy Amelia y voy a arriesgarme a que hagamos un pequeño trato: te cambio esas flores por esto– dijo la chica mostrándole una botella de tequila y una pequeña bolsita con un polvo blancuzco adentro.

–tenemos un trato – Contesto Lance adornando los cabellos de la chica con las pequeñas flores blancas y amarillas y plantándole un beso en la comisura de los labios.

La oscuridad engullía el último piso del hotel, el murmullo de la música y las risas era un sonido distante. Amelia estaba tendida en el piso, baca abajo, la cabeza inundada de alcohol y el cuerpo de placer, estaba en ropa interior y Lance arrodillado junto a ella dibujaba una pequeña línea de sal en la curvatura de su espalda. Abrió la botella de tequila y tras un último largo trago alcanzó los labios de Amelia, llenos de jugo de limón, para luego pasar su lengua por su espalda. Todo su cuerpo era presa de un cosquilleo, se sentía lúbrico, oscuro, animal. Amelia gemía como una niña y él no podía evitar reírse de lo absurdo de la situación. Amelia era atractiva sin duda, pero eso solo servía para calmar momentáneamente la sed del cuerpo de Lance, una sed que había sido encendida por la princesa y sólo ella podría saciarlo.

El joven soldado acariciaba a la chica, besaba cada centímetro de piel, prácticamente la devoraba como un animal salvaje, un depredador desesperado y solitario; pero era la imagen de Ilana la que latía con intensidad en su mente, su ardor se acrecentaba cada vez que recordaba los muslos de la princesa, su vestido rojo, la sonrisa que le había dado al desayuno. Todo término pronto, con un suspiro Lance soltó el cuerpo cálido y agitado de Amelia y se dejó derrumbar en el piso que ahora bebía su sudor triste. La chica quiso recostarse sobre su pecho, buscando algo de compasión, de cariño, Lance simplemente la ignoró y cerró los ojos llenos de lágrimas.

Un grito desgarrador penetró la noche.

–¡Ilana!