Favor disculpar la demora. Aquí el último capítulo de esta historia. Espero lo disfruten.


Elena se sentía con el corazón en la garganta. Corrió hasta el automóvil y lo puso en marcha a toda prisa. Estuvo conduciendo por un tiempo que no se molestó en contar, sin rumbo alguno, girando en las esquinas sin saber a dónde las llevaba. Su mente estaba en otra parte.

Estaba con Damon. No paraba de pensar en él. En la posibilidad de que estuviese vivo, en la alegría que sentiría al tenerlo a su lado, poder tocarlo, besarlo…

"Damon"

De improvisto, sin siquiera esperarlo, una ráfaga de luz atravesó el camino de manera perpendicular justo frente a sus ojos, obligándola a pisar a fondo los frenos escuchando la ruidosa queja de las llantas y casi derribando un enorme árbol. Un roble. Sonó un estrépito sobre la capota del auto, como si hubiesen dejado caer una pesada maleta sobre él. Elena soltó un grito, asustada. Rápidamente y con manos temblorosas abrió el compartimento frente al sillón de pasajeros para tomar una linterna y un artefacto puntiagudo, por si necesitaba defenderse.

Pero la sorpresa la dejó muda.

Estaba en un claro… sí, justo en el claro donde "El fantasma de Elena" había —junto a un ejército de fantasmas combatientes salidos de la nada— destruido a Klaus. Donde había salvado la vida de sus amigos, de Stefan… de Damon. Donde el mismo Damon, poseído por los malditos malachs, los había hecho pasar a ella y Matt por cosas horribles, además de obligarle a besarlo.

Bajó del auto y deambuló por el lugar con aire ausente, recordando los espeluznantes hechos. Pero para suerte de muchos, todo eso ya había pasado, no estaba muerta, estaba de vuelta, llena de vida y con poderes desconocidos. Pero Damon no estaba con ella y quizás nunca volvería a estarlo. Aquello terminó por derrumbar el poco ánimo que le quedaba y cayó de rodillas justo a la orilla del lago cubriéndose el rostro con las manos. El dolor era devastador.

El escozor de sus ojos era ya insoportable, de manera que permitió que las lágrimas rodaran libremente al momento que sentía como su pecho se comprimía de angustia.

"Elena"

Abrió los ojos lentamente y sin moverse un centímetro de su lugar. Trató de ubicar de dónde provenía la voz que acababa de escuchar en su mente; se puso de pies, parsimoniosa, y miró en derredor. Por puro instinto desvió su mano hasta el interior del bolsillo del pantalón, donde anteriormente había dejado la navaja. La linterna estaba en el suelo. Fugazmente divisó una sombra al otro lado del claro, difícil de distinguir aún para sus dotados ojos. Retrocedió un paso y empuño el arma aún con la mano escondida en la faltriquera.

— ¿A quién piensas atacar con eso Elena? —cuestionó suevamente una voz tras ella. Familiar. Dio media vuelta tan rápido como pudo con el objeto punzante en dirección al desconocido.

Sage.

— ¡Santo Dios, Sage!, que susto me has dado. —resopló aliviada.

Sage se carcajeó con ganas ante la declaración de la muchacha, un sonido muy parecido al cantar de los ángeles, cosa que iba muy de acuerdo con su semblante y apuestas facciones. Sonrió de manera intimidante, mirando fijamente a los ojos lapislázuli de la rubia, acercándose a ella y retiró el arma de sus manos.

— Tengo que hablar contigo. —anunció luego de haber guardado el arma en un compartimento dentro de su vestimenta que Elena no sabía que existía. ¿Cuántas cosas cabrían allí?

— Sage —su voz sonaba cansada y arrastraba las sílabas—, si es sobre lo del inconveniente del viaje…

— Shhhh… —él imitó el sonido de aquel juego de la lechuza, interrumpiendo su discurso— Es algo mucho mejor e importante que eso —continuó diciendo con tono jocoso y una amplia sonrisa en su rostro. Elena lo escudriñó con sospecha.

— Veo que estás muy feliz esta noche. ¿Compartirás tu alegría? —preguntó, dudando inevitablemente que la noticia de Sage fuera a mejorarle lo que quedaba de aquel día.

El ex-guardián de los Siete —ahora seis— Tesoros Kitsune esbozó una sonrisa de medio lado que dejó al descubierto uno de sus afilados colmillos. Desvió la mirada y se enfocó donde se suponía que estaba la otra orilla del claro. Inclinó gradualmente la cabeza hacia arriba, indicándole que siguiera la dirección de su mirada.

Absteniéndose de perder de vista a Sage, fue girando su cuerpo lentamente hacia el lugar indicado, esperando encontrar un atisbo de broma o duda en los ojos de él, pero nunca llegó, de manera que se vio obligada a obedecer su orden y centrarse en lo que Sage observaba con determinada atención.

Pero su alma —o lo que quedaba de ella— cayó al suelo al mismo tiempo que su corazón daba una fortísima sacudida dentro de su pecho, robando el oxígeno de su pecho y, por ende, cortándole la respiración. Definitivamente aquello debía ser otro desgarrador sueño como el que había tenido hace unas horas y si no lo era, que Dios le ayudara. Si lo era, no quería conocer el final, quería despertar en aquel mismo instante. No quería hacerse ilusiones ni crear más falsas esperanzas referente a si Damon estaba… vivo. Maldijo encarecidamente a quien fuera la persona detrás de todo aquello, deseó hacerle sentir el mismo sufrimiento que ella.

Soltó de su pecho el aire que no sabía que estaba conteniendo, aún con la mirada puesta en aquel 'impostor', pero sin poder mirarle a los ojos, pues el valor andaba de paseo y no parecía dispuesto a volver por ahora. Lo que sí consiguió fue poner a trabajar sus cuerdas vocales y el coraje para volverse nuevamente a donde estaba Sage y gritarle un par de las sandeces que merodeaban por su mente.

— Sage, no sé de qué va este estúpido juego pero…. — su voz se tornó ronca, como si hiciera un incalculable esfuerzo para que saliera de su garganta; pero a pesar de todo, Sage no estaba. Solo el sonido del viento filtrándose entre las hojas le hacía compañía en aquel momento.

Maldijo.

— Hola Elena.

El sonido de aquella voz encendió una alarma en su mente e hizo vibrar todo su cuerpo. Se oía lejana, desde aquel lado del claro específicamente. Aun así, tocó por instinto su bolsillo solo para encontrar nada más que una superficie llana.

"Esto no lo vas a necesitar" había susurrado Sage mentalmente al retirar el artefacto de sus manos. Ya ajustaría cuentas con él.

Sin darse tiempo a pensar en una sola cosa más, dio la espalda al bosque, decidida a encarar al 'impostor' y terminar aquella pesadilla. Pero lo que sus ojos descubrieron la dejaron impávida. Lo que ella esperaba que estuviese al otro lado del claro estaba ahora a no menos de 3 metros de su cuerpo, provocando que profiriera un grito, notablemente espantada y los ojos desmesuradamente abiertos ante su descubrimiento. Instantáneamente el aire se volvió sofocante. De nuevo sentía esa opresión en su pecho que le indicaba que no quería estar allí, no quería sufrir más.

— Da… Damon. —difícilmente se le escuchaba y apenas podía respirar. No se atrevía a mirarlo a los ojos porque aquello terminaría por desgarrar los pedacitos que quedaban de su corazón.

— Elena, mírame. —su voz era firme y a la vez suave. Elena cerró los ojos con fuerza intentando apaciguar el agudo dolor de su pecho al reconocer su tono de voz, aquel que estaba deseando escuchar desde hace más tiempo que el que en realidad había transcurrido.

Negó titubeante con la cabeza mientras sentía que las lágrimas volvían a salir. Si aquello era una mentira, no soportaría un día más en esa situación. Por eso se rehusaba a él. No podría soportar mirarlo, tocarlo, permitir que su corazón saltase con gozo para luego ver todo desaparecer. El daño sería irreparable.

— Por favor… —aquel susurro la estremeció hasta la punta de los cabellos. Todo parecía tan real, podía hasta jurar sentir en calor de su cuerpo junto al de ella, el terso tacto de sus dedos bajo su mandíbula en un intento de que lo mirase, el aire de un suspiro embrujar el ambiente…

"Por Dios santo… ¡Me está tocando en serio!" su subconsciente gritó en su cabeza y ella se echó para atrás, apartándose de él.

— No me toques —jadeó—, no quiero verte desaparecer otra vez… no podré soportarlo Damon —los gemidos volvían casi incomprensibles sus palabras—. Detén esto ya por favor… Damon, detenlo.

Estaba temblando. No sabía desde cuándo, pero lo estaba haciendo, tenía miedo… su mente le decía que aquello era imposible, que Damon estaba muerto, ella misma lo había visto y sentido. Pero su corazón le dictaba otras cosas.

— Elena…

— ¡Para ya, Damon! —el poco autocontrol que estaba ejerciendo sobre si misma se vino abajo al volver a escuchar otra vez su nombre en sus labios. Decidida y con un valor que no sabía que tenía, lo encaró, casi con fiereza— ¿Qué no te das cuenta? No puedo soportar esto sabiendo que moriste entre mis brazos, siento que me desmorono poco a poco cuando te miro a los ojos Damon… es realmente insoportable, tu ausencia me está destruyendo y tener que verte en mis sueños sabiendo que al final vas a desaparecer, que fue todo una mentira… —su voz estaba rota, el dolor era palpable en cada una de sus palabras— no puedo soportarlo…

Elena gimió con dolor y se abrazó a sí misma, tratando de calmarse. Estaba cabizbaja, por lo que no pudo darse cuenta cuando Damon se acercó a ella y, detenido a escasos milímetros, la rodeó con sus brazos. Intentó separarse de él, pero él obviamente no se lo permitió.

No había nada que pudiera hacer, sabía que Damon era terco como una mula y estaba claro que no pensaba dejarla ir. Así que se dejó hacer. Permitió a su cabeza descansar sobre su pecho y se relajó un momento, mientras el calor de su cuerpo le daba la bienvenida. Cosa que le pareció extraña cuando se suponía que Damon estaba muerto. Se sentía tan bien que podría pasarse la vida entera entre sus brazos. Podía sentir como su aroma la embriagaba e inundaba todos sus sentidos, sentía que volvía a nacer, que aún había oportunidad de ser feliz.

Elena se sorprendió a si misma rodeando a Damon con sus frágiles brazos. Ya no tenía fuerzas para luchar, sus defensas habían desaparecido, entregándose a aquel vampiro arrogante al que tanto amaba. Solo le quedaba sobrevivir al final. Disfrutaría tanto como pudiera el momento.

Sus cabellos se movían al compás de la respiración de Damon. Su mundo giraba alrededor de él, y así como su aroma, los recuerdos invadieron su mente por un instante, los buenos recueros, aquellos que le recordaban porqué aquel hombre era su razón de existir.

Los dedos de Damon en su mentón la trajeron de vuelta a la realidad, si es que a aquello podía llamársele de esa forma, pero esta vez no se apartó. Pudo observarlo con detenimiento, buscando algo que le indicara la veracidad de aquel encuentro, pero aquel par de abismos color ónice la transportaron a otro lugar. Un viejo y conocido lugar.

Allí estaba, después de tanto tiempo lo volvía a ver. Aquel hermoso niño que habitaba en lo profundo de la conciencia de Damon. Pero algo había cambiado, no, muchas cosas habían cambiado. La roca gigante ya no estaba, ni las cadenas, ni las ropas desgarradas de aquel crío. Ahora era todo un bosque, no muy frondoso, pero sí abundante en frutas. El niño vestía ropas nuevas y limpias, claro, del mismo tono de color. Él estaba de pie, mirando la copa de un árbol de donde colgaba inocentemente una manzana; él no se movía, parecía estar de brazos cruzados. No podía saberlo, pues el niño le daba la espalda.

Dio un par de pasos, insegura en aquel desconocido hábitat, e increíblemente aquello bastó para que el pequeño se diera cuenta de su presencia en el lugar. La miró, con sorpresa al principio, para luego sonreír ampliamente y correr hacia ella.

— ¡Lo sabía! —exclamó, abrazándose a ella, quien se agachó a su altura y lo apretó contra su cuerpo. Sus ojos comenzaron a escocer de nuevo. Poder tener a esa criatura rebosante de alegría entre sus brazos luego de haberlo visto morir entre sus brazos era algo inexplicable. Un sollozó escapó de su garganta. Damon la miró.

— No, no llores —susurró. Elena lo miró y se dio cuenta de que en una de sus manitas sostenía una, extraña rosa negra. —. Mira Elena, soy feliz y él también lo es.

El corazón de Elena se contrajo ante la tierna inocencia del niño. Él levantó la rosa orgullosamente hacia ella, mirándola con desbordante alegría, como si nunca antes hubiese pasado nada. Ella tomó la rosa entre sus dedos y la pegó a su pecho. Lo miró fijamente, él no dejaba de sonreír.

— ¿Por qué estás tan feliz si… tu…? —las palabras escapaban sin su consentimiento de sus labios, el pecho aún le dolía, pero la expresión del niño no dejaba de denotar felicidad, aunque había un atisbo de confusión.

Ella fue directo al grano.

— No entiendo esto… Parece tan real, y si es así, ¿Cómo es que estas vivo? Recuerdo perfectamente cómo te ibas entre mis brazos, estabas sufriendo y… todos, Bonnie, Stefan… ellos… —su voz se apagó.

— No Elena, no estoy muerto —Se acercó a ella y se arrodilló a su lado, siempre mirándola, ahora con el rostro serio. Como si el actual, adulto y maduro Damon estuviese dentro del cuerpo del niño. —. No sé cuál es la explicación y mucho menos la razón… pero no estoy muerto; prometí nunca abandonarte y aquí estoy contigo.

Elena no sabía que pensar, su mente, toda ella estaba fuera de sí. Damon había vuelto, o mejor dicho, jamás se había ido, nunca la había dejado. Nuevas fuerzas se apoderaron de ella y volvió a cubrir con sus brazos el diminuto cuerpo de Damon, con una nueva expresión en su rostro.

Pero de pronto su cabeza dio un giro brusco, provocándole un mareo. El aroma comenzó a cambiar, al igual que la temperatura del ambiente. Dentro de su poca percepción, de lo primero que pudo darse cuenta fue que su espalda estaba apoyada junto al tronco de un árbol y se sentía apretujada; lo segundo, y por ello fácilmente podía haberle dado un paro cardíaco, fue de que los labios de Damon, tan conocidos para ella, devoraban los suyos tierna y fervientemente, sentía sus labios, junto a todo su cuerpo, muy calientes, como si llevaran tiempo haciendo aquello.

Un suspiro escapó de sus labios al instante en que Damon le dio la libertad de cubrir la necesidad humana de respirar, dándose también un momento para asimilar la situación e intentar concentrarse a pesar de tener el cuerpo de Damon a milímetros de ella y su aliento entremezclándose con el de ella.

Misión imposible.

— ¿Cómo…? —fue apenas capaz de susurrar con los ojos de Damon puestos sobre ella, tan negros como el abismo que solía ser su corazón.

— No lo sé —aseguró—. No encuentro explicación, solo sé que desperté en la Dimensión Oscura y vagué por un tiempo alimentándome de humanos a los que les valía un bledo su vida, pero no podía salir. Hasta que apareció Sage. Me dio una mano y un par de alas —soltó una risilla jocosa— y me trajo de vuelta a la tierra —Acarició lentamente la blanca mejilla de la rubia, deslizando sus dedos hasta su mentón, terminando el trayecto en la base de su garganta. Damon tenía puesta su mirada en aquel lugar lo que estremeció a Elena. Damon sonrió—. Luego fui introduciéndome en tus sueños —como saliendo de un trance volvió a mirarla a los ojos— Créeme que para nada me gustaba verte llorar casi todas las mañanas. Innumerables veces intenté aparecerme en tu habitación y terminar con todo esto, mostrarte que estaba aquí, vivo, y así dejaras de sufrir. Pero no podía. Sage tuvo que ayudarme a contener la mayoría de las veces, ya que era peligroso para ti, habían cosas a las que aún tenías que adaptarte; pero créeme, ganas no me faltaron. Es un hambre que solo puedo saciar de una manera… si tú me lo permites.

Elena no estuvo segura de si lo que vio en los ojos de Damon fue súplica, pero había algo en ellos que le revolvía el estómago y le aceleraba el corazón, y de no ser por darse cuenta de que él se alejaba lentamente de ella, con una expresión extraña en el rostro, visiblemente afectado, habría jurado que él había estado controlándola y se hubiese quedado justo donde estaba. Pero la abstracta necesidad de desaparecer aquella expresión de los ojos del vampiro bastó para tomar su rostro entre sus manos y besarlo con necesidad. Si todo era real, si Damon estaba de vuelta, no iba a dejarlo escapar otra vez. Era retenerlo o irse con él.

— Gracias Elena… —susurró con voz ronca junto a su oído, dejando caer la cabeza sobre su hombro, dejando que el manto de pelo rubio cubriera su rostro y lo embelesara con su perfume.

Por su parte ella se dedicó a acariciar el sedoso pelo de Damon con sus dedos. Levantó la mirada al firmamento estrellado y dio gracias por la nueva oportunidad a quién había hecho el milagro, sin importar de quién se tratase.


Agradezco sus opiniones (:

Hasta la próxima.