Esto tiene meses escrito pero jamás me parecerá lo suficientemente bueno. Lo subiré de todos modos porque Kaith me lo está pidiendo y bueno, se lo prometí (ella y Consecuencias se lo merecen). A propósito de Consecuencias, si lo han leído, se entenderá un detalle que aparece más abajo. Sin más que precisar, espero que disfruten la lectura.
Jean Kirschtein tiene un pequeño departamento en el centro de la ciudad, en un barrio que pisa la delgada línea entre lo acogedor y lo peligroso. Está desparramado boca abajo en el sofá gastado de la sala, con un dolor de cabeza de los mil demonios, desencadenado por una de las tantas fiebres que le aquejan desde hace meses. Por más que pone todo su empeño en hacer callar el ruido de la ciudad (que está de fiesta allá afuera), a los vecinos del piso de arriba que otra vez están discutiendo y lanzándose las sillas (o los platos, o lo que sea que sea aquello que acaba de azotar contra el piso y retumbarle en los oídos), son sus pensamientos los que le punzan en las sienes como si su cerebro de pronto hubiese aumentado trágicamente de tamaño y no cupiese en su cráneo, al borde de salir derramado por su oreja izquierda.
Escucha cuchillas de a ratos, y le retumban en algo parecido a la memoria unos temblores rítmicos, como pisadas. Su cabeza está llena de olor a tierra, y a metal, y puede jurar que está delirando porque en la comisura de sus labios hasta puede sentir el sabor a sangre. Sangre de alguien que ha besado, y que siente que se le ha estado escapando de las manos, y no recuerda nada más que amarillo, y azul, y una voz que le evoca el oleaje del mar. Relajante, suave, constante, llamándole. 'Jean, Jean, Jean'.
Cuando se levanta del sofá y se pone el abrigo como un autómata, se lo atribuye todo al desconcertante dolor de cabeza que no le deja pensar con claridad. La garganta le pica por un buen café y espera que no sea muy tarde para ir a comprarlo. Baja a pie los cuatro pisos que le separan del suelo porque sabe que el viejo ascensor con su ruido de cacharro y ese pitito desesperante que te avisa cada vez que se detiene en un piso le volverán loco y si logra salir de ahí con vida se suicidará antes de llegar al hall.
Baja las escaleras de cerámicos roídos y el frío de la noche parece cortarle el rostro. Se arrepiente de no haber tomado la bufanda azul (con detalles en dorado) que dejó descansando en la cabecera del sofá. Sí, la puta bufanda azul que se compró porque le recordaba a alguien con el afán de recordar a quién. Le duele la cabeza y no quiere que sus pensamientos acerca del verdadero dueño de la verdadera bufanda se disparen como siempre, tratando de armar la imagen de éste, a quien no conoce, en su cabeza. Si se pone a enumerar, no tiene mucho. Está seguro de que le empieza a subir la fiebre cuando alucina con el cabello rubio cortado en forma de melena, con las pequeñas manos sujetándole por los omóplatos, acariciándole, y el aliento con aroma a… y ahí se vuelve a perder, y el sabor a sangre le invade la boca nuevamente, y escucha las pisadas cada vez más cerca y cree que se está volviendo loco cuando abre los ojos y se encuentra con unos igual de azules que los de sus alucinaciones. Piensa que en serio lo imagina porque incluso podría aventurarse a pensar que él le ha devuelto la mirada. Una igual de compungida que la suya, llena de asuntos sin resolver y besos sin dar.
«Besos sin dar y una mierda.»
Da media vuelta y decide que es un buen momento para volver a su hogar, ya ni se acuerda del café, antes que le dé por hablarle, o seguirlo, o alguna de aquellas sandeces que suele pensar (o hacer) cuando se siente enfermo y febril.
Esa noche sueña, alucina, o quién sabe qué cosa hace (porque no cree haber dormido mucho) con el rubio de siempre, con su voz suave, y sus uñas pulcras enterrándosele en la espalda. Y una risa extraña que le remueve las entrañas y le sofoca cuando la recuerda, y le deja ese calorcito interior que te hace sonreír sin motivo cuando caminas por la calle.
Por la mañana, camina con el cuello rodeado por la bufanda azul, que está seguro que venía acompañada de un par de accesorios más pero los ha perdido, o quizás nunca los tuvo, o sólo es una más de esas alucinaciones suyas. Pasa el día en la universidad, más perdido en sus pensamientos que otra cosa. Imagina al rubio por el campus, cerca de la facultad de literatura y piensa seriamente que es hora de que vuelva a casa, pero tiene un examen en el último bloque y no puede permitirse faltar, las derivadas no se harán solas. Los números le aflojan el dolor de cabeza (por increíble que esto parezca) que le perseguía desde la noche anterior, y las horas que siguen después del almuerzo se le pasan en un abrir y cerrar de ojos. Tiene que cambiarse de edificio y andar una estación de tren hacia el norte para llegar al salón del examen.
La evaluación le come más de dos horas de cálculos y grafito, y gomas de borrar, donde casi no puede permitirse ni un pensamiento acerca de la cabeza rubia. Al salir sabe que puede haber errado un par de cálculos por esa causa, pero se siente tranquilo porque puede dar por sentado que aprobó. Es tarde y sus compañeros le invitan a comer. Sabe que Mikasa acompañará a Eren, y que pueden encargarse el uno del otro sin precisar de su presencia, así que declina la oferta.
Camina a paso rápido el par de cuadras que le separan de la estación del metro. Se distrae redibujando en su mente los ojos azules y preguntándose una y otra vez si sus pestañas le harían cosquillas con lo largas que son, porque siente que le ha pasado y no entiende por qué siente también en las clavículas un cosquilleo raro de haber sido tocado, besado (quién sabe si seis o siete veces, quizás siete besos y medio). Esos toques que son leves, casi invisibles, pero que no salen más, ni con agua, ni jabón, ni tiempo. La tarjeta hace bip en su oído y se sienta en una de las banquetas después de leer en el cartel luminoso que cuelga del techo que 'quedan cinco minutos para el siguiente tren con destino puerto'. Cierra los ojos.
Unas manos acarician distraídamente el cabello negro de su nuca, siente el peso de unas caderas ajenas encajando suavemente en las propias, acomodándose inocentemente sobre ellas. Le besa al rubio la punta de la nariz, y el otro se entretiene repasando aquella cicatriz que dejó el perro de su abuela en su párpado izquierdo (esa vez que le mordió a los cuatro años, en navidad). Le envuelve la cintura con los brazos, y es tan pequeña, y se siente tan jodidamente afortunado de poder sostenerlo así. Un calor le ebulle del pecho y besa repetidas veces un lunar que encuentra junto a la ceja derecha del chico, quien suelta una suave risilla ante el gesto.
'Te quiero, Jean. Te quiero mucho'. Y algo le estalla dentro y se extiende hacia sus brazos y piernas y le deja sin aliento. Le ha dicho que le quiere, y Jean se siente henchido de no sabe exactamente qué cosa, y va a contestarle algo cuando escucha el timbre de las puertas del tren al abrirse. Se queda con un 'Armin' bailándole en los labios, que nunca sale de ellos porque se apresura a tomar un lugar cerca de la ventana en un tren casi vacío.
Repasa una y otra vez lo soñado, cada uno de los rasgos que ha podido memorizar. Recuerda claramente el olor a tierra mojada y, aunque suene rarísimo, a caballo. Estaba seguro de que se encontraban en algo así como un establo, escondiéndose de quién sabe quién o qué cosa. Las pisadas que le retumban en los oídos siempre terminan presentes en su subconsciente y está cansado de no recordar qué demonios son, ni por qué quiere tan desesperadamente huir de ellas.
Cuando empieza a cuestionarse lo de las cuchillas que les colgaban de los pantalones, se da cuenta de que ya avanzó una estación y que alguien lo está mirando fijamente. Unos ojos azules, enmarcados por esas hebras doradas que conoce tan bien.
No sabe qué es lo que ocurrió con su sistema completo que sufrió un especie de reinicio, donde sólo pudo recordar la voz del rubio diciendo su nombre, las manos acariciándole, su risa. Su risa, y un montón de aroma a hojas de papel viejas y jabón de anís. Dos estaciones se le fueron como si nada y el rubio se puso de pie. Una ráfaga de su aroma llegó a sus fosas nasales y se moja los labios, porque se siente de repente acalorado, y con el corazón acelerado y suelta una sonrisa ladina.
El chico se baja.
Las puertas se cierran.
El tren reanuda su paso. Jean tarda un poco más en reanudar su respiración.
OH NO. El esperado encuentro me pica en los dedos. ¿Se le antoja a alguien?
Un par de explicaciones para después de leer. En mi país las universidades están divididas por sedes. A veces, para dar un examen, debes recorrer un buen tramo -puede ser hasta de ciudad en ciudad- para llegar al salón asignado. Usualmente aquello no ocurre (sería ilógico y muy poco práctico), pero era necesario para explicar que Jean estuviese en el metro antes de que Armin subiese en él.
Hay un par de incoherencias de tiempo y espacio, pero son como las cuatro de la mañana y ya las editaré después ; ; espero que seas feliz, jodida Kaith. Estoy esperando el siguiente de Consecuencias con ansias. No es necesario precisar que el detalle de la bufanda azul es tuyo .
Los reviews hacen al mundo girar.
