Una tarde helada
-¿Qué haces aquí?
La voz del anciano denotaba certera sorpresa. ¿Sería que, al fin, Finn y Jake habrían ido a rescatarle? No se consideraba una mujer impaciente pero, conforme las horas pasaban, el frío se acrecentaba.
-Sólo vine a verte, me pediste que lo hiciera cada vez que pudiera. – No era lo que esperaba la princesa, no habían venido a salvarla aún. Sin embargo, la tortura de tener que soportar el parloteo del Rey Helado había cesado. –Aunque pienso hacerlo sólo cada vez que quiera.
-No creo que sea el momento más propicio.
El Rey Helado había titubeado en las últimas palabras. Marceline no era más aquella niña ingenua que le creía todo a aquel hombre.
-¿Por qué no? ¿Tienes alguna otra princesa escondida?
-¿Qué te hace pensar eso? –Respondió, casi de manera inmediata, con otra pregunta.
-Finn me dijo que la vez pasada que estuve aquí, tenías a la Princesa Mora secuestrada. Tu obsesión es un poco patética, ¿no crees?
-Es un invento suyo, Marcy, ¿no ves que ese niño sólo intenta separarnos?
La Dulce Princesa no pudo evitar reír suavemente, aunque para la vampiresa fue audible a pesar de la pared de hielo que intentaba esconderla. Aunque pesada e irritante, Marceline solía ser graciosa. Se acerco y la Dulce Princesa pudo ver su silueta (bastante distorsionada) a través del hielo.
-Retrocede un poco, quién-quiera-que-seas.- Ordenó Marceline con voz apagada y Bonnibel recogió sus piernas al mismo tiempo que empujaba su cuerpo al fondo de la celda. De una sola patada se hizo un enorme agujero en la pared.
-Ups… - el Rey Helado se giró.
-¿Bonnibel? – preguntó en un susurro mientras le extendió la mano para ayudarla a salir de entre los escombros de hielo. –Sí que eres raro, Simon, habiendo princesas más agraciadas en abundancia.
-¿Si… qué? La Dulce Princesa es mi favorita de todas. –Quiso acercársele pero Marceline se puso en medio y el hombre dio un paso atrás.
La Dulce Princesa no entendía muchas cosas. Ni siquiera le importó el insulto directo, estaba realmente agradecida con la Reina Vampiro y sólo pensaba en salir de ahí. Le dedicó miradas fulminantes al Rey.
-Si no terminas con esto pronto, no vendré a verte más.
-Pero somos amigos, Marcy.
-Lo somos pero estoy… un poco cansada de tu actitud. Siempre actúas como un loco, Simon. Estar contigo es bastante perturbador, si te soy honesta.
-¿Qué es Simon? – el Rey hizo un gesto de total confusión. –Parece que quién está actuando como loca eres tú.
-Tienes razón, mejor me voy.
Estaba a punto de salir por la ventana cuando la Dulce Princesa carraspeó, olvidando sus modales, para hacerse notar.
-¿No olvidas algo? – La princesa realmente se sintió ofendida.
-Llaves, teléfono, dinero… No, todo parece estar completo y en orden. – Esbozó una sonrisa sínica y estuvo satisfecha de recibir una de las miradas más terribles de parte de la Princesa.
-¡Sácame de aquí!
-No creo querer…
-Por favor…
-No era tan difícil, ¿o sí, princesa?
Dicho esto, le tomó una mano y se elevó junto con ella. Pero se detuvieron un par de segundos después.
-Devuélveme eso. – Los ojos de Marceline se tornaron de un terrorífico color rojo y enseñó los colmillos.
-¿Podrías prestármelo? Así tendrías una razón para volver… ignorando el hecho de que estoy loco.
La Reina Vampiro retomó la calma, en sus ojos había… ¿tristeza? O algo semejante, tal vez una mezcla de muchos sentimientos. Suspiró muy fuerte antes de hablar.
-Está bien, vendré por ella después. Cuídate, viejo.
Marceline no miró atrás ni titubeó al irse. Se alejaban rápidamente y la Dulce Princesa pudo ver al hombre pegar la bufanda de Marceline a su barba y frotar su cara en ella. Todo era tan extraño, no entendía nada; además, sentía un poco de miedo pero no por volar, simplemente no confiaba en la Reina Vampiro. No se dijeron nada y, al cabo de unos minutos, estaban ya en el Dulce Reino. Marceline voló bajo y todos los habitantes miraban y seguían a la princesa mientras ellas les soltaba besos. Aterrizaron suavemente en las puertas del palacio.
-¿Sabes por qué no fueron Finn y Jake a rescatarme? –Decidió preguntar finalmente la Dulce Princesa mientras Marceline le daba la espalda.
-Llevan fuera una semana, no deben tardar en volver. –Respondió simple y totalmente ausente.
-¿Qué fue todo ese parloteo entre el Rey Helado y tú, Marceline? –Su tono era burlón, incluso retador. Hubo un silencio corto.
-Nada que te importe verdaderamente, princesita, vuelve a tu cuento de hadas. –Marceline flotó, dispuesta a irse.
-Esa costumbre tuya no cambia.
-¿De qué demonios hablas?
-Irte sin despedirte.
Reina y Princesa se encararon, ambas tenían una expresión retadora. Marceline sonrió macabramente, puso los pies en el suelo y se acercó hasta quedar a dos pasos de distancia de Bonnibel.
Algo muy parecido a la ansiedad invadió todo el delicado cuerpo de la princesa. Realmente le desagrada la cercanía de cierta clase de personas. Sin embargo, solo internamente, tendría que admitir que la vampiresa no era una de esas personas. Aún así, se le había enseñado que las criaturas de la noche suelen ser perversas. Lo dudaba, ciertamente, puesto que lo único que había hecho todo este tiempo era únicamente ayudarla.
-Tus costumbres tampoco parecen ceder, niña arrogante.
Flotó unos segundos y se fue. Sin más.
-¡Princesa, qué bueno que está a salvo!
Mentita había aparecido en la escena, la Dulce Princesa no apartaba la vista de aquel punto del horizonte en el que Marceline había desaparecido.
-Sí, por supuesto. Tengo algo de qué hablarte… -Comenzó a caminar para entrar al palacio con su mayordomo a lado.
-Soy todo oídos, su Majestad.
-Sé que me enseñaste que las criaturas de la noche son excepcionalmente malvadas. Todo lo oculto siempre se relaciona con la oscuridad pero… esta chica, Marceline, ¿sabes? No me parece tan mala. Ella me ha rescatado del Rey Helado y creo que… esconde más cosas de las que pensaba, cosas tristes. No sé, me dio un poco de lástima, debo admitir.
-¿Ella la rescató? Glob salve a la Reina Vampiro. Yo le estaré eternamente agradecido. Pero no se torture pensando en ella, con el tiempo que lleva de existencia, me parece normal que tenga tantas cosas que ocultar. Sin embargo, eso no es asunto suyo, son de mundos distintos.
-Supongo que… tienes razón.
Las puertas del palacio se cerraron tras ellos.
A los que leen y siguen mi historia: gracias totales.
¡Bonita semana!
