A.N: Este es uno de esos capítulos que los veo como necesarios. Es bien diferente al primero, pero en este capítulo veremos un poco más sobre cómo es la vida de las dos por separado.


Jane Rizzoli se recostó en el sofá con un suspiro y cerró los ojos lentamente. Había tenido una de las semanas más ocupadas del verano. ¿Por qué era que los criminales no se lo tomaban de vacaciones también? Ya que algunos tienen la misma mentalidad que la de un niño. Apenas había dormido más de ocho horas en toda la semana y estaba segura que no era saludable; lo sentía en todo su cuerpo y su irritabilidad. Pero la falta de sueño valió la pena porque habían capturado al desgraciado y ahora ella podía dormir tranquila.

—Por fin —suspiró con una sonrisa en sus labios, cubriéndose con la manta. No había llegado a la habitación, y el sofá en estas condiciones era tan cómodo como su cama.

—Jane.

La morena frunció el ceño al escuchar su nombre. Tenía que ser una pesadilla porque había dejado bien claro que no estaba disponible para nadie ni nada. Unos segundos pasaron y su salón se mantuvo en silencio, así que suspiró y se acomodó un poco más, dispuesta a dormir.

—Jane. —Esta vez sintió una mano sobre su muslo.

Sus ojos se abrieron de repente, alarmada, e instintivamente fue a por la pistola que había dejado sobre la mesita de café y la apuntó hacia la persona. Su visión se fue aclarando y gruñó al ver de quién se trataba.

—¡Ma! ¿Cuántas veces tengo que decirte que toques? Ya soy una mujer adulta, casada, no puedes seguir entrando a mi casa de esa forma —decía con la respiración agitada y su corazón palpitando contra su pecho como si hubiera acabado de correr un maratón—. Mira lo que me haces hacer… —señaló la pistola antes de dejarla sobre la mesita otra vez. Odiaba hacerlo y no era la primera vez que reaccionaba de esa forma y terminaba apuntándoles la pistola… a su madre, Dean… a sus hermanos.

—Había tocado —contestó la mujer en un tono suave—. Me preocupé cuando no me contestaste.

—Estaba a punto de dormir. Lo necesito. —Se sentó sobre el sofá y se cubrió con la manta.

—¿Ibas a dormir en esa ropa? —Se sentó a su lado y miró a su hija con preocupación.

—Solo quería dormir. —Era consciente que aún tenía la ropa del trabajo, solo se había molestado en quitarse los zapatos.

—Mira cómo estás… ¿Dónde está Gabriel? —preguntó y se levantó para buscar una servilleta de papel, la humedeció y regresó a su hija.

—En Washington —contestó y cerró los ojos por un instante cuando la servilleta hizo contacto con su frente sudada—. Tiene un caso allí, no regresará hasta el viernes.

—Me sorprende que no se hayan mudado.

Jane la miró seria y apartó su mano con la servilleta.

—Mi trabajo está aquí, Ma. Porque él tenga que viajar una o dos veces al mes no es razón para que tenga que mudarme a otro estado.

Angela decidió dejar el tema por ahora. Ella tampoco quería que su única hija se mudara a horas de ella, de su familia… pero lo entendería. O eso se decía a sí misma.

—¿Sigues teniendo pesadillas? —preguntó al notar las ojeras.

—No he dormido mucho esta semana por el caso.

—Vince me dijo que no han cerrado el caso.

—Sí lo cerr… —se calló al caer en cuenta que su madre no se refería al caso que recién habían cerrado—. ¿Has estado hablando con Vince? ¿Sobre casos? ¿Ese caso?

—No tienes que ponerte así. No me dijo nada específico, sé que no lo pueden hacer. Solo me dijo que no lo habían cerrado… todo lo otro lo sé por las noticias.

—Para que me dejes en paz con ese caso: Hoyt está en prisión y ya se ha confirmado que no se trata de un imitador.

—Pero las noticias…

—Ma.

—Está bien. Bueno, apenas te he visto esta semana y sé que fueron a una exposición de arte.

—Ma, estoy cansada… —No era el mejor momento para charlar.

—Gabriel me dijo que te veías muy interesada en el arte.

Esas palabras capturaron la atención de la morena y la primera imagen que le vino a la mente fue la de aquel cuadro, y luego la de esa mujer. Su mente estaba en un estado crítico, en el cual no podía procesar ni dos más dos, pero recordaba su nombre: Maura.

—Sabes que no tengo tiempo para esas cosas, Ma. Pero si absolutamente tienes que saberlo, sí, hubo un cuadro que me gustó mucho.

—¡Cuéntame!

La morena hizo una mueca y cruzó los brazos con la mirada perdida.

—Pues te lo hubiera podido mostrar… —Hizo una pequeña mueca que a su madre le pareció ser un gruñido—. No estaba a la venta —explicó.

—¿Lo ibas a comprar? —preguntó su madre sorprendida.

—Te dije que me gustó. Era diferente a todos los demás y tenía tantos colores, Ma —exhaló con fuerza— Maura lo podría explicar mucho mejor… lo hizo con tanta —tomó una pausa y se mordió el labio inferior— Como si se hubiera metido en la mente del artista y supiera exactamente lo que cuadro quería expresar, era una belleza —decía con los ojos cerrados, recordando con una sonrisa.

—¿El cuadro o la mujer?

—Es Maura, espera, ¿qué? ¡Claro que el cuadro, Ma! ¡Por Dios!

Angela rió.

—Es la primera vez que te veo tan interesada en el arte. Ahora siento mucha curiosidad por ver ese cuadro… y a Maura.

—Ma… —dijo, reprimiendo un gruñido.

—Es que por un segundo sonó como si esa mujer te hubiera llamado más la atención.

—Es Maura, ¿Y de dónde sacas esas ideas? Te buscaré ese cuadro de alguna forma y ya me darás la razón.

—Si tú lo dices. De todas formas, me alegra mucho que te hayas entretenido por un rato, y por lo que veo, fue un rato muy agradable.

—Si hablas del pequeño rato después de una hora y media muuuyyyy aburrida. Sí.

—Tienes que relajarte un poco más, el trabajo te tiene muy estresada. —No quería decir específicamente que ese caso la tenía de esa forma. Sabía que si lo volvía a mencionar el humor de su hija empeoraría.

—Lo conseguiré y me darás la razón.

Angela se levantó del sofá y dejó que su hija se acomodara otra vez, cubriéndose con la manta.

—Descansa, te haré la cena.

—Gracias, Ma —susurró ya rindiéndose al sueño con una leve sonrisa.

Angela permaneció de pie al lado del sofá, mirando a su hija. Sentía mucha curiosidad por ver ese cuadro… y a esa mujer.


Constance entró en el estudio con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Y Maura? —le preguntó a Ella que estaba sentada con una portátil sobre los muslos.

—Aquí estoy. —La rubia apareció detrás de uno de los escritores.

—¿Qué haces ahí abajo?

—Algo sobre el peligro de cortocircuito, de conductor activo y algo sobre tierra, no sé… me perdí en la segunda oración —explicó Ella.

Maura sonrió apenada.

—Deja eso hija, llamaré a un electricista. Ahora… ¡Tengo buenas noticias!

Maura se peinó el cabello con sus dedos y se sentó en el sofá enfrente de Ella. Las dos miraron a Constance, esperando a que anunciara cuál era la noticia.

—¡Mavin quiere tu cuadro!

—¿En serio? ¿Qué? —preguntaron Ella y Maura en unísono.

—Pero no está a la venta. Fui mut clara contigo en respecto a ese tema, madre —dijo con firmeza.

Ella intercambió su mirada entre las dos mujeres y aclaró la garganta antes de dirigir la mirada a la pantalla de su portátil.

—¡Fue todo un éxito, Maura!

—No está a la venta —repitió.

Constance cruzó los brazos, seria.

—Está ofreciendo una cantidad muy generosa, hija.

—El dinero no me importa. ¡Apenas lo miró!

Su madre ladeó la cabeza, confundida.

—¿De qué se trata esto?

—No está a la venta y si lo estuviera, alguien ya está interesado.

—Claro, Mavin.

—No. Tú y yo quedamos en algo. Solo esa exposición y no estaría a la venta. Yo cumplí con mi parte, ahora tú cumple con la tuya, madre.

La mujer exhaló con fuerza y tiró la carpeta que había traído con ella sobre la mesa.

—Necesito un café. ¿Quieren uno?

—Té. Sí —dijeron Maura y Ella.

Una vez a solas otra vez, Ella miró cómo la rubia respiraba de forma controlada, como si estuviera meditando, intentando calmarse.

—Maura.

—¿Hmm?

—¿Puedo preguntarte algo?

—Lo acabas de hacer —dijo, confundida.

Ella esbozó una gran sonrisa.

—He sido asistente de tu madre por muchos años, te conozco desde que eras muy pequeña…

—Asistente y niñera, diría yo —añadió la rubia.

—Eso también —la mujer rió, agradecida de ver que el rostro de Maura ya no estaba tan tenso—. Está muy contenta de que hayas decidido mostrar tu arte, exponerla. Yo también lo estoy. Es cierto que hay alguien más interesado, ella lo sabe también… si no fuera así estarías con urticaria en estos momentos.

Maura la miró claramente confundida, se preguntaba a dónde quería llegar Ella.

—Maura, ¿Esa persona es la mujer aquella, con la que hablaste?

—Hablé con muchas personas, Ella.

Ella sonrió; se esperaba una respuesta así.

—Muchas personas fueron hacia ti para hablar contigo, pero tú solo fuiste a una. Hablo de esa mujer.

—Jane.

—¿Perdona?

—Se llama Jane. Y sí, ella estaba interesada en el cuadro… pero le dije que no estaba a la venta. —Se mordió el labio, tomando una pausa antes de continuar—. No quiero vender ese cuadro a un coleccionista que solo será eso… otro más para la colección, en caso de que sí estuviera la venta, quiero que lo tenga alguien que lo entienda.

—Y ella lo entiende.

—Es la única que lo hace.

—Podrías dárselo a ella entonces, solo no le digas tu madre lo que acabo de decir. —Le guiñó un ojo.

Para Maura no pasó por desapercibido que Ella no le dijo que se lo vendiera. Escogió sus palabras cuidadosamente y Maura estaba agradecida por ello.

—Pero… —La sonrisa desapareció de sus labios—. Lo único que sé de ella es su nombre y que es detective.

—No creo que sea muy difícil encontrar a una detective, teniendo en cuenta tu posición profesional. Además, podrías exponer el cuadro el miércoles, quién sabe y la vuelva atraer.

—No creo… estaba ahí por el evento, además de que está casad…

—¡De regreso! —anunció Constance, sosteniendo un vaso en cada mano.

—Gracias madre. —Maura dirigió su mirada hacia su madre, aceptando la taza con té, mientras la mirada curiosa de Ella se mantuvo por varios segundos sobre la rubia.

—¿De qué hablaban?

Maura bajó la mirada hacia la taza que ahora sostenía con las dos manos. Ella sonrió y respondió por ella. Aunque más tarde Maura se arrepentiría que así fuese.

—Buenas noticias: Maura expondrá su cuadro una vez más.

Constance se quedó boquiabierta y Maura abrió sus ojos sorprendida.

—¿En serio hija? ¡Esas sí son buenas noticias!

Antes que Maura pudiera contestar, su celular comenzó a sonar sobre el escritorio. Se levantó del sofá con la taza en mano, dirigiéndole una mirada a Ella, la cual le volvió a guiñar un ojo.

—Isles —dijo al contestar—. ¿Ahora? Claro. Envíeme la dirección en un mensaje de texto. Estaré allí lo más pronto posible. —Terminó la llamada y sonrió.

—Pensaba que estabas de vacaciones —dijo Constance y frunció la nariz.

—Lo estoy. Por eso he venido a Boston a ayudarte.

—¿Esa llamada no es de trabajo?

—Soy Jefe Médico Forense, madre.

—Sí, para el estado de Nueva York, no de Massachusetts.

—¿Cómo es que saben que estás en Boston? —interrumpió Ella.

—Lo puse en mi… Saben qué, me voy a preparar porque me gusta mi trabajo. No importa en qué estado esté… y en este momento no necesitas mi ayuda, madre. Regresaré pronto.

Las dos mujeres observaron a la rubia hasta que subió las escaleras.

—No entiendo. ¿Qué necesidad tiene de mantener ese trabajo? —murmuró Constance, tomando un sorbo del té que su hija no había probado.

—La mantiene con los pies en la tierra —dijo Ella y las dos suspiraron.


El tono de su celular se hacía cada vez más fuerte y molestoso. Juraba que lo había apagado, al menos debería estar en modo vibrar. Pero no se callaba.

—Rizzoli —contestó con un tono de voz más fuerte del que hubiera deseado usar.

—Siento mucho despertarte, Jane. Créeme que yo desearía estar durmiendo también…

—¿Qué quieres, Korsak? —preguntó con un tono cortante.

—Atacó otra vez —dijo serio.

Jane dio un respingo en el sofá y se sentó.

—¿Él?

—Eso parece ser. Frost está en la escena esperando al forense, pero por lo que vio… Sí, se trata de él.

—Ya salgo —terminó la llamada y comenzó a ponerse los zapatos cuando Angela entró por la puerta con el perro.

—¿Qué estás haciendo?

—¿Qué parece? Voy a trabajar.

—Pero apenas has dormido dos horas. ¿Qué puede ser tan urgente que no lo pueda hacer otro detective?

Jane detuvo sus movimientos por unos instantes y miró a su madre. Ella entendió. No lo vocalizó pero no fue necesario; el cambio en su expresión lo dijo todo. Y eso era suficiente.

—Al menos come, ya son las seis y no has comido nada.

—No hay tiempo —decía mientras guardaba la pistola en la funda.

Se paralizó cuando sintió que su madre tomó su rostro entre sus manos e hizo que la mirara, que colocara toda su atención en ella.

—Ve con cuidado —susurró Angela.

—Siempre —Jane sonrió al sentir el beso en su mejilla—. Gracias, Ma.

Angela suspiró cuando la puerta se cerró. Miró al perrito a su lado y que no dejaba de mover la cola.

—Tu dueña está loca.


—¿Llamaste a Jane? —preguntó Frost, tomando un sorbo del que vendría siendo su cuarto café en el día.

—No está muy feliz —respondió Korsak—. ¿Y el M.E?

—Tuvo una emergencia familiar, pero Cavanaugh me dio el número de la M.E de Nueva York.

—¿Nueva York?

—Sí, al parecer está en Boston de vacaciones.

—Vaya… este caso le arruina el descanso a todos.

—Señora esta área está restringida —le advirtió Frost a una mujer que se acercaba con una pequeña bolsa negra en la mano. Definitivamente no estaba vestida para estar en un lugar como este: llevaba una falda azul marino que casi le llegaba a las rodillas, blusa blanca y una chaqueta gris… y ni hablar de sus tacones, los cuales les estaba dando un poco de problema para caminar por el terreno húmedo y fangoso.

La mujer le dio la vuelta a su bolsa y les mostró su ID.

—Soy la doctora Isles, jefa M.E de Nueva York.

—Oh —murmuró Frost—. ¡Hablamos en el teléfono! Perdone, no sabía que… —La miró de arriba abajo—. Permítame ayudarle… no es el mejor terreno para tacones. —Le brindó su brazo para que se pudiera apoyar—. Soy el detective Frost.

—Perdone a mi compañero, doctora. Yo soy el detective Korsak. No pensamos que fuese la forense, nuestros forenses no son tan… elegantes.

—No se preocupe, detective. No es la primera vez que pasa. —Les ofreció una sonrisa que los dejó a los dos atontados por unos segundos—. ¿Dónde está el cuerpo?

—Por aquí. —Frost la guio hasta la orilla del río—. Un pescador encontró el cuerpo. Pensamos que se trata del mismo asesino que llevamos siguiendo hace cuatro meses, si es así… lo convertiría en un asesino en serie.

—¿Cuatro meses? —Se acercó al cuerpo y abrió su bolso, sacando unos guantes—. Un asesino en serie tiene que asesinar a tres o más personas en un lapso de 30 días.

—Su primer asesinato fue hace cuatro meses, después de ese tomó un descanso de dos meses. Esto es su modus eperandi, el tercero en tres semanas y media.

Maura alzó su mirada del cuerpo para mirarles por un instante. Era evidente que los detectives sufrían de falta de sueño.

—Se está sintiendo más atrevido, pero no menos descuidado.

—No va a estar feliz —comentó Frost.

—¿A quién se refiere?

—A nuestra compañera, ya debe de venir en camino.

—¿Qué nos puede decir, doctora? —preguntó Frost.

—La incisión a lo largo del cuello se hizo con un instrumento muy afilado.

—Un bisturí —dijeron los dos detectives.

—Podría ser, no sería seguro hasta que se examinara en una morgue.

—Revise detrás de la oreja —comentó Korsak.

—Tiene una pequeña quemadura… como una

—Pistola eléctrica —terminó el detective.

Maura examinó el cuerpo del hombre una vez más. Había algo familiar en las heridas infligidas.

—Él acecha a sus víctimas y las tortura. No tiene conocimientos médicos pero cada vez mejora más con la incisión… tal vez esté practicando. Por lo general escoge a parejas con el fin de infundir el miedo en sus víctimas. Primero usa la pistola eléctrica, ahí, detrás de la oreja derecha y luego los ata con cinta adhesiva. Viola a la mujer delante del hombre para que lo vea, y después asesina al hombre con la incisión en el cuello, enfrente de la mujer… unos días después asesina la mujer.

—El Cirujano —murmuró Maura—. Escuché sobre el caso en Nueva York.

—No es el cirujano, él está en la cárcel… pero tampoco es un imitador. A primera instancia así lo pensamos por las varias similitudes, pero este asesino tiene su propio estilo y añade cosas que no fueron vistas con El Cirujano.

—En unos días encontraremos el cuerpo de la mujer. El Cirujano las enterraba —añadió Frost.

Maura se levantó y se quitó los guantes.

—Haré mi reporte y se lo enviaré a su teniente a más tardar esta noche.

—Espera, ¿No va a hacer la autopsia?

—Lo haría, pero su teniente me dijo que solo hiciera las primeras observaciones, ya que su M.E había tenido una emergencia familiar. Él hará la autopsia. No me gusta hacer mi trabajo a medias… pero les mandaré las notas lo más detalladas posible.

—Le acompaño. —Se ofreció Frost, brindándole nuevamente su brazo.

—Siento mucho no poder seguir trabajando con ustedes —le dijo Maura en el camino—. Mi carro está de este lado —señaló hacia la izquierda, mientras subían la loma que daba a la calle que estaba cerrada por los policías.

—No se preocupe. Órdenes son órdenes.


El carro se detuvo en un chillido de las gomas que llamó la atención de varios policías. Del carro salió la morena y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

—Detective Rizzoli —mostró su placa y uno de los policías levantó la cinta para que pasara.

Jane se detuvo por un instante, mirando a sus alrededores. Era un buen lugar para dejar un cuerpo… estaba mejorando. Había mucha naturaleza y el río no se veía desde su posición. Descendió un poco hasta que se detuvo al divisar a su compañero caminando con una mujer a su lado. Dudaba mucho que se tratara de algún familiar de la víctima, eso nunca pasaría en estas circunstancias. No la conocía, pero había algo familiar en ella… tal vez era su cabello dorado o su vestir…

—¡Jane!

Los pensamientos de Jane se vieron interrumpidos por el llamado de Korsak.

—Dios —murmuró al llegar a donde estaba su compañero—. ¿Y él M.E?

La M.E y se acaba de ir con Frost.

—¿Esa mujer? ¿Dónde está el Dr. Doster?

—Emergencia familiar. La Dra. Isles nos enviará un reporte con su observación.

—¿Isles? Me suena familiar…

—Ya llegaste —comentó Frost.

—¿Qué tenemos aquí?


Espero que les haya gustado. Y no se preocupen... tarde o temprano se volverán a encontrar ;)

Isles.