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Prólogo
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Con pasos tambaleantes recorrían todo el cuarto, de arriba abajo, de lado a lado. Objetos caían de las mesas y estantes cuando golpeaban sin querer las patas de los muebles. Pero eso no los detenía. Solo querían seguir jugando. No era todas las noches que podían jugar por el cuarto sin que el maestro los estuviera vigilando. Querían aprovechar esa pequeña noche de libertad.
La más joven de los tres, que tenía la apariencia de una niña de siete años, se golpeó la frente con el borde a la gran mesa de madera. Un gran frasco de polvo rosáceo cayó al suelo, levantando una gran nube que opacó el aire unos instantes.
— ¡Oh! ¡Yuki es una tontita! ¡Hizo caer los frascos! —exclamó uno de ellos.
— No importa, Fukase, no me rompí —contestó ella sin darle importancia, y agregó—. El maestro me arregló muy bien la última vez.
— No importa que tan bien te arregle si no paras de golpearte y romperte —le respondió Fukase haciendo una mueca—. ¿Olí, qué haces?
Oliver, u Olí como solían llamarle, quien hasta ese momento no había dicho nada, se había puesto a juntar el polvo en pequeños montículos.
— Juntar. Polvo. Jugar—respondió de forma mecánica. El ave de madera posado sobre su hombro los miraba con sus ojos negros y vacíos.
— ¿Terminaron ya? Vuelvan a sus estantes antes que el maestro vuelva.
Los muñecos se detuvieron al escuchar aquella voz ronca. Ella era como ellos, pero más grande, más pesada. No se podía mover. Si su cuerpo quedaba mucho tiempo en la misma posición, sus articulaciones dejarían de moverse correctamente, por lo que todo un sistema de cuerdas y poleas la mantenían sentada sobre un viejo sofá de tela. Casi nunca hablaba, siempre tenía los ojos cerrados. Era hermosa, amable, pero melancólica. De todas las creaciones del artesano, ella era la única que poseía tantas imperfecciones.
— Háganle caso—agregó otra muñeca sentada sobre una silla. Era ella quien solía vigilarlos.
— Sí, Yukari. Perdón, Luka —respondieron los tres al unísono.
Más que obedecer a Yukari, era la simple existencia de Luka que los apenaba. Preferían obedecerle a hacerle la vida más miserable.
Dejando su desastre de lado, los tres muñecos volvieron sobre sus estantes, y se instalaron entre sus congéneres. El silencio volvió tragarse el cuarto, y se sintió muerto, sin la presencia de almas vivas.
— Pero, ¿dónde está el maestro? —preguntó alguien desde su rincón.
Nadie respondió. Todos querían saber. ¿Dónde estaba? ¿Dónde? Llevaba ausente muchos días. Solía ausentarse, pero siempre volvía. Jamás se había ausentado tanto.
— No importa donde está —susurró Luka—. Volverá.
Por la ventana entraban los primeros rayos del aclarar. Una noche más, una noche más sin él.
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