IN VINO VERITAS
CAPITULO II
Hubiera deseado una cena familiar. Silenciosa, como solían ser todas las cenas en la mansión Malfoy desde que Scorpius no estaba. Y a pesar de que Draco echaba de menos a su hijo, prefería ese silencio a las hirientes batallas dialécticas en las que solía acabar con su padre. Consideraba una bendición que ahora Lucius le hubiera retirado la palabra. Pero, como ante todo los Malfoy guardaban las apariencias, procuró permanecer toda la noche lo más lejos posible de su padre, de modo que no se vieran obligados a intercambiar siquiera dos vocablos por culpa de alguno de sus invitados.
El comedor reservado para los grandes banquetes refulgía en todo su esplendor una Nochebuena más. Astoria estaba especialmente hermosa esa noche. Había cuidado cada detalle de su atuendo, desde el vaporoso vestido, pasando por el peinado, hasta las joyas que llevaba. Las que Draco le había regalado esa misma tarde para que pudiera lucirlas durante la cena. Era muy duro estar siempre a la sombra de Narcisa Malfoy, la verdadera anfitriona por mucho que ésta fingiera declinar el honor en su nuera. La realidad era que hasta el último de los elfos sabía quien era el ama a quien se debía obedecer primero. Quien tenía la última palabra en el día a día de la mansión. Draco sabía cuán mortificaba se sentía Astoria a veces. Y se preguntaba si no tendría que haber seguido su primer instinto e instalarse en la mansión de Londres cuando contrajeron matrimonio. Solos. Entonces su esposa habría sido la única dueña de su casa y él se habría evitado muchos disgustos con su padre. No obstante, siguió la tradición familiar; era lo más fácil, lo que se esperaba de él. Una equivocación más para añadir a su colección de errores.
Medio camuflado entre los regios cortinajes de los ventanales que nacían en pulido suelo de mármol y llegaban prácticamente hasta el techo, Draco tomó un nuevo sorbo de su segunda copa de brandy. Se suponía que no debía abusar del alcohol. Y no tenía ganas de discutir con su esposa o con su madre. Pero ambas, como el resto de sus invitados, estaban absortas escuchando a la cantante que habían contratado para amenizar la velada después de la cena.
—Si me das un sorbo de eso, no te delataré.
Draco sonrió levemente antes de volverse hacia su cuñada.
—No creo que a Adrian le haga mucha gracia que bebas, Daphne.
—No creo que a Astoria le haga tampoco mucha que tú vayas por la segunda, Draco —dijo ella, señalando la copa.
Draco alzó una ceja.
—Ya sabes, los alcohólicos nos fijamos en estas cosas —sonrió melosamente su cuñada.
Finalmente, Draco se encogió de hombros y tendió la copa a la mano ansiosa que la esperaba.
—¿Vas a tirar por la borda tres meses de desintoxicación? —ironizó sin ganas—. A tu marido no le va a hacer ninguna gracia.
—La misma que me hace él a mí —gruñó Daphne, lamiendo despacio sus labios, arrastrando hasta la última gota de brandy.
Draco la observó, pero no dijo nada. Ella cerró durante unos momentos los ojos paladeando extasiada el sabor que tenía en la boca. Después le devolvió la copa a Draco, sin muchas ganas.
—Anda, lánzame un hechizo para el mal aliento —pidió—. No tengo ganas de bronca esta noche.
—¿Y tu varita? —preguntó Draco mientras sacaba discretamente la suya.
Daphne suspiró con resignación.
—No me la devolverán hasta que no haya ido por lo menos a diez reuniones de esas, y demuestre que realmente estoy arrepentida y curada.
Un fuerte sabor a menta y clorofila invadió el paladar de Daphne y ésta fruncio el ceño con desagrado.
—¡Qué asco, por Merlín!
Draco esta vez se soltó una pequeña carcajada, que quedó rápidamente ahogada por los aplausos que irrumpieron en la gran sala en ese momento.
—Creo que va a empezar el baile —dijo—. Deberías buscar a Adrian y sacarlo a bailar. Que no te vea cerca de nada más fuerte que una cerveza de mantequilla.
Ella sonrió. Y en su rostro Draco pudo ver todavía parte de la belleza que el alcohol había marchitado. Daphne había sido una mujer muy hermosa. Incluso más que su hermana.
—Seguiré tu consejo porque eres un buen cuñado —aceptó la bruja.
Draco tomó su mano y la besó cariñosamente.
—Cuídate, Daphne —rogó—. Aunque sólo sea por tus hijos.
—Aplícate el cuento, cariño —respondió ella suavemente—. A veces echo de menos al Draco que conocí en Hogwarts, ¿sabes?
Ella mantuvo su mano en la de Draco cuanto éste hizo ademán de soltarla.
—Me gustaría que el sarcasmo y la ironía que te gastas a veces no fueran tan amargos —él abrió la boca, dispuesto a rebatir sus palabras, pero Daphne no le dejó—. Sabes que tengo razón, Draco. No sé qué te ha pasado.
Draco guardó silencio mientras su mirada se oscurecía durante unos segundos. Daphne dejó que su mano se deslizara de la de su cuñado, conocedora de que no iba a arrancarle más que mudez. Dirigiéndole una última sonrisa, cómplice de sus respectivos demonios, alisó su vestido y se fue en busca de su marido. Después de todo, ella ya tenía más que suficiente con los suyos.
Draco se volvió hacia el ventanal y contempló el manto de nieve que se extendía sobre el inmenso jardín. Había dejado de nevar a media tarde. No pudo evitar pensar que así era como él se sentía. Nevado. Intentó tomar un nuevo trago de brandy para descubrir que Daphne había hecho estragos en su copa. Refunfuñó una imprecación antes de volverse hacía el comedor y decidir si tenía ganas de atravesarlo para llegar hasta la mesa donde un par de elfos servían las bebidas. No, no las tenía. Se volvió de nuevo hacia el ventanal y contempló su imagen reflejada en el cristal, salpicada por las decenas de destellos que despedían las lámparas de cristal que colgaban del techo. Las Navidades habían sido alegres a partir del momento en que habían tenido a Scorpius con ellos. Su hijo había devuelto la vida a la ancestral mansión. Y le había dado unos cuantos años de olvido. Scorpius lo era todo para él. Todo. No había nada que no estuviera dispuesto a hacer para que fuera feliz. Incluso mandarle a Nueva York, alejándole dolorosamente de su lado, pero dándole la oportunidad de vivir lo que él no había podido.
En ese instante odiaba a Daphne por haber pronunciado la palabra Hogwarts. Porque hacía mucho que la mantenía alejada de su mente debido a la imparable sucesión de recuerdos que solía desencadenar en él. Durante los siete años que Scorpius había estudiado en el internado mágico, Draco había tenido que lidiar con sus fantasmas. Con muchas evocaciones felices que al final siempre se veían superadas por las más dolorosos. Por la pérdida. No la del mundo mágico, la de sus amigos, la de toda la gente que había querido a la persna que él echaba de menos, sino la suya. La de Draco Malfoy. Su propio vacío, su propia carencia, su propia desgracia. Tal vez su corazón ya había empezado a resquebrajarse entonces, lenta e imperceptiblemente, antes de intentar romperse tres años atrás. Draco a veces deseaba que el maldito elfo no le hubiera encontrado en el suelo de su estudio, alertadondo al resto de la familia. Porque, que su corazón se rompiera al fin, era el concluyente lógico e inevitable a tantos años de silenciosa fragmentación. Sin embargo, un deseo mucho más fuerte le obligó a no dejar solo a Scorpius, a merced de los desvaríos sangre pura de Lucius. Porque él era la única barrera capaz de contener a su padre. Y seguiría haciéndolo mientras su corazón aguantara.
—Draco, ¿qué haces aquí solo?
La celeste mirada de Astoria desaprobó con un ligero fruncimiento de ceño la copa en la mano de su esposo.
—Blaise lleva rato buscándote. Y tu madre —Astoria tomó la mano de Draco para llevarle con ella de vuelta al centro del bullicioso comedor—. Tienes la mano fría —notó preocupada—. ¿Te sientes bien?
Draco asintió rápidamente, antes de que empezara con la retahíla de recomendaciones que tanto le molestaban. Besó a su esposa en la frente y le ofreció el brazo. Juntos volvieron con sus invitados.
o.o.o.O.o.o.o
Al día siguiente de Navidad, Draco había tenido un difícil Consejo de Administración. Difícil porque su padre había asistido también. Lucius se había retirado, pero todavía formaba parte del Consejo. Y le gustaba incordiar. ¡Merlín bendito, cómo le gustaba! Draco se había acostado temprano, apenas sin cenar para disgusto de Astoria y de su madre. Pero tenía el sueño demasiado ligero, así que había despertado en el momento en que su esposa se había deslizado en el lecho, un par de horas después de que lo hiciera él. Había vuelto a dormirse casi inmediatamente, al calor del cuerpo al que los años le habían acostumbrado. Unas horas después, un leve pero persistente zumbido volvió a despertarle. Le costó unos momentos de desorientación darse cuenta de que no era el despertador, sino el móvil que siempre dejaba sobre la mesilla de noche. A pesar de ser un invento muggle, ahora también los vendían en el Callejón Diagon, convenientemente tratados para que la magia no los afectara. Astoria seguía dormida, así que Draco buscó a tientas sus gafas para poder identificar el número que estaba llamando a tan intempestiva hora. Cuando logró visualizarlo el corazón le dio un vuelco.
—¡Scorpius! —respondió con preocupación.
—Hola papá —la voz del joven sonaba un poco nerviosa, lo que no hizo más que aumentar la inquietud de Draco—. Ya sé que no son horas, lo siento.
De fondo, Draco podía oír la voz de Mike, recriminándole a su hijo su inoportunidad.
—¿Qué pasa Scorpius? ¿Algún problema? —preguntó Draco, empezando a sentirse ansioso.
—No papá, nada de problemas. Te echo de menos.
Draco se quedó durante unos momentos sin saber qué decir.
—Yo también, hijo. Pero aquí son las cinco de la mañana…
Además, habían hablado el día de Navidad, apenas el día anterior.
—He pensado… —Scorpius dudaba y Draco sabía que aquella no era una buena señal— …he pensado que a lo mejor te gustaría venir aquí unos días.
—¿A Nueva York? —Draco acabó de incorporarse y se sentó en la cama— ¡Scorpius dime ahora mismo qué está pasando!
—Nada, papá, te lo juro. Créeme, por favor. Sólo tengo muchas ganas de verte.
—Scorpius —la voz de Draco se endureció un poco, ligeramente amenazadora a pesar de estar prácticamente susurrando—, quiero saber ahora mismo el lío en que estés metido.
—¡Papá! ¿Cuándo me he metido yo en un lío?
—¿Respondo yo, Sr. Malfoy? —se oyó la voz de Mike de fondo.
—Scorpius… —gruñó Draco.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
—Está bien —concedió el joven—, necesito que vengas pero no puedo decirte por qué. Te lo explicaré todo cuando estés aquí.
Draco se frotó los ojos por debajo de las gafas, tratando de discernir si todavía estaba durmiendo y se trataba sólo de un ridículo sueño o si realmente estaba hablando con su hijo a las cinco de la mañana, quien le pedía que viajara a Nueva York sin querer darle más explicaciones.
—Sr. Malfoy, soy Mike —la voz del novio de su hijo tenía un tono tranquilizador—. Le aseguro que no estamos metidos en ningún lío, ni ha pasado nada malo. Le doy mi palabra —y Draco estuvo tentado a creerle—. Pero nos gustaría que viniera en cuanto pueda, señor. Tenemos una pequeña sorpresa que, si le adelantamos por teléfono, dejaría de serlo. Además, probablemente no nos creería.
—¿Papá? —era de nuevo la voz de Scorpius— ¿Papá, sigues ahí?
—Sigo aquí —respondió Draco. Tras un breve silencio, continuó—. Supongo que si insistís tanto, tendré que ir —Scorpius notó que el tono de su padre había cambiado. Ahora sonaba completamente confuso y desconcertado—. Pero comprende que tengo asuntos que arreglar antes de irme. Y también tengo que pensar qué decirle a tu madre.
—Claro, papá. Tómate tu tiempo.
—Os llamaré cuando tenga los billetes.
—De acuerdo. Dále un beso a mamá de mi parte.
—Se lo daré.
—Adiós papá.
—Adios Scorp.
Draco ya no pudo volver a dormirse.
o.o.o.O.o.o.o
El 28 de diciembre el tráfico de personas, maletas y aviones en el aeropuerto Kennedy de Nueva York era una verdadera locura. Draco Malfoy atravesó las puertas automáticas con la misma mirada de preocupación que había atravesado las de Heathrow en Londres. A pesar de todas sus buenas palabras, la llamada de Scorpius le había dejado intranquilo además de intrigado. Que no le hubiera querido dar ningún detalle por teléfono resultaba demasiado sospechoso para él. Draco era uno de esos hombres para los que dos más dos siempre serán cuatro, sin creatividades ni fantasías. Papá coge el primer vuelo y ven a Nueva York —y papá se encontraba a 5.579 km. de distancia— no podía significar más que problemas.
Localizó a Scorpius y a Mike entre el gentío que esperaba detrás de la baranda que separaba al público de la puerta de llegadas internacionales, haciendo grandes aspavientos con los brazos para llamar su atención. En cuanto dejó la zona de salida de pasajeros, Scorpius se precipitó sobre él, asfixiándole en un gran abrazo. Y la preocupación de Draco aumentó un poquito más. Mike, mucho más moderado, le dio cortésmente la mano.
—¿Qué sucede, Scorpius? —preguntó en cuanto pudo volver a respirar— ¿Vas a decirme ahora la verdad? He dejado a tu madre muy preocupada —sin mencionar la lista de recriminaciones que había tenido que escuchar de Lucius.
Scorpius esbozó una gran sonrisa.
—No, papá, te aseguro que no tenemos ningún problema.
—No, señor Malfoy, no se preocupe. Todo está bien —aseguró Mike.
Draco los miró a ambos con una expresión mal resignada en el rostro. Con una actitud excesivamente alegre, los dos jóvenes se hicieron cargo de su equipaje y le condujeron a la salida del aeropuerto, donde el mismo taxi que les había traído, les estaba esperando.
—¿Voy a tener que emplear legeremancia para enterarme de qué va todo esto? —amenazó Draco una vez en el coche—. Sabes que no me gustan las sorpresas, Scorp.
Sin decaer un ápice en su sonrisa, Scorpius pasó un brazo por los hombros de su padre.
—Lo importante es que estés tranquilo y relajado —dijo.
Draco alzó una ceja y le dirigió a su hijo una mirada irónica.
—Me llamas a las cinco de la mañana, dicho sea de paso, dándome un susto de muerte, para decirme que coja el primer vuelo a Nueva York, porque tienes que decirme algo muy importante, que no puedes adelantarme por teléfono —Draco suispiró —. He dejado a tu madre histérica en casa y a tu abuelo subiéndose por las paredes. Me paso 7 horas y 45 minutos en un avión lleno de muggles, soportando estúpidas películas, y una repugnante comida, muerto de preocupación porque no sé a qué voy a enfrentarme cuando aterrice en Nueva York. ¿Y tú tienes la desfachatez de decirme que esté tranquilo y relajado?
Scorpius miró a su padre sin saber qué decir.
—Sí, bien… —murmuró.
Y, de pronto, Scorpius se encontró sin saber cómo decírselo. Después de horas y horas buscando las palabras adecuadas, de ensayar un discurso que ahora se daba cobardemente a la fuga, dejándole mudo.
—La verdad es que, por pura casualidad, hemos encontrado a alguien que se creía había muerto hace años —intervino Mike, apartando las sutilezas a un lado. Scorpius le envió una mirada asesina—. Por lo visto, las circunstancias le obligaron a desaparecer después de la guerra y a empezar una nueva vida lejos de Inglaterra.
Draco miró a Mike con tal desconcierto que cualquiera hubiera pensado que no sabía dónde se encontraba. Una furiosa ráfaga de especulaciones cruzaron su mente en apenas unos segundos. Su respiración se aceleró un poco, aunque pudo mantenerla bajo control para que ninguno de los dos jóvenes lo notara.
—¿Quién? —preguntó al fin con voz constreñida.
Esta vez Scorpius tomó la palabra. Quería ser él quien le diera la noticia a su padre.
—Tu padrino, Severus Snape —dijo calmadamente—. Comprenderás que si te lo cuento por teléfono, hubieras pensado que me estaba metiendo algo muggle directo a la vena…
Los ojos de Draco se clavaron intensamente en los de su hijo. Durante unos instantes a Scorpius le pareció ver en los de su padre un fugaz destello de decepción. Aunque no hubiera podido asegurarlo, porque su progenitor era un experto conteniendo emociones. Cualidad que no le había hecho ningún bien a su corazón.
—No puedo creerlo… —musitó al fin Draco, tras dejar que las palabras que acababa de pronunciar su hijo se deslizaran lentamente en su cerebro y por fin se hicieran eco en él.
—No te enfades con Severus, ¿vale? —pidió Scorpius suavemente—. Sólo hizo lo que creyó más conveniente en ese momento. Seguramente la única salida que tenía.
Draco no era consciente de que se había quedado lívido. Scorpius observó atentamente a su padre, esperando que hubiera guardado la poción en su equipaje de mano.
—¿Estás bien, papá? —preguntó con preocupación.
Cuando Draco apretó la mano de su hijo, temblaba un poco.
o.o.o.O.o.o.o
Mientras paseaba impaciente por el amplio salón-comedor del apartamento de Mike y Scorpius, Severus no cejaba en recordarse que él era un hombre que siempre había sabido mantener emociones y sentimientos a raya. Habilidad que le había salvado la vida en más de una ocasión. Sin embargo, ahora era un puro manojo de nervios. No haber podido despedirse de Draco en su momento, había sido la única cosa que había lamentado con todo su corazón. Por suerte o por desgracia, los hechos acaecidos en Gran Bretaña habían hecho eco en el mundo mágico internacional. Nadie podía estar seguro de que, si Voldemort lograba hacerse con el triunfo en ese territorio, sus ambiciones no le llevaran después más allá de sus fronteras. Discretamente, Severus había logrado hacerse con varias de las publicaciones mágicas que se editaban en Nueva York. Gracias a ellas había podido seguir los acontecimientos que la posguerra había traído al mundo mágico inglés. Confirmó que se le daba por muerto, y pudo tranquilizarse con respecto a la posibilidad de aparecer en la lista de los más buscados por los aurores. También había podido seguir la evolución y resultado de los juicios sumarísimos que el Wizengamot inglés llevó a cabo contra todo mortífago capturado o contra todo sospechoso de haber apoyado la causa del desaparecido Mago Tenebroso. Se alegró de la habilidad de Lucius para eludir una vez más cualquier acusación que le vinculara con su ex Señor; especialmente porque Draco ni siquiera había sido mencionado, lo que sólo podía significar que su ahijado no se había visto involucrado en las actividades de su padre. Severus, hombre de escasa fe en la existencia de un ser divino y supremo, se lo agradeció profundamente a cualquier deidad que pudo recordar de cuantas había oído hablar a lo largo de su vida.
No habría podido poner en palabras lo que había sentido al ver a Scorpius por primera vez. El mismo pelo platinado de su padre, aunque sus ojos azules no hacían mucha diferencia de los grises de Draco. Había heredado los rasgos afilados de los Malfoy, no obstante suavizados por los que seguramente eran aportación de su madre, la pequeña de los Greengrass, según había podido saber por el propio Scorpius después. Ver a su hijo era ver cómo había sido seguramente Draco a su misma edad, ya que Severus tenía el recuerdo de su ahijado a sus recién cumplidos dieciocho años. Y ahora era un hombre de cuarenta y ocho, casado, padre, que manejaba hábilmente el renacido imperio financiero de la familia Malfoy. Pero saber del delicado estado de salud por el que había pasado su ahijado, le había llenado de angustia.
Cuando oyó la puerta de entrada, a pesar de sus 67 años, Severus dio un brinco del sofá en el que acababa de sentarse, que hubiera hecho palidecer a un jovencito. Si había sido un verdadero sobresalto ver a Scorpius la primera vez, ver a Draco después de treinta años casi consiguió que los ojos del ex profesor se llenaran de lágrimas. No hubiera encontrado su voz, aunque la hubiera buscado. Así que se limitó a abrir los brazos y a esperar a que Draco acudiera a ellos como tantas veces en el pasado. Le observó avanzar hacia él con paso vacilante, como si se dirigiera hacia una aparición. Severus acabó de cerrar la distancia entre ellos con dos zancadas rápidas —a la mierda con todo estoicismo y auto control— y le encerró en un abrazo casi doloroso. Al primer temblor en el cuerpo de su ahijado, Severus hizo un gesto brusco con la mano a los dos jóvenes, que se habían quedado quietos junto a la puerta, para que les dejaran solos. Ambos obedecieron al instante, desapareciendo rumbo a la cocina.
El silencio fue tan largo como el abrazo que ninguno de los dos parecía capaz de terminar.
—Draco… —musitó Severus, cuando le pareció que su ahijado se estaba calmando.
—¡Callate! —gruñó Draco con voz ahogada—. Te juro que todavía tengo ganas de golpearte.
Severus sonrió. Ese era su chico. Draco aspiró profundamente y se separó por fin de él. Tenía los ojos enrojecidos, pero le dedicó una mirada furiosa.
—No sé si voy a poder perdonarte —dijo, aunque no había ningún convencimiento en sus palabras y sí mucha emoción— ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Cómo pudiste pensar que no iba a comprenderlo?
Severus le tomó suavemente del brazo y se dirigieron ambos al sofá.
—No podía arriesgarme, Draco —se defendió el ex profesor de pociones—. Sabía que cuando todo terminara, probablemente te interrogarían por culpa de la relación de tu padre con el Señor Oscuro. Los aurores podían leer tu mente u obligarte a tomar veritaserum… ¿No fue así? —Draco asintió pesadamente— ¿Fueron muy duros? —preguntó después con cierta reserva.
—Prefiero no pensar en ello —se negó a responder Draco.
—Pero saliste con bien —afirmó Severus gentilmente.
—Mejor de lo que esperaba —reconoció su ahijado—. Logré quedarme en Hogwarts y mantenerme apartado de las actividades de mi padre —pareció a punto de decir algo más y dudar si hacerlo—. Aunque supongo que ya sabes que él finalmente traicionó al Señor Oscuro… —habló finalmente.
Severus afirmó con un leve movimiento de cabeza. Alzó una mano y la apoyó en el hombro de Draco, zarandeándolo amistosamente
—Ya ha pasado mucho tiempo —le dijo.
Draco afirmó pesadamente con la cabeza.
—Ahora podrías volver —dijo después, con una repentina alegría que alcanzó cada uno de sus afilados rasgos—. Nadie te busca. Ni siquiera creo que se acuerden de ti.
—Probablemente no —Severus dejó escapar un pequeño suspiro—. Pero ahora tengo una vida aquí. Una que me gusta. Y… no estoy solo, Draco.
—Oh… —Draco sonrió, a pesar de la sorpresea inicial. Nunca había imaginado a su padrino con nadie—. Pues me alegro. Me alegro mucho de que tengas a alguien, de verdad.
Severus también sonrió y, durante unos segundos, su rostro se iluminó de forma inusual. De una manera que Draco no recordaba haberlo visto nunca.
—Se llama Eileen y es profesora de matemáticas. Trabaja en el mismo instituto que yo.
—Muggle, supongo… —asumió Draco.
—Supones bien —asintió Severus—. Los primeros años no tuve ningún contacto con el mundo mágico americano, por pura precaución. Aunque al principio intentaba conseguir algún que otro periódico mágico para saber cómo iban las cosas por Inglaterra. Dejé de hacerlo cuando me convencí de que tu nombre no aparecía en ningún juicio y de que probablemente estarías bien —Draco le sonrió, agradecido por su preocupación—. Después, ya no tuvo mucho sentido porque, por increible que te parezca, me sentía a gusto con mi nueva vida muggle. Aunque Eileen sabe que soy mago.
Esta vez Draco soltó una pequeña carcajada. En ese momento se dio cuenta de que los recuerdos que tenía de su padrino eran los de un hombre vestido con pantalones negros y largas túnicas del mismo color. Severus ahora llevaba unos pantalones azules con un jersey gris perla bajo el que asomaba el cuello de una camisa blanca. Aunque su pelo, ya canoso, estaba recogido en una pequeña coleta, lo que significaba que no había renunciado a llevar el pelo por encima de sus hombros.
—¿Tenéis hijos? —preguntó Draco con curiosidad.
—No, a la edad que nos conocimos, eran una opción demasiado arriesgada —respondió Severus tras un ligero titubeo—. Aunque reconozco que me hubiera gustado.
A pesar de la sorpresa por tal afirmación, Draco no tuvo más remedio que aceptar que la tal Eileen había hecho milagros con su padrino.
—Pues no sabes lo afortunado que has sido —bromeó, mirando a su propio hijo que en ese momento llegaba con una bandeja con el té. Té de verdad, nada de bolsitas para su padre—. Así nadie te ha sacado canas verdes.
—Me ofendes, papá —se quejó Scorpius, dejando la bandeja sobre la mesa.
Severus sonrió, e hizo un ligero asentimiento a los dos jóvenes que se sentaron frente a ellos, tras haber recibido el pertinente permiso para ello.
—¿Cómo se lo ha tomado Lucius? —preguntó Severus, con un movimiento de cabeza hacia Scorpius y Mike.
Dracó torció una mueca y negó pesarosamente.
—Puedes imaginártelo —se encogió de hombros—. Por supuesto, toda la culpa es mía.
o.o.o.O.o.o.o
Fueron tres días maravillosos que terminaron demasiado pronto. Pero Draco había prometido a Astoria que si todo iba bien, estaría de regreso para el día de Año Nuevo. Y nada podía haber ido mejor. Volvía a casa tranquilo, porque Scorpius, y también Mike, estaban bien. Y más que feliz por haber reencontrado a su padrino. Aunque esto último no podría mencionárselo a nadie. Pero ahora podrían escribirse y saber el uno del otro. Incluso volver a visitarle más adelante, ya que Severus no quería volver a Inglaterra. A pesar de todo, Draco estaba de acuerdo en que su padrino no podía arriesgarse a hacerlo y que, por muy improbable que pareciera, alguien pudiera reconocerle.
Durante su breve estancia se había alojado en el apartamento de su hijo, disfrutando de su compañía después de tanto tiempo. También había tenido oportunidad de conocer a la esposa de Severus durante una cena a la que había sido invitado en su casa, y tuvo que reconocer que era una mujer encantadora. Y buena cocinera. Eileen no era excesivamente hermosa, pero su sonrisa era cálida y tenía un aire reposado que invitaba a sentirse cómodo en su presencia. Draco comprendía claramente lo que Severus había visto en ella. Era culta e inteligente. Tenía una conversación amena y versátil. Y después de ver su hogar, dedujo que era tan amante del orden como su padrino.
Scorpius y Mike le habían paseado por los lugares más interesantes de Nueva York. También le habían llevado a visitar el New York-Presbyterian Hospital, donde empezarían sus prácticas a partir del 2 de enero y le dieron una vuelta por la universidad, aunque las aulas estaban cerradas debido a las vacaciones navideñas. Draco, orgulloso y feliz, grabó todos los detalles en su memoria para poder describírselos después a Astoria. Mike hizo un montón de fotografía con su cámara muggle. Draco tenía todavía confianza en que, con el tiempo, Astoria acabara aceptando a Mike en la vida de su hijo. Porque el joven no era un capricho más de Scorpius. Ni un experimento. Ni una especie de locura transitoria, como lo había llamado Lucius al principio, sin perder todavía la esperanza de que su nieto se recondujera por sí solo. Scorpius y Mike llevaban cinco años juntos. Y siempre se habían visto tan bien como pareja, compenetrados de una forma tan poco usual, que Draco casi se alegró de comprobar que también eran capaces de discutir, como cualquier pareja normal. Había sido la noche anterior a su regreso a Londres. Habían pasado todo el día fuera y habían vuelto a última hora de la tarde al apartamento para tomar una reconfortante ducha y vestirse adecuadamente para salir a cenar. La puerta de la habitación que compartían Scorpius y Mike estaba entre abierta y sus voces, claramente alteradas, llegaban perfectamente al salón-comedor, donde Draco ya estaba esperándoles.
—No, de ninguna manera vamos a ir a cenar al bar—era la voz de Mike, firme y enojada—. ¡No me has hecho vestir así para nada! —la última frase sonó entre acusadora y sarcástica— Además, Severus dijo que debíamos esperar y esperaremos.
—¿Y cuánto maldito tiempo necesita? —la de Scorpius estaba cargada de contrariedad— ¿Y qué pasa si nunca se decide?
—Pues entonces tendrás que aceptarlo, Scorp.
—No, no lo haré.
El tono fue bastante parecido al que Draco recordaba de las infantiles rabietas de su hijo. Y, como él, Mike parecía poco dispuesto a dejarle salirse con la suya.
—Lo harás —afirmó categóricamente el otro joven—, porque no tenemos ningún derecho a intervenir más de lo que ya lo hemos hecho.
Las voces se acallaron y Draco esperó fervientemente a que uno de los dos volviera a hablar, para poder comprender de qué iba una discusión que había despertado vívamente su curiosidad.
—¿Scorp? —la voz de Mike de nuevo, como si esperara una respuesta.
Respuesta que no llegó, porque entonces se abrió completamente la puerta de la habitación y Scorpius, vestido como un modelo de pasarela, la atravesó con expresión disgustada. Hasta que vio a su padre y la sustituyó por una gran y luminosa sonrisa.
—¿Listo, papá? Voy a llevarte al mejor restaurante de Nueva York —dijo alegremente— Alain Ducasse, el más caro de la ciudad, así que espero que tengas tu tarjeta de crédito a mano…
El elegante traje de Mike confirmaba que seguramente así debía ser.
—¿Me invitas, pero pago yo?—preguntó Draco con ironía—. ¡Qué conveniente!
—Exquisita cocina francesa, papá —aseguró Scorpius en tono meloso—. Completamente fuera del alcance de unos pobres estudiantes como nosotros…
Mike puso cara de resignación y se encogió de hombros.
—Yo hago lo que puedo con él, se lo aseguro…
Scorpius frunció el ceño en dirección a su novio, mostrando durante unos segundos una estela de su anterior disgusto.
—Quería llevar a este troglodita a cenar allí para fin de año —es decir, al día siguiente— pero estaba todo reservado. Tuve suerte de encontrar mesa para hoy —y de pronto pareció excesivamente impaciente— ¿Nos vamos o esperamos a perder la reserva?
Draco no hizo mención alguna a la discusión entre los dos jóvenes. Habría sido un poco bochornoso reconocer que había estado escuchando una conversación completamente privada entre ellos Y ninguno de los dos parecía tener la menor intención de hacer alusión a ella en su presencia. Así que Draco tuvo que contener su curiosidad sobre la mención de que Severus les había dicho que tenían que esperar. ¿Esperar a qué?, se preguntó. Sin embargo, una vez pisaron la fría calle, junto con el buen humor que definitivamente impregnó el ánimo de los dos jóvenes, se alejó todo pensamiento de Draco sobre las palabras que había escuchado. Disfrutó mucho de la cena, a pesar de pagar una cantidad astronómica por ella. Y sobre todo, de haber podido compartirla con su hijo.
Cuando a la mañana siguiente tomó el avión que le llevaría de nuevo a Londres, tal vez demasiado embriagado por las felices noticias que, contra todo pronóstico, había recibido, sólo recordaba la ilusión de haber reencontrado a su padrino y de tres inolvidables días junto a Scorpius y su novio.
Continuará...
