Card Captor Sakura y sus personajes no me pertenecen. La historia y otros personajes agregados, sí.
Mi ángel guardián
Capítulo 2
«Ángel ladrón»
Cuando
pienses en que no hay salida
Y
que tu vida está a punto de acabar
Recuerda
que para cada ser hay un ángel
Que
protege sueños y esperanza…
Y
si el recuerdo no llega
Di
su nombre de cristal
Y
en una suave ráfaga de viento
Alas
de luz aparecerán…
Embelesado, esperó a que ella hiciese el primer movimiento. Le observaba con sus ojos verdes bien abiertos, y le parecía ver cruzar las ideas en esos espejos de la naturaleza de un extremo a otro dentro de su cabeza, seguramente planeando cómo escapar. Aunque él no quería eso. Syaoran quería sentarse a conversar calmadamente con quien sería su protegida para dejarle bien claro que no sería su niñero, si era lo que se le venía a la mente con la palabra «guardián». Y, si bien la idea no le desagradaba del todo, tampoco era que estuviera muy contento por tener que cuidarla. Muy buenas referencias podía tener, pero él era relativamente feliz allá arriba. Le hubiese gustado regresar al mundo humano… vivo, no como el ángel guardián de la niña mimada del rey y el resto de los ángeles. Siendo sincero, había tenido entre ceja y ceja en un determinado momento abandonar al rey en su cháchara de palabras, mas todo se vio arruinado por la visita de la mamá de esa niña. Estaba seguro que en una realidad alterna él hubiera usado todos sus «excelentes modales» para hacerle saber al rey que le importaba un reverendo rábano qué le ocurriera a Sakura Kinomoto.
Sin embargo, ahora que estaba frente a ella, sus pensamientos distaban mucho de ese mundo alternativo. Porque no había nada desagradable en esos ojos que le observaban con cierto temor, y en esa piel que desprendía un calor atrayente.
Sentir…
Podía sentir el calor, y el frío, otra vez. Tendría la oportunidad de estar vivo, durante un corto espacio de tiempo, vivo en la práctica, aunque no en teoría.
En teoría sólo era un ángel con una misión divina. Un simple ángel guardián.
Los ojos esmeraldas que le miraban con miedo habían cambiado para cuando se dio cuenta. Las ideas sobre huir habían sido reemplazadas por vacío. Ella quedó muy quieta y laxa entre sus brazos, y la sujetó con medida fuerza, temiendo que se desmayase. En silencio rogó porque esto último no ocurriese. No tenía idea de primeros auxilios. Mejor dicho, no recordaba. Los ojos de Sakura se cerraron, e inclinó levemente la cabeza hacia delante, acariciando con sus cabellos miel la mano que cubría sus labios. Se preguntó que le ocurría. ¿Se había rendido?...
¡Se había rendido! Se veía resignada, y eso no le gustó nada. Rendirse fácilmente no estaba escrito en su código de honor. Frunció el ceño, una característica muy común en él. Aquella chica no estaba bien…
Sí, Sakura se había rendido. Analizando la situación y sus circunstancias en menos de un minuto, llegó a desalentadoras conclusiones. No tenía ninguna oportunidad. Estaba sola, sin ningún objeto para defenderse a su alcance, y, por supuesto, él era muy alto y mucho más fuerte que ella. Así que sin esperanza a la que aferrarse, se relajó en sus brazos, dispuesta a aceptar a regañadientes lo que fuera a suceder, muy conciente de lo descabellada que sonaba su resolución. Por ello no se esperaba que él dejara de cubrirle la boca y pusiera gentilmente la mano en su hombro, en un gesto de apoyo, mirándola con una mezcla de enfado y ternura.
—Sakura Kinomoto¿verdad? —dijo él, sobresaltándola con su voz grave, sin soltar ni un milímetro el agarre de su cintura. Sakura se removió inquieta. ¿Cómo sabía su nombre?
—Primer ladrón que sabe el nombre de su víctima —susurró con un tono angelical que para Syaoran más bien fue como una canción. Le recordó al canto de la princesa, pero esta voz era mucho más tierna. Reparó con enojo ante el apodo utilizado por ella, luego de perderse en su melodía armoniosa lo suficiente para considerarse tonto.
—¿La-ladrón?—exclamó entre sorprendido y ofendido. O sea, un ladrón iba a parar al infierno, no al cielo. No había punto de comparación.
Él era un ángel. Un ser celestial con derecho a la felicidad eterna en el paraíso entre las nubes, no un simple, vulgar y patético ladrón. Si le pedían opinión, esa niña era una estúpida…
—Claro. Estás a la mitad de la noche en mi habitación, a oscuras y solo, vestido con ropa negra. ¿Qué quieres que piense¿Que eres mi nuevo tutor de matemáticas?
… O más bien muy lógica y razonable. Tenía toda la razón, y él odiaba estar equivocado. Y para colmo de males, ella no lo decía burlándose, sino sólo afirmándolo. Le dieron ganas de darse contra una pared, o algo lo suficientemente sólido para noquearlo.
De todas formas, él no tenía la culpa. Cuando le habían enviado, únicamente le dijeron que "aterrizaría" en su casa, sin especificar en qué parte. Nunca creyó que lo haría en su cuarto. Se consolaba con que al menos no lo habían vestido de blanco… Eso hubiera sido humillante.
—Bien, estoy sola, señor ladrón. Así que, por favor, si toma lo que quiere sin hacerme daño le estaré muy agradecida.
Syaoran quedó boquiabierto por segunda vez, aunque ahora por una razón muy diferente a la primera. ¿Acaso ella no tenía miedo?
Sí, lo tenía. Temblaba entre sus brazos, y estaba pálida. Estaba muy, muy asustada. Sin quererlo esbozó una sonrisa que hizo que Sakura pasara saliva con dificultad. Ella era un tanto especial. Y para ella, él era un tanto extraño.
Con cuidado quitó el brazo que abrigaba su cintura, y la guió hasta sentarla en la cama, a su lado. Dio un largo suspiro antes de disponerse a explicarle qué era lo que ocurría. La miró sólo para notar que contemplaba la alfombra como si fuera lo más entretenido del mundo.
—En realidad no soy un ladrón…
—Estás descalzo —espetó Sakura, interrumpiéndolo. Él movió sus pies, sintiendo la textura suave de la superficie que pisaba.
—De donde vengo no es necesario usar zapatos —rió levemente. El sonido encantó a Sakura, haciendo que su verde mirar se perdiera en el rostro con rasgos masculinos—.Digamos que no podemos lastimarnos. Siempre pisamos algo suave, es como esponja. Aunque es molesta porque se pega en la ropa, y para mí, que me gusta tenderme en el suelo de vez en cuando para meditar, es un calvario limpiar mis prendas. Recuerdo que el otro día dijeron que era una oveja… —una pequeña vena se marcó en su sien, denotando que el comentario hecho por Kaho Mizuki no había sido muy acertado.
Sakura pensó en cómo se vería una oveja pintada con zapatos. Una manera extraña de razonar para gente normal, pero muy natural en alguien como ella.
—Una oveja… Una oveja gris… Una oveja gris disfrutando del sol… —las ideas creativas de Sakura salían en palabras sin que se diera cuenta. Acostumbraba a hablar sola por las noches, cuando le daban sus momentos creativos al escribir. Claro que ahora estaba ocupando el mismo recurso para la pintura. Sacudió la cabeza. Estaba conversando con un desconocido, que podía ser un psicópata o un asesino, y no hacía nada para apartarlo o echarlo—. Lo siento. Entonces¿de dónde vienes?
Syaoran, luego de reírse más con aquellos comentarios tan inusuales, se puso rígido. Aquella era una de las preguntas del millón. No sabía cómo lo tomaría. Ojalá no lo acusara de loco…
—Del cielo.
Tragó saliva. Ni había respirado para decírselo. Vio como Sakura apretujaba su falda en sus puños. Parecía un tanto nerviosa. Lo asustó cuando se puso de pie de un salto, y le dio la espalda. Su voz fue un murmullo lastimero al volver a hablar.
—Mamá… ¿Conoces a mi mamá?
—Nadeshiko Kinomoto. Por lo que sé, está allá hace unos años.
Su protegida salió de la habitación como si la persiguiera el diablo. No se esperaba esa reacción tras su respuesta. Es decir¿sabía que estaba muerta, o no¿O es que la mujer había sido malvada en vida, y Sakura esperaba que estuviera pagando penas en el infierno?
Para Sakura no era esa la cuestión. Todo tenía que ver con la culpa. Con saber que su madre estaba muerta por su culpa. Ella había sido la única responsable por su muerte. Cayeron más lágrimas de sus ojos cuando llegó al final de la escalera en el primer piso. No quería recordar. Quería olvidar. Acabar con todo de una buena vez, para dejar de lamentarse y vivir como autómata.
Syaoran la siguió. Alcanzó a ver su silueta cuando atravesó la puerta para salir al patio.
—¡Kinomoto¡Oye, espera! —no veía un cambio favorable. Se estrujó el cabello con desesperación mientras salía de la casa—. ¡Sakura!
La sensación del césped frío contra su piel era exquisita. En vida, jamás había sido capaz de apreciar detalles como ese… Bueno, ahora no importaba mucho. No cuando la imagen de Sakura sentada bajo un árbol de cerezo, abrazada a sus rodillas, le golpeó con fuerza y formó un nudo en su garganta. No acostumbraba a conmoverse fácilmente… Pero ella…
Sakura parecía un frágil cristal a punto de romperse. A punto de fragmentarse en miles de pedazos que jamás se podrían volver a unir. Syaoran no sabía cómo actuar. Jamás había observado algo igual. Porque siempre que ocurría, él huía. Detestaba a la gente débil, a las personas que lloraban. Para él, lo más importante era ser fuerte. No llorar. No dejarse influenciar. Evadía a la gente que aparentaba debilidad, y cuando él mismo sentía ganas de llorar, entrenaba hasta que sus manos dolían y su cuerpo estaba bañado en sudor.
Con Sakura era diferente. Y eso lo dejó atónito. No sentía ganas de escapar, sino de consolarla. No deseaba reprenderla, sino decirle palabras de aliento. Sus pies se deslizaron hasta llegar frente a ella. Se arrodilló, y como haría un padre con una hija deslizó la mano suavemente por su pelo castaño miel. Las lágrimas que derramaban sus ojos hicieron que la angustia aumentara. No quería verla sufrir.
Empero aunque él no lo quisiera, Sakura sufría igual. A pesar del tiempo, no era capaz de superar la pérdida. El que su madre no estuviera le recordaba frecuentemente su incompetencia y culpabilidad, y la hundía más en el abismo de la tristeza y la desesperación. Estaba agotada. Cansada de vivir. Cansada de enfrentar los demonios que destruían sus defensas y minaban su confianza. Cansada de tratar de demostrar a sí misma y a los demás que podía, cuando la verdad era una muy distinta. Y cansada de recibir la lástima de los demás.
De un manotazo apartó la mano de Syaoran, sin importarle nada más que quedarse sola. Él se quedó de piedra. Le habían engañado. Ésta no era Sakura Kinomoto. La chica llamada Sakura Kinomoto era conocida en el cielo por ser un ejemplo a seguir para el resto de los ángeles. Incluso en algún momento lo había sido para él. ¿Qué había sucedido para que aquella dulce niña fuera sustituida por la Sakura que él tenía enfrente? Apretó los puños con fuerza. No era más que una mocosa malcriada, que por perder a su mami se desvivía llorando y gimoteando.
—Lo único que sabes hacer es llorar¿no es cierto? —criticó con rabia. No podía explicarse porqué ella actuaba así. Él estaba muerto, sin derecho a oportunidades, y no lloriqueaba. Ella vivía. ¿Por qué desperdiciaba tiempo lamentándose¡Era una tontería! —. No eres más que una niñita llorona. ¿Cuándo vas a dejar de condolerte y enfrentar los problemas¡Yo estoy muerto¡Yo debería ser el que llorara, no tú, maldita sea¡Estás viva¡Deja de quejarte!
Hubiera seguido lastimando su corazón ya herido, pero ella no se lo permitió. No quería escuchar más de lo mismo. No cuando su respuesta era la mejor que podía dar.
—Yo también estoy muerta, pero por dentro. No necesito que me lo recuerdes. No te necesito. Ni a ti, ni a nadie de los que me acusan. Si quieren que siga siendo un robot, lo seré. Aunque no por eso me sentiré viva otra vez. No volveré a vivir, cuando personas como tú fueron las que me mataron.
Estaba equivocado. Había dejado la grande. Lo sabía porque los ojos esmeraldas no tenían fondo. Ni brillo. Era como si se los hubiese arrancado.
Cuando la vio entrar a la casa actuando como sonámbula, definitivamente se dio cuenta que estar tanto tiempo entre angelitos le había vuelto imbécil, ya que no sabía reconocer entre consolar y atribular. Como ángel… era un fiasco.
OoOoO
—No puedo creerlo. ¡No puedo creerlo! —se quejaba Kaho frente al espejo—. ¿Qué fue lo que le enseñamos a ese chico¡Acaba de aumentar su dolor, cuando le dijimos que tenía que hacerla feliz!
—No pretendías que Syaoran cambiara de pronto¿no? —contestó Yue, monocorde—. No entiendo porqué el rey le escogió. Tú tenías más potencial para ser su guardián.
—Incluso su madre… ¡Ella era la persona correcta!
Kaho había borrado la sonrisa que le había causado ver a Syaoran consolando a Sakura. Creyó que la entendería, que trataría de comprender, a pesar de que sería difícil. Pero no. El castaño se había ido por la tangente. En vez de ayudar empeoraba las cosas.
Aunque… El talismán de la misma Sakura era la clave…
—Pase lo que pase, todo estará bien.
Milagrosamente, Yue curvó ligeramente los labios. Kaho sonrió abiertamente. Incluso su compañero estaba de acuerdo con esa gran verdad. Sólo podían confiar. En que Sakura saldría del pozo de soledad, antes de que fuera demasiado tarde.
OoOoO
Dio vueltas en la cama tras sentir el ruido molesto del despertador. Quería dormir. En realidad, quería dormir para siempre, mas debía cumplir con sus obligaciones.
No quería ir a clases. No iría.
Se había encerrado en su habitación para acostarse y poder dormir, a pesar de que estuvo llorando hasta que el dolor de cabeza le hizo visitar el mundo de los sueños. No le importaba ese sujeto. Seguramente se había ido al lugar de donde venía.
Del cielo.
Deseaba poder visitar ese lugar, y ver a su madre.
Se sentó en la cama sin abrir los ojos para que la luz no le encandilara. Cogió a tientas el despertador de la mesita de noche, y lo apagó. Luego, bostezando un poco, se acurrucó en su cama para seguir descansando. Después le pediría a Eriol los apuntes del día. Sus profesores sabían que no siempre asistía a clases, y por eso, luego de conversar con su padre unos meses atrás, no pedían justificativos ni certificados ni nada parecido. Eso hacía más fácil aún faltar.
Cogió el osito de felpa que le había regalado Yukito tres años atrás para abrazarlo. Yukito, el amigo de su hermano, había sido su amor platónico durante meses. Pero luego del accidente, no tenía ni cabeza ni corazón para pensar en nada ni en nadie. Hasta el sentimiento que creía tan profundo, el amor hacia él, había quedado sepultado entre los escombros de su anterior yo. Arrojó el peluche hacia los pies de la cama. Tampoco necesitaba recuerdos dolorosos que se le clavaran como espinas.
Syaoran estaba levemente… molesto, o disgustado. Términos bastante inocentes. Considerando que no era agradable recibir un "osazo" en medio de la cara. Sabía que no había sido intencional, pero igual dolía.
Cuando había subido a la habitación, Sakura estaba dormida, y su cara se encontraba adornada por cristales húmedos. En un arranque de cariño, salido de no sabía dónde, secó con paciencia, algo anormal en él, cada uno de aquellos surcos que habían sido la muestra de su sufrimiento. Arrepentido por la forma en que la había tratado, se sentó en un rincón de la habitación, frente a la cama, para observarla dormir. Él no podría hacerlo hasta que ella lo dijera, así que su deber como guardián, por el momento, era velar sus sueños. Varias veces en la noche ella se había reacomodado, inquieta, sudando frío y quejándose, y él había susurrado las palabras de paz para tranquilizarla, aunque el efecto fuera extrañamente menor al habitual.
Tomando el oso, titubeó sobre despertarla. Sería raro para ella ya que estaba sola en la casa, y aún no confiaba en que le hubiese creído, además no había acabado de explicarle la noche anterior. Así que se quedó allí, disfrutando de los rayos cálidos del sol que le daban en la espalda y hacían que se sintiera relajado y cobijado.
Había sonreído al ver sus ropas. Negras. Sakura tenía razón. El pantalón de corte recto y la camisa sin mangas, ambas prendas de color negro, no era el atuendo de un ser de su categoría. En vez de ángel parecía delincuente. Pero combinaban con sus alas…
Sus alas…
Apretó los labios. No quería recordar sus alas. Tema cerrado por el momento. La prioridad era Sakura y su misión. Las alas eran asunto aparte.
Un sonido lo apartó de sus pensamientos. Sakura estaba sentada en el borde de la cama. Su pijama era rosa pálido. Una polera, y un short que le hizo moverse un poco avergonzado en su puesto de vigilante. No era correcto verla en aquellas fachas, pero qué podía hacer. No tenía dónde ir. Sólo podía estar con ella, y la mejor idea que había tenido había sido cuidarla mientras dormía.
Su cabello miel se hallaba un tanto desordenado, y le daba un aspecto encantador. Tenía las mejillas levemente arreboladas. Frunció el ceño. Eso no era buena señal. Lo supo cuando la vio dejarse caer a la cama otra vez.
—No de nuevo… —se quejó Sakura. Fiebre. Y eso le decía sólo una cosa. Gripe.
Grandioso. Quería quedarse en casa para pintar, pero ni siquiera podría salir de la cama. No podía ponerse en pie. Era absurdo. El día anterior estaba perfectamente…
Había salido por la noche sin abrigo, y se había sentado en el pasto. Dejó escapar un pequeño gritito de desesperación que hizo sonreír a Syaoran. Por culpa de él se había enfermado, y no podría disfrutar pintando.
—¿Por qué a mí?... —murmuró tapándose la cara con las manos—. ¡Diablos!
El sonido de su celular la hizo sentarse para poder contestar. Eriol. Su buen amigo Eriol. Justo en el momento apropiado.
—¿Hola?
—Hola, Eriol. Buenos días.
—Buenos días, Sakura. Quería saber si hoy día tendrías tiempo en la tarde para…
—Me llamaste sólo para despertarme y asegurarte que llegara a clases¿no es así? —sonrió. Eriol siempre hacía lo mismo. De vez en cuando la tiraba de la cama, por sus llamadas a esas horas de la mañana.
—Claro que no, cómo se te ocurre semejanteatrocidad —veía la cara de su amigo sonriendo con aquel misterio peligroso.
—Pues… Da igual si era tu plan maestro. Estoy con gripe. Faltaré.
—¿Tienes fiebre? —el tono había cambiado automáticamente a uno preocupado.
—Sí, pero ya pasará. Tomaré unas tabletas y estaré mejor para la tarde. ¿Dónde…
—¡No¿Cómo vas a salir en esas condiciones? Lo dejamos para otro día, Sakura. Puede ser el sábado, u otro día. No quiero que andes por ahí dando vueltas.
—Bien, "papá".
—De acuerdo, "hija". Descansa y recupera fuerzas. Yo aviso a los profesores.
—Gracias. Cuídate.
—Tú también. Adiós.
Syaoran había estado pensativo desde que escuchó ese nombre. Le sonaba de alguna parte, mas no recordaba de dónde. Y por alguna razón, sabía que era importante. Quizá si supiera el apellido…
Sakura se tambaleó cuando se puso de pie. La cabeza le daba vueltas, y sentía nauseas. No se enfermaba seguido, pero cuando ocurría debía guardar reposo en cama todo el día. De pronto, sintió que alguien la sujetaba. Extraño, supuestamente ni Touya ni su padre estaban en casa…
OoOoO
—¿Qué sucedió?
—Está con gripe —contestó Eriol dejando el aparato encima del escritorio. Se dispuso a arreglar su bolso—. No irá a clases, y por supuesto, tampoco iremos al parque, Tomoyo.
Tomoyo hizo un puchero. Quería ir al parque para compartir con Sakura, aunque ella no pudiese verla. Le gustaba estar con ella, a pesar de ser tan diferente a como la conoció. Añoraba ver a la otra Sakura, esa niña alegre que derrochaba candidez al mundo. Eriol se quedó pensativo. Su ángel guardián siempre ideaba formas para pasar tiempo con Sakura, para ayudarle, sin embargo, nada habían logrado. Seguía teniendo esa personalidad apagada. Y para ambos, Sakura era alguien que no podían perder.
—Está bien, Eriol. Otro día. Aunque debemos ir a verla.
—¿No dijiste que habías sentido una presencia de ángel?
—Sí, probablemente es el de ella, si bien no puedo asegurarlo. Sólo sentí la presencia en dirección a su casa. Y debo añadir que era de alguien muy poderoso. Pero…
Eriol levantó la vista para instarla a seguir. Tomoyo se había quedado allí, quieta, con semblante preocupado.
—¿Pero qué? —dijo, haciendo que su ángel parpadeara.
—Lo siento. Lo que ocurre es que… Bueno, la presencia de anoche no era "blanca", es decir, no era un ángel puro. No me imagino al rey enviando a un ángel incompleto para ser el guardián de Sakura. No sería la mejor ayuda. Podría hasta empeorar la situación. Y eso…
—Traería problemas —acotó Eriol, terminando la frase—. ¿No sabes quién es?
—No. Hay varios ángeles incompletos en el cielo. No significa que sean malos, sino que tienen sentimientos mitad ángeles, mitad humanos. Un tipo de hibrido, por decirlo de alguna forma.
—¿Te preocupa, verdad? —Eriol, a esas alturas, ya salía de su casa, una enorme mansión con varios años de antigüedad. Tomoyo "caminaba" a su lado, si podía decírsele así al hecho de flotar.
—Un poco. No quiero que Sakura sufra. No se lo merece. Y el que su guardián sea incompleto podría ser fuente de amarguras para ella.
—Ya veremos que podemos hacer. No te preocupes. Pase lo que pase…
—…todo estará bien —completó el ángel, mientras su túnica blanca se agitaba con la brisa fresca de la mañana.
OoOoO
Sakura estaba impactada. Bueno, por un lado por estar con ese desconocido. Pero por otro… En el día, a la luz de sol, podía ver los reflejos de su cabello. Castaño oscuro. Como el chocolate. Aunque no era exactamente ese color. No podía definirlo con exactitud. Había colores que se le parecían, pero no eran el mismo. Le dieron ganas de tocar aquellos mechones de cabello, para comprobar si eran tan suaves como se veían.
Sin embargo, reparó en que él no debía estar otra vez en su cuarto. Ni sujetándola.
—No deberías levantarte —dijo él. Tenía el ceño fruncido. Se veía bastante molesto. Estaba molesto. Syaoran no comprendía cómo su protegida podía ser tan irresponsable. Estaba enferma, y se levantaba como si nada. ¿Y si perdía el conocimiento por ahí? Nadie podría ayudarla. Suspiró. Para eso estaba él ahora—. Acuéstate. Yo te traeré el desayuno.
Sakura no se movió ni un milímetro. Sólo hizo lo que haría una chica de su edad con un completo extraño a solas en su cuarto… Gritar. Y empujarle para que le soltase.
Pero no la soltó. En vez de eso, ambos cayeron en la cama por el impulso que ella había hecho contra su pecho. Syaoran no la había soltado, y, por azares del destino, y culpa de los dos, Sakura estaba sobre él. En una cama. Se ruborizó completamente. No acostumbraba a hallarse en esa posición tan comprometedora muy seguido. Y tampoco ella. Claro que Sakura estaba sonrojada de antes por la fiebre…
—Eres un poco impulsiva¿sabes? —dijo él con diversión, aunque conservando su cuota de timidez. Sentía la respiración de Sakura en el cuello, y eso le causaba una sensación de bienestar. Como si todo estuviera en paz. Pestañeó con rapidez. Él estaba en paz en el cielo, no con su protegida. Su mente le estaba jugando malas pasadas.
—Suéltame… —murmuró Sakura. No entendía para nada qué estaba ocurriendo allí. Y se sentía bastante aturdida. ¿Qué hacía encima de un chico guapo? Se reprendió. Él no era guapo, ni atractivo… ni nada por el estilo. Era un tipo de chico demente, o con serios problemas psicológicos para estar en su cuarto a esas horas de la mañana. Empezó a agitarse, desesperada por huir. Syaoran la aferró más fuerte.
—Oye, quédate quieta. No te voy a hacer daño. Todo lo contrario. Estoy aquí para protegerte. Así que déjame hacer mi trabajo.
—¿Tu… trabajo? —replicó. Con eso si que se había perdido completamente. Él venía del cielo… Se rió suavemente. Le había creído sin reservas. Seguía siendo demasiado ingenua. Entonces¿qué era?— ¿Eres guardaespaldas?
Syaoran rodó los ojos. Otra confusión. Pero al menos no era tan denigrante como ser comparado con un ladrón. Estaba satisfecho por haberla hecho reír, de todas maneras. Y su risa era genial. Tenía que hacerla reír más seguido.
—No, soy tu ángel guardián.
Sakura se quedó quieta. Como un muerto. Syaoran se preocupó. ¿Estaba en shock o qué? Iba a moverla cuando sintió que le temblaban los hombros. ¿Estaba llorando? Bueno, tendría que hacer que dejara de llorar. No obstante, una carcajada detuvo cualquier buena intención.
Ella se estaba riendo. Se estaba riendo… de él.
Se estaba riendo de Syaoran Li.
Aunque… eso no tenía importancia. No cuando era Sakura Kinomoto la que reía.
Pero no era impedimento para vengarse. Y lo haría de una manera sana. Cosquillas. Sonrió. Era la hora de la venganza.
Sakura se retorció encima de él. Le estaba haciendo cosquillas. Empezó a reír con más fuerza. No entendía cómo habían llegado a eso. No lo conocía, pero reía abiertamente con él. Cuando ya no podía aguantar más, lágrimas se escaparon de sus ojos, a la vez que trataba de detenerle.
—¡Por favor¡Piedad! —rogó. No importaba suplicar en sus circunstancias. Cuando la atacaban con cosquillas todo era válido—. ¡Para, por favor!
Syaoran recordó que estaba enferma, así que optó por dejarla tranquila. Ya había tenido suficiente. Por último, después le daría una lección similar para que no se burlase de él. Dejó sus brazos a los lados de su cuerpo, para que ella supiera que estaba libre.
Pero Sakura estaba cansada. Ya no podía mover ni un solo músculo de su cuerpo. Así que se quedó allí, tendida sobre él, sin importarle lo vergonzoso de la situación. Se sentía agotada, y estaba mucho más mareada que antes, con los oídos zumbándole y la cabeza dándole vueltas.
—Lo siento —se disculpó, exánime—. No puedo moverme…
El ángel sonrió, enternecido. Sakura parecía una niña pequeñita. Le daban ganas de protegerla de cualquier cosa que osara lastimarla. Con cuidado, la tomó entre sus brazos para levantarse y tenderla en la cama otra vez. Ella le miró sin ninguna expresión en su rostro. Algo le decía que él no era una persona malvada. Una corazonada le dictaba que debía confiar en él, que no había nada por lo que temer.
Syaoran se sentó en la cama. No quería agobiarla, mas tenía que decirle qué hacía allí para que confiase en él y le permitiese ayudarla.
—Sé que estás cansada, pero tenemos que conversar. Y, debo pedirte disculpas por cómo te traté anoche —sus mejillas se colorearon, mientras miraba hacia la ventana tratando de ocultarse—. No soy bueno tratando a las personas, y por eso aún me cuesta entender porqué me eligieron para ser tu ángel guardián.
—¿No… estabas bromeando? —Sakura abrió los ojos desmesuradamente.
—No. Estaba diciendo la verdad. Creo que tendré que demostrártelo para que me creas. Más tarde haré algún truco que te deslumbre —declaró con una solemnidad burlona, aunque su semblante volvió a ser serio enseguida, clavando su mirada ámbar en su rostro—. Pero ahora debo cuidarte, esa es una parte de la misión.
—¿Misión? —la chica no cabía del asombro. Era mucha información para ser asimilada tan rápidamente. Y a pesar de estar enferma, se sentía bien despierta, conciente y cuerda.
—Sí. Mi misión es cuidarte, protegerte y hacerte feliz. Fui enviado por el rey, el gobernante de los ángeles. Él me escogió y dio la misión, y pretendo cumplir con mi compromiso. Hay algunos detalles que debes saber. Primero que nada, aunque tú me veas y escuches, no toda la gente lo hará. Hablo en tu mente, y de vez en cuando puedo proyectar mi voz a la mente de otras personas, al igual que mi imagen. Y también, debemos sellar el pacto que me convertirá oficialmente en tu guardián. Así tendré derecho a unos dones que me fueron entregados.
—Espera, espera —le detuvo ella agitando las manos—. ¿Quieres que crea todos estos disparates¿Que eres un ángel y que estás aquí para protegerme?
Syaoran se desordenó los cabellos. Sabía que sería complicado, y por alguna razón había albergado las falsas esperanzas de que ella le creyera sin preguntar demasiado. Debía ser razonable. Claro que para su protegida era complicado aceptar su existencia. Él mismo, siendo humano, jamás hubiera creído en angelitos con alitas blancas y voces agudas. Tomando una gran bocanada de aire, se dijo que habría que tener paciencia, una cualidad que claramente no poseía.
—Sé que es difícil, Sakura. Que no puede ser posible y racional que yo sea un ente mítico con alas blancas y que vuele de acá para allá cantando. Seguramente te los imaginas así. No es de esa manera.
—Entonces, supongamos que todo lo que dices es cierto. ¿Por qué necesitaría yo un guardián? —le desafió.
—Eso tú lo sabes. A mí no me lo dijeron. Pero cada persona sabe porqué necesita un ángel guardián. Hay veces en que se te asigna uno de por vida, otras sólo por circunstancias eventuales. Es relativo. En tu caso… Bueno, esperemos que sea por un tiempo.
—No quieres estar aquí¿verdad? —Syaoran sintió remordimientos. No quería estar allí, por supuesto, porque estaba muerto. Sería un martirio sentir y vivir, y luego perderlo para regresar a donde debía estar. Por otro lado…
Por otro lado quería cuidarla. Quería cumplir su misión. Tenía un sentido del deber muy elevado, aunque también había algo más. Lo sentía. Torció los dedos de las manos. Estaba hecho un lío.
—No lo sé… —confesó. No podía mentir, mandato angelical—. Me gustaría echar un vistazo. Hace tiempo que no estoy aquí. El mundo ha cambiado, y sería entretenido verlo. Sin embargo… regresar después será… —se calló antes de decir algo comprometedor.
—¿No podemos hacer que regreses? Es decir, si yo no quiero que seas mi ángel guardián, puedes irte¿o no?
—No tengo idea… —arqueó una ceja—. ¿Me estás echando?
—No, pero sí —sonrió ella—. Yo no pedí un ángel guardián, y tú no quieres serlo.
—No pongas palabras en mi boca —masculló—. No he dicho eso. Además, si me enviaron por decreto divino, creo que es inapelable. En fin, no nos queda otra que aceptar el destino.
—Como siempre… —susurró ella. Syaoran sintió la oleada de tristeza que llegó desde su mente. Sakura se reclinó mejor en la cama. Se sentía segura estando con él—. Bueno, ahora hablemos en serio. ¿Quién eres?
—Ya te lo dije —contestó con desesperación. Todavía no le creía—. ¡Por todos los cielos¡No sé como hacer que me creas! —miró al techo como si le fuera a dar la respuesta. Sakura rió. Era divertido verle nervioso.
—Pregunté quién eres, no qué eres, señor ángel.
Syaoran abrió los ojos como platos y observó aquellos orbes verdes. Podía ver que le creía. ¡Le creía! Eso era fantástico. No tendría que…
—No significa que no tengas que demostrarlo —agregó Sakura.
El chico estrujó las manos. No todo podía ser tan fácil. Sonrió. Al menos le había creído. Era bastante ingenua… o muy buena persona.
—Me llamo Syaoran Li. Al menos ese era mi nombre humano. También lo ocupo allá arriba, a pesar de que a algunos les dan un nuevo nombre.
—¿Y a ti te lo entregaron?
—Sí. Me llamaron Kohaku.
—"Ámbar". Por el color de tus ojos —sonrió. Por fin podía distinguir colores. Estaba feliz.
—Exacto. Tratan de mantener tu esencia con tu nombre, como si eso ayudara a que perduraras en el paso del tiempo. Una manera de permanecer en la eternidad.
—¿Y tus alas? —preguntó, ansiosa. Quería verlas. Seguramente podría mostrárselas.
Syaoran convirtió sus manos en puños. No quería hablar de ellas. Las odiaba. Sólo las veía cuando estaba solo, para recordarse que debía mejorar. Que todavía era un…
No quería pensar en eso. Le ponía de mal humor, y realmente no deseaba comportarse mal con Sakura, menos cuando ella estaba enferma. Trató de esbozar una sonrisa, pero no le resultó. Ella lo notó, y sorprendiéndole, cogió una de sus manos. La piel de ella era cálida, reconfortante. Más agradable que la sensación de tenderse en las nubes.
—Si no puedes decirlo, no lo hagas. Yo también tengo muchos secretos. Secretos que es mejor guardar.
La sonrisa brotó sin poder evitarlo. Ella era buena. Ojalá la hubiese conocido en vida. Tal vez le hubiese ayudado a ser más feliz. Sufría tanto con todas las responsabilidades que tenía en el clan que lo único que quería era morir pronto. Y así ocurrió.
—Gracias —se sonrojó—. Quizá algún día puedas verlas.
—Me gustaría. Sólo si tú también lo quieres.
Después de todo, lo que había escuchado en el cielo sobre Sakura Kinomoto era cierto. Entonces¿para qué quería un ángel guardián? No lo necesitaba. La gente con la personalidad de ella eran felices¿no?
Por lo que sabía, Sakura era una niña comprensiva. Amable, bondadosa y gentil. Cariñosa, amigable y alegre. Le había sorprendido su actitud la noche anterior. Parecía una persona diferente. Pero en lo que llevaban de conversación, todo apuntaba a que los rumores eran ciertos. Era un humano bueno.
—Li¿podría pedirte un favor?
—Claro. Y llámame Syaoran. Seremos cercanos de ahora en adelante.
—Bueno, Syaoran. Por favor¿podrías traer el botiquín que está en el baño? Hay medicamentos allí. Me duele mucho la cabeza…
—Enseguida vuelvo —contestó, dejando con delicadeza la mano de ella sobre el edredón. Decidió ir caminando para no asustarla. Quizá, si flotaba, lo confundiría con un fantasma. Y él mismo se volvería loco con tanta comparación.
El baño estaba al fin del pasillo. Se recordó que más tarde era prudente recorrer la casa y los alrededores para ubicarse. Se demoró un poco en encontrar la cajita blanca con los antibióticos, pero al final la halló. Sintiendo una alegría inexplicable por poder ayudar a esa chica, corrió hasta la cocina por un vaso de agua.
OoOoO
—Bueno, pidió disculpas, eso es un logro —suspiró Kaho, claramente aliviada por la nueva actitud del reciente ángel guardián. Aunque… aún no creía el cambio. Había sido demasiado…
—Drástico —terminó Yue por ella. Caminó hacia la salida—. Será mejor que dejemos de vigilar. No hay que interferir en las misiones.
—Tienes razón. Aunque sea Sakura, lo mejor será dejar que las cosas se den.
—El rey se encargará de monitorear los avances —le recordó.
Kaho suspiró. Clow vigilaría de ahora en adelante. Y siendo Clow mucho no se podía esperar, ya que él pretendía dejar que todo siguiese su curso natural. Así que todo dependería de Syaoran. De cuánto estaba dispuesto a dar sin recibir, y de cuánto podía creer en Sakura.
Notas de Saiai: ¡Hola queridos lectores! Aquí dejo otro emocionante (?) capítulo de mi fic. Ya juzgarán ustedes que tan entretenido quedó.
Primero que nada¡muchísimas gracias por todos los reviews! No creerán lo mucho que sube el ánimo leer los comentarios amables y sinceros que me dejan. Gracias por su apoyo, y por seguir la historia. Y también agradezco a todos esos lectores anónimos que pasan por aquí. Ojalá se animen un día de éstos a dejar su opinión. Poco a poco se irán aclarando las cosas, así que no se impacienten xD. Obviamente, siempre hay detallitos que dejo, y que más adelante aclararé. Todo a su tiempo.
Como comentario personal del capi, Syaoran fue un poquito antipático al principio, todo para que se diera cuenta de hay ocasiones en que nos equivocamos, y bastante. El pobrecito cree que lo estafaron con Sakura, ya sabrán que tan cierto es eso. Aunque se las da muy bien de enfermero xD. Y en el cielo lo vigilan. Nada puede hacer el chico sin que todos lo sepan, jeje. Sakura ya muestra una de sus múltiples personalidades. Comprenderán a qué me refiero más adelante, cuando las conversaciones con Syaoran sean algo más creíbles que toda esa palabrería de los angelitos cantores xD.
Milagrosamente, nada impidió que trajera el capítulo semanal prometido. Será porque ya estoy de vacaciones (adiós universidad), y puedo escribir con total libertad. Eso es bueno. Al menos, me da más tiempo para que las ideas fluyan y ustedes se entretengan.
Detengo mis desvaríos de escritora media loca, o sino no acabo nunca. Nos vemos la próxima semana, y pasen por el ítem de abajo que dice "submit review", por favor xD.
