¡Hola! Ostras, pensaba que había escrito una intro dandoos la bienvenida, charlando de mis tonterías y deseando que os gustara el fic, pero ya veo que no! Es la primera vez que recibo TANTISIMOS reviews por un primer capitulo, y creo que eso significa que es el primero con el que consigo un enganche al lector, lo cual como escritora no está nada mal, ¿eh?

Hay muchos comentarios que no he podido contestar porque no tenían su usuario registrado, y otros que decidí no contestar porque a pesar de animarme muchísimo, decir un triste "gracias" sin poder rebatir ninguna teoría o resolver ninguna duda me parecía demasiado impersonal para mandarlo por privado. Así que, para todas aquellas que no han recibido o podido recibir una respuesta, os digo: ¡MIL GRACIAS A TODAS! Me abruma cuantos mensajes ha recibido la historia hasta el momento, y espero que os siga gustando.

Publicaré (que no lo he dicho) todos los jueves a las 21:00 hora de España peninsular (GMT: +1).

Por ultimo, el disclaimer: La historia es mia, los personajes no, y en concreto John es mío y es el primer niño "no insoportable" que escribo jamás, ha salido perfecto, redondo, maravilloso, tiene su punto justo, es mi pequeño bebé, y como te lo robes te las verás con mi ira insaciable.

Sin más, os dejo con el capítulo dos.

Capítulo 2

Pasaron varias semanas y la evolución de John era estable, segura y prometedora. Tenían que visitar el hospital al menos dos veces por semana, donde hacían ejercicios de recuperación respiratoria para John. A veces, dichos ejercicios eran supervisados por Malfoy, pero realmente debía hacerlo una enfermera o un enfermero, aunque de todos modos trataba de acudir a las sesiones de terapia lo máximo posible.

Un día especialmente tranquilo, mientras le hacían a John su biopsia pulmonar, para lo cual ella debía esperar fuera, Hermione subió a la cafetería del hospital para tomar un descafeinado y recuperar fuerzas para cuando su hijo saliera de la prueba. Pidió su comanda, la recibió y se sentó. Antes de dar el primer sorbo, vio a Malfoy entrar por la puerta y se acercó inmediatamente a ella.

– ¿Cómo está John? –Preguntó, aunque conociendo la respuesta–.

–Está bien. No hemos encontrado tejido necrosado, lo que quiere decir que su evolución va como la seda y sus tejidos se regeneran con vitalidad –le aseguró el muchacho–.

–Cuanto me alegro. ¿Quieres sentarte? –ofreció–. Pasarán al menos treinta minutos hasta que John siquiera comience a abrir los ojos.

–Claro, dame un segundo, voy a por una bebida caliente –Hermione le vio echar una moneda en la máquina de café que había junto a la barra y volvió con un delicioso cappuccino–. ¿Cómo te encuentras?

– ¿Quién, yo? –preguntó anonadada–. Bien, desde luego. Mejor que nunca, ya casi no tengo preocupaciones con John, pues como se ha acostumbrado a moverse poco debido a su… problema –esquivó– es un niño bastante tranquilo.

– ¿Has pensado ya en mudarte? –Le preguntó Malfoy–.

–Antes debería conseguir un trabajo. He dejado mi currículo en el Ministerio, en varios departamentos que me resultan de interés, y espero una respuesta –sorbió un poco de su taza, y miró al rubio con cara de circunstancias–. Nunca pensé que pudieras ayudarnos tanto, Malfoy. Jamás se me hubiera ocurrido que el hijo sería quien subsanara los errores del padre.

–No digas esas cosas, ni lo menciones –pidió el chico, que se ponía rojo de furia por momentos–.

– ¿Cómo no voy a mencionarlo? Mi hijo podría haber muerto la noche en que nos ayudaste. Sigo sin comprender qué es lo que te impulsa –intentó explicarse–.

–Me impulsa el deseo de arreglar todos los errores que cometí en el pasado –dijo el chico. Hermione no supo si sonreir o mantener su rostro serio–. Simplemente fui criado como una persona odiosa, prejuiciosa y malvada, que creía en la supremacía de algo que realmente es estadísticamente improbable que exista: la sangre pura. Siendo médico, cuidando a estos niños –señaló, a nada en particular, en la cafetería– me he dado cuenta de que la sangre simplemente es roja. Y si ves mucha, ese niño habrá muerto, y mi objetivo es ver la menos posible, ayudar a superar ese tipo de retos.

–Gran descubrimiento, Malfoy, la sangre es roja –sonrió ella, con comprensión–. Lamentablemente en esa endemoniada guerra nosotros hemos visto demasiada. No creo que jamás superemos eso.

–Al menos ahora tienes un problema menos del que preocuparte –asintió él. Hermione asintió con la cabeza, secándose una lágrima–. John está bien. Es un chico sano y muy inteligente, como su madre, y saldrá adelante.

–Ambos saldremos adelante. Me pienso encargar personalmente de eso.

-Así es como habla un verdadero Gryffindor. Creo –dijo, mirando su reloj–, que John ya estará por despertar. ¿Quieres acompañarme? Así podrás verle antes, porque entrarás conmigo.

–Malfoy, intento de veras odiarte como antes, pero salvar a mi hijo cambia las cosas –confesó ella, levantándose de la mesa para seguirle por el pasillo–.

–Eso era justo lo que esperaba oír –admitió el chico. Se paró en seco, se giró y cogió ambas manos de la chica entre las suyas.

A Hermione el corazón le dio un vuelco, sorprendida por tan inesperado gesto. Él la miró a los ojos, completamente serio, y ella se inquietó en su lugar, mientras era consciente de la calidez de los dedos que la sostenían.

–No pienso dejarte sola con todo esto. En parte porque me siento responsable, si –resumió con prisas, al ver que ella abría la boca para hablar–, pero también porque sé que Potter no se comunica con nadie desde hace años, y que Weasley ha desaparecido de la faz de la tierra con su estúpida amiguita, Brown. Estabas sola, Hermione, y no pediste ayuda.

–Yo…

–Pienso asegurarme, no solo de que no te encuentres desamparada, sino de que nunca jamás sientas que necesitas un apoyo que no tienes –dijo casi con rabia–. ¿Lo entiendes?

–Malfoy, yo… no sé qué decir.

–Si quieres pagarme de alguna forma lo que he hecho por tu hijo, esta es la mejor manera que tienes de hacerlo –aseguró. Adelantó un paso hacia ella, y ambos fueron conscientes de la agradable cercanía de sus cuerpos–. Simplemente, no intentes echarme de vuestra vida.

–Es… es algo precipitado, Malfoy. Te prometo que me lo pensaré, aunque al menos de momento no tenemos más remedio que seguir manteniendo contacto constante, puesto que eres el médico de John. Pero –continuó, sin esperar replica– te prometo que no daré largas al asunto. Lo pensaré.

–John necesita una figura paterna. Yo puedo dársela, Hermione –insistió–. Prácticamente podría ser su padre.

–Pero no lo eres –rebatió–.

–Podría serlo, y genéticamente es demostrable –volvió a insistir–. Simplemente no puedes rehuir de algo como esto. Necesito enmendar… necesito solucionarlo todo. Por mí, por ti y por John. Todos dormiremos más tranquilos el resto de nuestras vidas.

–o–

– ¡Date prisa, John! No debemos hacer esperar al doctor Malfoy –dijo ella, terminando de colocar sus pendientes en sus orejas–.

– ¡Ya voy mamá! ¿Me pongo la camisa azul o la verde? –preguntó el niño desde su habitación al fondo del pasillo. Por un momento estuvo a punto de decirle que se pusiera la camisa azul–.

–Cielo, ponte la verde y salgamos ya de casa –le pidió su madre.

Ya habían transcurrido tres meses desde que a John le habían intervenido en San Mungo. A pesar de las reticencias, y de que aún su hijo no podía llevar una vida completamente normal, Hermione ya había podido cambiar aquel horrible trabajo como cajera de Willy's, y con un poco de ayuda de Malfoy había pasado a ser la secretaria del jefe del Departamento de Registros Legislativos. Allí tenía un horario de oficina, paga doble por Navidad y, además, contacto directo de nuevo, tras tantos años, con el mundo mágico. Así, lo primero que hizo fue costearse un apartamento mayor y más cercano a la escuela de su hijo, quien vio mejorada su calidad de vida al poder jugar en su patio de recreo por las tardes con sus amigos, sin miedo a los terribles ataques de años anteriores.

Aquel día habían decidido darle la noticia a su hijo. Draco Malfoy estuvo en constante contacto con ella y su hijo tras la intervención, llevó a cabo el post–operatorio y se encargó de pagar todas las facturas del hospital que Hermione había retrasado en sus pagos. La chica no dejaba de agradecerle aquellos gestos, pero no podía confiar del todo en él, pues al fin y al cabo seguía siendo un Malfoy. Con un escalofrío, miró el reloj de su pared, y con un último apremio por que su hijo se pusiera su abrigo, salieron de casa y cerraron con llave. Al bajar las escaleras de su pequeño pero acogedor apartamento, un coche obstaculizaba el paso de salida a la calle desde el callejón. El cristal tintado bajó en cuanto ella le dedicó una mirada suspicaz, y el chófer se dirigió a ella:

– ¿Es usted la señorita Hermione Granger? –Preguntó, con el motor ronroneando en los oídos–.

–Sí, señor, soy yo. ¿Quién es usted? –Le respondió ella, con una mano calculadamente aferrada a su varita en uno de sus bolsillos–.

–Me envía el señor Draco Malfoy, para llevarla a usted y a su hijo a su apartamento.

– ¿Ve usted lo que es esto, señor? –preguntó ella, señalando hacia abajo. El hombre la miró, extrañado–.

–Unos… ¿Zapatos, señorita? –inquirió–.

–Pies. Dos, para ser exactos –añadió, viendo que el hombre no seguía el hilo de su deducción–. Y puedo trasladarme hasta la casa del señor Malfoy yo solita.

–Ya me dijo el señor Malfoy que usted diría eso, tras lo cual también me dijo, literalmente "no toleres que la señorita camine siete kilómetros con un niño de la mano" –explicó. Ella abrió un poco la boca, sin saber en absoluto que la casa de Malfoy realmente quedaba tan lejos de la suya, pero la cerró con toda la serenidad que pudo y miró al conductor–.

–Está bien, si no hay más que hablar… Vamos, John, sube al coche –apremió–.

El niño subió, muy ilusionado, a la máquina. Su madre no tenía coche ni carnet de conducir, y sus abuelos no disponían de tiempo para llevarle a dar un paseo en su coche, por lo que el chico se sentía eufórico por subirse por primera vez a uno. Tocó los manillares, las ventanillas, los asientos y los bolsillos de los asientos delanteros antes de que su madre le recordara que debía comportarse como un caballero.

Pasó poco tiempo antes de que llegaran a la puerta de un edificio acristalado, posiblemente de nueva construcción, y el chófer les abriera la puerta del coche negro. Hermione le dio las gracias, y su hijo hizo lo propio, y miró el papel donde había apuntado su dirección: Era el piso 12, puerta número siete. Pronto llamó con la combinación correcta, y la puerta de la portería se abrió automáticamente. El joven portero les indicó el ascensor que llevaba a las plantas pares, y también les dijo una vez allí por dónde debían girar en el pasillo.

–Mamá –preguntó John, mientras subían pisos en el ascensor–.

– ¿Sí, cielo? –Respondió ella entonces, notando como su hijo movía inquieto uno de sus piececillos contra el suelo–.

– ¿Por qué vamos a comer a casa del Doctor Malfoy?

–Pues porque te salvó la vida, hijo, y siente que habéis creado un… como un vínculo –intentó explicar ella–. Ya sabes, sois parecidos, los dos sois rubios, tenéis los ojos del mismo color…

–Ya entiendo –dijo el chico. Hermione sonrió y le colocó bien su plateado flequillo, antes de que la puerta del ascensor se abriera–.

–Creo que el señor Malfoy, tú y yo deberíamos tener una pequeña charla, y como el doctor ha sido tan amable de invitarnos a cenar, tal vez después del postre sería un buen momento para hacerlo.

Agarrando a su hijo con una mano y la cesta de magdalenas que llevaba en la otra, para regalárselas a Malfoy, caminó con paso decidido por el pasillo hasta la puerta número 7. Se armó de valor y llamó a la puerta.

–Hola, Hermione –saludó Malfoy. El y ella se dieron la mano, y entonces Malfoy miró al niño, un poco rezagado en la espalda de su madre–. Hola, John. Veo que estás más sano que nunca –observó–.

–Buenas tardes, doctor Malfoy –dijo el chico–.

–Hola, Malfoy –saludó Hermione. Soltó al niño por un segundo, y tendió la cesta de magdalenas–. Son caseras. John y yo pasamos la tarde ayer haciéndolas, esperamos que te guste el chocolate –articuló tontamente, mientras la cesta pendía de sus manos.

–Me encanta –aseguró el. Tras un segundo de silencio, recobró los modales–. Por favor, pasad. La cena estará en una hora, pero podéis tomar algo mientras esperamos. Acabo de salir del trabajo –se disculpó–.

– ¿Qué hay de cena? –Inquirió el niño–.

– ¡John! No seas maleducado –le reprendió su madre, pero Malfoy soltó una carcajada sincera y natural, y el chico sonrió con complicidad–.

–Canelones, pan de queso y de postre un tiramisú, ese será el menú de hoy –informó–. Sentaos, por favor.

El apartamento de Malfoy tenía toda la pared al exterior de cristal, y desde allí arriba se podía vislumbrar por completo Londres en su magnitud, cuyas luces relucían en aquel cielo oscuro de invierno. La mesa había sido dispuesta en una mitad del salón, y en la otra había un par de sofás color beige que daban a las vistas del edificio, arropados por una alfombra de lana y unos muy cómodos cojines. En el centro había una pequeña mesa de té, donde ya había dispuestas dos copas y un vaso para el niño.

– ¿Qué quieres tomar, Hermione? Tengo vino, cava…

–Lo que tomes tú estará bien –aceptó ella, algo incómoda pero también halagada por tanta atención–.

– ¿Y tú, John? No sé si tu madre te deja tomar refrescos tan tarde, pero puedes pedir lo que quieras. Hoy está permitido por tu médico –guiñó un ojo. El chico soltó una carcajada–.

–Tomaré un zumo de naranja, si tiene, doctor –pidió–.

–Marchando.

John vio a Malfoy entrar en la cocina, y sonrió. Su madre ya le había explicado que tenían que hablar de algo importante aquel día, y él creía saber de qué se trataba. Hacía ya un tiempo, desde que veían más a menudo al doctor Malfoy, que su madre era más feliz que nunca. Trabajaba menos y ganaba más, tenía tiempo para jugar con él y podía descansar los fines de semana. Y había notado que disfrutaba de sus sesiones de rehabilitación especialmente cuando era el doctor Malfoy quien se las supervisaba. A John no se le había pasado por alto el hecho de que el doctor y él se parecían mucho, y de que su madre le conocía desde antes. Tenía la esperanza de haber encontrado, como poco, un buen compañero en la vida para su madre. Y no se atrevía a pensar más allá, a pesar de que lo deseaba con todas sus fuerzas.

El zumo llegó en una jarra bien fría, junto con una botella de vino blanco. Sirvió ambas copas y a John le puso un buen vaso de zumo de naranja.

–Bueno, espero que el coche os haya servido para llegar antes y más cómodos –comentó Malfoy–.

–Sí, aunque he de confesar que casi vengo a pie. Pero luego he pensado que era mucha distancia para John –reflexionó Hermione, sorbiendo un poco de vino–. Y bueno, aquí estamos.

–Doctor –llamó el niño su atención–. ¿Podría contarme la historia de cómo se conocieron mi madre y usted?

–Cielo, es una pregunta un poco indiscreta, ¿No crees? –Preguntó Hermione, con una sonrisa–. Además, en esa historia el doctor Malfoy no sale nada bien parado –añadió–.

–Eso debo concedértelo, Hermione –rió él–. Pero aun así, puedo decirte que nos conocimos cuando teníamos once años yo, y doce ella, y desde el primer momento nos caímos fatal –admitió–.

–Estuvimos durante siete años en el mismo colegio y nunca nos dirigimos una palabra amable, era como si fuéramos rivales a muerte –le explicaba su madre. Poco a poco, la idea que John se había formado sobre los dos adultos se fue derrumbando, como un castillo de naipes, mientras él se iba poniendo cada vez más huraño–.

–Y ciertamente, un poco terminó siendo así –insinuó, pero una mirada de Hermione le hizo callar prudentemente–. Bueno, John, ¿Quieres conocer a mi perro?

–Cielos, ¿Es que tu perro tiene silenciador incorporado? –Preguntó atónita Hermione–. No lo veo por ninguna parte.

–Está en su cuarto, pero si le llamo vendrá.

–Si, llámelo doctor –pidió el niño, entusiasmado por conocer al peludo acompañante de Malfoy–.

– ¡Snowy! Ven aquí, preciosa –la llamó. Un correteo, un golpe y unas nerviosas patas que correteaban, y por el hueco del pasillo apareció un pequeño caniche blanco, esponjoso y contento.

–Vaya, un nombre muy apropiado –admitió Hermione–. John, ¿Por qué no juegas un poco con Snowy mientras el doctor y yo hablamos en la cocina?

–Claro, mamá.

Malfoy se levantó del sofá y ella hizo lo mismo, y caminaron hasta la estancia contigua. Entonces, Hermione se giró hacia Malfoy y comenzó a hablar en voz baja.

–John no sabe nada de la guerra. No sabe que en el mundo mágico hubo una guerra y yo fui un pilar fundamental de ella.

– ¿Y por qué? –Preguntó el rubio, a falta de una mejor manera de expresar sus pensamientos al respecto–.

–Solo tiene ocho años. No quiero que sepa tan pronto lo que pasó en la guerra. Es un niño muy inteligente, Malfoy, y terminará atando cabos –explicó–.

–Pero entonces, ¿Cómo pretendes que se lo digamos hoy, si no puede saber nada de la guerra? –Inquirió atónito el chico–.

–Podríamos… aplazarlo, simplemente no le digamos hoy que tú eres su padre –le pidió, haciendo gestos de comillas con los dedos–.

– ¿El doctor es mi padre?

Blanca como la cera, Hermione se dio la vuelta y allí estaba su hijo, con la perrita en brazos y mirando con ojos como platos tanto a Hermione como a Draco.

–Hijo, deja que te explique…

– ¡Lo sabía! –exclamó, contento. El animal saltó de un brinco al suelo, y se encaminó a su cesta del salón. John caminó hacia los dos–.

– ¿Qu–é, cómo? –Preguntó Hermione, sin habla–. ¿Pero cómo ibas a saber algo así, hijo?

–Vamos, mamá, el parecido del doctor Malfoy conmigo es enorme –dijo el chico, sonriente. Malfoy sonrió también, incómodo–. Lo que no entiendo es por qué hasta ahora no había podido conocerle.

–Es… es un poco más complicado que todo eso, cielo –dijo Hermione, intentando ser delicada–.

–Pues explícamelo –pidió–.

–Eh… bueno, si al doctor Malfoy no le importa… –insinuó. El chico asintió con la cabeza, y llevando al niño de la mano y a la madre con una mano en su hombro hasta el salón, se sentaron en el sofá–.

–Verás, John, hace siete años, el mundo mágico vivió una época un tanto oscura. Una guerra, para ser exactos, y tu madre y yo pertenecíamos a bandos opuestos –comenzó a explicar–.

–Ya sabes que en una guerra está el bando que declara dicha guerra, y el bando que opone resistencia, ¿Recuerdas haber estudiado eso en el colegio? –preguntó Hermione. El chico asintió con la cabeza–. Pues yo formaba parte de la resistencia…

–Tu madre y sus dos amigos eran la resistencia –aclaró Malfoy–. Y yo alojaba en mi casa al hombre que había declarado la guerra en el mundo mágico, contra nuestra voluntad. Allí nos volvimos a encontrar tu madre y yo, John… Y en la guerra, la gente no piensa con claridad. Tienen miedo, y el miedo te lleva a tomar decisiones precipitadas.

–Así que, básicamente, tu naciste nueve meses después de que nos reencontráramos, y por eso no podía… yo no pude decirte… –Hermione ya no consiguió controlar el llanto, unido al peso de contar una verdad a medias para proteger a su hijo, y Malfoy le ofreció su pañuelo, que ella aceptó–. Toda aquella época fue terrible para mí, y no quería recordarla de nuevo.

– ¿Entonces es cierto? ¿Eres mi padre? –Preguntó de nuevo el chico–.

–Es más complicado que eso, pero sí. A partir de este mismo instante, soy tu padre, John.

El niño se quedó en el sitio sin saber que decir, completamente sin habla durante unos minutos. Hermione y Malfoy le miraban, expectantes a su reacción, sin mover un músculo y casi sin pestañear.