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Drama y Romance.


—2—

Caen barreras

Hermione acababa de terminar de acomodar sus cosas en el cuarto de Ginny y ahora iba a encontrarse con Ron en el vestíbulo, tal como habían acordado después del almuerzo.

¿Qué iban a hacer? No tenía idea, pero aquel misterio le aceleraba el corazón y la ponía feliz, pero también muy nerviosa, pues no habían tenido la ocasión concreta para compartir algún momento juntos —un tiempo juntos como novios— entonces se podía decir que era su primera cita oficial.

Sonrió tímidamente al cerrar la puerta tras de sí y comenzar a bajar con parsimonia las escaleras, tratando de imaginarse que es lo que se dirían y como actuarían. Una sonrisa pobló sus labios ante las posibilidades que su mente comenzaba a disparar.

Negó con la cabeza. Tenía que sacarse esa maldita manía de planear o anticiparse a los hechos.

A medida que bajaba cada escalón, sentía que las mariposillas que poblaban su estómago se multiplicaban y que su sonrisa se ensanchaba, pero de pronto, un fuerte chillido seguido por un angustioso llanto proveniente de la habitación por la que justo pasaba la desaturdió completamente. Se detuvo y la sangre se le congeló al instante al reconocer a la voz dueña de tanto dolor.

—¡No!— chilló de nuevo la señora Weasley, tan fuerte y agudo que era más que evidente que todos en la casa pudieron oírla.

—¡Mi hijo!— gimió la mujer tras la puerta, y a Hermione se le tensaron todos los músculos.

—Mi-mi Fred— escuchó que seguía chillando. —Mi hijo nunca podrá… ¡Jamás po-podrá!— sollozaba. —Nu-nunca podremos ve-verlo sonrojado tra-trayendo a alguna novia a la casa o-oh… al-algo a-sí…

Sintió como si le daban una enorme bofetada en el rostro y se quedó ahí, escuchando como los sollozos de la mujer eran consolados por la suave, pero también afectada voz del señor Weasley. Se le secó la boca y una enorme punzada se apoderó de su estómago. Se sintió muy triste, pero de alguna manera no podía comprenderlo del todo, ella era ajena a ese dolor porque simplemente no había perdido a ningún hijo y a ningún hermano, y estar ahí de pronto la hizo sentir como una intrusa y hasta —tontamente— un poco culpable, ya que dilucidó rápidamente el posible motivo de la recaída de Molly.

Porque Ron sí podía traer a su novia.

Y se sintió horriblemente mal, pensando en lo egoísta que pudo haber sido.

Los Weasley trataban de ser fuertes durante la mayor parte del tiempo, pero era más que evidente que estaban muy lejos de cicatrizar aquella herida. Al final apenas había transcurrido alrededor de un mes desde la muerte de Fred.

¿Y Ron? Ahora que lo pensaba, él nunca había mencionado nada al respecto en sus cartas. ¿Acaso trataba de mantenerse impasible, ser fuerte y todas esas cosas…?

Eso no era bueno.

Bajó el último tramo de escalera que le quedaba y se asomó por el umbral que daba al salón. El pelirrojo estaba sentado en uno de los raídos sofás, de espaldas a ella. Se quedó mirándolo por un momento, un poco temerosa, y reparó en que la casa había quedado repentinamente silenciosa y lúgubre.

—Te estaba esperando— musitó él advirtiendo su presencia.

Y la punzada en su estómago se intensificó con creces solo por el tono de voz que empleó al decir eso. Se acercó y se sentó en el otro sofá, frente a él. Lo miró a la cara: Ron escrutaba el suelo con el ceño levemente fruncido, sus labios apretados y totalmente tensos. Daba la impresión de que estaba poniendo todas sus fuerzas en algo.

Ron maldecía internamente, pues no deseaba que Hermione lo viera así, pero ahí estaban. Y le daba miedo.

Se quedaron en silencio durante unos segundos que a Hermione le parecieron eternos. No podía decir palabra alguna y Ron estaba ahí, como ausente, y por Merlín ni siquiera se había sentado a su lado ¿Eso estaba mal? Recién estaban comenzando y ella ya se estaba sintiendo la peor novia del siglo, maldiciéndose por sentirse incapaz de…

¿Incapaz de qué?

No, nada de eso. Todo aquello la descolocaba porque la había tomado abruptamente por sorpresa. Y ella odiaba las sorpresas o mejor dicho odiaba no poder saber de antemano lo que podía ocurrir para así preparar algún plan o razonar fríamente las cosas. Y esto eso último no se le estaba dando muy bien últimamente.

En realidad con Ron nunca se le había dado aunque lo había fingido perfectamente un par de años. Con él siempre era diferente, muy diferente, pero ahora no era el momento de pensar en eso, porque estaba ahí, totalmente indefenso y de solo ver su expresión sentía como su pecho se estrujaba.

¡Él no merecía todo eso! ¡Ni su familia! No era justo.

Ella solo podía escucharlo y apoyarlo, pero también sentía la urgente necesidad de desenrollar el misterio sobre cómo hacerlo, porque temía fallar y no ser capaz de actuar de acuerdo a las circunstancias —siempre ha tenido ese miedo—, pero eso en realidad no tenía mucha importancia porque al final ella era la única persona indicada para estar ahí aunque no se sintiera de tal manera.

—Seguro que la escuchaste— murmuró Ron rompiendo el silencio, con su rostro totalmente inexpresivo.

Lo miró expectante. Deseaba que confiara en ella.

—Pues, a mi mamá…— continuó él con un hilo de voz, el que rápidamente cortó cuando sintió que se quebraba.

Y es que Ron tenía mucho miedo de decir todas esas cosas en voz alta. Decir, por ejemplo, que habían habido días terribles, que habían habido tardes completas en las que nadie decía nada, en los que todos se encerraban en su cuarto y Molly rompía a llorar por algo que le recordara a la guerra, a Fred. Pero más allá de eso, le daba miedo asumir que todo eso le afectaba; cuando la atmósfera de su hogar se oscurecía y que él no podía hacer nada para sanar la herida, que sufría al ver a su familia sucumbir ante un manto de nostalgia. Eso era lo que le afectaba, porque más allá de la muerte de su hermano, él tenía la certeza de que Fred lo último que hubiera querido es que todos anduvieran con las caras largas porque se fue de viaje. Sí, Ron tenía la seguridad de eso y le daba cierta tranquilidad, pero ¿y a los demás?

Hermione se inclinó hacia él y apoyó su mano sobre su hombro. Alzó su rostro y la miró por primera vez.

Al mirar fijamente esos ojos almendrados y profundamente marrones, sintió como si Hermione comenzaba a leerlo abiertamente, enterándose de todos aquellos pensamientos y sentimiento que tanto se eméñaba en ocultar. Tuvo el impulso de desviar la mirada —como la mayoría de las veces lo había hecho, temeroso de que se diera cuenta de lo que sentía por ella— pero ahora ¿qué tenía que ocultarle? ¿cómo no abandonarse en esa mirada tan tierna y preocupada? Entonces supo que quería que ella conociese todo lo que tenía guardado, todas las cosas que le oprimían el pecho y que a veces no lo dejaban respirar.

Quería que supiera de él, que confiaba en ella. Y ella ahí estaba.

—Aquí estoy— susurró Hermione, respondiendo sorpresivamente a sus pensamientos, abrazándolo con solo mirarlo.

Quiso decirle tantas cosas.

—Es verdad eso que dijo George— comenzó de nuevo. —Yo estuve yendo muy seguido a tu casa— aclaró.

Ella asintió en silencio y deslizó su mano para entrelazarla con la suya. Se sentía tan bien el tibio contacto de su piel.

—No sé porque iba a tu casa…— continuó. —O sea sí sé, pues… — vaciló. Le costaba montones expresarse, más si era consciente de que ella no le quitaba la vista de encima y que escuchaba muy atentamente,

—Al pricipio todo era muy oscuro y triste. A veces… yo no me sentía capaz de soportarlo y bueno, cuando iba a tu casa me alejaba de eso y también… — se ruborizó levemente. —…podía estar más cerca de ti.

Hermione sintió que sus propios ojos se humedecían.

Quiso decirle tantas cosas ¡Tantas! Decirle que todo iba a estar bien, que con el tiempo pasaría, ¿Cómo decirle algo tan obvio? Rayaría en la estupidez, pero se sentía tan impotente por no poder hacer nada más, incluso se sintió culpable y desconsiderada por haberse marchado a Australia haciéndole caso cuando le dijo que él iba a estar bien, que no era para tanto, que iba a estar bien porque era él, porque era Ron.

Pero no. Eso no era del todo cierto, porque Ron también era sensible, vulnerable.

Ron siempre trataba de estar bien para dale protección a quienes lo rodeaban, que era condenadamente leal y testarudo, que lo que más le importaba era el bienestar de sus seres queridos y si eso significaba quedarse en segundo lugar lo haría, por su familia.

Y ahora estaba permitiendo que ella lo supiera abiertamente, dejando caer todas esas barreras, dejando que se adentrara en su interior.

Sin soltarle la mano se trasladó y se sentó a su lado. Alzó su otra mano y la deslizó suavemente a través de su cabello en una caricia que terminó desbocando a su propio corazón.

¿Cómo hacerle saber que siempre estaría ahí para él?

Lo abrazó e inmediatamente sintió como cedía, como sus músculos se destensaban y que al momento se dejaba caer en su regazo, donde se quebró en un silencioso y abrumador llanto.

Sintió como de sus propios ojos brotaban algunas lágrimas y trató de limpiárselas, pues se suponía que era él el que necesitaba ser reconfortado, no ella.

Ante eso, recordó todas esas ocasiones en las que la había consolado, cuando al principio y un poco sonrojado, la rodeaba torpemente con un brazo sobre sus hombros o le daba palmaditas en la espalda.

Pero recordó por sobre todo aquella vez, cuando le contó lo que había hecho para mantener a sus padres a salvo y como la había abrazado, como la había aliviado de sus penas con solo haber estado ahí a su lado.

Entonces recién entendió verdaderamente que a veces las palabras sobran, que no es necesario ir en busca de un libro para solucionar un problema. Que un gesto dice más que mil de esos volúmenes que ella lee con tantas ansias en busca de respuestas, en busca de saber qué hacer.

Si que Hermione la mayoría de las veces sabe que hacer, lo que pasa es que no se atreve, incluso hasta el punto de cuestionarse su ingreso a la casa Gryffindor y ponerse histérica cuando de Ron se trata, porque al final es lo que más le da miedo, asumir todo lo que siente sin dejar espacio para las dudas e inseguridades.

Lo estrechó con más fuerza y él se aferró más a sus brazos, mientras seguía sollozando como nunca antes lo había visto. Ni en el funeral del profesor Dumbledore ni en el funeral de Fred, pues en ambas ocasiones se había empeñado en mantenerse a raya para no explotar. Habían sido dos ocasiones en las que aún no eran conscientes de ellos dos juntos como tales.

Pero ahora era diferente, porque aunque todavía no pudieran entender bien los motivos, aquel había sido el mejor comienzo que podrían haber tenido como tales, como Ron y Hermione, Hermione y Ron solo podían ser.

—Hermione… — farfulló Ron a medida que sus arcadas iban disminuyendo. —Lo siento, yo… ¡Maldición! Se suponía que no debía pasar así.

No podía evitar sentirse culpable o creerse un reverendo idiota por haberse puesto a llorar cuando todo debía se haber sido perfecto en su primera cita oficial.

¡Es que se suponía que debían estar muy acaramelados y todas esas cosas cursis!

¿Por qué tenían que haber lágrimas de por medio?

¡Si ya no había un gato intentando de matar a su querida rata! ¡Si ya no había un hosco búlgaro ni un estúpido y rubio capricho de por medio! ¡Ya ni la guerra ni la búsqueda de los horrocruxes estaban de por medio! ¡Ya no lo acosaban esos injustificables celos hacia Harry! ¡Joder! Sin embargo estaba ahí, lloriqueando. Y es que todavía le quedaba enfrentar el dolor. Dolor que se apaciguaba con cada segundo entre sus brazos.

—Se-se supone que no debía ser aasí— volvió a balbucear, pero Hermione colocó uno de sus finos dedos sobre su boca para callarlo con tanta delicadeza que lo estremeció.

Ella siguió sin decir nada y volvió a acariciar su cabello y comenzó a jugar con esos mechones, tan pelirrojos que a veces la desconcertaban, pasando sus dedos delicadamente y masajeando cada centímetro de cuero cabelludo.

Ron se sintió tan bien, tan inmensamente feliz y reconfortado como nunca nadie pudo haberlo hecho sentir.

Y es que era Hermione la única que podía hacerlo sentir así.

Se incorporó un poco para mirarla detenidamente a los ojos y se dedicaron una sincera y enorme sonrisa, pues ya no había nada, absolutamente nada separándolos, y en un acuerdo tácito fueron acercando lentamente sus rostros hasta que sus labios hicieron contacto en un suave, lento y casto beso.

Era un poco salado, pero realmente era el beso más dulce y abrasador que pudieron haberse dado.

Se alejaron un poco, con sus corazones latiendo desbocados y sus rostros ruborizados —porque aunque no lo admitieran, todavía sentían una peculiar vergüenza y timidez por lo nuevo y anhelado de la situación— además que estaba conscientes del inmutable e íntimo. Si hasta los viejos muebles parecía que se habían puesto de acuerdo en no rechinar para no interrumpir.

Hermione volvió a su tarea de propiciarle aquellas caricias que ya lo habían aturdido, y ahora deslizaba sus dedos con la misma suavidad que antes por sus mejillas, aprovechando de borrar alguna lágrima rebelde que paseara por esa piel pecosa que antes había deseado secretamente palpar.

Delineó su mentón, donde descubrió que crecía una casi imperceptible barbilla, y siguió a través de la ligera línea que se le marcaba cuando él le dedicaba una sonrisa torcida —esas que tanto le gustaban— y luego subió a sus párpados y los tocó suavemente con la yema de los dedos, fijándose en cada pequeño detalle de la piel, en cada imperfección que lo hacía ser único e inigualable.

Trepó hacia la cima de esa larga nariz y Ron abrió los ojos —pues los había tenido serenamente cerrados abandonado a su tacto— y le dedicó una nueva y amplia sonrisa que le devolvió al instante.

Se quedaron ahí, observándose el uno al otro y entregándose todo el cariño que se tenían reservado desde hace tanto tiempo, mientras que los rayos del sol que se colaban a través de las desgastadas cortinas se iban debilitando lentamente.

Unos ruidos provenientes de la escalera los hicieron dar un respingo y salir de su ensimismamiento. Al momento Bill y Percy aparecieron en el salón, hablándose entre susurros desde muy cerca por lo que tardaron en darse cuenta que no eran los únicos en el lugar.

—¡Ah, aquí estaban!— señaló Bill mirando un poco incómodo a Percy, pues temía haber interrumpido algo.

—¿Qué pasa?— preguntó Ron.

—Eh, nada, nada.

—¿A dónde van?

—Vamos a ir por un poco de suministros para la cena— informó Percy arreglándose su túnica con solemnidad y apresurándose a salir de ahí, pues al igual que su hermano presentía que habían interrumpido.

—Eh, si pueden avísenle a Ginny y a Harry que la comida tardará un poco más en estar lista— pidió Bill mientras salía de la casa detrás de Percy.

—¿Dónde están Harry y Ginny?— preguntó Ron de un momento a otro, como dándose cuenta de algo no muy agradable. Hermione entornó los ojos.

—Ron, ¿no vas a…?

Él se encogió de hombros y se puso de pie aproximándose a la escalera. Como se dio cuenta de que Hermione no lo seguía se volteó a verla; lo miraba un poco confundida.

—¿Me acompañas?

Subieron lentamente y Hermione no pudo evitar fijarse en aquella puerta del segundo piso, que ahora estaba entreabierta y pudo distinguir la figura de George sentado al borde de una cama, junto a Molly y Arthur. Nuevamente se sintió uan intrusa.

—No pienses eso— le susurró Ron, respondiendo oportunamente a su último pensamiento.

Pasaron por la habitación de Ginny y Ron observó la puerta con mirada inquisidora y hasta desconfiada durante un par de segundos, pero luego decidió seguir su camino hasta. No pudo evitar sonreír ante la mueca de resignación que puso Ron al seguir de largo.

Giró cuidadosamente el picaporte y se asomó a la habitación esperando encontrarse con Harry y Ginny, pero solo divisó a la pelirroja, que estaba recostada sobre su cama mirando el techo, con las piernas cruzadas.

—¿Ginny?

—¿No estabas con mi hermano?

Hermione suspiró.

—Sí, ahora íbamos a subir a su cuar…— no terminó la frase y sintió como sus mejillas se sonrojaban.

Maldición ¿Cuánto iba a tardar en acostumbrarse y reaccionar así cada vez que se mencionara a Ron? Miró a su interlocutora, y ésta le dedicaba una enorme y pícara sonrisa.

—¿Dónde está Harry?— le preguntó cambiando de tema para no darle tiempo en hacer esos comentarios que la incomodaban y la hacían ponerse roja como un tomate. Ginny vaciló.

—Debe estar dando una vuelta por el jardín— murmuró más para sí misma que para informarle a ella.

—Sabes como es él— volvió a decir. —A veces se siente culpable…

Hermione asintió en silencio, pensando que era de esperar que Harry se haya sentido culpable, mal que mal, su amigo tenía el complejo de culparse por la mayoría de las cosas que pasaban respecto a la guerra.

—Ginny— le llamó. —No tengas miedo, creo que es evidente que Harry de alguna forma u otra ha cambiado. Y eso debía ocurrir. Tiene que dejar todo atrás y comenzar de nuevo— puntualizó con voz seria. —¡Contigo!

La expresión de Ginny cambió. Era como si necesitaba que alguien le dijera eso.

—Por cierto— agregó Hermione cuando la pelirroja corría escaleras abajo a buscar a Harry. —¡La cena estará lista más tarde!

Con una extraña sensación de alivio fue subiendo lentamente los últimos dos tramos que le quedaban para llegar al quinto piso y sonrió al ver aquel cartel que recitaba divertido "Habitación de Ronald". La puerta crujió levemente cuando se asomó y Ron inmediatamente la invitó a pasar, como muchas veces antes lo había hecho.

Avanzó un paso, pero se detuvo al recordar aquella lejana tarde en la que su madre había insistido en sostener una embarazosa charla, en la que uno de los puntos más serios e indiscutibles era que nunca, pero nunca se debía encerrar en una habitación a solas con un chico.

Se mordió el labio y una involuntaria sonrisa curvó sus labios y sin pensarlo más cruzó el umbral de la puerta.

—Ups, lo siento mamá— rió una alegre vocecilla en su mente. La ignoró olímpicamente. No necesitaba que le recordaran que estaba desobedeciendo a sus madres una vez más.

Miró a Ron y presintió que él pensaba algo similar, pues se había quedado jugando con la manilla de la puerta. Finalmente decidió dejarla entreabierta.

Se quedó quieta contemplando el lugar, que estaba posiblemente un poco más ordenado que de costumbre. Se mordió el labio de nuevo, pues de la nada, su corazón comenzó a bombear muy fuerte y apresurado, si que presentía que la sangre no circulaba por su cuerpo sino que se estaba acumulando en sus mejillas.

Se fijó en un destartalada caja que estaba rebalsada de papeles y sobres que estaba en un rincón.

—¿Ron, qué es…?— se volteó para preguntarle, pero sus palabras se quedaron atrapadas atropelladamente en su boca debido a la proximidad que había entre ellos, pues si excluimos al momento que compartieron en el salón hace unos minutos, sinceramente aún no se acostumbraba a que podían adoptar esa cercanía.

Era una sensación muy extraña, pero agradable. Le gustaba pero a la vez no.

¡Qué contradictoria era!

Le gustaba sentir el nerviosismo de su cercanía, de no saber lo que va a pasar, estar expectante a sus gestos, a sus movimientos, a las miradas furtivas y sugerentes que se dedicaban, pero a veces le fastidiaba estar rayando el límite. A lo que se refería era que sentía como sus sentimientos arrastraban y se imponían, haciéndola querer actuar con tanta vehemencia. Era demasiado intenso lo que sentía y le daba miedo, para que iba a andar con cosas.

Ron se acercó más y uno de los pocos rayos de luz que quedaban bailando en el lugar rebotó directo en sus azules ojos, haciéndole notar que la miraba con esa intensidad que le derretía el cerebro.

Nuevamente aquellos inseguros pensamientos se apoderaron de su mente.

Sí, gracias a los sucesos que había vivido se había vuelto una condenada paranoica.

¿Realmente eso estaba ocurriendo?

¡Qué horror! ¡Una parte de ella todavía se empeñaba en plantar una estúpida duda! Era tan insegura a veces, si por eso mismo se empeñaba en tragar cada libro que pasaba por sus manos.

—¿Qué te parece?— preguntó Ron al notar que ella no terminaría su pregunta. —Como dipuse de tanto tiempo libre me decidí a arreglar un par de cosas— señaló una repisa.

—Es genial, me gusta— se alegró de ver que el mueble que antes tambaleaba peligrosamente cada vez que se pasaba a llegar siquiera.

—Me gusta que te guste— susurró Ron. Se alejó de ella y se dejó caer plácidamente en su cama. Su corazón volvió a llamar su atención al verlo recostado y observándola tan fijamente.

—¿Ginny estaba con Harry en su habitación?— inquirió Ron con voz seria.

—No— se apresuró a responder saliendo de su breve ensoñación. —Pero seguramente ahora andan por ahí— aclaró. —¿Por qué?—

—Porque… se necesitan.

La tomó por sorpresa aquella respuesta, pues había esperado algún bufido o algo así.

Supuso que lo estaba mirando como una tonta y se apresuró a cambiar su expresión. Pensó que Ron ya no estaba actuando —o al menos lo intentaba— como un niño encaprichado.

—Tiene miedo— murmuró de pronto acordándose de la pequeña conversación que sostuvo con la pelirroja. —Ginny tiene miedo… de que Harry haya cambiado o algo así.

—¿Miedo?— repitió Ron un poco impresionado.

—Sí, eso creo.

—¿Y tú?— le preguntó de pronto mirándola con detenimiento. Hermione sin saber porqué, se sintió atravezada por la pregunta.

—¿Yo qué?

—¿Tienes miedo de algo?

—¿Miedo?

—Sí, si tienes miedo de algo— insistió el pelirrojo, impacientándose como solo él podía. Ella no dijo nada. Claro que tenía miedo, pero ¿miedo a qué exactamente?

—Ven— la llamó Ron y le mostró el espacio que había hecho en su cama. Sin dudarlo se acercó y se recostó junto a él, quedando cara a cara, con sus cuerpos ladeados sobre sus antebrazos.

Se mordió el labio, pues ahora sí que estaba rompiendo el punto fundamental de su charla con mamá, que señalaba que definitiva, ¡pero es que definitivamente! no debía meterse en una cama con con un chico. Se sonrojó.

¡Ah! Decirlo así sonaba feo, pero realmente eso no venía al tema.

Sonrió y volvió a reparar en la poca distancia que había entre ambos. El hormigueo en su estómago se intensificó cuando Ron se incorporó y eliminó la poca distancia que los separaba, posando sus labios sobre los suyos, rosándolos delicadamente en un nuevo y casto beso. Cerró los ojos y se dedicó a sentir su cercanía, su respiración mezclada con la suya.

—¿Hermione?— preguntó Ron separándose a una milimétrica distancia. —¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de algo?

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—A veces…— susurró. —…no sé porque, pero pienso que esto es un sueño— se rió de ella misma, pero él la escuchaba serio y atentamente. —Que esto es demasiado genial para ser verdad…

Ron posó una de sus manos en sus mejillas y se la acarició. Volvió a cerrar los ojos.

—Pero es que es verdad, Hermione— musitó Ron deslizando sus dedos por su mentón. —Lo es…

Ella sonrió. —Repítelo.

—Es verdad— murmuró. Su piel se estremeció ante su cercanía.

—Ron, ven— lo atrajo hacia ella y lo besó. Movieron sus labios muy, muy lentamente, sintiendo cada fibra, sintiendo como sus latidos acelerados se volvían uno solo, sintiendo como todos esos anhelos ocultos brotaban con ímpetu, expandiéndose sin ataduras por todo su ser, haciéndola responder a aquel llamado silencioso y magnético que solo él podía provocar en ella. Y él era el único que podía responderle de la misma manera. Era tan dulce, tibio, embriagador, que parecía que se estaba entrando al paraíso —o al mismísimo infierno— parecía que se volvería adicta a esos besos, a todas esas sensaciones y sentimientos, los llevaba tan dentro que no podría escapar por más que quisiera, pero ¿por qué querría escapar alguna vez? No tenía porqué estar pensando en eso, si ahora todo era más que perfecto… No tenía porqué pensar en cosas que alimentaran sus miedos e inseguridades.

—Ron, si yo no te hubiera besado, ¿Qué habrías hecho?— preguntó de nuevo, sin poder reprimir la última interrogante que le quedaba.

—Eh, en realidad no sé cómo, pero me las hubiera arreglado para que algo ocurriera de todas formas— confesó y Hermione no pudo evitar sonreír radiante.

Ron le devolvió la sonrisa y se imaginó cómo hubiera sido una posible escena, en la que él intentaba abordarla.

—¿En qué estás pensando?

—Uhmm… en cómo hubiera sido si hubiera tenido que hacerlo.

Hermione alzó las cejas. —¿Y cómo hubiera sido?— inquirió.

—No lo sé…

—¿No lo sabes?— rió. —¿No hubieras sabido cómo hacerlo?— preguntó entre indignada y divertida. —No es difícil besar a una chica, además no hubiera sido la primera…— broméo, pero en el fondo sabía que algún día se tocaría el tema y que no sería muy grato.

—Es muy diferente, Hermione— gruñó Ron.

—¿Por qué?

—Porque bueno… tú eres tú.

Sí, esa era una buena escusa porque ella, precisamente, no era una chica cualquiera. Era su mejor amiga, con quien había compartido tantas cosas durante siete años, si ella era a quien realmente quería. ¿Cómo no iba a ser diferente? ¡Si era ella!

—¿Qué yo soy yo?— repitió Hermione entornando los ojos y dejando caer su cabeza sobre la almohada. —Es bastante obvio ¿no crees?

—Sí, pero me refiero a que…— dudó. —Era demasiado difícil entenderte.

¡Demasiado difícil!

—No— contradijo Hermione. —Sé que en algunas ocasiones fui más que evidente, Ron— espetó y nuevamente el rubor cubrió sus mejillas.

Ahora a Ron le tocó entornar los ojos y trató de recordar algún momento en el que supuestamente haya sido evidente. Su mente apuntó a la invitación que le hizo para la fiesta de Slughorn, pero eso tampoco se podía considerar como evidencia ¿qué más? Uhm, no lograba encontrar más cosas…

—No es cierto— concluyó.

—Sí que lo fui— volvió a rebatirle Hermione. —Y tú eras el que se comportaba de manera tan contradictoria a veces ¡Me irritaba!, ¡Y al final yo terminé besándote!— Ron sonrió.

Sí, probablemente eso era cierto, pero es algo que admitiría solo en su mente.

—Bueno, eso fue tu culpa, te adelantaste a mis planes, no te quejes— se aventuró a decir, y lo valió por la mirada que le lanzó ella y que, incorporándose de nuevo, había comenzado a delinear sus facciones delicadamente. Cerró sus ojos para abandonarse a esas caricias.

—Bueno, lo siento muchísimo— murmuró con sarcasmo ella, muy cerca de su rostro. —Si quieres puedo retractarme…

—Ni se te ocurra— refunfuñó Ron, y le dio un fugaz beso para que no dijera nada más al respecto.

—Ahora te es muy fácil ¿verdad?— comenzó de nuevo Hermione y corrió la cara para que no lograra besarla de nuevo. —Debería ponértela un poco más difícil— reflexionó.

Ron rodó los ojos. —¿Hablas en serio?

Soltó una risita y se acomodó. —No lo sé.

Sus narices se acariciaron y ambos suspiraron al mismo tiempo.

—Ya sabes lo que tienes que hacer…— susurró.

—Sí.

Nuevamente se sumergieron en un suave y lento beso. El ritmo era pausado, tranquilo y hasta abrumador. Sus labios se fundían, sus alientos se mezclaban, su piel ardía al contacto de la otra, sus dedos se desplazaban tímodos por sus mejillas y sus corazones latían en igual sintonía. Se alejaron para tomar y se sonrieron antes de volver a sumergirse en otro beso igual que el anterior.

Finalmente se volvieron a distanciar y a sonreírse, observándose, hablándose a través de la mirada. No había necesidad de romper el silencio, ed romper esa atmósfera que solo ellos eran capaces de crear. Si que, como en un buen principio, era algo que ignoraban.


Gracias.