No sé cuántos lectores tendrá esto por el momento, pero espero que les haya gustado el primer capítulo introductorio. A partir de este vamos directamente con la adaptación de la novela, y como dije ya está casi todo listo, pero quiero trabajar más en los últimos capítulos, porque honestamente creo que en la novela el final es demasiado acelerado.
Como dije la primera vez: no poseo nada de esto, nada de Sherlock ni de la obra de Jaid Black. Lo hago sólo para entretenerme y pasar las tardes de cesantía. Si me quieren demandar lo único que pueden llevarse (además de lo mencionado en el primer capítulo) son mis dos gatas (y dudo que ellas se vayan por las buenas).
Mary Margaret Hooper soltó el aliento al contemplarse en el enorme espejo de su cuarto de baño. Esta no puedo ser yo, pensó malhumoradamente. No puedo creer que esta sea yo.
Era bonita, supuso, con su pelo castaño cayendo hasta la mitad de su espalda, un suave rizado natural contra el cual luchaba cada mañana al peinarse para trabajar. Sus ojos chocolate eran lo suficientemente expresivos para llamar la atención, siempre y cuando decidiera mantener contacto visual con la gente en vez de mirar sus pies tímidamente. Se podía considerar una especie de belleza promedio, lo bastante bonita como para tener citas. Debería tener citas, al menos las suficientes para darle un poco de emoción a su vida.
Con treinta y cuatro años a cuestas jamás se había acercado al altar, Molly estaba satisfecha con su soltería, la cual había disfrutado plenamente. Vivir sola le daba la libertad de hacer lo que quisiera cuando quisiera sin necesidad de consultar ni dar explicaciones a nadie. Como muchas mujeres en el mundo, tenía muy claro que ser soltera tenía sus recompensas.
Pero también inconvenientes.
La soledad era lo que más le pesaba. Noche tras noche a solas, teniendo como única actividad el contemplar el techo de su habitación o la almohada vacía junto a la suya en la enorme cama. Noche tras noche fantaseando con el amor, o con situaciones sexuales escabrosas que, estaba segura, jamás ocurrirían en su vida. Después de todo, era una simple y común mujer de mediana edad. Sin importar las (normales) necesidades de su cuerpo, al final del día, con lo que más fantaseaba era simplemente con tener algo de compañía.
Pero no estaba completamente sola, se recordó, sólo estaba carente de compañía masculina. Compañía masculina humana, recalcó mientras veía a su gato Toby pasear desde la cocina hasta la el salón con la confianza de quien se sabe dueño del lugar.
Volvió a mirarse al espejo, con una mueca de desagrado. Mirando a su alrededor no podía más que pensar que se había convertido en el clásico retrato de una vieja solterona sin siquiera darse cuenta. Después de todo, Toby no era más que el primero de su maravillosa colección de diez gatos que cómodamente vivían en su departamento.
¡Diez gatos! Era como si se hubiese ido a la cama una noche como una mujer joven y despertase la mañana siguiente como una patética solterona…
Puso los ojos en blanco frente al espejo.
— Suficiente, Molly — regañó a la imagen que le hacía gestos frente a ella —. No eres una vieja loca solterona. Solo estás… — suspiró desganada — estás sola y aburrida.
Sí, tenía treinta y cuatro años. Sí, nunca había estado casada. No, no tenía citas con nadie (le era imposible confiar en los hombres después de Jim) y difícilmente las tendría próximamente.
Pero, en general, amaba su vida. Disfrutaba de su trabajo como patóloga en el Hospital St. Bartholomew, y los misterios que ocasionalmente llegaban a su mesa de examen eran vigorizantes y desafiantes.
Y no había nada incorrecto en poseer gatos. Muchos gatos. Montones de gatos. Gatos de todas las clases: de pelo corto, algunos pequeños, o de pelo largo y larguiruchos, grandes y grasosos, y…
Sus dientes se apretaron. Quizás si poseía demasiados malditos gatos.
Sonrió, tratando de convencer a su imagen de que no había nada malo con su vida, mientras Toby saltaba sobre el lavamanos y se acariciaba contra su mano, ronroneando. No había nada malo en amar a los gatos y pasar más tiempo con ellos que con compañía humana de cualquier tipo.
Su sonrisa se rompió lentamente mientras se contemplaba en el espejo. Estaba un poco cansada del status quo, un poco cansada de llevar una existencia aburrida y de hacer todo lo correcto y complacer a los demás.
Y tenía necesidades, como cualquier otra mujer normal. ¡Estaba en su punto sexual más alto, el peor momento de su vida para permanecer célibe por culpa de sus demonios pasados!
Quería por una vez — una sola maldita vez — hacer algo salvaje y loco, algo que jamás nadie pudiera relacionar con el carácter de la doctora Mary Margaret Hooper que todos en el hospital conocían y respetaban. Algo descarado, salvaje e imprudente que le diera una vida de recuerdos para mantener cuando estuviera de aquel humor que la volvía sentimental, extrañando los días en que podía ser rebelde. Se estaba haciendo más vieja y…
Y estaba enferma de ser siempre la buena chica. Ninguna mujer de treinta y cuatro años necesitaba conformarse con las expectativas de otras personas cuando esas expectativas no la hacían feliz. O, más en concreto, ninguna mujer de treinta y cuatro años debería conformarse con las expectativas de otros cuando esas expectativas no son las propias que la hacen feliz.
Molly mordisqueó su labio mientras sus ojos paseaban lentamente por la repisa del lavamanos y se detenían en la revista abierta en aquella página. Resistió la tentación de releer aquel anuncio que había estudiado mil veces durante los tres días pasados. Pero la necesidad de volver a verlo ganó, y tomó la revista para leer las palabras que la habían perseguido desde la primera vez se topara con el anuncio.
El Hotel Ilussion está seleccionando mujeres para trabajar en nuestro exclusivo Resort de caballeros, situado en una isla privada de las Islas Vírgenes Británicas. La paga es excepcional para mujeres excepcionales, dado que solo recibimos clientela exclusiva y cuidadosamente seleccionada. Se necesita, por encima de todo, mujeres cómodas en el papel de sumisas. Las excursiones a la isla duran desd días…
Molly exhaló un aliento mientras releía la parte del anuncio que más había apelado a ella.
Se necesita, por encima de todo, mujeres cómodas en el papel de sumisas.
Esa siempre había sido su fantasía. Una fantasía muy grande, de las que la ponían húmeda cada vez que su imaginación corría por las noches.
Ser sumisa con un hombre. Jugar a ser esclava de su amo. Permitir que un hombre la amarrara e hiciera lo que quisiera hacerle llevándola a los límites del placer.
Era algo que una buena muchacha nunca haría.
Y era algo que ella quería hacer, y mucho.
Podía sentir su corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho. Solo será una noche, se prometió. O siendo exacta, sólo por una excursión a la isla.
No era como si nadie hubiera oído nunca algo acerca del Hotel Illusion. Todos en Inglaterra habían escuchado al menos una vez en sus vidas los rumores sobre el Resort, sus clientes y cómo se les satisfacía, aun si este no era el tipo de tema que uno sacaba a colación en una conversación casual.
El Hotel Illusion era el lugar exclusivo donde hombres de negocios o miembros de familias adineradas llegaban en busca de sol, diversión y sexo sin ataduras con una mujer pagada (o muchas) a su elección.
Si quieres vivir tus fantasías sexuales más profundas sin que ningún conocido lo averigüe, ese sería el lugar para hacerlo, Molly. Tomó otro aliento profundo. ¡No hay ninguna forma de que cualquiera de tus colegas hombres de la universidad puedan tener dinero suficiente para frecuentar esa isla!
Dejó la revista en la repisa del lavamanos y volvió a contemplarse en el espejo. Era poco probable que alguno de los exclusivos clientes del Hotel Illusion deseara a una mujer común como ella. Aunque si dejara suelto su cabello y permitiera que se rizara naturalmente, y si se aplicaba un poquito de maquillaje, y si...
Su imagen le devolvió la mueca que surgió en sus labios. Quizá si se sometía a una cirugía reconstructiva completa, se aumentaba los pechos y disminuía sus caderas podría llamar al Hotel Ilussion para tomar un trabajo durante una excursión.
¡Como si quisiera trabajar en un lugar donde estaba destinada a ser la mujer más fea de toda la isla! En especial considerando que la verdadera razón por la que quería ir en no era el dinero, sino conseguir un poco de acción. De verdadera acción.
Suspiró mientras daba un nuevo vistazo al anuncio.
El Hotel Illusion realizará entrevistas personales durante toda la última semana de marzo en el área de Londres. Llame a Ian Dankworth al XXXXXXXXXX.
— No pierdo nada con al menos intentar una llamada — murmuró, tratando de convencer a su imagen.
Cerró los ojos brevemente mientras tomaba un aliento estabilizador. Completamente nerviosa, Molly tragó con fuerza el nudo que tenía en la garganta mientras caminaba hacia la cocina y tomaba el teléfono. Respiró hondo antes de golpear las teclas para marcar el número que había aprendido de memoria desde hace tres días.
— Estoy completamente loca —refunfuñó mientras esperaba que alguien contestara—. Definitivamente perdí la cor…
— Gracias por llamar al Hotel Illusion. Habla Sherryl Dankworth. ¿En qué puedo ayudarle?
Molly se congeló al oír el sonido incorpóreo de la voz ronca. Los latidos de su corazón se aceleraron de forma tan dramática que se preguntó durante un histérico momento si saldría huyendo de su pecho.
— ¿Hola? Es el Hotel Illusion. ¿Hola?
Su respiración se volvió trabajosa mientras su corazón subió hasta convertirse en un nudo en su garganta
— Muy graciosa, amiguita — preguntó la ronca voz en tono enojado —, ¿quieres hacer una reserva en la isla o no?
Aterrorizada y completamente fuera de su elemento, la mano de Molly voló a la consola del teléfono, lista para colgar. Pero cuando sus dedos estaban a punto de pulsar el botón para acabar la llamada, su mirada fue atrapada por una fotografía colgada en la pared.
La fotografía era de ella y sus diez gatos.
¡Si hubiera llevado puesto el uniforme de colegiala parroquial en esa fotografía, la patética imagen chica buena y tonta estaría completa!
Los ojos de Molly llamearon cuando plantó su mano firmemente sobre su cadera, de modo que no podía volar hasta el botón de desconectar y terminar nerviosamente la conexión con la Señora Voz Ronca contra su voluntad.
— Mi nombre es Molly — apretando los dientes su barbilla se alzó. Y con la convicción y la resolución de un alcohólico recuperándose en una reunión de anónimos, añadió en voz alta y con total seguridad — ¡Y soy una sumisa!
— Espera un segundo — contestó la Señora Voz Ronca con un bostezo —. Déjame transferirte a ese departamento.
