Capítulo I
Ese mayordomo, complace
El Joven sonrió.
—He estado esperando por largo rato—agregó. El sirviente continuó en silencio, observando al hombre joven frente a él, tan parecido a su Amo pero con rasgos tan hermosos y masculinos que al mismo tiempo parecía una persona completamente diferente, se preguntaba con insistencia como era posible que creciese tanto.— Te has hecho esperar—rió.
—No imaginé que el Joven Amo estuviese esperándome aquí—respondió mecánicamente el Mayordomo.
La hermosa boca, los profundos ojos, el esbelto cuerpo de hombre adulto, de largas y definidas piernas con amplios hombros, distraía su mente del pensamiento lógico.
— ¿Dónde estuviste?—inquirió el muchacho sonriendo de lado, mirado a través de las tupidas pestañas.
—Eso debería preguntarlo yo, Joven Amo—.Replicó a la defensiva. — ¿Dónde ha estado?—. Ciel sonrió nuevamente, ladeando un poco la cabeza.
Los hermosos ojos grandes reflejaban el rostro de Sebastian, azules, completamente sin marcas. Una mano diáfana se movió cerca de la cara de sirviente, los blancos dedos rozaron con sus yemas la tersa piel del Demonio.
Por un momento el leve tacto quemó, ardiendo vigorosamente, pero el dolor se perdió cuando se miraron a los ojos después de tanto tiempo y un calor amable traspasó la carne.
— ¿Qué sucede? —preguntó. — ¿Me echaste de menos? —jugueteó, pasó sus dedos por la mejilla, ordenando un cabello suelto detrás de la cenicienta oreja. El Mayordomo sacó a relucir su perfecta cara de póker y con una sonrisa imperturbable preguntó:
— ¿Desea usted entrar, Joven Amo? —. Pasó al lado del joven rosándole el hombro, subió lentamente los escalones. — Si usted lo desea, ésta aún puede ser su casa—.
En silencio y sin mirarse, ambos entraron con noble temple a la mansión. El Mayordomo encaminó sus pasos al dormitorio perteneciente a su Señor.
—Aquí, Joven Amo—. Se detuvo frente a la puerta de oscura madera y preciosas terminaciones. Posó la enguantada mano sobre el pomo y haciéndolo girar deslizó la puerta con suavidad. —Adelante—.
Ciel no dudó, entró con paso sereno en la estancia y observó a su alrededor. Todo seguía exactamente igual. Se acercó al ventanal para apreciar el ocaso.
— ¿Desea el Joven Amo algo para comer? —Interrumpió el sirviente las cavilaciones del joven. —Es hora de su merienda de la tarde—. El muchacho se volteó.
— ¿Cómo puedes saberlo? —Interpeló, su mirada parecía triste nuevamente, recordó al Mayordomo una antigua expresión que había visto en el mismo rostro tiempo atrás, cuando aún era el semblante de un hermoso niño. —Aquí nunca nada cambia. Siempre hay atardecer, siempre es primavera, siempre hay ese mismo aroma tibio y dulzón ahogando el aire—.
Sebastian intentó interceder, pero Ciel continuó y preguntó:
— ¿Porqué me trajiste aquí?—. El sirviente suspiró, lleno de recelo.
—Creé este mundo para nosotros dos, Joven Amo—explicó. —Este lugar contiene todo lo que el Joven Amo desea o puede desear—agregó.
—No todo—. El Mayordomo sonrió, pasó de largo la acotación de su Señor y continuó:
—Al Joven Amo no le gusta despertarse por las mañanas y aborrece la noche, no disfruta del frío, prefiere la primavera y aquel aroma que invade el lugar es el de las flores que llevaba su madre en el cabello—.
—No quiero…—comenzó diciendo el joven, con los puños crispados y el rostro sombrío. —No quiero encadenarme aquellas cosas. No está bien, en un mundo lleno de opuestos… desear algo sin su contrario es demasiado infantil, Sebastian—.
—Entonces, ¿Qué desea el Joven Amo que haga yo? —. Ciel alzó la mirada. —Haré lo que sea—. Una sonrisa brotó de sus labios.
—Haz lo días pasar al mismo tiempo que lo viven los humanos—.
De pronto el cielo oscureció y un frió infernal envolvió el lugar, Ciel se quedó quieto, mirando los ojos de su Mayordomo Negro.
— ¿Qué fecha es? —preguntó el muchacho mientras se sentaba en la cama, apoyando los codos sobre las rodillas, sostuvo su rostro cubriendo su cara con sus manos.
—Hoy es trece de diciembre, mi Señor—.
—Ya—dijo y guardó profundo silencio. Por largo rato el sirviente no pudo hacer nada más que contemplar el hermoso resplandor de su níveo cuello. Aspiró profundamente, aún conservaba aquel característico aroma en la piel.
—Debe estar cansado Joven Amo, ¿Por qué no descansa? —pidió el Mayordomo, se dirigió a la chimenea para prender el fuego. Ciel alzó lentamente la cabeza hasta observar la figurar oscura agachada a un par de metros.
—Sebastian—pronunció. — ¿Cuánto? —.
— ¿Cuánto qué, Joven Amo? —inquirió enderezándose y sacando del mismo cajón el blanco pijama de su Amo.
— ¿Cuánto tiempo ha pasado? —. El Demonio suspiró, lanzando a un lado la ropa.
—Vaya, vaya—. Miró a su Maestro. —Parece ser que por fin el Joven Amo a crecido, esta ropa ya no le queda—. Sonrió.
— ¡Respóndeme! —exigió frustrado el Conde. El sirviente volvió a suspirar.
—Diez años—comentó desganado. —Mañana cumplirá los veintitrés—.
Ciel se quedó en absoluto silencio, contemplando el suelo a través de sus brazos aún apoyados en sus rodillas. Al cabo de unos minutos se puso de pie y miró a su Mayordomo.
—Sebastian, prepara mi baño—. Los ojos del sirviente absorbieron la bravura que emanaba de su mirada azur. En el fondo, Sebastian comprendía la desesperación de los humanos, no así los motivos de esta. En su interior, su Joven Amo seguía siendo el ser más delicioso y frágil del mundo. Y sólo le pertenecía a él.
Pronto el baño estuvo listo. Entonces el joven entró en la habitación y miró al sirviente terminar de acomodar todo lo necesario.
—Sebastian, retírate—pidió con voz precisa mientras soltaba el moño que llevaba al cuello.
— ¿Señor?—.
— Sal, déjame—agregó al tiempo que soltaba su cinturón y lo dejaba caer al suelo con un sonido sordo. —Yo puedo solo —explicó en voz más suave, desabrochó los botones y se quitó la camisa dejando ver su torso blanco.
Sólido, como esculpido en piedra de luna. La definición en la musculatura de la espalda y brazos acompañaban los suaves movimientos del joven, de abdomen definido y pectoral marcado. La visión se hizo fugaz, pero no lo suficiente. El Demonio abrió la puerta acatando la orden de su Amo, pero dudaba si quedarse o no.
Ciel le miró por sobre el hombro. Con los ojos brillantes le vio cerrar la puerta, y por último, el sirviente pudo observar los pezones rosados de su Joven Amo. La puerta se cerró finalmente, separándolos al uno del otro.
Sebastian caminó a su habitación. Se encerró golpeando la puerta, se sentó en la cama apretando la mandíbula. Las imágenes lo acosaban al igual que los pensamientos. Escapó de la casa descolgándose por la ventaba. Salió al jardín y recorrió el sendero, alejándose hasta llegar a un enorme árbol a no más de un kilometro de distancia.
Se quedó allí, el frío se le aferraba a las extremidades, sin embargo, no se movió. Dejó pasar el tiempo hasta que consideró prudente volver a la mansión. Una vez de vuelta, se apresuró a la habitación de su Joven Amo.
Ya allí, soltó un suspiro y golpeó a la puerta.
—Disculpe ¿Amo? —Llamó a media voz, no podía escuchar movimiento dentro de la habitación, pero distinguió una respiración que se aceleraba. —Con su permiso—dijo e ingresó al dormitorio.
El blanco cuerpo de Ciel tendido a la largo de toda la cama mirando hacia un lado, desnudo, caliente. El sirviente se apresuró sobre el muchacho.
-¡Joven Amo! —espetó. — ¡Vamos! No se quede dormido en estas condiciones—.
—No estoy durmiendo—contestó la voz monótona y luego quedó en silencio por todo un minuto.
— ¿Amo Ciel? —. Volteó la cara hacia el sirviente al escuchar su nombre. — ¿Qué sucede? —.
— ¿Ya es hora de dormir? —preguntó al tiempo que se giraba y acurrucaba su cabeza húmeda sobre la almohada.
— Sí, pero acaba de mojar toda la cama y no tiene ropa de su tamaño—puntualizó el sirviente.
—Entonces dame la tuya—. Ciel se enderezó, Sebastian no alcanzó a protestar cuando, ya de pie, Ciel se dirigió por el pasillo hacia la habitación de su Mayordomo negro.
El sirviente siguió de cerca a su Amo, quien deambulaba desnudo por la casa, se detuvo frente a la puerta y miró a su izquierda.
— ¿Y bien? ¡Ábrela, Sebastian! —. El Mayordomo hizo lo pedido. Una corriente de aire pasó a través de ellos. Se apresuró a cerrar la ventana mientras que su Amo tomaba la ropa allí dispuesta, sin importar que fuese de su Mayordomo Demonio, sin importar que fuese usada o no. La colocó fácilmente sobre su delicado cuerpo.
Llevó sus manos hasta la cara y respiró el aroma impregnado en la prenda, el agua de su cuerpo se había evaporado y ahora seco se sentó sin preocuparse sobre la angosta cama.
Sebastian buscó una toalla para secar el pelo de su Señor y con cuidado frotó de el hasta haberlo logrado. Entonces Ciel se envolvió casi sin darse cuenta en las frazadas de su sirviente y cerró los ojos.
La oscuridad se cernió sobre ellos, arrastrándose por las paredes. El Demonio se alejó silenciosamente dejando descansar a su Amo.
Tomando el candelabro, vagó entre los pasillos y las habitaciones, se detuvo frente a una puerta e ingresó en la biblioteca, escogió un libro al azar para leerlo, no obstante, no logró concentrarse. Y sin darse cuenta, las horas pasaron y él cayó en un profundo sueño sin recuerdos.
