Ciudad de Toledo 1212
Marcos abrazó a Haizea tan fuerte, que la dejó sin respiración.
–Vale, vale, vale, ya veo que te alegras de verme…
Mientras Mencia miraba a Babe con suspicacia.
–No pareces sorprendida de vernos aquí.
Haizea se despegó de Marcos a duras penas y les dedicó a las dos hermanas su atención.
–Me lo ha dicho el tío Javier –explicó Babe enseñándoles a todos la estampita de la Virgen y el niño.
–No te sigo –Mencia la miró de hito en hito.
–Ya nos lo contará a todos más tarde –dijo una tercera voz y Beatriz de Lara se descubrió al doblar una esquina–. Ahora, tenemos que darnos prisa.
–¿Y esa quién es? –le preguntó Marcos a Haizea.
–Se llama Beatriz –contesto su prima que bajó la voz para añadir discretamente–: está un poco mal de la olla, pero tú, síguele el rollo…
Beatriz frunció el ceño y se acercó a Marcos de repente. Él dio un paso atrás, algo asustado, pero ella fue más rápida y sus elegantes dedos atraparon al vuelo el colgante de la cadena que llevaba al cuello. La diminuta tabla de planchar desprendía centelleó por un segundo, para sorpresa de Mencía, que no perdía detalle.
–Aquí está –susurró Beatriz, satisfecha–. ¿Lo veis? ¡Os lo dije! Os dije que me llevaríais hasta él.
–¿Qué es eso? –preguntó Babe, pero miró a Mencía y no a Beatriz –. Me suena.
–Es un proyecto de ingeniería mágica –contestó su hermana con orgullo–. Una tabla de planchar voladora en la que hemos estado trabajando Marcos y yo.
Babe recordó de repente que le había parecido verla sobrevolar los campamentos mágicos en una tabla de planchar antes de que ser absorbida por la luz blanca, pero con todo lo que ha pasado, se le había olvidado por completo. ¡Conque eso era lo que tramaban aquellos dos a escondidas! Sonrió para sí, momentáneamente aliviada; pero Beatriz volvió a devolverla al presente:
–Eso es un stella se… –Beatriz enmudeció de pronto para empezar a balbucear–, pero… pero está…. No es… No es una voluntad partida, es la pieza completa y unitaria. No entiendo… ¿De dónde habéis…?
–No sé qué cree que es o qué le importa, señora –Marcos le arrebató la tabla de planchar de malas maneras–. Pero esto es mi proyecto escolar, así que se mira pero no se toca.
Haizea intervino:
–Marcos, Beatriz cree que eso tiene la culpa de que estemos aquí.
–Pues sí que está pinzada –bufó Marcos–. Usamos la tabla para volar hacia la luz rara esa, pero la luz ya estaba y te aseguro que nuestra tabla no tuvo nada que ver.
–Pueden haberse fundido en uno –sugirió Beatriz–. Es cierto que la forma es poco habitual, pero da igual. Lo importante es que ahora la uses para llevarnos al encuentro.
–¿De qué está hablando? –inquirió Mencía, que no entendía la misa de la media.
–De una reunión de magos muy importante para decidir el futuro de la magia hispanii –intentó aclarar Beatriz–. Va a tener lugar hoy.
Mencía sumó dos y dos.
–Es a donde ha ido esa sabandija judía –le dijo a Marcos– van a ver al leviatán ese.
–¡Eso es! El leviatán –exclamó Beatriz–. A eso me refiero.
–Pero hemos perdido la pista a Samuel hará diez minutos –repuso Marcos.
–Pero tienes el stella sequor –señaló Beatriz–. Puedes usarlo.
–¿Cómo le explico yo a esta señora que esto se llama tabla de planchar? –le dijo Marcos a Mencía y ella se tapó la boca para ahogar una risita disimulada.
Babe se detuvo a observar a Beatriz, que parecía algo desalentada al no poder nada contra tanto escepticismo en su contra. Isabel recordó que Beatriz, sin dejar de ser excéntrica, se había portado bien con Haizea y con ella, sin tenerles en cuenta abusar de su confianza. Las había alimentado, vestido y cobijado en su casa y no les había pedido mucho a cambio. Además, desde el principio, había sido sincera y a Babe le había parecido que no la guiaba sino la buena voluntad. Quizás se merecía un voto de confianza.
–Nosotros entendemos lo que nos ha pasado –intervino Babe–, pero creo que Beatriz sabe de qué está hablando. Si ella dice que tu tabla de planchar puede sacarnos de este entuerto, yo la creo.
Haizea, Marcos y Mencía se quedaron callados hasta que la última suspiró y se encogió de hombros.
–Yo estoy con Babe.
Su hermana sonrió.
–Bien –Haizea miró a Beatriz–. ¿Qué propones?
Marcos, sin decir nada, se quitó el colgante y se lo ofreció a Beatriz, que le sonrió con ternura.
–Gracias, pero no es necesario que te lo quites.
–Entonces, ¿qué tengo que hacer? –preguntó Marcos.
–Pídele que te ayude.
–¿Cómo?
–Pídeselo –le instó a ella, asintiendo con la cabeza.
Haizea arqueó una ceja.
–Esto, bueno… eh, –Marcos se acercó la miniplancha a la boca y miró a Babe de reojo, inquisitivamente. Ella asintió –. Esto, dinos por dónde ir… ¿por favor?
Todos se quedaron en silencio. Esperaron un segundo, dos, tres, cuatro…
–Esto no funciona –subrayó Mencía.
De pronto, la tabla de planchar se iluminó como lo haría el cuerpo de una luciérnaga, progresivamente, y los cuatro adolescentes se sorprendieron al sentir una especie de tirón invisible.
–¿Qué…? –llegó a decir Babe.
La tabla de planchar se liberó del agarre de Marcos como por arte de magia y tiró de él, indicando una calle estrella a la derecha.
–¿Me creéis ahora? –Beatriz levantó la cabeza, altanera, pero enseguida se olvidó de su conquista–. ¡Pero démonos prisa! Seguidme.
Y la joven bruja se echó a correr hacia la calle indicada. Marcos, Mencía, Babe y Haizea, decidieron dejarse las preguntas para luego, y fueron tras ella.
Madrid, 2013
En una sala de espera de San Mateo, Fermín y Gloria se dieron la mano. A su lado, se sentaban Javier y Leyre, que parecían no haber dormido en días. Los cuatro, sentados, miraban a Teresa ir y venir, al borde del ataque de nervios, de una esquina a otra. Alberto, de pie, pero sin moverse, se encontraba al teléfono y asentía de vez en cuando. El silencio era tan abrumador, que más que sonar, las manecillas del reloj de pared, hacían ruido. Estaban solos y llevaban veinte minutos allí, veinte minutos que bien pudieran haber sido veinte siglos. Esperar, pensó Gloria, es más difícil cuando es lo único que se puede hacer.
Alberto masculló una despedida y Teresa se detuvo de improviso para mirarlo, con el corazón en vilo. Para cuando colgar, Alberto se dio cuenta de que cinco pares de ojos estaban fijos en él. Colgó de todas maneras y les comunicó:
–Isabel y Haizea están bien. Están vivas y están bien.
Leyre y Javier se abrazaron, pero los demás no podían permitirse un momento de alivio.
–¿Y Charo? –preguntó Teresa.
–¿Y mis hijos? – preguntó Fermín.
–¿Y tu otra niña? –se aventuró Gloria.
–No están con ellas, ni los han visto todavía, aunque Isabel confía en que …
Se abrió la puerta de la salita de espera y apareció Ceci, en silla de ruedas, acompañada de una medibruja.
–Ceci, deberías estar descansando.
–Sí, hombre, estaría bueno… –A los labios de Cecilia afloró una media sonrisa.
–Hemos intentando detenerla –se aventuró a decir la medimaga–, pero a su esposa no hay quien la detenga, señor Fernández de Lama.
–No, sí eso ya lo sé –respondió él, con todo parcialmente aliviado de que su mujer pudiera estar presente en aquella conversación.
–El señor Lozano está fuera de peligro y consciente, señora Saavedra –añadió la medimaga.
Teresa creyó respirar por primera vez en horas y sin embargo, no perdió momento para preguntar:
–¿Puedo verle?
–Sí, cuando usted quiera.
Teresa amagó un paso hacia la puerta, pero se detuvo al considerar todo lo que tenía que averiguar, precisamente para compartir con su marido.
–Iré en seguida, entonces –decidió.
–Muy bien, pues les dejo –la enfermera se enfermó y Ceci miró a Alberto, con cara lobuna.
–¿Se sabe algo de Javier?
–Sí, ha hablado con Babe –le contestó él.
–¿Y bien? ¿Ha sacado algo en claro?
–No tanto como nos hubiera gustado porque los chicos no están juntos y ni Haizea ni Isabel saben mucho más que nosotros.
–Por lo menos, contamos con un canal de comunicación –apuntó Ceci desde su silla de ruedas.
–Y además, sabemos que no están solas –añadió Javier.
–¿Qué quieres decir? –preguntó Leyre–. Habías dicho que no saben nada de los demás.
–Sí, pero al parecer tienen una especie de protectora. Una bruja, que al parecer es también vidente, que contaba ya con que ellas aparecieran.
–¿Ha tenido ella algo que ver en…?
–No, simplemente ella les ha asegurado a las niñas están allí con un propósito.
–Sí, el de darnos a todos el disgusto del siglo –se quejó Teresa–. ¡Un propósito! menudo consuelo. Llego yo a encontrarme con el creador de la moneda dichosa y no sé qué le hago…
–Tranquila, Teresa –la apaciguó Fermín –. Entonces, ¿cómo podemos ayudar?
–Por lo pronto, Javier les habrá dicho a las niñas, que tienen que encontrar al Leviatán porque su magia es lo que las ha traído allí y por tanto, lo único concebible que pueda traerlas de vuelta –concluyó Ceci–. ¿Me equivoco?
Alberto sacudió la cabeza para formular su negativa.
–¿Y de no ser así? –susurró Javier Sainz.
–Tendríamos que pensar en otra cosa, pero por el momento… parece que es lo que hay –dijo Gloria.
–Pues tengo la impresión de que estamos casi como al principio –Javier bufó–. A la merced de…¿de la suerte? ¿de los hados? ¿de un mago que murió hace más de mil años?
Nadie supo contestar. Una sexta persona apareció en el umbral de la puerta.
–Y entretanto –apuntilló Teresa, sin fijarse– ese desalmado de Carrascosa muerto de la risa en su escondite.
–Descuida –dijo la mujer, que con tacones de aguja, se cruzaba de brazos desde la puerta –. Que ese no va a salir impugne de este asunto. Como que me llamo Eugenia Pérez.
Ciudad de Toledo, 1212
Charo resopló, con el cuerpo reclinado hacia delante y las manos apoyadas en las rodillas.
–Madre mía, ¿y decís que tenemos que subir esto a pie como si tal cosa?
Esto no era sino una cuesta, que bordeaba la ciudad junto a la murallas.
–Bienvenida a Toledo, mi querida Jimena –se rió Rodrigo–. Prepárate para subir y bajar más de una vez.
–Aparecerse es peligroso –explicó Abdel– y más a estas horas. No sabe uno con quién podría encontrarse.
–Ya… no si… lo entiendo –jadeó Charo, intentando recuperar el ritmo.
Guillermo, que iba por delante, tenía la varita en ristre, como si se hubiera tomado muy apecho aquellas amenazas de peligros desconocidos. Al poco tiempo, Rodrigo de Rada le alcanzó y le indicó que era necesario atajar por una escalera de piedra bastante empinada.
Guille tenía un buen sentido de la orientación y llegado a punto, le pareció que tomaban la ruta que, de haber estado de vuelta en 2013, les habría llevado a las termas romanas Sin embargo, perdió el rumbo al desviarse de nuevo. Como no guiaba él, sino Rodrigo, dejó de prestar atención al camino en sí y se aventuró a echar una mirada atrás para cerciorarse de que Charo seguía de una pieza.
Ya en terreno más lleno, su compañera de aventura parecía haber recobrado el aliento.
–Mi buen Guillermo, aquí estamos.
Guille cuando quiso darse cuenta, estaban en un callejón y frente así se encontró con una pequeña iglesia de arte mudéjar. Guille frunció el ceño. La iglesia en cuestión no le sonaba de nada.
–San Ginés –le explicó Rodrigo, quien; en cambio, no parecía interesado en entrar en el templo. En su lugar, Rodrigo se agachó y, sacándose su varita del cinto, dibujó con ella lo que a Charo le pareció una araña deforme de cuatro patas.
–¿Qué…?
La pregunta de Guillermo no se hizo esperar, del dibujo emanó una extraña luz y las piedras del suelo temblaron. Para cuando Guillermo y Charo levantaron la vista, en vez de la iglesia de San Ginés, se erguía una única torre palaciega hecha de jade y mármol. Del portón principal colgaban lo que a Guille se le antojaron cientos de candados de oro, de distintos tamaños y formas.
Abdel sonrió, como si reconociera aquella misteriosa entrada, y de pronto, el gran protón se abrió de par en par.
–Adelante –les invitó Rodrigo.
Abdel, Guillermo y Chero pasaron y cuando Rodrigo se les unió, echó a andar por un pasillo alargado que no habrían intuido desde el exterior. Las puertas se cerraron tras de ellos y Guille intuyó que todo cuando podía verse ahora desde fuera no era sino la fachada de San Ginés.
–¿Qué es este lugar? –preguntó Guillermo, contemplando el techo abovedado negro, en el que cientos y cientos de palabras escritas en latín, árabe y hebreo en color marfil se deslizaban como una lluvia horizontal sin principio ni fin de un extremo al otro del pasillo. Las paredes las decoraban motivos mitológicos, también en movimiento.
–Lo llamamos el palacio de Heracles –introdujo Abdel –. Veréis en las paredes, las escenas de los doce trabajos del semidios griego, que era en realidad un mago de gran poder. Si recordáis, en el suelo frente a la iglesia, don Rodrigo dibujó el plano de su constelación. Magos de todas las tradiciones suelen guardar muchos tesoros mágicos aquí para su estudio.
Al final del pasillo, encontraron los peldaños de una escalera de caracol por la que Rodrigo comenzó a descender sin mirar atrás o dar indicaciones. La escalera terminaba en una puerta de plata que se abrió en el momento en que el mago posó su mirada azul sobre ella. Los goznes chirriaron y Guille se tapó los oídos, molesto.
Les aguardaba una sala de piedra, iluminada por siete antorchas de llama azul. En el centro de la sala, Charo y Guille reconocieron la mesa de Salomón. Sentados a su alrededor, se encontraban ya más de veinte personas vestidas con túnicas de colores apagados, que al verlos, se pusieron de pie en señal de respeto. Eran hombres y mujeres de edad y apariencia diversa, pero todos tenían un medallón de oro al cuello: los medallones, de apariencia pesada, mostraban el símbolo de la tradición mágica a la que pertenecían.
–¿Quién va? –una mujer pelirroja tomó la voz cantante.
–Quien os ha convocado –contestó Rodrigo y Charo prestó atención a como, chasqueaba de nuevo los dedos pulgar y corazón.
De cada mago y bruja presentes emanó una hilera de polvo dorado que de forma mística, lenta y casi hipnótica fue a parar a manos del Leviatán.
Charo se dio cuenta de que, con todo, el objeto plano en forma de disco que Rodrigo había llamado Stella Sequor, no quedó completo del todo; uno de sus bordes estaba aún mellado y quizás, por eso, no vio palabra alguna, legible o ilegible, acuñada en la cara de la inequívoca moneda que los había congregado a todos allí.
