Era confuso leer la expresión en su rostro los primeros días, aunque sí era honesta consigo misma, no dejó de serlo hasta después de un par de siglos juntos. El siempre volteaba la mirada o dejaba la fija en cualquier otro lugar cuando ella buscaba sus ojos. Ignorando su insistencia en verle. En acusarlo. Odiarlo.

Al principio lo odiaba con todas mis fuerzas, si les soy sincera, el que me trajese a la fuerza a aquel lugar tan deprimente y oscuro como era el inframundo no era algo para estar feliz, yo era una chica de aire fresco y libertad, de campos verdes e incontables llenos de rocío y vida. Animales revoloteando por el lugar, llenos de vida.

Claro que nadie estaría feliz si estuviese viviendo esto, mas una persona como yo, libre y acostumbrada a correr por el prado acompañada del suave viento y el olor a flores, acostumbrada a ver vida, y no muerte. Acostumbrada a tener gente viva a mi alrededor y no muerta.

Y lo odiaba por aislarme.

Aún recuerdo la primera vez que observe algo más que una mirada inexpresiva en su rostro.

Una vez atrape sus ojos en mi mientras paseaba por el lugar tratando de encontrar alguna manera de escapar. El me observaba desde su trono, las puertas de la sala abiertas de par en par y unos sirvientes fantasmales frente a él hablando en murmullos incomprensibles para ella. Pareció arrepentido de tenerme allí abajo, sus ojos más opacos de lo normal y algo parecido a la pena pintando su expresión.

Esa fue la primera vez que no observe una mirada inexpresiva en sus ojos, y en el fondo, fue algo que me complació.