Disclaimer: Miraculous Ladybug, así como todos los personajes y el arte aquí utilizada no son de mi autoria.
MARINETTE
No podía controlar el hecho de estar enamorada, para ser sincera ninguna criatura puede hacerlo. Es un sentimiento que recorre tu interior, desde tus entrañas hasta la punta de la uña. Te ves emocionado hasta la médula por una persona en concreto y no puedes pensar más que en eso. Va más allá de lo que puedes controlar, incluso como si no pudieras vivir sin ello, como si fuera más importante que el respirar. Adrien Agreste era esa explosión de dopamina que inundaba mi cabeza, nublándome del sentido común, Adrien Agreste era mi perdición.
Ni siquiera logro recordar la época en que me enamoré de él, todo había sido tan espontáneo que el pensarlo me provocaba jaqueca, de lo único que al día de hoy seguía segura, era de la maravillosa persona que había encontrado luego de pasar por un terrible malentendido.
—¿Me estás prestando atención?— Se quejón Alya mientras movía su mano frente a mi rostro intentando llamar mi atención.
—¿Cómo dices?— Corté deteniéndola, claro que no le había prestado atención.
―Claro, debí suponerlo… sólo no lo olvides, ¿de acuerdo Dupain?―sentenció con un aire molesto, claro que yo no entendí de qué demonios me estaba hablando.
Finalmente se marchó dándome un beso en la mejilla y dejándome parada al pie de la escalera del instituto. Seguro quería que le ayudara a cuidar a sus hermanas, o que prestara más atención, o que me comprometiera en serio con algún trabajo que tuviéramos pendiente. Dejé el aire salir de mi pecho y me preparé tomando mi mochila que había dejado en el suelo, entonces escuché su risa.
―Ya te digo, no entiendo cómo tu viejo no puede dejarte sin supervisión por lo menos unas cuantas horas, ¡encima de todo, te ríes!― se quejó Nino, quien caminaba junto a Adrien en dirección a las escaleras.
― Lo siento Nino, es que no puedo creer yo que luego de estos años, sigas creyendo que mi papá cambiaría o algo así― Burló.
Llevaba puesto su uniforme de esgrima y el casco lo cargaba de costado abrazándole con el brazo izquierdo. Yo jadeé de sólo mirarlo. Era extremadamente apuesto y con su cabello ligeramente peinado hacía atrás, mi corazón palpitaba como loco. Se le ceñía todo perfectamente al cuerpo, era como mi sesión privada del guapo Agreste. Excepto que no era una sesión, y en definitiva no era privada.
―¡Marinette!― oí la voz de Nino a lo lejos y en seguida reaccioné mirándole ―Como sea, me voy que sino Alya me mata.
Le miré a él también marchar a toda velocidad. Si tan sólo hubiese escuchado a Alya, demonios.
―Son un caso― escuché a mis espaldas, giré el rostro encontrándome con Adrien sonriéndome, asentí ligeramente sin dejar de verlo.
―Dejarían de ser pareja― respondí en burla, él soltó nuevamente una de sus armónicas risas y me hizo derretirme.
―Vale, pues supongo que te veo después Mari, sigue linda― soltó guiñándome el ojo y girándose sobre sus talones para entrar nuevamente al instituto.
Me quedé nuevamente parada ahí y mirando por donde él se había marchado. ¿Se podía ser más patética? Tomé mi mochila para colgarla en mi hombro y dirigirme de una vez por todas a mi casa.
No, no podía olvidar a Adrien Agreste ni al hecho de que mi cobardía no me permitía siquiera dirigirle la palabra o mantener su mirada por lo menos unos cuatro segundos. Era un fracaso.
Una vez llegando a casa, me dirigí a mi habitación sin siquiera anunciar a mis padres, me recosté en mi cama mirando al techo y pensando en todo lo que hubiese podido pasar en una hipotética relación con Adrien Agreste si tan sólo me le hubiese confesado desde los quince años. Estaba por cumplir diecinueve años, ir a la universidad y quizá perderle el rastro para siempre. Cerré los ojos ante la posibilidad y casi me suelto a llorar.
La imagen de Adrien apareció entre los millones de colores que mi cerebro creaba al cerrar los párpados con fuerza. Su sonrisa, su cabello, todo aquello que lo hacía perfecto, TODO. Ese primer beso tímido que le di, mi primer beso (sin contar a Chat, claro). Cuando la botella nos apuntó y él sonrió consciente de que nada nuevo y extraño pasaba; sin embargo yo me sentí morir.
Me avergonzaba pensar en eso, en lo mucho que lo había disfrutado y en lo poco que había sido. Porque entonces el imaginarlo acarreó un sinfín de reacciones en mi cuerpo difíciles de controlar a esta edad. Pensar en él metiendo su mano bajo mi falda, y corriendo mi ropa interior con delicadeza y paciencia mientras yo halo su cabello deseosa de sentir sus dedos tocando mi piel, gimiendo sobre su oído incapaz siquiera de mantener la cordura.
Dirigí mis manos al borde de mi camiseta para arremangarla a la altura de mi pecho, luego bajé las copas de mi sostén para comenzar a amasar mis senos y cruzar mis piernas intentando calmar la llama que incrementaba en mi intimidad. ¿A caso no era bonita? ¿No tenía un buen cuerpo?
―A-drien― gemí mientras llevaba una de mis manos a mi zona baja levantando mi falda y removiendo un poco mis empapadas pantaletas. Un ruidillo me hizo sobresaltarme y reincorporarme en la cama acomodando mi ropa.
―Lo siento― mencionó Tikki asomándose de entre mi papelería en el escritorio.
―No te preocupes, Tikki― le sonreí avergonzada― seguro había escuchado ― Creo que ya es hora de irnos a hacer patrulla― ella sonrió y acto seguido nos transformarnos para olvidar tan bochornosa escena y acudir al deber.
Tenía que conformarme con sólo pensar en él.
Chat Noir y yo nos balanceábamos sobre las construcciones de la zona más solitaria de París. Era algo realmente tranquilizante el sentir el aire entrar por los poros de mi cara aunque ésta estuviera cubierta en su mayoría por el antifaz.
Exhausto, Chat Noir se detuvo en una de las edificaciones más altas para poder mirar el atardece como le gustaba, para eso faltaban varios minutos.
― ¿No crees que es hermoso?― Me preguntó al sentirme cerca, yo sonreí y asentí intuyendo que él entendía lo que hacía.
―Para eso estamos aquí, Chat…Para mantener la paz―Oí el suspiro del rubio.
― Yo tengo otras tantas razones para estar aquí…
Se encaminó en mi dirección tomando mi mentón con delicadeza para mirarme a los ojos más de cerca.
―Vamos, Chat…
―Sólo ésta vez, my lady― susurró cerca de mis labios. Yo me ruboricé.
Mi voz parecía no querer salir, no aceptaba, pero tampoco me retiraba.
Los ojos de Chat Noir brillaban como nunca antes los había visto y la prominencia laríngea le delataba sobre lo nervioso que se sentía.
Hacía tanto que conocía a Chat Noir y desde entonces le había dejado en claro mis sentimientos hacia él, que solo lo veía como un amigo y que estaba irremediablemente enamorada de alguien que no me correspondía. Yo no podía hacerle pasar lo que yo vivía, pero al parecer él no planeaba rendirse por más que yo le negara cualquier sentir.
―No puedo hacerte esto― expresé mordiendo mi labio inferior con fuerza. Bajé la mirada esperando que él entendiera nuevamente que lo estaba rechazando. Me soltó con lentitud y carraspeó la garganta simulando que sacudía su traje.
―Lo entiendo― dijo con voz melancólica― Entonces es momento de irme.
No pude detenerlo, mucho menos sabiendo que no había nada que yo pudiera decirle para hacerlo sentir mejor. Era cierto que lo quería mucho y que le guardaba un gran aprecio y respeto, pero de eso a sentir algo fuerte por él … Es decir sí, había fantaseado con él y lo había plasmado en mis más recónditos deseos, pero ¿Amar a Chat Noir?
Me dirigí a casa nuevamente para seguir haciendo aquello que me salía muy bien; Hundirme en mi miseria.
Dejé a Tikki dormir tranquila sin siquiera darle respuestas acerca de mi actitud con mi compañero. Ella insistía todo el tiempo en que quizá Chat Noir valía la pena, claro que yo sólo la ignoraba y daba por loca. ¿Ella qué podría saber del amor?
Fui a mi balcón en la espera de encontrar algo interesante en la noche de la ciudad, me recargué en mi balcón mirando los autos pasar uno a uno, la gente desaparecer de a poco y las estrellas haciéndose notar aún más en el manto del cielo. Y por ahí en la penumbra pude vislumbrarlo, esos ojos verdes y la sonrisa socarrona. Se me escapó el aliento de sólo mirarlo, pero él se fue al poco rato.
Igual no creo que estuviera aquí por mí.
