Hola, chicos y chicas que habéis leído el prólogo de mi fic! Primero decir que: de verdad un solo review? En serio? Sé que lo habéis leído más personas, no podéis dejarme así sin saber que pensáis~! Pero bueno, yo tampoco soy quien para quejarme, siempre olvido comentar nwnU. Sólo que sepáis que, cuantos más reviews reciba, más pronto publico el siguiente cap. Ahí lo dejo caer~

Por el lado contrario: Muchas gracias por tu review, Kimi-chan! No te preocupes por lo corto de tu review, por lo menos me has escrito y es ya me hace feliz (aunque ya me habías dicho muchas cosas cuando lo escribí la primera vez). Muchas gracias~!

Este cap está dedicado a Kimi no Sakura, por ser la única en comentar y, por supuesto, por ser mi beta-reader y mi mejor amiga (Alice, no te celes). Para ti, Kimi-chan!

Bueno, no os entretendré más: ¡He aquí el cap!


I

Los corderos

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–Kousuke.

Con el cuerpo aún adormilado, el azabache aludido levantó la mirada del cuenco de su desayuno y la dirigió hacia su hermana, que aún portaba el delantal y cruzaba los brazos frente a su pecho con una cuchara de madera en la mano, moviéndola impacientemente. La chica le hizo un gesto con la cabeza, señalándole así el reloj de cuerda de la sala.

Tardó un par de segundos de más en comprender aquello.

–¡Llego tarde! – exclamó levantándose sobresaltado, antes de correr hacia su habitación para cambiarse a toda prisa – El señor va a mandar a que me fusilen, ¡me va a dar latigazos hasta la muerte! ¡Soy muy joven para morir! – se escuchaba aún desde el comedor, haciendo que a la joven le cayera una gotita por la sien.

–Kido-san, ¿el señor de Seto-san realmente es tan cruel?

La chica volvió su mirada hacia la pequeña Mary, que hasta ese momento había estado desayunando al lado de Kousuke tranquilamente y ahora escuchaba con curiosidad la sarta de torturas que el chico gritaba y repetía desde su habitación.

–Sí, así de cruel puede llegar a ser una persona a la cual se le sube el poder a la cabeza – respondió Tsubomi encogiéndose de hombros –. Lástima que no mucha gente vea esa crueldad. Sería mucho mejor un mundo donde los reyes, los príncipes y el resto de los nobles no manden fusilar a sus criados por llegar cinco minutos tarde.

–¡Ese mundo es una fantasía, Tsubomi! – exclamó Seto llegando de nuevo al lado de la peliverde, esta vez vestido con un traje verde de criado y listo para partir – Si llegara a ser real, ¡juro por lo más santo que le besaría los pies a ese noble y lamería el suelo por donde pisara!

Mary rió divertida ante tal promesa, al contrario de Tsubomi, que puso una mueca asqueada a la vez que miraba a Seto de arriba a abajo.

–Por Dios, Kousuke Seto, ¡que asco! – dijo Kido empujándole lejos de ella.

–Oh, no es broma. Pero Shuuya y tú tendrían que ayudarme, yo solo no daría a basto – rió el azabache picando a su hermana.

–¿Tú no llegabas tarde? – le evadió esperando que dejara de decir tonterías.

Ante eso, el joven pareció reaccionar y se fue de allí lo más rápido que pudo, no sin antes despedirse de Kido y de Mary. Ensilló rápidamente a su caballo mientras rogaba una y otra vez que el príncipe no se enfadara mucho con él y buscaba excusas para disculpar su retraso.

Una vez que los cascos del caballo dejaron de oírse, Kido suspiró y tomó el asiento que antes ocupaba Seto, justo frente a Mary y el bol de sopa que tenía como desayuno. La pequeña ladeó la cabeza.

–¿Sucede algo? – preguntó antes de tomar otra cucharada de su desayuno.

Ella negó suavemente.

–Nada, sólo espero que ese idiota tenga cuidado en el camino – dijo algo cansada, cerrando los ojos como si así pudiera dormir.

Sin que ella se diera cuenta por darle la espalda al resto del comedor, un cierto rubio salió de la habitación que compartía con Kousuke y caminó lentamente y de puntillas para no hacer ningún ruido, intentando que Tsubomi no notara su presencia hasta que fuera demasiado tarde. Pero Mary si lo veía y pasó varias veces la mirada de él a ella dudando si decir algo o no.

–Sé que Kousuke sabe lo que hace – prosiguió la chica ajena a la situación –, pero cada vez hay más de esos malditos lobos en el bosque por el que tiene que pasar y no sólo ellos, hay muchos más peligros. No quiero que le ocurra nada malo. No es por parecer algo blanda, pero es normal que me preocupe cada vez mis hermanos salen de casa, ¿no, Shuuya? – añadió algo más alto, justo para que el rubio se diera por aludido.

Y en ese momento, justo cuando ya tenía una mano sobre la puerta, Shuuya se vio obligado a frenar su huida con una sonrisa típica en él, sólo que un poco más tensa. Se giró rápidamente para mirar a Kido, que aún le daba la espalda.

–¡Buenos días por la mañana, estimada y queridísima hermanita~! – saludó guardando sus manos en los bolsillos de la túnica negra que le llegaba hasta las rodillas.

–Un paso más y te llevo frente a la Inquisición, hermanito – lo amenazó con voz de ultratumba.

–Eso es muy cruel... – dijo el rubio sin cambiar ni un ápice su sonrisa, notando sin embargo una gota caer por su sien.

Kido por fin se dignó a girarse para mirar a Kano, aunque para ver ese rostro de asesina psicópata que portaba prefería que siguiera dándole la espalda. Durante cerca de un minuto, notó la presión que cargaba la mirada de su hermana cayendo sobre su cuerpo como una enorme roca, haciendo el ambiente cada vez más tenso. Mary casi podía notar como la temperatura alrededor de ellos había descendido cerca de diez grados.

Al final, como si fuera un acto de rendición, el rubio se llevó una mano a la nuca y suspiró.

–Sólo salía a dar un paseo por el pueblo, para informarme de si hay alguna fiesta pronto o algo que no provoque que muera de aburrimiento aquí encerrado – explicó intentando parecer molesto.

Mary entonces sonrió feliz e inocentemente.

–¡Kido-san y yo teníamos planeado ir más tarde a comprar al mercado, Kano-san! – anunció mirando a Shuuya con alegría, al contrario de lo que mostraba el rubio.

–Mira por donde, ya no tienes por qué acercarte al pueblo, nos informaremos nosotras de lo que sucede por ti – sonrió Tsubomi mostrando su superioridad –. Es más, deberías de quedarte en casa, Shuuya. Nunca se sabe que clase de ladrones pueden andar por los alrededores.

–Ya, bueno... Es que también necesito buscar algo importante que unas chicas no podrían conseguir, así que tendré que salir y buscarlo yo mismo – explicó haciendo el amago de alcanzar la puerta con la mano, pero el argumento de Kido le hizo detenerse... de nuevo.

–Si te refieres a la lista de cosas que garabateaste anoche y que dejaste encima de la mesa, se la guardé a Kousuke en el bolsillo para que, cuando volviera del palacio, te busque todo lo que quieres en el camino – anunció encogiéndose de hombros –. Sabes perfectamente que a él le resultará más fácil conseguir un trozo de cuerno de ciervo o las plumas de algún cuervo blanco... Así que puedes quedarte en casa, pronto tendrás tus idioteces.

–P-pero es que yo no puedo vivir encerrado mucho tiempo – reclamó llegando a los límites de su paciencia –. Soy como los pobres pajaritos: si estoy demasiado tiempo sin ver la luz del sol o sin sentir el refrescante aire haciendo ondear mi ropa, me muero.

–Pues te asomas a la ventana.

Kano abrió la boca para replicar algo, pero su mente no dio en ese momento con ningún argumento para rebatir a la lógica aplastante de Tsubomi, así que simplemente bufó mostrando una infantil mueca de desaprobación y volvió con pasos pesados a su habitación, farfullando algunas maldiciones y ciertas blasfemias.

Una vez que Shuuya desapareció, Mary miró interrogante a la peliverde.

–Kido-san, ¿por qué insistís con tanto fervor para que Kano-san no salga de casa? – preguntó la albina, dejando el cuenco de comida olvidado.

–P-por nada – respondió Kido mirando fijamente a la pequeña para no levantar sospechas –. Como dije, quiero que alguien se quede en casa para alejar a los ladrones, nada más. Además, ¿qué te dije de tratarnos a todos de vos?

La pequeña bajó la mirada e infló las mejillas sintiéndose regañada antes de recitar la regla que tantas veces le había repetido:

–Que ahora somos todos parte de una misma familia y que yo no tengo que llamaros de vos aunque esté acostumbrada, que no es necesario hablar así. Y que eso hace que os... Digo, que te sientas vieja.

–Muy bien – la felicitó Tsubomi –. Ahora, ¿por qué no vas a cambiarte de ropa? Saldremos pronto.

–¡De acuerdo! – asintió Mary contenta con el cambio de tema.

Dicho esto, la albina se levantó de la mesa y fue rápidamente hacia la habitación que compartían las dos chicas, pasando antes por la cocina para dejar el cuenco del desayuno.

La pequeña familia de Kido estaba compuesta por apenas tres miembros, tres niños que, por azares del destino, habían vivido desde que eran muy pequeños en el orfanato Daze junto a otros muchos niños, a cargo de su dueña Azami. Con apenas catorce años habían sido capaces de huir de ese lugar y hacerse cargo de una pequeña casa, logrando así sobrevivir por su cuenta.

Kousuke pasó por varios trabajos de chico de los recados en varios negocios, hasta que un día la fortuna le sonrió y consiguió ser en el criado personal del hijo del duque. Shuuya heredó el negocio familiar e, imitando los pasos de su madre, se convirtió en lo que la Inquisición consideraría un brujo nigromante, cosa que sólo Kido y Seto sabían. Tsubomi quedó como ama de casa, conformándose con ayudar a sus hermanos y, sobretodo, con hacerle la vida imposible a Kano para que no acabara en la hoguera a manos del pueblo.

Un día hacía apenas unos meses, Seto se encontró con Mary al volver del palacio. La niña le pareció una muñeca de porcelana, maltratada y abandonada en la calle con su esponjoso pelo blanco muy sucio y una mirada que suplicaba por un trozo de pan entre lágrimas. Al azabache le conmovió tanto esta escena que decidió llevarla a su casa por lo menos para darle algo de comida y ya luego debatiría con sus hermanos para darle un hueco en la casa. Kano desde el primer momento se negó a acoger a la pequeña y ni siquiera las insistencias de Kido tuvieron efecto en aquella ocasión.

Sin embargo, tras una noche en la que Mary durmió con Seto en la puerta de la casa, el rubio despertó con una sonrisa en el rostro y aceptó casi de inmediato que la niña se quedara y hasta ofreció su cama. A los dos hermanos le pareció muy rara esta decisión tan repentina y bipolar, pero asintieron rápidamente antes de que cambiara de opinión otra vez.

Desde entonces, Mary vivía con ellos tratando de ayudar a los hermanos en todo lo que podía.

–Mary, ¿ya estás lista? – preguntó Kido desde la puerta. Se había quitado el delantal y ahora llevaba una caperuza simple de color lila.

La pequeña, al ser llamada, salió rápidamente de la habitación con un vestido de niña pequeña de colores claros y una caperuza parecida a la de Kido, pero de color blanco y que tenía el objetivo de cubrirle todo el pelo.

–¡Ya estoy! – anunció con una risita cantarina – Podemos irnos cuando quera... quieras – se corrigió rápidamente.

Kido sonrió ante el desliz de la pequeña y luego ambas salieron de casa con la caperuza sobre la cabeza, evitando por todos los medios que la gente se fijase en ellas.

Apenas un cuarto de hora después de que la puerta principal se cerrara, la puerta de la habitación de los chicos se abrió y de allí salio Kano con una mueca infantil de berrinche. Según Kido, tenía que quedarse en casa para que no entraran ladrones, ¿no? Pero tanto ella como él sabían que los ladrones nunca entrarían en esa casa, así que...

–Va lista si cree que me quedaré en casa sin hacer nada – farfulló el chico colocándose la oscura capucha de su túnica.

Y, sin decir nada más, Kano se acercó a la puerta principal y se fue tan tranquilamente.

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–¡Seto-san!

Al escuchar su nombre, el azabache se giró rápidamente para encontrarse con un niño de doce años, que recién había entrado en la cocina del palacio, donde estaba Kousuke lavando los trastes. El pequeño de cabellos alborotados tan oscuros como los suyos y ojos verde esmeralda iba también ataviado de criado, aunque a diferencia de él su traje era algo menos formal y de color negro y dorado.

–Dan, ¿qué sucede? – preguntó notando que el chico venía corriendo, tal vez desde la otra punta del palacio.

–El hijo del duque ha pedido que le lleven el cesto de frutas que solicitó antes – explicó arreglándose el traje por enésima vez. Se notaba que no estaba acostumbrado a llevar ropa tan formal como esa.

–Yo estoy ocupado en este momento. ¿Puedes pedírselo a Sora? Debe de estar escabulléndose del trabajo en el jardín trasero.

–Puedo ir yo, Seto-san – se ofreció amablemente.

–¡NO!

Dan se asustó bastante al escuchar ese grito en negativa. Seto no solía gritar así, ¿le sucedería algo? Además, su rostro había enrojecido de repente, lo cual le extrañaba cada vez más.

–Ehm... ¿Qué sucede? ¿Por qué no puedo llevárselo?

–Porque eres muy joven aún para hacer algo así. ¡Sólo tienes doce años, niño, no puedes hacer eso! – exclamó Seto muy alterado, inexplicablemente alterado.

El niño alzó una ceja confuso.

–¿Y? Son sólo unas frutas... ¿Qué hay de malo en eso?

Seto se quedó mirándole fijamente, notando que el pobre niño estaba realmente muy confuso. Dan aún era muy inocente para estar en ese palacio, debería de estar jugando con otros niños en el barrio. Pero sabía que su familia tenía problemas económicos muy graves y el pequeño niño era el único que podía conseguir dinero. Así que, si no podía evitar que estuviera allí, por lo menos debería de intentar que su inocencia infantil siguiera intacta todo el tiempo posible.

Tendría que encargarse él... como siempre.

–Dan, ¿por qué no te quedas mejor lavando los trastes y voy yo a llevar el cesto? – propuso el de verde con una sonrisa nerviosa – Así no tienes que recorrer de vuelta todo el camino con las pesadas frutas.

El pequeño lo dudó un instante, pero en seguida aceptó la idea y Seto lo dejó allí terminando alegremente el trabajo que él había empezado.

Pasear por el palacio solía ser uno de los placeres diarios de Seto. Veía tantos lujos siempre al alcance de su mano que en ocasiones soñaba con ver a su familia viviendo esos lujos. Sería hermoso ver a Tsubomi y a Mary con vestidos elegantes dignos de reinas y princesas, o encontrarse con el siempre informal Shuuya vestido cual príncipe de cuentos. Por desgracia, el encontrarse a Sora, su amigo de cabellos anaranjados y ojos azules como el cielo, escaqueándose por los pasillos y pasando desapercibido a pesar de su uniforme de color naranja muy llamativo siempre le devolvía a la realidad.

Pasó un rato hasta que llegó con el cesto de frutas a los aposentos del hijo del duque, la cual estaba custodiado por dos guardias.

–Perdón, Seto, el señorito está ocupado – dijo uno de los guardias.

–Dan me ha llegado el mensaje de que él mismo ha requerido mi presencia con las frutas – explicó mostrando el cesto.

–Pero, Seto, es que...

Una voz muy familiar desde el interior de la habitación interrumpió la oración del guardia.

–¡Inútil, deja que Kousuke entre! – exclamó el hijo del duque.

El guardia se asustó mucho y en seguida le permitió el paso, no sin antes desearle mucha suerte al chico. Sin esperar ni un segundo más, Seto entró y en seguida la escena provocó que el azabache bajara la mirada muy sonrojado.

El señorito no se encontraba solo en la habitación, tenía muy buena compañía, casi de ensueño. Es decir, ¿quién no querría estar rodeado por un harem de mujeres que como mucho llevaban puesto una sabana por encima? Y el señorito, echado boca abajo en su cama con una de las chicas haciéndole un masaje en la espalda, tampoco es que llevara mucha ropa. La única prenda que llevaba era un pequeño lazo escarlata que recogía su cabello a la altura de la nuca.

Cuando los dorados ojos del hijo del duque se clavaron en él, Seto se puso mucho más nervioso.

–Señorito Kuroha, ¿os coloco el cesto en el escritorio? – preguntó evitando mirar a cualquier lugar que no fuera el suelo.

–No, tráelo aquí a la cama, Kousuke – dijo Kuroha algo burlón, señalando con un par de golpecitos el hueco al lado de la mujer que le masajeaba.

–Ah, c-claro – obedeció inmediatamente, mas no pudo evitar gruñir por lo bajo – Y tenía que ser al lado de la tentación, cómo no...

–¿Decías algo, Kousuke?

–¡S-sólo me preguntaba si necesitabais algo más, señorito! – se apresuró a decir notando un escalofrío recorrerle la espalda y obligarle a formarse frente al hijo del duque. La mirada que le había dirigido su amo auguraba una muerte lenta y dolorosa si se atrevía a decir una sola palabra contra él.

–Ahora que lo pienso, tenía pensado ir luego a cazar al bosque – mencionó cogiendo una verde manzana del cesto y examinándola –. Prepara todo lo necesario para dentro de dos horas y ensilla a Estrella Negra. Si necesitas al idiota de Sora, dile que la próxima vez que se escaquee conseguirá cien latigazos de mi parte. Quiero que no falte nada o lo pagaréis muy caro.

–Comprendido, señorito. Ahora mismo me encargo de que todo esté a vuestro gusto – aceptó haciendo una reverencia ante su amo.

Sin querer oír o ver nada más, Seto se marchó apresuradamente de la habitación. Una vez que estuvo lo suficientemente lejos, suspiró y por fin todo su cuerpo se destensó. Era normal que la simple presencia de su amo consiguiera ponerle los pelos de punta a cualquiera.

Ahora sólo tenía que buscar a Sora y obligarlo a ayudarle.

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–Kido-san, ¿queda mucho más? – preguntó Mary algo cansada.

Llevaban más de una hora dando vueltas por la ciudad y el cesto que cargaba ya se le hacía muy pesado para sus débiles brazos, además de que la caperuza y la aglomeración de personas le daba mucho calor. Tal vez no había sido tan buena idea acompañar a Kido en sus compras.

–No te preocupes, sólo tenemos que pasar por cierto lugar y ya podremos volver – le explicó Kido amablemente tratando de no quitarle un ojo de encima a la pequeña, procurando que no se perdiera –. Cuando lleguemos a ese lugar, ¿podrías quedarte fuera? Hay unos escalones, puedes sentarte allí a descansar si quieres.

–¡De acuerdo! – asintió contenta.

Por suerte para la pequeña, en apenas cinco minutos llegaron al lugar del que Kido hablaba, en las afueras del pueblo.

Era un gran edificio de dos plantas de fachada rojiza y más de una veintena de ventanas que daba por un lateral al bosque. Una de las paredes, la misma que conducía a la zona forestal, estaba cubierta en su parte baja de huellas de manos de varios colores, sin duda obra de niños traviesos a los que le habrían ofrecido algunos cubos de pintura. Frente a la puerta estaba la pequeña escalinata a la cual se refería Kido, desde la cual se podía leer el letrero que descansaba a un lado de dicha puerta: Hogar para niños Daze.

Mary, al notar esto, ladeó la cabeza confusa e incluso algo temerosa.

–Kido-san, ¿qué hacemos en este orfanato?

–Kousuke, Shuuya y yo nos criamos aquí – le contó Kido con una mirada nostálgica –. Nos marchamos hace ya dos años, pero Shuuya suele venir cada vez que sale para contarle historias de héroes, villanos y cosas así a los niños.

–Entonces... ¿hemos venido para comprobar si Kano-san se ha quedado en casa o no? – dedujo la albina más calmada.

–Así es – asintió la peliverde. Entonces, subió con cuidado la escalinata, dejando a Mary atrás –. Espera aquí un momento, no tardaré mucho – le prometió encarándola una última vez.

La pequeña asintió inmediatamente, obediente como un corderito. Sólo entonces Kido se dirigió hacia la puerta y llamó suavemente, esperando que eso fuera suficiente. Desde el otro lado de la puerta, una voz infantil se dirigió a ella sin atreverse a abrirla de momento.

–¿Cuál es el secreto escondido en el Daze?

–Los ojos ocultos en los niños – respondió Kido a esa especie de código sin pensarlo dos veces.

–Correcto.

La puerta hizo un leve ruido y justo después se abrió con un leve chirrido, dejando ver al niño que estaba al otro lado. Debía de tener unos diez u once años y tenía el cabello castaño, haciendo juego con sus ojos. Su ropa estaba muy sucia y rasgada, pero se notaba que en un pasado había sido de un celeste muy bonito.

–Buenos días, Danchou – le saludó el pequeño bastante serio.

–Hola, Hibiya. ¿Ha pasado Shuuya por aquí hoy?

Hibiya miró un momento hacia el interior del edificio, dudando un momento su respuesta. Sin embargo, pronto pareció recordar algo muy grave y se volvió hacia Kido con una sonrisa nerviosa. Estaba asustado, y eso que la chica no tenía su típica mirada intimidatoria al tratarse sólo de un niño.

–A-ahora mismo está en el comedor entreteniendo a los más pequeños con el cuento de Caperucita Roja – respondió con una mano en la nuca –. Nos pidió que no te lo dijéramos, pero... tú impones más respeto que él, Danchou. No miedo, respeto – se apresuró a aclarar.

–Comprendo. Entonces, ¿me llevas hasta el idiota?

–¡C-como desees!

En seguida, Hibiya se echó a un lado para que Kido pasara al interior y, una vez dentro, cerró la puerta sin prestarle atención a Mary, que se quedó algo sorprendida a los pies de la escalinata.

La pequeña albina supo en seguida que Kido iba a tardar un rato en salir, así que suspiró pesadamente. Dejó la cesta de la compra en el último escalón y buscó algo con lo que entretenerse. Paseó con curiosidad alrededor del edificio, poniéndose de puntillas de vez en cuando para mirar a través de los ventanales o recogiendo algunas flores que crecía en los bordes de la propiedad. Era una cualidad que la caracterizaba, todo a su alrededor podía ser motivo de su interés.

De repente, fue el bosque lo que atrajo por completo su atención. La vegetación, el sonido de los pájaros, la belleza, esa aura mística que rodeaba la foresta le incitaba a acercarse a ella, a satisfacer su curiosidad y adentrarse como si el bosque fuera su hogar. Casi podía escuchar ese murmullo que le decía: 'Acércate...'

–Pero Kido-san... – musitó volviendo un momento su mirada al edificio.

Sin embargo, un grito procedente del interior seguido de cientos de risas infantiles curiosamente le tranquilizó. Sabía que el dueño de ese grito había sido Kano, lo cual significaba que a Kido todavía estaría un rato más desahogándose con el rubio.

–Por pasear un momento no pasará nada, ¿no? – se convenció a sí misma – Volveré antes de que Kido y Kano salgan y no se darán cuenta de nada...

Así fue como Mary se confió y atendió a la llamada del bosque con mucha curiosidad.

Se notaba bastante que la pequeña nunca antes había pisado un bosque o, si lo había hecho, no lo recordaba. Por ello, a pesar de que notaba cierta familiaridad en el ambiente, todo era completamente nuevo para ella y eso llamaba a su curiosidad.

En su paseo, la mirada de la albina no dejada de posarse en todo. Inspeccionó cada planta que le parecía diferente a la anterior, se quedó absorta viendo las hormigas que seguían tranquilamente su camino, el tocón con el cual se cruzó le hizo imaginarse cómo habría sido ese gran árbol antes de que algún leñador lo cortara. Una ardilla que corría cerca de la base del tocón se acercó a ella y le dio un buen susto. Ella soltó un pequeño grito. Eso asustó también a la ardilla, que corrió lejos del tocón y se subió al árbol más cercano, desde donde se atrevió a chillarle antes de desaparecer.

Esa situación envalentonó un poco a Mary y la siguiente vez, aunque se sobresaltó bastante al ver a un pequeño conejito blanco, no gritó y se quedó observándolo con curiosidad. El conejito pareció imitarle durante un instante, lo cual hizo feliz a la albina. Sin embargo, la curiosidad aumentó con aquello e hizo que quisiera acercarse para tocarlo. Al ver eso, el conejito huyó.

–¡Ah, espera! – exclamó desilusionada.

Entonces, en un impulso, Mary empezó a correr persiguiendo al conejito con bastante dificultad, ya que el vestido no le ayudaba en su carrera. Lo cierto es que tuvo suerte de no caer en diversas ocasiones a pesar de que su naturaleza era bastante torpe. Pero el conejito no se lo quería poner fácil y corría por zonas muy complicadas para una niña común. Saltaba los troncos muertos que se encontraban en el camino o hacía zigzag entre algunas rocas. La pequeña nunca se lo había pasado tan bien.

Aunque Mary no lo notó, ya había pasado un buen rato corriendo cuando el conejito se adentró en un bonito claro lleno de flores rojas en cuyo centro se alzaba un cerezo lleno de pétalos rosados. La pequeña se quedó en el borde del claro mirando maravillada toda la belleza que la rodeaba, mas su atención recayó pronto en cierto detalle.

Un chico.

A la sombra del gran árbol descansaba la figura dormida de un joven de cabellos negros como la noche. Llevaba una camisa blanca algo sucia y unos pantalones oscuros, pero no tenía puesto ningún zapato. Un curioso detalle era la larga bufanda roja que le cubría el cuello o los dos graciosos pajaritos que jugueteaban en su cabeza como si fuera parte del paisaje, pero eso no fue lo que más le llamó la atención del joven.

Fueron las dos oscuras orejas de lobo que sobresalían entre su pelo.

Esa fue la primera vez que Mary vio a un hombre-lobo.

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Continuará...


Espero que os haya gustado (el paisaje sería el mismo que la canción Kokoro Kiseki de Rin y Len Kagamine). Si tenéis alguna duda, no tardéis en comentarmelas, trataré de resolverla todo lo bien que pueda sin haceros spoiler nwnU. Trataré de no hacer la historia muy liosa, aunque puede que con tantos personajes me acabe liando yo sola x3.

Por si alguien no me conoce, os explicaré: Trataré de ser lo más puntual posible, la mayoría de las veces lo consigo. Publicaré este fic cada dos semanas, para que no se me vaya acumulando el trabajo. Puede que sea mucho tiempo para algunos/as (Jeffy, va por ti~ x3), pero es lo que hay. Además, los caps son largos, así que espero que quede compensado!

Bueno, eso es todo. Espero vuestros reviews~! Nos leemos!