Grandes expectativas
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Pasan algunas semanas, durante las cuales se esfuerza por no irritar a su madre de nuevo; pero no es tarea fácil, porque últimamente se enfada más rápido de lo normal… y para empezar no es tan sencillo provocarla.
Hane se sienta a la mesa del comedor y la observa depositar comida precocinada en el microondas. Es lo único que sabe hacer en la cocina.
Hay algo que Hane quiere preguntarle, pero teme que no le gusta la respuesta. Cierra los ojos e intenta reunir el valor necesario para hablar.
―Mamá ―dice finalmente y espera, porque no está segura de haber captado su completa atención―. ¿Crees que papá me dejará hacer el examen final este año?
Retiene el aliento y aguarda, pero su madre no dice nada durante largo rato. Se limita a mirar fijamente los palillos que sostiene con la mano.
―No estoy segura ―admite finalmente. Rodea la mesa y abraza a Hane por la espalda. Lo cual es raro, porque su madre raramente la abraza sin razón.
―No sé si papá… ―Hane siente la presión de los labios de su madre en la nuca y su aliento en el pelo, y durante un segundo tiene miedo ―aunque no sabe de qué―, pero su madre la estrecha cariñosamente y le dice que simplemente tendrán que preguntarle una vez esté de vuelta.
―Ha estado mucho tiempo fuera ―añade cuando su madre vuelve a preparar la cena. Es decir, cuando su madre pone la comida precocinada en dos platos.
―La misión debe de ser complicada ―concluye la chiquilla. Observa la espada de su madre, sus hombros moviéndose.
Hane se pregunta cómo puede una persona tardar tanto en servir la comida en dos platos.
Cuando su madre finalmente se sienta, sonríe, pero ésta es una sonrisa completamente diferente a las de siempre.
―Tú―dice― pasas mucho tiempo con Shikamaru-sensei.
Hane intenta ignorar el doble sentido de esa frase, pero puede sentir el calor que invade sus orejas y, por una vez, agradece el color de su pelo, porque ayuda a que el tono rosado pase desapercibido.
―Estará de vuelta la próxima semana, ¿no? ―dice en cambio con la boca llena de comida.
Su madre no dice nada. Juega con la comida, algo que no se supone que uno deba hacer.
―¿Por qué?
Hane no puede creer que su madre lo haya olvidado.
―Mi cumpleaños es la semana que viene ―explica―. Papá prometió que estaría en casa por mi cumpleaños.
La cara de su madre viste de nuevo una extraña sonrisa cuando pone a un lado los palillos.
―Hane-chan ―dice muy lentamente―, no debes enfadarte con papá si la semana que viene no está aquí, ¿me lo prometes?
Hane no entiende por qué su madre dice eso. Conoce a su padre, sabe que nunca ―¡nunca!― ha roto una promesa que le haya hecho. Así que se encoje de hombros.
―Pero vendrá ―le dice. Porque sabe que lo hará, y si su madre no está de acuerdo, entonces no es tan lista como todo el mundo parece pensar.
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El cumpleaños de Hane cae un sábado; lo cual es muy excitante porque no recuerda que haya sido así alguna otra vez. Su madre se ha tomado el día libre y juegan juntas después del desayuno antes de poner la mesa de café.
El padre de Hane aún no ha llegado. Pero lo hará, de eso está segura. Pone la mesa para cuatro. Ella, su madre, su padre y su abuela, a la que desgraciadamente se ha invitado también.
A las tres en punto, la tía Ino se deja caer. Trae con ella un pequeño paquete decorado con un lazo lavanda que permanecerá cerrado hasta que el padre de Hane vuelva, como el resto de regalos. También trae flores para su madre ―lo sabe porque a ella no le van mucho―, y las dos mujeres mayores desaparecen en la cocina mientras hablan en voz baja.
A Hane no le importa, tan sólo insiste en que se ponga un quinto plato. Escala el cerezo que crece en el patio delantero y desde allá arriba observa los alrededores y espera a su padre. Pero no viene, y cuando su abuela llega todos tienen que sentarse en la mesa de la cocina, e Ino y su madre alaban la tarta que ha traído ―con siete pequeñas velas del mismo color que el pelo de Hane y su madre― mientras Hane observa solemnemente desde la puerta.
―Pues bueno, ¿encendemos las velas? ―dice su abuela, y pincha suavemente con el dedo su hombro.
Hane niega con la cabeza. Cruza sus brazos con fuerza y se muerde el labio. No piensa llorar aquí y ahora.
―No hasta que papá llegue ―dice. Ignora las miradas que intercambian los mayores. Obviamente, no creen que su padre llegue a casa hoy. Pero Hane sabe que sí.
A su abuela no parece importarle ―siempre ha sido así―, y estira la mano para encender las velas de todas formas. Antes de que su madre o Ino puedan pararla, Hane está encima de la mesa y quita la tarta del alcance del encendedor.
―¡Te dije que esperases! ―grita con una voz de pito que debería ser capaz de romper el vidrio. Entonces tira la tarta en dirección a la cabeza de su abuela.
Falla, y en su lugar ésta aterriza en el suelo, pero Hane no espera a que su abuela ―que se ha cubierto la cara con las manos― se dé cuenta. Salta de la mesa, evita las manos de Ino y su madre y se apresura escaleras arriba.
Allí se detiene, sin saber qué hacer. Aún insegura, va a la habitación de sus padres y se mete en la cama, donde hunde la nariz en la almohada de su padre bajo sus mantas, pero no huele sino a detergente, así que llora.
No oye cómo su madre y su abuela se gritan la una a la otra, escaleras abajo, ni tampoco el golpe de la puerta cuando la última se va. Se aferra a la almohada de su padre como si así pudiera extraer algo de su olor.
Cuando siente las manos de su madre en su pelo y en su espalda, Hane se hunde aún más bajo las mantas, pero esta vez su madre es más rápida y rápidamente la saca de su refugio y la sienta en su regazo.
―¡Lo prometió! ―solloza sobre su vestido.
―Lo sé ―dice. Sus dedos apartan suavemente algo del pelo de Hane, que ha caído sobre su cara―. A veces ―dice. Al oírla, Hane piensa que no sabe qué decir a continuación―, a veces tu padre hace promesas, aunque no sepa si podrá cumplirlas.
―Pero eso está mal ―replica. Encuentra difícil que su padre pueda hacer algo así.
―Estoy segura de que quiere estar aquí con todas sus fuerzas, con todas ―le asegura su madre.
Finalmente, Hane lo entiende. Algo ha pasado. Algo que mantiene a su padre lejos. Se lo dice, pero su madre no responde.
―¡Tsunade-sama tiene que enviar una partida de búsqueda! ―dice, porque sabe que su madre y Tsunade-sama son cercanas.
Su madre sonríe a medias.
―Ya lo ha hecho, cariño ―susurra. Su expresión cuidadosamente compuesta se deshace y comienza a llorar.
Hane no sabe qué hacer ―nunca había visto antes llorar a su madre, no así― y está más que encantada de que Ino suba las escaleras y pregunte si debería quedarse o irse; a lo que Hane responde rápidamente que sí, por favor, Ino debe quedarse.
Así que Ino se queda, Ino prepara la cena e Ino regaña a su madre por no comer. No hay necesidad de hacer lo mismo con Hane. Ella sabe que es muy pequeña ―incluso para una niña de seis años― y si no come no crecerá, y si no crece su madre no tendrá otra opción que la de realizar experimentos médicos con ella un día de estos. Así que se esfuerza por engullir la comida aunque no tenga hambre.
Después de la cena, Ino insiste en jugar a algo, y así lo hacen hasta que la tarde va muriendo ―Hane no puede recordar otra ocasión en la que haya estado levantada hasta tan tarde― y accidentalmente se queda dormida sobre la mesa de la cocina.
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N/A(1): Debo decir que me cuesta mucho mantener el balance entre la extrema inocencia de Hane, por un lado, y su extraordinaria inteligencia, por otro. Lo cual es la razón de que haya querido escribir esta historia, razón que al mismo tiempo me hace temer por la autenticidad del personaje.
(1): Notas de la autora (Raeubertochter).
