Un joven rubio de veinticuatro años caminaba por la desierta playa. Se cuestionaba su decisión de haber ido justamente a una playa, siendo que él siempre había detestado aquél lugar. La mayoría de las personas amaban la playa, pero en su caso era todo lo contrario. Detestaba pisar la arena, era molesto quedarte pegado en ella y que se metiera en zonas que no debía. Así como detestaba el mar, la sola idea de estar nadando en orina de algún niño o algún pez, le daba náuseas. Había muchos puntos en contra, y uno de los principales era el sol, que brillaba con todas sus fuerzas y te quemaba con gran intensidad la piel, más aún si eres una persona de piel blanca.

A pesar de todos esos puntos en contra, había un punto a favor, y aparentemente, era el único que él podía encontrar: la soledad que presentaba la playa, y sobretodo en la mañana. Precisamente ahora eran las nueve de la madrugada y no había nadie más que él.

A pesar de vivir solo, necesitaba salir de su departamento por un rato. Ya sentía que las paredes comenzaban a sofocarlo. Sus pensamientos lo estaban abrumando, estaba teniendo un ataque de desesperación y eso lo transtornaba. Por eso, salió a tomar aire fresco. Aunque sea todo un adulto, había cosas de su adolescencia que aún lo perseguían.

Él siempre fue un fracaso para su familia. Su padre esperaba más de él, más de lo que alguna vez pudo llegar a ser. Así que al cumplir su mayoría de edad, se fue del hogar de su padre. Aunque, hoy en día se cuestionaba el hecho de no haberla ayudado también a ella.

Sus pensamientos no se detenían. Recuerdos de su niñez, de su adolescencia y de su presente. Aún no había logrado nada, no tenía nada para decirle a su padre un simple: "lo logré". Porque ni siquiera había decidido aún una carrera, sus años sabaticos se volvieron interminables.

El sol estaba en su máximo esplendor y eso ya lo tenía más que cansado. Comenzó a buscar con su mirada algún lugar en el que pudiera ver alguna sombra que pudiera cubrirlo, desde lejos divisó muchos árboles y uno que otro tronco caído. Comenzó a caminar hacia ese lugar, se le dificultó bastante, debido a que la arena provocaba que sus zapatos se pagarán.

—Torpe arena... —susurró enfadado al no poder moverse con normalidad.

Al llegar a la zona de los árboles, sintió que su piel le agradecía dejar de quemarse. Y claro, con lo apurado que salió de su casa ni siquiera se colocó algo de bloqueador solar.

Como no tenía nada que hacer, decidió que sería una buena idea sentarse un rato y dejar que las horas pasen. Así como su vida pasaba sin que él mismo se diese cuenta de ello.

Cuando estuvo a punto de sentarse, algo llamó su atención. Como es de suponer, cada árbol producía una sombra. Solo que... una de las sombras era distinta a las demás, era más delgada y parecía tener una forma más alargada. Algo estaba mal.

La curiosidad fue más rápida que él. Antes de que se diera cuenta, ya había llegado al lugar que producía esa extraña sombra. Y lo que vio, dejó su corazón en un puño. Fue algo muy extraño, algo descabellado.

Ahí tendida entre los árboles había una chica. Ella llevaba un vestido que en sus buenos tiempos debió haber sido de color blanco, solo que ahora estaba sucio, estaba de color negro. La chica tenía la cabeza apoyada en un árbol, y se podía apreciar rasguños en sus brazos y un corte en su mejilla. Su piel tenía algo de sangre. Él sintió náuseas. Pero también... miedo.

La chica estaba herida y estaba completamente sola, aparentemente; insconciente. Algo debió haberle sucedido. Pero no era tan importante ahora, esa chica debía ser atendida. Y él tomó una decisión en ese momento, no la dejaría ahí sola, la llevaría a un hospital para que pudieran revisar sus heridas.

Se hinco con rapidez, y extendiendo sus brazos, tomó con sumo cuidado a la pobre chica. Se levantó con cuidado, y al hacerlo, ella abrió sus ojos por un momento. Al principio él se asustó, pero no lo demostró. Sus ojos parecían idos, no miraban ningún punto en específico, era realmente raro.

—Por favor, no me lleves con ellos... —su voz fue apenas un hilo, un susurro muy suave y delicado. Y así como abrió sus ojos, los cerró de nuevo, sin volver a abrirlos.

¿Con quién se supone que no debía llevarla? Una simple oración fue capaz de preocupar aún más a Adrien. Que observó a esa chica, y la vio tan débil... tan herida... que en ese preciso momento, tomó la decisión más torpe y arriesgada de todas.