NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA

DESAFÍO: DE AMORES Y DESAMORES

Pensamiento positivo

— Además, no existe venganza si los dos somos complacidos — paraste esa mano traviesa con la poca fuerza que volvió a ti. — Veo que te estás recuperando bastante rápido — se incorporó hasta quedarse viéndote desde un ángulo privilegiado, sin separarse de ti.

— Tener un médico particular tiene también su parte positiva — subió las manos por tus brazos, impidiéndote la movilidad que tanto te estaba costando recuperar. Comenzó a besarte el ombligo, pintándolo transparente, subiendo por un costado para acabar en un pezón rosado.

Tus piernas se flexionaron, como reflejo o como producto del deseo.

— Espero ser el único que reciba este tratamiento — la respuesta fue tu camiseta privándote de las vistas. Pero aún podías sentirle, apreciar ese aroma tan propio. Aunque fueses ciego y te dejaran en medio del desierto, podrías encontrarle con sólo el olfato.

En vez de seguir hasta tu cuello giró traicionero, bordeando el otro pezón y terminando en tu brazo, tu mano, tus dedos desnudos.

— Respira hondo y piensa en positivo — intentos de protesta salieron de tu boca, acallados por mordiscos en la nuez y alrededores. — Positivo, Sherlock, positivo — susurros en tu oído, mordida en el cartílago.

Buscaste su boca, su pómulo, su barbilla; todo era poco.

Su mano fría en tu miembro caliente; debajo de toda ropa, suave, lenta y tortuosamente.

Con pequeños rodeos atacó tu entrada; haciéndote ver estrellas, lunas y espadas.

— Podrías ser menos brusco, o compensarme por ello — la falta de habituación no perdona, pero el roce de su barba alivianaba. Sí, parecerá extraño, pero así era. Pensamientos bajo llave de por vida, ni en sus manos compañeras depositas; no es el momento, no todavía.

Aúllas de dolor arqueando la espalda, arrugando en cada puño parte de la sábana. Si este paso ya era tan austero, no querías pensar en lo que vendría luego.

— Te dije que pensaras en positivo — palabras que no alivian tu dolor de nuevo en curso.

— No gruñiría si el dolor fuese llevadero — pareció empatizar o algo de eso, pues dejó lo que estaba haciendo y se tumbó a tu costado; pensando, como sabías, qué estaba fallando.

— No es la primera vez, no debería dolerte tanto — peinaste su escaso flequillo a un lado.

— Es ese estúpido pensamiento que dices positivo; deja de insistir, no funciona conmigo — besaste su frente, buscando una calma perdida hacía rato.

— Pensé, tan sólo pensé..., no imaginé que te haría daño — cabizbajo y desorientado, indefenso a tus ojos y a tu corazón.

— Soy..., diferente, creo que ya lo has notado. John, no..., no quiero verte triste; ni repetir esta retahíla de sentimentalismos — le envolviste en tus brazos y él se dejó envolver.

— ¿Qué sugieres, pues? — bueno, te sentías bastante mejor; lo suficiente. — ¿Por qué no lo hacemos a mi manera? — sí, eso era una gran idea. ¿Dejarle opinar? Sobrevalorado.

Ahora serías tú el que llevara el control; oh, dulce control, cómo lo echabas de menos. Le tumbaste boca abajo y comenzó el espectáculo.

Besaste cada vértebra desde su nuca al sacro. Lento, muy lento; cada beso un suspiro largo. Su pantalón, como en otras ocasiones, estaba en lugar equivocado. Lo bajaste sin cuidado y descubriste unos calzoncillos rojo enamorado. Sonreíste y te mordiste el labio. No dijiste nada y los bajaste hasta donde no molestaran para el gran acto.

Una erección comenzó en tus pantalones, apretada y húmeda, que pedía paso urgente. Bajaste lo que impedía la libertad de tu miembro, frondoso y colorido; no es comparación, pero casi como tu rostro.

Rozaste sus caderas, amando el contacto. Esa sensación se había convertido en un vicio más que deseado. ¿Quién necesitaba drogas? Innecesarias con John y su amor extasiado. Pero aún las estabas dejando.

Volviste a pensar en ese trasero; era todo tuyo, cada línea, cada célula de su mundo. Posicionaste tu miembro como tanto te gustaba hacerlo; se sentía mejor que en ningún otro momento. Por suerte, John no podía escuchar tu pensamiento; ventajas de que tu novio no sea un lector de mentes, como tú.

Te introdujiste poco a poco, expandiéndote en él hasta llegar al fondo. Gemidos de placer y júbilo te dejaban sordo. No eran sólo de él; eras humano después de todo. Pero no te arrepentías para nada en este momento. Más ferocidad, tanto como para arañar su espalda en el proceso. Inevitable, no queda duda, causante de aumentar tu fogosidad a más del máximo.

Casi vas a explotar, te queda poco. John parece estar en un estadio parecido, por cómo suspira, su cuerpo; todo.

— Sherlock, túmbate; quiero hacer algo — lo dijo por cortesía, porque directo te tumbó con él encima. Bajó hasta esa erección que casi clamaba por su vida y, de pronto, volteó su cuerpo; dejando la suya al alcance de tu lengua.

— Oh, John — sólo dijiste eso, el tiempo apremiaba y, con él, tu deseo. Casi se introdujo sola en tu boca, mientras él devoraba, succionaba, amaba la calidez de la zona.

El sabor te recordaba al té de las mañanas. Alguna vez leíste algo sobre esa teoría, nada que ver con lo que ahora sentías. Una y otra vez besaste el perímetro, lo abarcaste todo sin dejar un milímetro. Dulce, amargo; delicioso a tus labios. Y John, por su lado, deseoso hacía lo mismo.

El orgasmo llegaba, ya estaba llegando. Más velocidad, nunca era demasiado. Adorabas a John y sus ideas de conductor de luz.

Lo amabas, desde su flequillo mal cortado hasta las plantas de sus pies, redondas y acolchadas. Si te lo hubiesen dicho en algún momento, lo habrías negado rotundo. ¿Amor? ¿Qué era eso, sino un defecto químico? Felizmente equivocado.

Clímax, grandioso clímax. Si no existieras, habría que inventarte. Relamiste tus labios de este a oeste; delicioso. John no parecía descontento con el resultado, pues imitó tu gesto con una sonrisa de lado a lado.

Comenzaste a reír a carcajadas; el mundo estaba loco.

— ¿Qué es tan gracioso? — te miró desconcertado. Le besaste impetuoso, sereno, degustándote en el interior de su boca, en sus labios; en eso que llaman cielo.

Caprichoso estado el sentirse enamorado, que hace del más engreído el ser más humano.

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