Narcissa Malfoy había sido dada de alta después de dos largos años de recuperación en el hospital de San Mungo, a pesar de las negativas de sus amigos, Harry la llevó a vivir a su casa. Ella a pesar de todo lo que se creía de su personalidad, le agradeció infinitamente por su ayuda.
En ese sentido, Harry se sentía avergonzado, no había querido contarle que Draco había estado viviendo con él y en un momento tan vulnerable de su vida, además de que no tenía idea de qué hacer para apoyarlo. Pero estaba tan incómodo todo el tiempo que terminó por contarle la verdad, omitiendo los detalles ―como a qué se había dedicado el rubio todo ese tiempo―. Habló con ella de la manera más honesta que pudo con la probabilidad de que se molestara, e incluso también decidiera dejarlo. Para su gran sorpresa, eso no fue así, Narcissa le agradeció por haber tratado de ayudar a su único hijo.
Cuando le narró como Draco se había ido de su casa, se sintió aun más avergonzado con ella, pero nuevamente la mujer no le recriminó nada, al contrario, le dio la razón a él y reprochó un poco la actitud infantil que había tomado su hijo.
La señora Malfoy conocía bien a Draco, sabía que era obstinado y sumamente orgulloso, pero también era un Slytherin, con el instinto de supervivencia más desarrollado que cualquier otro.
Le aseguró a Harry que cuando Draco deseara, regresaría, porque no existía mejor lugar que la casa del Gran Harry Potter para comenzar de nuevo.
Y así lo hizo, un día Draco se apareció en la casa, de nuevo golpeado, pero ya no tanto como la vez anterior, seguía usando la ropa de Harry que se había llevado en aquella ocasión y su cabello estaba un poco más largo.
Inmediatamente el moreno lo llevó a su habitación para curarle las heridas y posteriormente dejarlo descansar.
No dijeron nada, no se disculparon, ni se insultaron, todo ocurrió en silencio y ambos se lo agradecieron mutuamente mentalmente. Ninguno quería hablar sobre lo ocurrido la última vez que se vieron y Harry no quería saber qué había estado haciendo el rubio en esas semanas de ausencia. Tampoco Draco quería que le cuestionaran sobre sus días viviendo en la calle, lo único que deseaba era sentirse tranquilo.
Así, lo dejó descansar y para el momento en que Harry notó que Draco ya se encontraba mejor, decidió darle la sorpresa.
—Tengo algo importante que decirte —le dijo sentado al borde de la cama dónde Draco había estado durmiendo las últimas veinticuatro horas.
El rubio lo miró y asintió en aprobación. Harry pensó en cuál sería la mejor manera de decirle a Draco que todo ese tiempo había sabido dónde se encontraba su madre sin que este le lanzara una imperdonable.
—Tu madre —tomó una bocanada de aire—, tu madre se encuentra viviendo aquí.
Draco se quedó de piedra ante la noticia. Todos esos años, él había creído que su madre estaba muerta, después de que se separaran durante la guerra, no había vuelto a saber nada de ella. Y ahora, de buenas a primeras, resultaba que se encontraba en esa misma casa, con Potter.
—Estás mintiendo —afirmó furioso.
—No, claro que no —corrigió el moreno—, tu madre está aquí y tiene muchas ganas de verte, pero si tú no quieres ella respetará tu decisión.
—¿Ella lo sabe? —preguntó con temor.
Harry sabía exactamente a qué se refería y negó un par de veces con la cabeza. Para reafirmar que él no había abierto la boca como seguramente estaba creyendo el rubio.
—Entonces si —afirmó—. Quiero verla.
Se levantó de la cama y salió de la habitación, Draco esperó nervioso la aparición de su madre por el umbral de la puerta. No tuvo que esperar demasiado, solo pasaron unos cuantos minutos cuando la rubia mujer ya estaba ahí, de pie, contemplándolo con una llamarada de amor en sus azules ojos.
No necesitaron decir nada, para comprender todo lo que querían comunicarse. Narcissa se acercó a Draco y lo abrazó como solía hacerlo cuando él era tan solo un pequeño niño.
Draco se dejó arrullar por esos cálidos brazos y lloró en silencio. Aferrado a su madre, temiendo que todo fuera un sueño y al despertar ella se hubiera desvanecido.
—¿Cómo es posible? —preguntó cuando tuvieron que separarse para descansar de su largo abrazo—. Yo creí que...
—Lo sé —respondió ella— y lo siento mucho.
El rubio tomó la mano de su madre, dándole a entender que no le guardaba rencor por nada.
—Supe lo de tu padre —anunció ante el silencio.
—Si, fue hace tanto —confirmó. Narcissa contemplaba a su hijo de pies a cabeza no creyendo que fuera posible, agradeciendo en silencio a ese hombre que les brindó la posibilidad de estar juntos de nuevo— ¿Qué fue lo que pasó? —Draco quería ser prudente, pero en serio necesitaba respuestas, necesitaba entender que había ocurrido, saber dónde había estado su madre todo ese tiempo.
― Cuando el Señor Oscuro me tomó como rehén para presionar a tu padre, me llevaron a otra casa de seguridad, la verdad es que no supe exactamente en dónde estaba ubicada, lo que si recuerdo es que me mantuvieron cautiva junto a otros desertores por bastante tiempo, incluso nos enteramos cuando Harry venció, pero no nos permitieron salir, nos tacharon de traidores, de hecho me torturaron por mucho tiempo argumentando que tú y tu padre habían traicionado al señor tenebroso y yo debía pagar por su traición. Después de algún tiempo no supe ni de mí misma, fue como si hubiera caído en un sueño profundo y cuando desperté me encontraba en una habitación de San Mungo, entonces Harry me platicó como es que llegué al hospital.
Draco se quedó pensando por un rato, asimilando la anécdota de su madre. No se le había pasado el hecho de que su madre llamara "Harry" a Potter, pero lo dejó pasar por el momento. ― ¿Qué fue lo que te dijo Potter? ―preguntó en modo casual.
― Que durante su primer año como auror, estuvo trabajando en la captura de ex mortífagos, estuvieron rastreando a aquellos que continuaron aterrorizando las pequeñas ciudades y un día, en una misión donde atraparon a varios de ellos, me encontraron. Dijo que cuando me hallaron, había recibido una buena cantidad de maldiciones, pensaron que no sobreviviría, pero Harry presionó a las autoridades de San Mungo para que me atendieran y resultó que me recuperé en menos de dos años.
De nuevo entrecerró los ojos, ¿Cuánto tiempo había estado su madre hospitalizada?, seguramente ya mucho tiempo, pues ella hablaba de Potter con mucha familiaridad.
― ¿Cuándo fue que despertaste en San Mungo?
Narcissa comprendió que durante el tiempo en que su hijo vivió con Harry, este no le había mencionado nada sobre su paradero ―había cumplido con su palabra― y asintió internamente de manera aprobatoria.
―Desperté hace unos tres meses.
Draco se levantó de golpe de la cama, caminó a paso firme, cuando puso su mano sobre el pomo de la puerta Narcissa lo detuvo.
― No lo hagas Draco ―reprendió.
― Ese imbécil supo todo este tiempo dónde te encontrabas y no me lo dijo.
― No te lo dijo porque así debía de ser ―Draco la miró como si acabara de decir una locura―, no te sorprendas, primero permíteme decirte que cuando desperté no tenía movilidad en la mayor parte de mi cuerpo. En estos tres meses he estado en terapia, poco a poco he recuperado la movilidad, es natural que Harry no te quisiera decir, además cuando supe de tu estadía en esta casa, yo misma le pedí que no te informara de nada, aun cuando él estaba en desacuerdo le rogué que no te lo mencionara hasta que yo me recuperara por completo.
― Aun así ―siseó furioso.
― Hace apenas unas semanas ni siquiera podía hablar ―continuó haciendo caso omiso a su hijo―, fue después de que Harry me confesara que estabas viviendo con él que recuperé la voz. El solo hecho de saber que estabas vivo, despertó en mí la esperanza que ya creía muerta. Por favor, Draco, no lo hagas, gracias a él estoy viva, gracias a él estamos vivos.
Draco aligeró la mano, señal de que se había relajado. "Estúpido Potter", pensó, "Cómo rayos lograste ganar la confianza de mi madre". ― De acuerdo, no le diré nada sobre ti, pero no esperes que le agradezca ―terminó por decir.
Narcissa asintió aprobando la respuesta de su hijo, aunque no estaba del todo contenta con la actitud que había tomado, después de todo le debían mucho al niño que vivió.
Mientras Narcissa terminaba de recuperarse, le tomó la palabra a Harry quedándose a vivir en su casa, pero le advirtió que en cuanto terminara de recuperarse totalmente se iría a vivir a Francia, ya que no le quedaba nada en Inglaterra y allá tenía algunos familiares que con toda seguridad le ayudarían. Harry le preguntó si Draco se iría con ella, a lo que la mujer respondió que no lo sabía, todo dependía de la decisión de su hijo, al fin de cuentas quería respetar sus acciones, aunque aún le preocupaba el ignorar cómo había sobrevivido su primogenito en todos esos años.
Así madre e hijo se quedaron a vivir con el héroe del mundo mágico, mientras que ella asistía a sus sesiones de terapia, Draco se dedicó a terminar sus estudios en Hogwarts. Presentó unos exámenes especiales para lograr graduarse en menos tiempo.
Y durante todo ese periodo Draco descubrió que su madre realmente estimaba al ex Gryffindor, también descubrió que el moreno le había tomado mucho cariño a ella. Él, por el contrario, mantuvo su distancia. Ya no se llevaba mal con Potter, incluso siempre que tomaban el desayuno o la cena, charlaban de sus actividades diarias o de Quidditch, pero manteniendo en todo momento esas barreras que le decían que no estaba bien encariñarse con Potter. Por alguna razón su instinto le decía que apegarse mucho solo le traería problemas.
Draco y su madre solían salir los fines de semana y dar un paseo por el mundo muggle, lugar donde no los molestaban por haber servido al señor oscuro o por considerarlos unos peligrosos mortífagos.
En una de esas ocasiones, Draco esperaba a su madre afuera de una pequeña repostería, ella se había detenido para comprar unos pasteles que sirvieran como compañía a su té. Él había optado por no entrar a la tienda y esperarla afuera.
Merodeando por los alrededores, chocó con un hombre, alto y robusto, cabello castaño y ojos color miel que al verlo sonrió enormemente.
― Draco, ¿Eres tú? ―preguntó después de un momento. Draco no pudo emitir palabra alguna por largos segundos, se encontraba más concentrado en intentar recuperarse de la estupefacción inicial.
― Hola Evan ―respondió con una mueca que intentaba simular una sonrisa.
― Te ves más pálido de lo que recuerdo ―afirmó entre risas.
"Eso es porque no esperaba encontrarte", pensó con disgusto. ¿Por qué tenía que pasarle esto a él?
Sintió un horrible retortijón en su estómago, ese chico le recordaba su pasado tan vergonzoso, además de su inocencia perdida ―y no se refería precisamente a la virginidad―. Le había conocido en una reunión de esos hombres adinerados, el chico sabía que él era el acompañante de uno de ellos y aun así se le acercó con la intensión de cortejarlo. Al principio Draco se había negado a aceptar sus descarados coqueteos, pero era tan amable con él y siempre le hacía reír que terminó por enamorarse y así, entre promesas de amor eterno, terminaron por vivir juntos, esa era una época que al rubio le parecía tan nublada, casi como un sueño que ya no creía recordar.
― ¿Cómo has estado? ―siguió preguntando el castaño, al parecer no se había percatado de la incomodidad que emanaba el rubio.
Draco se encogió de hombros; ― Supongo que bien ―respondió queriendo que la tierra se lo tragara―, oye, ya tengo que irme, pero me dio gusto verte ―mintió.
― Claro, a mí también, de hecho... ―lo tomó del brazo depositando una sugerente caricia muy cerca del codo, no permitiendo que se alejara―. Me preguntaba si podríamos vernos... ― "¿Es en serio?", pensó Draco―, ya sabes para platicar y...
― ¡Evan! ―una chica se acercó, su voz se escuchaba agitada, al parecer había corrido para apresurar el encuentro.
― Hola cariño ―saludó, le dirigió a Draco una mirada de disculpa, el rubio se sintió estúpido por creer que tal vez... solo tal vez... Evan le quería y lo había extrañado tanto cómo él lo había hecho por mucho tiempo.
― ¿Un amigo tuyo? ―dijo arqueando una ceja, era normal que aquella chica pensara que únicamente habían sido amigos, en el mundo muggle no estaban bien vistas las relaciones entre personas del mismo sexo e incluso para muchos era considerada una aberración, por eso es que muchos de sus clientes tenían una doble vida, fingiendo ante la sociedad ser lo que no eran.
― Si, algo así ―confirmó, aunque en su voz se escuchó el titubeo―. Draco, ella es mi esposa, Samantha.
"Así que esa era la chica", la amargura que sintió al recordar se le atoró en la garganta y temió echarse a llorar.
― Draco, hay que irnos ―la aparición de Narcissa fue el salvavidas que Draco estaba anhelando desde hace un rato―, Harry ya debe haber llegado a casa.
Evan miró a la mujer, que, aunque algo mayor, era hermosa, y luego lo miró a él. Claramente pudo notar el parecido, pero antes de que dijera algo, el rubio se adelantó, no queriendo alargar por más tiempo la tortura.
― ¡Adiós Evan! ―se despidió.
― Nos vemos... ―respondió el castaño.
― Vamos madre ― "Adiós para siempre" pensó, dejó que su madre lo tomara del brazo y caminaron rumbo a algún lugar seguro para aparecerse. En su interior agradeció que su madre no hiciera preguntas, ella era bastante inteligente y seguramente se había percatado que el ambiente entre su hijo y ese chico era tenso debido a que seguramente había un pasado que Draco no tenía intensión de revelar.
Esa noche, indagó en sus recuerdos, en como Evan le había engañado haciéndole creer que era alguien especial, que siempre vivirían juntos, pero como otros tantos, también se burló de su ingenuidad; al final solo lo había botado como si se tratara de un objeto.
Aunque sonara estúpido, Draco siempre había deseado formar una familia, tal vez con una pareja muggle no tendría hijos, pero eso qué importaba si estaría con la persona amada. Lo más importante era sentirse querido por alguien, pero como siempre en su vida, de nuevo recibió un duro golpe. Evan le había dicho que tenía que irse de su casa porque ya había encontrado a una hermosa chica con la que pretendía casarse, Draco sintió que el mundo se le venía encima e intentó aferrarse a la idea de que le estaba jugando una absurda broma, pero cuando Evan le aclaró que no pretendía echar a perder su vida haciéndose cargo de una zorra como él, se dio cuenta de que no había estado viviendo más que en una fantasía y solo así comprendió que una vez más le habían utilizado, que lo único que los hombres quería de él, era su cuerpo y que obviamente cuando llegaba el aburrimiento era momento de ser desechado.
Sonrió con amargura, "Pero yo era una puta", pensó, "nadie toma en serio a una puta". Si, las noches en que supuestamente hacían el amor, habían sido reconfortantes para ambos, pero ahora que caía en cuenta, para Evan, y para todos sus demás clientes, no había sido más que sexo, sexo con una puta desechable. Y si, habían sido amables al principio, incluso le trataban con dignidad, pero pasado el tiempo comenzaban a humillarlo y todo empeoraba con los golpes, como había odiado los golpes.
Si no fuera un mago ex mortífago, seguramente les habría hechizado, tal vez un par de crucios hasta el cansancio. Pero un mago como él, con sus antecedentes, no tenía permiso de hacer más que una serie de hechizos inocentes o de lo contrario sería enviado a Azkaban.
"Las personas siempre fingen amabilidad, fingen que te quieren, fingen que les importas y cuando ya no te desean, te tiran a la basura, como si fueras cualquier cosa", eso es lo que por mucho tiempo había pensado, pero había alguien que no era así, que le había salvado, que le había dado cobijo y le había tratado como un ser humano sin pedir nada a cambio.
Se levantó de su cama y salió de la habitación sigilosamente. Iba a llamar, por si Potter aún se encontraba despierto, pero optó por no hacerlo y entró directamente a la alcoba.
La habitación del ex Gryffindor estaba oscura, solo la luz que se alcanzaba a colar por la ventana le permitió ver a Harry acostado sobre su cama, totalmente dormido. Caminó sigilosamente hasta quedar de pie al borde de la cama. Lo miró detenidamente, observó su desalineada cabellera azabache, la cicatriz en su frente, sus largas pestañas negras, que sin las gafas se podían apreciar mejor. Mientras contemplaba el rostro impasible, Harry se removió y entreabrió los ojos al sentir una presencia. Al ver al rubio que lo miraba fijamente, se sentó sobre la cama asustado.
― Malfoy, ¿Ocurre algo? ―preguntó mientras buscaba sus anteojos.
Draco no respondió, se sentó a su lado, haciendo que el moreno dejara de buscar las gafas y lo mirara expectante. El rubio, se subió a la cama de manera lenta, acercándose cuidadosamente hasta quedar de rodillas sobre el colchón.
No dejaba de mirarlo a los ojos, o al menos eso fue lo que Harry dedujo, ya que por la falta de sus lentes y la oscuridad no podía ver claramente cuál era la expresión que estaba poniendo el rubio en ese momento.
Sintió los brazos de Malfoy abrazar su cuello y el calor de su aliento rosar su mejilla.
― ¿Qué haces? ―preguntó intentando aclarar la situación, pero el ex Slytherin no respondió, solo que aferró a su cuerpo transmitiéndole el calor que emanaba por cada poro.
Draco estaba actuando como un autómata, solo quería sentirse a salvo cerca del héroe. Todos esos años de prostitución, cuando era golpeado, cuando era insultado, las veces en que era ultrajado, por alguna razón terminaba imaginando que Potter llegaba y lo salvaba, pero para su desgracia, eso nunca había ocurrido. Ahora, juntos bajo el mismo techo, después de haber recordado su asquerosa vida, se sintió agradecido con Harry por al fin haberle salvado.
― Malfoy ―llamó de nuevo y fue el momento en que el rubio decidió decir algo.
― Shhh ―escuchó muy cerca de su oído―, no digas nada.
Harry no pudo evitar corresponder el abrazo cuando escuchó los sollozos del rubio. No lo reconocería, pero sintió que el alma se le partía cuando percibió que las lágrimas mojaban la camisa de su pijama.
Se dio cuenta cuando Draco dejó de llorar y lo vio apartarse de su pecho, aunque sin dejar de abrazarse a su cuello. Ambos quedaron mirándose fijamente, el verde y el plata se mezclaron, Harry comprendió que el rubio estaba sufriendo y quiso hacer algo para aliviar su dolor.
Los labios de Draco buscaron los suyos y él permitió que le besara, dejando que el rubio llevara el control, permitiendo que hiciera lo que deseara. Pensó que solo así le ayudaría un poco a calmar aquel suplicio.
Se estuvieron besando por mucho tiempo, Harry no estuvo seguro por cuanto, pero fue consciente de que sus labios ya estaban bastante hinchados. Cuando Draco se separó para tomar aire, se acomodó sobre su regazo colocando una pierna a cada lado de las de Harry, nuevamente se miraron fijamente, hasta que Draco comenzó a acercarse poco a poco, apoyando su pálida frente sobre el hombro de Potter.
― ¡Tómame Harry! ― imploró en un susurro― por favor, hazlo, te lo ruego.
Harry se sorprendió, pero accedió depositando un dulce beso en los rojizos labios del rubio. También, con sus labios, secó las lagrimas de esas sonrosadas mejillas.
Hacer el amor con Draco fue la mejor experiencia que pudo haber experimentado en su vida. Y sintió la esperanza naciendo de nuevo en su ser.
La forma en que Draco se retorcía bajo su tacto, lo bien que encajaban sus cuerpos desnudos, los besos dulces y a la vez llenos de amargura, la suave piel estremeciéndose por el contacto con las manos de auror, los ojos platinados llenos de deseo y la excelsa boca pronunciando su nombre entre jadeos. Todo, absolutamente todo fue perfecto o tal vez solo así fue para Harry.
Hace mucho que no había tenido una relación seria, es más, ni siquiera había tenido una relación en varios meses, porque después de su última experiencia, deseó que el día en que volviera a tener una pareja esta sería con una persona que amara y que deseara proteger con todas sus fuerzas. "¿Acaso Draco Malfoy podría llegar a ocupar ese lugar?" Se corrió dentro de Draco sin contemplación y el rubio gritó de aprobación, manchando con su propio esperma el torso de ambos.
Los días pasaron y entre ellos la relación continuó como hasta el momento antes de que Draco se metiera a su cama. La primera señal de indiferencia había llegado a la mañana siguiente, cuando el ex Gryffindor despertó y no encontró al rubio a su lado. Harry había querido hablar al respecto, entender qué había ocurrido entre ellos, más allá de fornicar, pero Draco parecía querer olvidar que algo así había sucedido, pues durante el resto del día le había ignorado de manera descomunal. En los días posteriores usó como estrategia el hablar de temas ajenos como lo habían hecho hasta el momento, pero las respuestas normales de Draco no hicieron más que confirmarle que estaba haciendo lo correcto en no volver a tocar ese tema.
Mas tarde, Harry se resignó a pensar que lo mejor era abandonar ese recuerdo y continuar como hasta ahora.
Draco, por su parte, había ignorado a Harry de la mejor manera posible, aunque a su lado siempre se sentía nervioso. No podía evitar sentirse atraído por el auror, pero también estaba de por medio el hecho de que Harry no parecía interesado en recordar lo que había acontecido esa noche, es más, siempre que le dirigía la palabra, lo hacía de manera casual, como siempre lo habían hecho desde que regresó a vivir a esa casa. "Era obvio que el grandioso chico dorado no iba a querer nada con él", nadie quería nada con él, mucho menos el magnífico chico que vivió. Por esa razón, al ser consciente de esa agria realidad, decidió ignorarlo en grande, era la mejor manera de hacerle ver que él tampoco quería algo. Era justo saberse no merecedor de estar al lado de una persona tan esplendida como San Potter. Su pasado era el mayor obstáculo, aunque también se interponía la reputación del otro, "¿Qué pensarían sus amigos, los Weasley, el resto del mundo?", era mejor no pensar en eso.
Entre aquellos días Narcissa le informó que ya había contactado con unos parientes que residían en Francia y que en unos cuantos días se mudaría.
― ¿Draco irá con usted? ―preguntó intentando ocultar su consternación.
― No lo sé, aun no he hablado con él.
Harry asintió entonces, empezaba a preocuparse, muy en el fondo no quería que Draco se alejara.
Malfoy por su parte seguía siendo adicto a las sopas instantáneas, además de que ahora se le sumaban otro tipo de comida chatarra. Harry no podía dejar de preocuparse por su salud, incluso había dejado de comprarle, pero Draco se las había ingeniado para mantener su abastecimiento de sopas y papas fritas.
― No deberías comer solo eso ―dijo una tarde después de volver del ministerio.
― Y a ti qué te importa ―exclamó irritado―, no eres nada mío como para decirme lo que tengo que hacer.
El rostro de Harry se tensó, sintió un dolor agudo en el pecho. "Efectivamente", pensó, "eres el único que puede hacerme sentir de esta manera".
Draco se dio cuenta de la cara que puso el moreno, pero fingió no darse cuenta y continuó devorando su tazón de fideos.
― Harry ―se escuchó la voz de Ron, desde la chimenea.
Inmediatamente se acercó para saber qué es lo que se le ofrecía a su amigo.
― Hola Ron, ¿Qué pasa?
― ¿Estás bien compañero? ―claramente debía verse muy mal como para que el mismísimo Ronald Weasley lo notara.
― Si, estoy muy bien, ¿Ha pasado algo? ―no quería desmoronarse frente a los Malfoy, así que hizo uso de toda su determinación para no hacerlo.
― Nada malo ―respondió el pelirrojo―, vamos a ir a beber a un bar de Soho y nos preguntábamos si querías venir.
Harry quiso negarse, pero entonces recordó lo que había ocurrido un momento antes y aceptó.
― ¿Estás seguro de que estás haciendo lo correcto? ―preguntó Narcissa, después de que el pelinegro desapareciera por la chimenea.
― No entiendo de qué me estás hablando ―respondió fingiendo inocencia.
Prefirió pasar por alto, nuevamente, el comportamiento de su hijo. Claramente se había dado cuenta del interés que Harry había despertado en su hijo y no había pasado por alto que algo entre ellos había ocurrido, sin embargo su hijo era bastante testarudo para su propio bien.
― Está bien, entonces hablemos sobre Francia ―Draco la miró expectante por varios minutos y luego asintió.
El pelinegro regresó hasta el siguiente día, no había querido volver esa noche porque no tenía ánimos de enfrentarse a Draco, para esas alturas ya se había dado cuenta que Draco Malfoy representaba para él, algo mas que solo un ex compañero de colegio, algo mas que su ex enemigo, algo más que un joven al que encontró en medio del parque.
Entró a su habitación y se espantó al ver a Malfoy sentado sobre su cama.
― No quise asustarte ―sonrió divertido.
― No te preocupes, ¿Se te ofrece algo? ―Harry se quitó la chaqueta y la arrojó sobre un taburete.
― Ayer hablé con mi madre y bueno... ― Draco jugueteó con sus manos―, acordamos que la próxima semana nos iremos a Francia.
Harry hubiera preferido no saberlo hasta que llegara el momento, pero ya que más daba. Asintió sin mirar al rubio.
― ¡Qué bien! ―exclamó intentando fingir lo mejor que pudo―. Voy a tomar una ducha ―informó para cambiar de tema.
Draco se retiró de la habitación y Harry se metió bajo la regadera. Mientras las gotas de agua caían por su cuerpo sintió que los ojos le picaban. Sinceramente no supo sí estuvo llorando, tampoco le importaba saberlo, afortunadamente el agua de la llave lavó su cara, sin darle a conocer la verdad.
Una semana después Draco y Narcissa Malfoy se despidieron, Narcissa abrazó fuerte a Harry, algo que el pelinegro nunca creyó que pudiera llegar a suceder.
― Cuídate mucho Harry ―dijo la rubia―, espero que seas muy feliz.
― Gracias Señora Malfoy ―contestó con una ligera sonrisa.
― No, gracias ti por ayudarnos.
Entonces fue el turno de despedirse de Draco, lo miró por largo rato, intentando encontrar las palabras correctas.
― Gracias Potter ―decidió hablar el rubio―, por salvar a mi madre.
Harry solo se limitó a asentir, no quiso hablar más, pues el nudo que se había formado en su garganta le impedía hacerlo sin que se soltara a llorar.
Vio como ambas personas salieron de su casa y él se despidió en silencio; "Siempre estarás en mi corazón", pensó después de verlos desaparecer.
