Capitulo 2.
El último ataque fue en Kenosha, Wisconsin. Tardaron todo el día y parte de la noche en llegar, pero Sam no consintió en parar salvo lo imprescindible.
No sabía que se encontrarían allí. No tenia idea de que quería encontrarse. Y sentía un miedo horrible a lo que estaba seguro que se encontraría.
El camino fue largo. No era lo mismo ir de copiloto y gruñendo su desacuerdo por la música que conduciendo y en silencio.
Castiel no era mala compañía, pero estar en el Impala, tras el volante y sin nadie que te impusiera sus gustos musicales, sin oír esos éxitos del rock setenteros a la fuerza o sin quien te gruñera "Si tocas la radio, te la corto"… todo eso, para Sam era una tortura.
Iban en el coche en silencio. Sam no quiso encender la radio porque sabía lo que sonaría. La ultima cinta que puso Dean antes de dirigirse a detener a Lucifer, muertos de nervios y de miedo sin saber si volverían o caerían en la batalla. Si ponía la radio, sonaría el Cuarto de Led Zeppelin y no estaba seguro de que su corazón aguantara otra grieta más sin romperse en pedazos. Así que simplemente no la encendió y punto.
A media tarde y faltando trescientos kilómetros para llegar, pararon a comer. O eso, o seguían lo que quedaba de camino con el sonido de las tripas de Sam como banda sonora del viaje.
Entraron al primer restaurante de carretera que vieron y esa era otra pequeña y cruel tortura para el cazador. Se le vinieron a la cabeza mil recuerdos de las millones de veces que hizo eso mismo con Dean y no podía, no quería volver a comparar a su actual acompañante con su hermano.
No era ni remotamente parecido. No estaba ni en el mismo continente de ser parecido.
Castiel no comía, no le contaba como fue su última conquista con la boca llena de comida, no coqueteaba con la camarera hasta hacerla sonrojar, no bromeaba sobre la ensalada de Sam ni hacia chistes sobre la comida de conejos que, según el mayor, era lo que siempre comía el pequeño.
No hizo nada de eso. Solo se limito a mirar su vaso de agua y a observar a los pocos clientes con aire curioso.
El pequeño sentía un vacío en el estomago que nada tenia que ver con el hambre y un nudo en la garganta que casi no le dejaba respirar. Sabía lo que era y lo que necesitaba para quitárselo, pero no como conseguirlo. Necesitaba a su hermano.
- ¿Qué tienes planeado hacer si te lo encuentras?
- ¿Qué quieres decir? – hacía ya un rato que habían terminado de comer y Sam dio un sorbo a su café solo. Ahora siempre lo tomaba solo. Y sin azúcar. Castiel dejó de mirar el local para centrar sus penetrantes ojos azules en él.
- Sabes a que me refiero. ¿Qué vas a hacer? ¿Atacarle? ¿Matarle? ¿Hablar con él?
- Ya improvisare algo. – el ángel resopló, con un diminuta sonrisa dibujándose en sus labios.
- Empiezo a entender a tu amigo Bobby y eso que hace de pasar las horas muertas gruñendo "Jodidos Winchester" por toda la casa. – Sam no pudo evitar una risa.
- Pasas demasiado tiempo con él.
- Puede. – repuso el otro, encogiéndose de hombros. – Pero es el humano más sensato que he conocido en dos mil años. – el cazador se acabó el café, dejando la taza sobre la mesa. – Sabes que esto es una estupidez, ¿verdad?
- Solo quiero detenerlo. – musitó, dejando unos billetes sobre la mesa y levantándose. Castiel le imitó.
- Lo se.
Otro pueblo que había caído. Apenas opusieron resistencia y ya era casi aburrido.
Los cazadores que se cruzaron por ahora en su camino habían sido tan fáciles de aniquilar que resultaba patético. Salió de esa batalla sin un arañazo, prácticamente sin despeinarse.
Gruñó frustrado, dándole patadas a los escombros de lo que antes fue una pequeña parroquia y refugio para tres cazadores.
¿Es que ningún cazador era lo bastante bueno para matarle de una puta vez? Si hasta lo ponía fácil, joder. Se colocaba siempre en primera línea de fuego.
Claro, que con el mini ejercito de guardaespaldas demoniacos que Lucifer le impuso… cualquiera.
Arioch, a quien Lucifer convirtió en su sombra para evitar que se desviara de su misión, le dio una hora de descanso antes de volver. Una hora libre de su presencia y de la de los otros demonios que le acompañaban.
Luego volverían a la base, a recibir nuevas órdenes… si tenía suerte. Si no la tenia y Lucifer estaba aburrido…
Se estremeció de arriba abajo. Mejor no pensarlo. Ya habría tiempo de sobra para asustarse por eso después.
Alzó la vista y contempló el cielo lleno de nubarrones negros.
Llevaba nublado tres meses, con esporádicas tormentas eléctricas y tristes lloviznas que hacían más mal que bien.
Se dejó caer sentado en uno de los pocos bancos de la iglesia que habían resistido a la explosión y volvió a mirar al cielo.
Dios… como echaba de menos el sol…
Una cosa era leer en un archivo los desastres y masacres que supuestamente estaba haciendo tu hermano y otra muy distinta era verlo con tus propios ojos.
Pocos edificios quedaron en pie después del paso de los demonios. Entre ellos, y Sam estaba seguro de que era cosa de Dean, la tienda de discos y la cafetería.
Cuando hablaron con la camarera, esta les relató, aun en shock, que seguía viva y con negocio porque al "hombre de ojos verdes" le habían gustado sus hamburguesas. Que ese mismo hombre le ordenó a los otros que tenían los ojos negros que no tocaran el local, pero que hicieran con el resto de la ciudad lo que quisieran, que él tenía que dinamitar una iglesia.
Sam tardó un buen rato en procesar lo que había oído. Castiel tuvo que sacarlo de la cafetería casi a rastras porque estaba empezando a hiperventilar. ¿Qué habían hecho con su hermano?
- ¿Estas bien? – el ángel le miraba con un leve deje preocupado en los ojos y una mano apoyada en su espalda. Sam tuvo que apoyarse en el lateral de un coche, tratando de normalizar su respiración.
- No… creo que voy a vomitar…
- Sabias que ibas a encontrar esto, Sam. – suspiró el ángel, apartándose ligeramente cuando el chico se enderezó. Sam se pasó una mano por la cara. Se había puesto enfermo.
- Lo se, lo se… solo… - necesitaba aire. Necesitaba tiempo para asimilar todo eso. Su hermano no podía… no… no podía haber hecho eso. – Solo… voy a dar una vuelta, ¿vale?
- ¿Solo? – el cazador aun no se acostumbraba a eso de que el ángel demostrara emociones. Casi le dio risa la expresión de exagerado espantó de Castiel. - No voy a dejarte andar solo por un pueblo donde han estado los demonios, Sam. Aun puede quedar alguno por aquí.
- No va a pasar nada. No creo que quede ninguno. Hace un día del ataque, no tienen nada más que hacer por aquí. – Sam cortó con un gesto de su mano la replica del otro. – Ve al motel. Habla con Bobby, intenta contactar con Anna, a ver si alguno sabe donde será el siguiente ataque. Yo iré en una hora. Solo necesito respirar un poco de aire fresco.
Castiel le vio marcharse, preocupado. Sam iba pálido, los hombros hundidos, arrastrando los pies, las manos metidas en los bolsillos de los pantalones. El golpe fue muy duro, incluso para alguien tan fuerte como el Winchester.
Resopló, dándose la vuelta para dirigirse hacia el motel.
Sabía que iba a pasar eso.
Llevaba el tiempo suficiente con esos dos cazadores para saber cuando algo les iba a hacer daño. Esto, lo que estaba ocurriendo con Dean, estaba destrozando al pequeño. Lo peor era que Sam no iba a rendirse, pasara lo que pasara. Y el ángel lo sabía.
La vieja parroquia estaba arrasada. Apenas quedaban los cimientos en pie y algunos muebles sin quemar. Se notaba el paso de los bomberos y la policía por el lugar, ya que el suelo aun estaba mojado y el precinto de la policía rodeaba lo que quedaba del edificio.
Echó un vistazo a su alrededor, horrorizado. Podía distinguir la sangre manchando el suelo, las vigas de madera carbonizadas, los escombros ennegrecidos. Y todo eso lo hizo Dean.
No podía creérselo.
Dean había volado por los aires una iglesia y matado a cuatro personas, tres de ellas cazadores.
Es que no podía creérselo.
Todo eso fue cosa de Dean.
Era imposible.
Un leve ruido le alertó. Alguien o algo estaba en esas ruinas con él.
Sacó su pistola de la trasera de sus pantalones y la amartilló lo mas silenciosamente que pudo, avanzando despacio entre los escombros.
Volvió a oír el ruido. Era el típico de un cargador entrando y saliendo de una pistola. Un leve sonido metálico que a Sam le trajo mil recuerdos. Lo había oído infinidad de veces.
Se ocultó tras una columna que seguía en pie por puro milagro y miro. El aire se le quedó atascado en la garganta.
Dean. Su hermano Dean, sentado en un maltrecho banco, metiendo y sacando el cargador de su 45 y la mirada perdida en el suelo.
Sam frunció el ceño.
Dean estaba distinto. Vestía distinto. Llevaba veintiséis años viéndole siempre con la misma clase de ropa. Camisa, camiseta, pantalones vaqueros rotos y botas militares.
Ahora llevaba una camiseta negra ajustada, pantalones negros y botas vaqueras. Toda la ropa negra.
Eso le resulto extraño. Muy extraño.
Dean siempre se vestía para la caza, cómodo, con ropa que no le importara ensuciar o romper. Lo que traía puesto ahora era más bien todo lo contrario.
- ¿Por qué no sales ya de ahí y vienes a que te vea la cara, hijo de perra? – Sam se estremeció por la sorpresa. No creía haber hecho nada para delatarse.
Salio despacio de detrás de la columna, con el arma en alto y apuntando directamente a su hermano. Dean alzó la mirada y arqueó una ceja cuando le vio. No parecía muy sorprendido.
Sam si lo estaba. No era solo su ropa la que estaba cambiada. Su hermano estaba más pálido de lo que jamás le hubiera visto en su vida. Sus ojos no tenían brillo. Su expresión era cansada, hastiada, triste.
- Sam… - murmuró. – Tenia que haber imaginado que eras tú. Nadie más se podría acercar tanto sin que lo notara. Te enseñe bien, ¿verdad? – Sam se acercó un par de pasos más, sin dejar de apuntarle. El mayor aun no había levantado su arma. Todavía seguía jugando con el cargador.
- Me enseñaste muy bien, Dean. ¿Estas solo? – Dean soltó una risa amarga y se miró el reloj.
- Hasta dentro de quince minutos, si. – el pequeño le vio meter por ultima vez el cargador en la pistola y mirar a su alrededor. – Era una iglesia bonita, ¿sabes? Como la del Pastor Jim. Tenia uno de esos cuadros antiguos… un ángel… con sus alitas blancas… - Dean se levantó del banco en el que estaba sentado y andó entre las ruinas sin rumbo fijo y sin mirar al pequeño que seguía apuntándole. – Me acorde de Cas cuando lo vi. A saber por que. Ese capullo es lo menos parecido a un ángel que puede existir. ¿Aun sigue con la gabardina a cuestas?
- Dean… ¿de verdad mataste a tres cazadores? – el mayor le miró y asintió en silencio. Tranquilo y sin mostrar ni pizca de culpabilidad. - ¿Por qué?
- Porque me lo ordenaron. – respondió simplemente, rascándose la nuca con el cañón de la pistola. – Igual que me ordenaron matarte, si te veía. – Sam vio con asombro como su hermano le apuntaba con su arma. Otra vez. Como hacia tres meses, antes de dispararle.
- ¿Y vas a obedecerles? ¿Tu? ¡Vamos, Dean! ¿De verdad vas a dejar que unos demonios te digan que hacer?
- Exactamente. – antes de que Sam pudiera reaccionar a la respuesta, Dean se había acercado a toda velocidad y le había desarmado. Cuando quiso darse cuenta, estaba acorralado contra la pared, con su hermano sujetándole con una mano, mientras le apuntaba en la sien.
- Dean… por favor… no hagas esto… - los ojos verdes del mayor se cerraron un segundo. Cuando los volvió a abrir, Sam pudo ver el dolor reflejándose en ellos.
- No vuelvas a buscarme. Olvídate de que existo y desaparece. – Castiel apareció detrás de ellos.
- ¡Suéltale, Dean! – rugió el ángel, alzando una mano. El mayor le sonrío por encima del hombro.
- ¡Hola, Cas! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Conoces a mis amigos? – pregunto burlón. De entre las ruinas salieron cinco hombres, todos vestidos de negro, como Dean, rodeándoles, pero manteniéndose a una distancia prudencial.
- Me suenan de algo. Y, por lo que veo, ellos también me conocen a mí. – ironizó Castiel, al notar que los demonios no se atrevían a acercarse mucho a él. Dean rió por lo bajo.
- Es muy posible. Chicos listos.
Volvió a encarar a su hermano pequeño, pegando su rostro al del otro, rozando mejilla con mejilla durante un segundo, para luego apartarse rápidamente y soltarlo con brusquedad.
- No vuelvas a seguirme, Sam. O de verdad tendré que matarte. – Sam le vio girarse, guardándose la pistola en los pantalones y andar hacia el grupo de demonios, que enseguida le rodearon. Un instante después, desaparecieron.
Se dejó resbalar hasta acabar sentado en el suelo. No le sostenían las piernas. Castiel se acercó a él corriendo, agachándose para quedar a su altura.
- ¡Sam! ¿Estas bien?
¿Bien? ¿Bien? ¿Cómo iba a estar bien, después de lo que había ocurrido? Estaba muy lejos de sentirse bien.
No solo era por ver lo que su hermano había hecho.
No era porque le demostró que seguía las órdenes de Lucifer sin pestañear.
No era solo por notar que los demonios le protegían y le seguían como si fuera su líder.
Era por lo que le había dicho al oído un segundo antes de apartarse y marcharse.
"Cuidate, Sammy"
Continuara...
