¡Gracias! :D por los reviews, ¿saben qué pensé? Si quieren no me dejen xD ¿de qué me sirve tener muchos reviews si no les gusta la historia? Aprendí algo en Fanfiction ésta semana y es eso: escribir para entretener. No es competencia, no es a ver quién tiene más reviews o qué historia es mejor, se trata de entretener al lector y que disfrute de mi trabajo, tanto como yo lo hago :D

Ha sido una semana extraña, la última de vacaciones, me la he pasado en casa porque hace un frío que sólo bajo las cobijas se aguanta xD no tuve nada, pero nada de inspiración D: me cae bien mal porque tuve tiempo, oportunidad y nada de inspiración, no avancé nada jajaja... y ya el lunes a la escuela de vuelta.

Igual no me arrepiento, vi una serie que se llama The walking dead... si les gustan los zombies y tienen un fuerte estómago, se las recomiendo xD

Sin más, disfruten del capítulo y de ésta semana! :D


Capítulo 1: Recuerdos.

"El recuerdo es el perfume del alma."

George Sand

Sora

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-¿Tío?- escuché un leve quejido del otro lado del auricular.

-Sora, ¿está todo bien, cariño?- un leve suspiro se me escapó.

-No.

-¿Qué pasa?- noté de inmediato la preocupación.

-Es mamá.- dije, luego me aclaré la garganta.- Lleva más de una semana en cama, no quiere levantarse, no quiere comer, no sé qué hacer.

-Tranquila.- dijo, apenas escuchó mi desesperación.- La muerte de... Susumo la afectado mucho, eran muy unidas.

-Lo sé, pero...

-¿Quieres que vaya a verla?

-¡Sí, por favor!- supliqué.

-Bien. Pasaré en una hora, cariño. Quédate tranquila, Grettel se pondrá bien.

-Gracias, tío. Eso espero.

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Aquí estaba. Enterrando a mi madre, víctima de un trastorno depresivo mayor.

¿Cómo vino esto a ser posible? Parecía estarse recuperando...

¿Por qué me tocaba vivir esto? ¿Qué se supone que haré ahora? ¡Ella era todo! No, no puede irse, no puede dejarme...

-Sora.- escuché la voz de Tai a mis espaldas.

-Tai...- me quebré. En brazos de mi adorado primo, me quebré. Sacando todo el dolor, todo el rencor y toda la tristeza que habitaba en mi alma.

-Tranquila, todo estará bien.- sentí me acariciaba el cabello con una de sus manos. Costumbre que había adoptado cada vez que nos abrazábamos.

-No volveré a verla. Me quedé sola, Tai, ¡sola!

-Shh. No es verdad, me tienes a mí. Tienes a mi familia.- levanté la cabeza y él me regaló una cálida sonrisa, una reconfortante sonrisa...

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-Sora, cariño. Hay algo de lo que quiero hablarte.- dijo mi tío mientras cenábamos.

-Dime, ¿de qué se trata?

-En un par de días cumplirás 18 años y estás por terminar la preparatoria... ¿has pensado qué estudiarás después?

-Diseño de modas.- acerté a responder. Yuuko mostró una de esas sonrisas torcidas que hacían ver se estaba burlando.

Noté a Kari abrir los ojos al verme, como esperando a que cambiara mi respuesta.

No iba a hacerlo. Estudiar Diseño de modas era todo lo que quería, era mi pasión, mi visión, mi futuro a forjar. Y lo aprobara o no, iba a hacerlo.

-Escucha Sora, no quiero parecer rudo. Tú sabes que prometí encargarme de tu educación pero en éste caso no podré hacerlo.

-¿Por qué?- fruncí el ceño.

-Porque...- ahora sí, se estaba riendo.- Te morirás de hambre si estudias eso.

¿Qué? ¿Morirme de hambre? ¿Pero qué rayos estaba diciendo? ¿Acaso no había escuchado de Coco Chanel, Roberto Cavalli, Oscar de la Renta o Donatella Versace? Mi tío sí que estaba loco.

-¿No prefieres dedicarte a la contaduría o administración?

-No.- dije fríamente, no tenía mucho que pensar de todos modos. Noté que se le arrugó la frente y haciendo un fuerte sonido estrelló el tenedor contra el plato.

-No estudiarás eso.

-¿Por qué no?- Tai y Kari sólo nos observaban en silencio. Ya mi prima me había advertido que ésta plática llegaría.

-Porque no te pagaré esa carrera. Elige o Contador Público o Administrador de empresas, no más.- se cruzó de brazos.

-¡Eso es injusto! No puedes obligarme a hacerlo.

-Sí puedo.- levantó una ceja.- Mira a Tai, él está dispuesto a ser Contador, él sabe el gran futuro que hay en esto.- era el colmo, que intentara hacerme lo mismo que a sus hijos.

-Pues no quiero.- me crucé de brazos, tomando la misma postura que él.

-Entonces queda claro que no estudiarás. Me decepcionas, Sora.

-¡Sí lo haré! Sólo que no lo que tú quieras.

-¿Y cómo lo harás? ¿Cómo piensas pagar esa carrera?- me mordí el labio inferior. Demonios, esto sí iba en serio...- Quedas advertida jovencita, yo no toleraré que estudies eso. Si lo haces, te vas de ésta casa.

-Si así es como lo quieres, bien. Me voy.

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Estaba abriendo dos botellas de cerveza cuando lo vi entrar.

El hombre más guapo del mundo... bueno estoy exagerando, más guapo que he visto en mis 22 años de vida.

Alto. Rubio. Si no fuera por la luz tenue diría que de ojos claros. Piel blanca y porte de... niño rico.

¿Qué estaba haciendo aquí? No parecía ser de éste rumbo.

Se sentó en una esquina. Dios, deseaba tanto poder ir y preguntarle qué iba a querer. Esperen, ese era mi trabajo.

Sonreí. Dispuesta a ir a hablar con aquél adonis vi... a la zorra número uno de todo Odaiba haciendo realidad mis pensamientos: Mimi.

Se acercó a él moviéndose de lo más escandalosamente posible para llamar su atención.

Suspiré.

Eso me pasaba por no ser tan rápida.

-¿Señorita?- escuché me hablaba un hombre. Oh no, me había distraído con mi imaginación otra vez.

-¿Eh? ¿Si?

-¿Me puede dar una piña colada?

-Claro.

Agarré el vaso en donde empecé a preparar la bebida. Me sentía tan lenta.

No presté atención a los otros clientes diciéndome lo que querían, dejé que Niza los atendiera.

Estaba por terminar cuando Mimi se me acercó. ¿Era yo o estaba enojada? No pude notarlo. Me jaló brúscamente del brazo provocando que casi se me derramara el líquido y me alejó de la barra.

-El ricachón quiere que lo atiendas.- señaló con la mirada al precioso joven al que ella le había coqueteado.

-¿Qué?- ¿quería que yo lo atendiera? ¿Por qué? Con un gesto de cabeza, Mimi me indicó que fuera, quitándome el vaso de las manos.

De inmediato empecé a sentir el sudor acumularse en mis palmas, mis piernas se pusieron a temblar y mi corazón a latir con más fuerza. Jamás, jamás me había pasado algo así.

-¿En qué puedo ayudarle?- pregunté. Dios, era aún más hermoso de cerca. Parecía un modelo sacado de alguna revista.

Cuando levantó la cabeza imponiendo su penetrante mirada en mí, todo mi cuerpo se heló. Por primera vez en la vida me sentí estúpida. Tragué saliva. Sus ojos eran tan... azules.

-Quiero un whiskey doble.- dijo.

Tontamente asentí y me dispuse a prepararlo.

-¿Cómo te llamas?- preguntó, y en ese momento, cuando voltee la mirada hacia él, vi la sonrisa que, en mi imaginación pensé, era merecedora de algún premio. Simplemente encantadora.

-Eh.. Sora.- ¡qué tonta, qué tonta, qué tonta!

-Bonito nombre.- sentí demasiado calor en mi rostro, bendita oscuridad en la que nos encontrábamos, no podía ver mi cara de tomate.- Me llamo Matt.- dijo. Sonreí.

-Mucho gusto.- le entregué la bebida.

Y así empezó todo lo que yo llamaba "el principio de mi felicidad".

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Estúpidos tacones. Eran el invento más odioso que existía. Tenía ampollas en casi todos los dedos y podía jurar que sentía arder la planta de mis pies. Llevaba caminando casi seis cuadras con ellos y ya no aguantaba más.

Lo único que deseaba era ir a casa y meterme en la bañera sin ser molestada.

Era tan difícil conseguir un maldito taxi a esa hora. Odiaba mi trabajo, ser bar-tender no era nada propio para una señorita como yo. Y para colmo los malditos recuerdos de mi pasado no dejaban de rondar en mi cabeza.

A buena hora decidí hacerme la valiente y dejar los lujos y comodidades que mi tío me ofrecía, ahora que lo pienso todo hubiera sido tan sencillo si hubiera aceptado su oferta. Pero no, tenía que ser terca.

Aunque no debería quejarme tanto, estudiar Diseño de modas me encanta y pese a que termino agotada del trabajo, hacer lo que me apasiona me da ánimos... es como revivir.

Siempre quise ser una de esas mujeres que crearan una línea de ropa y organizar desfiles, tener modelos, ser reconocida internacionalmente... era mi pasión y no descansaría hasta verla realizada.

Empecé trabajando como mesera para un restaurante de hamburguesas, tenía también algo de ahorros del dinero que por mes me daba mi tío, así que conseguí un departamento, muy pequeño, pero adecuado para sobrevivir. Hasta ese momento entendí lo que mi madre decía, por qué se frustraba tanto cuando nos faltaba dinero. ¡Es que hasta parecía que por respirar me cobraran! Todo era carísimo, pero gracias a Dios pude salir adelante.

Uno de mis compañeros meseros me ofreció empleo en un bar. Me dijo que estaban buscando a una joven que fuera la que sirviera las bebidas. No me pareció mala idea hasta que pisé aquél sitio...

Era prácticamente un cuarto para hacer orgías. Estaba en la parte más decaída del centro de Odaiba, iba gente de muy mal aspecto. Muchos traficantes de drogas, padrotes, borrachos, en fin. Me dio mucho miedo estar ahí, recibí mucho acoso la primer semana y dos de mis compañeras se burlaban porque no era tan rápida como ellas o las bebidas no me salían bien.

Sin embargo, el sueldo era casi el triple de lo que recibía, con ello, en vez de conseguir una casa más grande, decidí guardarlo en una cuenta de banco para poder pagarme los estudios.

Jamás le dije a mi familia sobre ese empleo, excepto claro a Kari porque la muy astuta me descubrió un día que yo llegué a casa, era mi cumpleaños pero de tan estresada que me encontraba lo había olvidado. Ella estaba ahí, con Dolores. Fue a llevarme un pastel. Jamás olvidaré la expresión que pusieron al verme en minifalda, tacones y una blusa que dejaba al descubierto mi abdomen. Tuve que contarles la verdad y hacerlas jurar que no se lo dirían a nadie.

Y así había sido hasta entonces.

En cuanto a mi vida amorosa, no hay mucho que decir. No tuve novio o una relación seria hasta ahora, aunque no estaba muy segura de cómo clasificarla.

Se trataba de Matt. Joven guapísimo, 26 años, administrador de empresas, lleno de lujos y riqueza. El sueño de toda chica.

Dos semanas después de haberlo atendido en el bar por primera vez, me invitó a comer, nos mandábamos mensajes de texto, a veces platicábamos por internet, muy pocas veces debo decir. Empezó a frecuentar más el lugar sólo para verme. Obvio, yo era la envidia de mis compañeras.

Al mes y medio me propuso que tuviéramos una relación abierta. Dado que no era experta en el tema y no sabía las condiciones de aquello, accedí. Eventualmente empezó a tratarme cariñosamente. Cuando salíamos me tomaba de la mano, luego vinieron los besos, las caricias, abrazos y... dos meses después, su casa.

Jamás había estado con un chico, jamás pensé que fuera a ser de esa manera.

Fue una noche que estábamos totalmente ebrios. Hacía mucho frío y llegamos empapados a su casa.

Yo estaba completamente perdida, fuera de mí misma. Actuando como niña, haciendo lo que quería. Matt bajó con algo de ropa seca. Me indicó el baño para que me cambiara pero en lugar de eso hice algo de lo que hasta el día de hoy no me arrepiento. Empecé a desvestirme en frente de él, pidiéndole algo de "ayuda" que él ni por idiota se negó a darme.

Y en ese momento empezaron los besos, las caricias, el calor... y terminamos haciendo el amor en su cuarto.

No me dio vergüenza, no me dio miedo ni siquiera me puse nerviosa. Lo único que quería era estar con él. Era todo lo que mi cuerpo pedía.

Dos semanas después de esa ocasión volvimos a hacerlo, pero ésta vez sin los efectos del alcohol.

El primer arranque de celos que tuve fue cuando lo vi salir con Mimi, una noche del bar. Recuerdo que le reclamé y me puse histérica pero terminé perdiendo. El muy imbécil me dijo que era parte de tener una relación abierta. Él podía salir con otras mujeres y yo era libre de salir con otros hombres. No ataduras, no compromisos, no sentimientos, sólo sexo y diversión entre nosotros.

Me enojé, claro que sí, pero por idiota me pasaban esas cosas. Por meterme en donde no debía o no conocía. De todos modos, no soporté ni tres semanas sin verlo. En mí se había formado cierta dependencia por su persona.

Ahora, luego de ocho meses de haberlo conocido, me había acostumbrado. Él dejó de salir con Mimi, se dio cuenta de lo ofrecida que era y el interés que tenía en su dinero.

Yo en cambio no quería eso. Es decir, era agradable que él me invitara al cine o a comer a restaurantes que con mi sueldo ni en sueños podría pagar pero, eso no era lo que me importaba, a mí me gustaba estar con él, platicar, contarle mis sueños, mis metas. Por eso es que rechacé la oferta de otros tantos que me invitaban a salir.

Una vez me entregó un cheque en blanco, me dijo que yo pusiera la cantidad y con eso pagara mis estudios. Jamás lo hice, por el contrario, lo rompí.

No podía aceptar semejante cosa, y no tanto por orgullo, sino porque no quería que él me viera como las demás. En cierta forma quería agradarle y creer que él pensaba que era especial.

-¿Esperando un taxi?- escuché una voz susurrarme al oído, me estremecí toda volteándome de inmediato.

-¿Matt?- no esperaba verlo esa noche. Sonrío, esa condenada maña que tenía me volvía loca.

-Vamos.- abrió la puerta del Volvo que no había visto estaba al frente mío. Jamás se me quitaría lo despistada.

Subí al auto, como era de costumbre, encendió el estéreo y empezó a conducir sin hablar. Vi que en vez de tomar la ruta a mi casa nos dirigíamos a la suya.

-¿Por qué vamos a tu casa?- pregunté, él le bajó un poco al estéreo.

-Porque... quiero algo de compañía.- dijo, acariciando mi pierna, poniéndome la piel de gallina.

-¿En serio?- levanté una ceja y me crucé de brazos.- ¿Y qué te hace pensar que yo quiero hacerte compañía?- sonrió, nuevamente.

-Vamos, nena. Admite que te encanta porque soy irresistible.- y ahí estaba, su maldita arrogancia que tanto me gustaba.

Era increíble lo fácil que me hacía ceder con un simple gesto. Suspiré, resignada y victoriosa.

Llegamos a su casa, o era mi imaginación o estaba más limpia que de costumbre. Apenas puse un pie ahí dentro me quité los endemoniados tacones y los dejé en el recibidor.

-¿Tienes hambre?- preguntó. Asentí.- Mmm... veré qué hay.

Fue hasta la cocina y yo le seguí. Abrió la nevera y sólo había dos latas de cerveza. Menuda despensa.

Ordenó una pizza y mientras llegaba esperamos en la sala, como de costumbre él se sentó y yo en su regazo, acurrucándome en su pecho para que me acariciara el cabello. Dios, adoraba eso.

-¿Qué tal tu día?- pregunté, sin levantar la cabeza. Cerré los ojos para disfrutar del delicioso masaje que me daba.

-Aburrido. Igual que siempre.- respondió desinteresado.- ¿Y tú?

-Mmm igual.

Nos quedamos en silencio, esa clase de silencios cómodos en donde nada más importa sino la compañía que hay a tu lado.

Tras un largo suspiro, levanté el rostro para verlo. Me mataban sus ojos azul cielo, su piel de bebé, sus largas y espesas pestañas, los labios rosados y un pequeño pero sexy lunar en la comisura de éstos.

Era como un sueño hecho realidad. Mi sueño.

Pegó su frente a la mía y aspiró, lo que supuse sería, mi aliento. ¡Oh, Dios! Para mí, su aroma me elevaba al séptimo cielo, vainilla, para mí, Matt olía siempre a vainilla. No importaba si estaba recién bañado o todo sudado, siempre olía bien.

Sintiendo como todo mi interior se agitaba con su sola presencia, empecé a acariciar su rostro con mi nariz, aspirado cada parte de él. Sonrió ante el gesto. Desesperadamente nuestros labios se encontraron en un apasionado beso, sentí que me recargó contra el sillón para él acomodarse sobre mí. Qué más daba, nos estábamos besando y era todo lo que me importaba.

Empecé a desabotonar su camisa, mi cuerpo pedía a gritos sentir su piel, rozar su abdomen, acariciar su espalda...

Él empezó a acariciar mis piernas, ¡oh no! Era mi punto débil. Deslizó sus labios por mi cuello y empezó a besarme, luego a succionar... invadida por el éxtasis y las cosquillas que sentía empecé a reírme.

-Basta, Matt. No quiero tener marcas mañana.- levantó la cabeza y sonrió traviesamente.

-¿Ah no? ¿Por qué, nena?- sonreí.

-Mañana iré al panteón con mi familia, no quiero que me vean así.

Sin hacerme mucho caso y en un movimiento rápido atrapó mis dos manos y las levantó sobre mí, bajando la cabeza para hacerme otra marca en el cuello.

-¡Matt, no!

Pero fue inútil, cuando se trataba de cosas serias él siempre se portaba como un chiquillo. Me agité en el sillón en un intento por hacerlo caer, fue inútil.

Hasta que fui salvada por el timbre. La cena había llegado.


Kari

Hoy se cumplían 10 años desde que mamá partió con Dios. Como de costumbre, cada año, me alistaba para ir al panteón a visitar su tumba.

La extrañaba, aunque su ausencia ya no me dolía como los primeros meses.

-Kari, date prisa.- escuché gritar a mi padre.

Con un ligero suspiro dejé el cepillo sobre el peinador. Miré una última vez mi reflejo. Había cambiado tanto. Estaba a punto de cumplir 18 años. Mi cuerpo, evidentemente, ya no era el de una chiquilla. Mi cabello había crecido mucho, pero éste siguió igual de lacio. No importaba cuántos tratamientos me hiciese para que quedara rizado, era imposible.

Había decidido vestirme formal para la ocasión. Me puse una falda negra que me llegaba poco arriba de la rodilla, una blusa blanca de botones y encima un suéter con cuello V en color negro.

Aunque los odiaba con toda mi alma, me puse unos zapatos negros de tacón que pertenecían a mamá. Dejando caer unos mechones de cabello sobre mi rostro, me puse de pie. Agarré mi bolsa, ¡vaya! No recuerdo en qué momento empecé a usarla. De niña siempre me quejaba de que mamá no pudiera cargarme o tomarme la mano porque tenía que cuidar su bolso. No entendía para qué necesitaba llevar uno a todos lados. Pero ahora era más que obvio. Definitivamente es un objeto indispensable para cada mujer.

Salí del cuarto, el espacioso lugar que adoraba, que había sido remodelado cuando cumplí 15 años. Ahora ya no tenía esas repisas llenas de juguetes de peluche ni el papel tapiz floreado que me provocaba nauseas. Había pintado dos paredes de color crema y la otra, en donde estaba una ventana, la pinté de color cereza. El techo era blanco, había un abanico rehilete colgando. Tenía cuadros, uno que me hicieron cuando cumplí 15 años, con mi vestido rosa, otro en donde salía junto a Tai cuando fuimos a Disneylandia. Me encanta esa foto, por eso es que la mandé enmarcar. Ambos usábamos orejas de Mickey Mouse y traíamos algodones de azúcar en las manos.

Había un póster del guapísimo de Leonardo DiCaprio. Y un par de pinturas abstractas que la tía Ana me había regalado.

Había quitado la alfombra del piso y en su lugar pedí que, al igual que el resto de la casa, lo pusieran de madera. Todos los juguetes, parte de mi ropa y mi cama los doné a un orfanato. Al entrar a la preparatoria, a los 15 años, me hice el hábito de ir cada domingo a la iglesia. Fue ahí en donde descubrí que ésta se encargaba de mantener un orfanato y todas las ofrendas que se recogían iban para allá. Había 13 niños en total. Todos abandonados por sus padres, quienes si no padecían una seria adicción a las drogas estaban psicológicamente enfermos. Justo cuando supe de ello era que mi cuarto estaba siendo remodelado. Sin pensármelo dos veces le pedí a papá que me dejara donar mis cosas y personalmente fui a entregarlas. Creo que jamás podré olvidar las sonrisas de los pequeños al recibir tanto juguete y las lágrimas con que la encargada me agradeció por el acto que estaba haciendo.

Me sentí tan bien al haber ayudado de esa manera que ahora, cada semana que papá me daba dinero, separaba cierta cantidad para comprar comida, ropa o juguetes y llevárselos. Incluso me ofrecí de voluntaria los fines de semana para ir a limpiar y cuidar a los niños y una vez al mes me dejaban sacar a uno para llevarlo al cine, a una feria o traerlo a casa.

Papá me había expresado lo orgulloso que se sentía por esto y de vez en cuando, si su trabajo se lo permitía, iba conmigo a ayudar.

Al llegar a la sala me topé con el rostro desesperado de él. Entre más crecía más problemas tenía con mi puntualidad, hice de todo para poder cambiar ese fastidioso hábito pero me fue imposible, hasta que decidí aceptarme por eso y disfrutarlo.

Noté que ellos también iban de vestir. Papá con uno de sus trajes negros. Tai con uno similar, excepto que en color gris y Dolores traía su uniforme, un vestido negro con un delantal blanco.

-Vámonos.- sonreí.

Sin recibir respuesta y una preocupada mirada de mi nana, me encaminé junto con mi familia a la cochera. Papá llevó su camioneta negra, una Suburban automática. Tai se fue de copiloto y Dolores y yo en la parte de atrás.

Todo el camino fuimos en silencio, yo sabía que, a pesar de que habían pasado muchos años, a papá le seguía doliendo la muerte de mami. Poco antes de llegar mi hermano empezó a hablar con él sobre los costos de conversión y algo sobre inversiones.

Odiaba esos temas. Me desagradaba mucho la contaduría y administración. Por eso es que ahora pasaba este tiempo en casa y no me había matriculado a una universidad. No tenía idea de qué era lo que quería hacer. Bueno sí la tenía. Pero papá no me apoyaba. Yo quería ser escritora y poder publicar alguna de las tantas historias de romance que me encantaba escribir y con el dinero de ello ayudar a tantos pequeños, como los del orfanato, que habían pasado por momentos difíciles y sus vidas habían sido marcadas con algún trauma. Pero el señor "de eso te morirás de hambre" no me había dejado e incluso me había sentenciado que si no elegía entre Contador público, la cual era su profesión, Administrador de empresas o alguna Ingeniería, él no me pagaría la universidad.

Era de mente cerrada, ya que llevaba años ejerciendo la contaduría y le había funcionado de maravilla, quería que sus hijos lo hiciéramos también. Tai decidió hacerle caso, no tanto porque le gustara sino porque veía que algún día el negocio de papá pasaría a ser de él y eso era generar dinero fácil. Se metió a estudiar Contador público y sorprendentemente, se recibió con honores.

Yo por mi parte pasé toda la preparatoria discutiendo con él, en verdad quería ser escritora y según me había educado, me enseñó que luchara por mis sueños. Pero siendo él el obstáculo me resultaba imposible.

Por eso es que dejé pasar un semestre sin inscribirme. Sabía que yo las llevaba de perder y que finalmente, como Dolores me decía, iba a terminar cediendo. Pero es que en verdad odiaba todo lo que a hacer cuentas se refería, me parecía un trabajo muy aburrido y monótono.

Y la ingeniería, bueno, no era exactamente una profesión en la que se reconociera bien a una mujer en Odaiba.

Llegamos al cementerio. Dolores me acompañó a comprar un ramo de flores mientras papá y Tai se nos adelantaban a la tumba.

Ya que sólo íbamos una vez al año, estaba muy descuidada. Mucha tierra la cubría y ramas de árboles. Mi nana me ayudó a limpiarla un poco para que al menos el nombre de mamá pudiera ser visto. Dejé el arreglo floral a un lado de la lápida. Con movimientos algo torpes, me puse de pie y me paré junto a mi familia. Percatándome de las lágrimas que escurrían por el rostro de mi padre. Caminé a su lado y le rodee la espalda con mis brazos, él tomó una de mis manos y la besó.

-La extrañó demasiado.- susurró. Le di un beso en la mejilla.

-Todos, papi. Todos la extrañamos.- Tai se acercó a abrazarlo también, Dolores, tan reservada como siempre, mantuvo su distancia atrás de nosotros.

-Es increíble que a pesar de los años, aún siento como si estuviera aquí.- comentó mi hermano.

-Es el recuerdo, hijo. Es lo que hace que se mantenga viva.

-Te amo, mami.- susurré mientras unas cuantas lágrimas resbalaban por mis mejillas. Cariñosamente Tai las limpió con sus nudillos.

-¿Quieren comprar algo?- preguntó papá. Sabía que diría eso, cada año desde que la tradición de ir ahí comenzó, nos pedía que fuéramos por pan, elotes o cualquier otra cosa o si no, simplemente le pedía a Dolores que nos alejara para quedarse un momento solo junto a la tumba. Siempre tuve curiosidad por saber qué hacía pero nunca fui capaz de preguntárselo.

-Claro, vamos Kari. Se me antoja un pan de elote con miel...- dijo Tai, tomándome de la mano. Dolores caminó tras nosotros.

-Nana...- comencé a decir, ambos estábamos frente a un puesto esperando a que nos entregaran el pan.

-¿Sí, mi niña?

-¿Qué hace papá cuando se queda solo?- Tai me miró sorprendido.

-Habla con su madre, por supuesto.

-Pero ella ya no puede escucharlo.- sonrió.

-Sí cariño, pero a veces el consuelo que siente su señor padre al querer creer que ella lo escucha le basta para aliviar el dolor.- sólo asentí. El encargado nos entregó cuatro platos desechables con el pan, olía delicioso. Tai tomó el suyo, yo el mío y Dolores el de mi padre y el de ella. Lentamente regresamos hacia la tumba.

-Esto está delicioso.- habló mi hermano con la boca llena. Yo sólo rodé los ojos. Pese a sus 23 años, aún se portaba como un cabezota. Dolores se rió.- ¿Irás hoy al orfanato?- me preguntó.

-Es cierto.- recordé de pronto.- Es domingo.- la miré.- No compré nada.

-Podemos ir mañana.- me dijo ella.- Estoy segura que ahí entenderán si falta.- me mordí el labio inferior.

-Le había prometido a Sammy que lo llevaría al cine. ¡Qué tonta! ¿Por qué todo se me olvida?- me quejé. Dolores sonrió.

-Es parte de la juventud, mi niña. No se preocupe, mañana vamos y se disculpa con el pequeño.- asentí.

Sammy era un niño de 6 años, de nacionalidad inglesa, su madre era una prostituta que lo abandonó a las dos semanas de nacido con su padre, un drogadicto prófugo de la ley. Aquél hombre sólo lo tuvo por dos semanas, de hecho el niño fue su pasaporte para venir a Odaiba, ilegalmente, asegurando que tenía que ver a su madre para devolvérselo. No duró con él más tiempo, apenas llegó a la ciudad lo dejó afuera de la iglesia, una noche.

Gracias a Dios el niño recibió los cuidados que necesitaba, tanto médica como psicológicamente y aunque nunca se le había ocultado la verdad, el hecho de no conocer a sus padres parecía no afectarle tanto como a otros, quienes sí tuvieron la dicha de conocerlos y sentir, conscientemente, el rechazo de éstos.

Apenas lo conocí me encariñé con él. Era un niño muy platicador, muy inquieto e inteligente. Como mucha de la gente inglesa, era de piel pálida, mejillas rosadas, cabello rubio dorado y ojos grandes y azules. Tengo que admitir que siento cierta obsesión por las personas que poseen éste físico, he aquí el por qué tengo un póster de Leonardo DiCaprio en mi cuarto.

Pero eso se lo debo a aquél hombre... cuya mirada no dejo de recordar y me persigue en sueños. Aquél que me hizo sonreír y sentir feliz en el funeral de mi madre... mi ángel.

A lo lejos vi a Sora acercarse. Me sorprendió, ya que me había dicho que no podría acompañarnos porque iría con su novio.

-Hola, familia.- saludó, tan sonriente como siempre. Fue inevitable notar una marca entre roja y morada en su cuello, que supuse quiso disimular con el collar de perlas que traía.

-Hola, prima.- saludó mi hermano.

-Pensé que no vendrías.- sus ojos marrones se clavaron en mí, como pidiéndome que no hablara de más. Sonreí.- Pero me alegra que hayas podido llegar.- suspiró.

-Pues, no me perdonaría perderme un domingo familiar.- abrazó a Tai quien traía la boca llena.- Dame un poco.- arrancó un pedazo de pan.

-¡Oye!- se quejó el tonto. Dolores sonrió.

-Pide uno.- dije alegre.

-Veré si papá se ha desocupado.- dijo mi hermano.

-Lo acompaño, joven.- dijo mi nana, guiñándome un ojo. Se adelantaron aún más y Sora y yo regresamos al puesto de comida.

Desde pequeña, Dolores se había convertido en mi segunda madre, siempre cuidaba de mí, me aconsejaba, me reprendía y por sobre todas las cosas, me demostraba cuánto amor me tenía, y no sólo a mí, a toda mi familia. Yo simplemente la adoraba.

-Te hacía en casa de tu novio.- comenté mientras mi prima agarraba el plato con pan que el vendedor le extendía. Sonrió.- Veo que tuviste una noche salvaje.- hice hincapié en la última palabra señalando con mi vista la marca en su cuello. Sora inmediatamente se puso roja.

-¡Shh! ¿Se nota mucho?- preguntó casi en un susurró. Me reí.

-Dudo que papá y Tai lo noten si es lo que te preocupa.- suspiró.- ¿Me vas a contar...?- me encantaba tener esas charlas con ella, saber que mi prima hacía lo que quería con quien quería sin sentir remordimiento me causaba algo de celos. Muchas veces deseaba poder ser como ella y renunciar a la vida educada en la que había estado por años.

-¿Recuerdas que te platiqué de Matt?- comenzó a decir. Asentí.- Anoche me quedé con él y pues...- se puso más roja que un tomate.- ¡Sí, Yagami! Tuvimos sexo.- ambas soltamos una carcajada, empezamos a caminar lentamente a donde mi familia estaba.

-¡Ay prima!- negué con la cabeza, y no porque estuviera en contra, es que aún seguía pensando que aquello no era del todo correcto.

-Es muy lindo, a pesar de toda su actitud ruda y grosera, en la cama se porta como todo un caballero.- me codeó.- Un día te lo presentaré.- la miré, estaba tan sonriente, con un destello en sus ojos y no precisamente por el delicioso manjar que se iba comiendo.

-¿Estás enamorada?- aquello fue más afirmación y no me quedó duda al verla casi atragantarse con el pan.

-No... bueno.- se mordió el labio inferior y me miró, conocía esa expresión, estaba confundida.- Me gusta demasiado.

-Sora...

Silencio.

-Llevas ¿cuánto? ¿Ocho meses saliendo con él? Mira, sabes que no soy una experta en éste tema pero veo muchas novelas y creo que estás enamorada.- ella bajó la cabeza algo apenada y medio sonrió.

-Quizás sí, Kari... pero Matt.- sonrió, con algo de ironía.- Él no es el chico del que deba enamorarme.

-¿Por qué?- fruncí el ceño.

Tragó saliva antes de responder, sus ojos me escrutaban con pena. Maldición, quizás no debía mencionar aquello porque era evidente que le lastimaba.

-Porque Matt no está dispuesto a compartir sus sentimientos con nadie. Él sólo se ama a sí mismo y estoy segura, siempre será así...


Matt

Sentí el bolsillo de mi pantalón vibrar. Mi celular, de nuevo. Lo saqué para ver quién era... ella otra vez. ¿Qué acaso no se rendía? Era obvio, luego de 17 llamadas perdidas, que no quería contestarle. ¿Por qué insistía tanto? Fastidiado, apenas terminó de sonar lo apagué. No estaba de ánimos para hablar ni con ella ni con nadie.

Estiré mi brazo para alcanzar la cajetilla de cigarros frente a la mesa que tenía. Tomé uno, el último, y lo encendí.

Para mí, pasar un domingo encerrado, sin hacer algo más que fumar o ver una película de terror, era la gloria. Toda la semana me la pasaba ajetreado en la oficina, chequeando cuentas, revisando nóminas, corrigiendo facturas... era demasiado estresante, abrumador, pero debo recalcar que me gustaba.

Convertirme en administrador de empresas nunca fue mi sueño. De hecho jamás me pasó por la mente que yo fuera a dedicarme a algo así. Pero qué más daba, al menos ganaba mucho dinero, tenía una espaciosa casa, un deportivo por el que muchos matarían y podía viajar a donde quisiera cuando quisiera. Aunque eso no alejaba el hecho de que me encontraba solo.

A mis 26 años se podía decir que había probado de todo, había conocido el mundo y todo lo que podía ofrecerme pero nada me había hecho sentir lleno. Siempre el hueco que tenía, esa sensación de vacío y soledad me embriagaban al terminar de drogarme, de tener sexo con cualquier mujer o de ver pornografía. Incluso en las estúpidas reuniones de navidad, en donde veía a toda mi familia, me sentía tan solo y desdichado.

Ésta vez, fue el teléfono de casa el que sonó. Fruncí el ceño al escucharlo. Tenía un fuerte dolor de cabeza y eso, lo empeoraba más. ¿Qué rayos quería? Había hablado con ella, con mi madre, hacía un par de días.

Al irme de casa, a los 16, di por sentado que entendería que jamás quería volver a tener una relación madre-hijo. La vi llorar muchas veces y expresarme lo decepcionada que se sentía de mí, pero me venía valiendo. Ella cometió errores, también me decepcionó y aunque yo se lo dije, se justificó haciéndome ver que yo era un inmaduro que no la entendía.

Quizás, si hubiera reconocido que me lastimó en vez de hacerme ver que estaba mal, de acuerdo a su punto de vista, la hubiera aceptado de nuevo en mi vida. Pero ya era muy tarde para eso. Su soberbia nunca le permitió ver que todos necesitamos cambiar, inclusive ella.

Después de seis timbres, entró un mensaje en la contestadora. Genial, ahora sí podría saber qué fregados quería.

-Matt, ¿por qué rayos no contestas? Sabes que odio que te desaparezcas como ermitaño. Por favor si estás ahí responde, necesito saber si puedes recoger a TK al aeropuerto, llega a las 6:00pm. No olvides que me dijiste que podía quedarse en tu casa y espero lo cumplas. Damián está de viaje y yo con la bebé, no podré atenderlo como merece.- así que eso era, lo olvidé por completo. Mi hermano venía de Francia. Se había decidido a estudiar la universidad aquí. Suspiré, supongo que mi plan de quedarme encerrado ese domingo estaba frustrado.- Por favor cariño, avísame en cuanto escuches éste mensaje. Te quiero.

Qué falso sonó aquello, tan falso como el pretexto que ponía de "tengo que cuidar a la bebé". Estúpida niña, la odiaba. Mi mamá se había vuelto a casar y ya que su esposo quería tener hijos y ella no podía darle, decidieron adoptar. Hacía un par de años que lo habían hecho. Era una niña, debo admitir que algo tierna, pero endemoniada. Algo le había hecho a mi madre que ella se olvidó por completo de que TK y yo éramos sus hijos de verdad. Toda su atención estaba en ese monstruo de apenas 4 años de edad. Y para colmo, la gente pensaba que era mi hermana. Rubia, de ojos azules y piel blanca. Por lo poco que presté de atención cuando mamá me contó de ella, es que era de una familia francesa. Hasta eso, tenía la misma nacionalidad que yo.

Me giré en el sillón de piel para ver hacia la pared, eran las 3:40pm. Aún tenía tiempo de comer, bañarme y salir temprano de casa. Supuse habría mucho tráfico, reí, como si esquivar el tráfico fuera tan difícil para mí...

La muchacha que me ayudaba a limpiar la casa no había ido ese día, aunque le comenté que mi hermano pasaría tiempo ahí, no supe si le habría preparado una habitación.

Demonios, tendría que hacerlo yo mismo.

Con mucha pesadez me levanté, apagando el cigarrillo en un cenicero de la mesa. Estiré mis brazos y piernas, aún traía mi pijama de franela. Subí la escalera de caracol, haciendo crujir la madera en cada paso. Noté que la estancia, en donde estaba la televisión de plasma, una pequeña sala y el estéreo estaba limpia. Entré a mi cuarto. La cama seguía destendida como la dejé, olía a pies, tenía que sacar esos viejos tenis que ya no usaba. Me miré al espejo, Dios, tenía mal aspecto y aún así, sonreí, seguía viéndome atractivo.

El cabello todo alborotado, unas ojeras enmarcaban mis ojos, un notable rastro de saliva por la comisura de mis labios y unas marcas, debí suponer que hizo Sora la noche anterior, de chupetones en mi cuello. Me pregunté en ese momento a qué hora se habría marchado, no la escuché salir.

Qué tonto, dejaría a mi pequeño hermanito vivir aquí, le daba una hora para que se convirtiera en un pervertido o se asustara y corriera con mamá.

Pero qué más daba, él ya tenía 18 años.

Sin mucho ánimo y muchas ganas, empecé a desvestirme para tomar un baño. Debía quitarme el olor a tabaco y alcohol como me fuera posible.

Al principio me daba mucha flojera bañarme. Y es que pensar en que tenía que desvestirme, sentir frío, tallarme, secarme y volver a vestirme, sólo para estar limpio, era un fastidio. Pero una vez sintiendo el agua caliente caer por mi rostro eso se pasaba.

Me puse una playera negra que compré en el concierto de The strokes. Unos jeans gastados y mis fieles y acompañantes, tenis Adidas. Noté que estaba soleado pero siendo noviembre, no se podía confiar en el clima. Tomé un suéter negro Aeropostal. Salí de mi cuarto, dejando las toallas y pijama sobre la cama.

Antes de bajar fui a chequear a una de las tres recámaras que tenía. Estaba limpia, de hecho aún conservaba el olor del aromatizante que se usa para limpiar el piso. La cama estaba bien hecha y las sábanas en orden. Sonreí, entonces Michaela sí la había alistado para TK.

Bajé de nuevo, pasando a la cocina. El refrigerador estaba vacío, exceptuando un par de latas de cerveza. Tendría que pasar al súper por algo de despensa para mi hermano. Pero la sola idea me provocaba una flojera tremenda, sería mejor pedirle a Michaela que ella fuera por lo necesario, dándole el dinero y por esa noche, pedir algo de cenar.

Encendí el televisor pero sin hallar algo entretenido que ver. Finalmente le dejé en un canal de vídeos, eran las 4:15pm. Muy temprano para salir de casa. Me acosté hecho un ovillo en el sofá y poco a poco, mis ojos se fueron sintiendo pesados y un profundo sueño me invadió.

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5:23pm, fue lo primero que vi. Rayos, tenía que darme prisa para llegar a tiempo. Aunque era casi seguro que el vuelo de mi hermano fuera a retrasarse.

Perezosamente me senté, dando una largo bostezo. Me tallé los ojos, que aún sentía como si fueran a cerrarse. Apagué la televisión y fui al baño.

Luego de descargar mi vejiga y lavarme las manos, tomé las llaves del Volvo y salí de casa. Sólo me detuve en un súper para comprar una cajetilla de cigarros y de ahí manejé directo al aeropuerto.

No había tráfico, de hecho la carretera estaba sola, por lo que me di el lujo de subir la velocidad a 120 km/h. Traía la capota del coche abajo y me puse los lentes oscuros, pese a que ya no había mucho sol. Puse uno de mis CD's favoritos, The killers. Y empecé a cantar mientras sentía el viento despeinar mi cabello.

Llegué minutos antes de las 6:00pm y no batallé en encontrar lugar en el estacionamiento. Bajé del coche, activando la alarma y me dispuse a entrar.

Casi no había mucha gente, lo que agradecí a montones. Por una extraña razón no me agradaban las personas.

Recordé que debía avisarle a mi madre que ya estaba ahí, de seguro se la pasó mortificada toda la tarde. Encendí el celular y de inmediato empezaron a llegar mensajes y llamadas perdidas.

Antes de leerlos le marqué, no timbró más de dos veces cuando respondió.

-Matt, ¿estás bien?

-Eh, sí mamá.- respondí.

-Hijo me tenías muy preocupada, ¿por qué apagaste el celular?- no quise dar explicaciones, menos a ella que ya nada tenía que saber de mi vida personal.

-Sólo te aviso que estoy en el aeropuerto, esperando a TK.

-Ah, ya veo.- obviamente noté el cambio de su voz cuando no respondí a su pregunta.- Bueno, tu hermano llegará por el pasillo 11. Espéralo ahí.

-Ok.- estaba por colgar cuando escuché la escuché decirme algo.

-Matt...

-¿Sí?- un largo suspiro se dejó escuchar por el auricular.

-Gracias por avisarme. Y gracias por hacer esto, te pagaré todo los gastos de TK...

-Mamá.- la detuve.- No es necesario.- casi podría jurar que sonrió al escucharme.

-Por favor pídele a tu hermano que venga a cenar, tú también estás invitado si quieres.- hubo un silencio. En ese momento vi al rubio cruzar el pasillo con un par de maletas arrastrando y una mochila en la espalda. Aparentemente me estaba buscando.

-Gracias. Tengo que irme, TK ya llegó.- sin esperar más, colgué la llamada y me acerqué al enano, debía cambiar ese apodo pues ya no era digno de su estatura.

-¡Matty!- chilló al verme, soltó sus maletas y me abrazó con fuerza. Odiaba que me llamara así, por más que le había pedido que no lo hiciera, no me hacía caso.

-Hey...- dije intentando sonreír.- ¿Qué tal tu vuelo?

-Aburrido, como todos los que no son en primera clase.- sonrió, era casi tan arrogante como yo excepto que él siempre estaba de tan buen ánimo que me enfermaba.- ¿Y tú? ¿Cómo va tu vida?- me guiñó un ojo al preguntar esto.

-Eh, bueno. Ya sabes. Normal, aburrida. Lo mismo de siempre.- arqueó una ceja.

-Vaya, Matty. Esperaba que me tuvieras noticias buenas. Como que ya te has comprometido con Sora o que decidiste volver a tocar en una banda.- negué con la cabeza. Tomé una maleta y la arrastré por el pasillo, dispuesto a salir de ahí.

-No enano.- rompí el silencio una vez en el estacionamiento.- Tú sabes que no me gustan los compromisos y que lo de la banda no es más que pérdida de tiempo. La oficina me consume totalmente, el haber adquirido el puesto de gerente en aquella cadena de hoteles es una responsabilidad que requiere todo de mí.

-Sí, lo entiendo.- dijo con pena, entrando al carro.- Pero acuérdate que no todo en la vida es trabajo, date tiempo para ti.

-¿Más del que ya tengo?- pensé. Volví a ponerme los lentes y arranqué el coche rumbo a casa de mi madre.


Canción: If I could see you again – Yiruma.

Reto: Si algo no sale como lo pensé, no preocuparme, sino ocuparme de buscar la forma de retomar un nuevo camino para llegar a lo que me he propuesto.

Acuerdo: No basta con saber, es necesario HACER.

Versículo: "No se contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan a ustedes mismos. Llévenla a la práctica." Santiago 1:22.