¡Hola de nuevo!

Para mi el primer capítulo de esta historia fue todo un éxito... y les agradezco enormemente que me hayan apoyado, aquí les dejo el segundo capítulo, y nos vemos de nuevo en dos semanitas mas...

Como siempre, los personajes conocidos son de Meyer, los nuevos y la situaciones que los rodean son mías.

Y Gracias a mi Beta estrella "Cony"

¡A Leer!

Capítulo 2.

Pagando el favor.

Ya habían pasado unos quince días desde el ingreso de Bella a la enfermería del retén, sus niveles proteicos y sanguíneos lograron escalas muy bajas, por lo que estuvo a tan solo un paso de ser trasladada efectivamente a una clínica por tratamientos intravenosos.

Gina, la vieja y estricta, pero amable enfermera, le había dedicado turnos completos a la débil chica, todos ellos mandados y recomendados sin que ella tuviera conocimiento, por el nuevo director de la cárcel.

Bella abrió los ojos sintiéndose increíblemente mejor que antes, aún se sentía casada y débil, su cuerpo estaba marcado y los golpes no dejaban de dolerle, pero el dolor no era ya tan permanente como antes y sentía con alivio como sus músculos respondían a sus comandos.

El sentirse bien traía algunas consecuencias, tanto buenas como malas… Malas, porque se vería obligada a regresar a su diminuta celda compartida, volver a las actividades diarias de las reas y luchar por sobrevivir hasta que llegara el inminente día donde ya no habría marcha atrás.

Pero la parte buena era que podría salir al patio para tomar un poco de aire fresco, también podría esperar el día sábado, que era el de visitas, para ver a su hermana, estaba segura que Rosalie no se había tragado el cuento de que estaba aislada la última vez que fue a verla, así que tan solo ese motivo la hacía querer salir de la enfermería, quería con locura ver a su hermana y saber de su hijo.

Se incorporó en la camilla, estirando sus piernas y recostándose de la pared, observó a sus lados, y se fijó en otra reclusa bajo las sábanas unas cuatro camas más allá, la habían ingresado la noche anterior por indigestión.

—¿Se puede?

Bella parpadeó en dirección a la puerta de la enfermería, recostado al marco, a unas diez camas de distancia, estaba el chico que le había costado identificar los primeros días como paciente y que después reconoció como su salvador de la sala de castigo, le sonrió y asintió. Seth entró a la enfermería con una enorme y algo infantil sonrisa, al estar junto a su cama extendió una bolsa de papel marrón, Bella la tomó despacio.

—Te traje más galletas. —Esta fue la oportunidad de ella para sonreír como una niña.

— ¡Gracias! No te hubieras molestado. —Seth sacudió la cabeza y le hizo señas aupándola a abrir la bolsa.

—Aprovecha que Gina no está cerca y prueba una.

Bella tomó una de las galletas y se fijó que ahora tenían chispas de chocolate, dio un mordisco y cerró los ojos con placer. —Tenía años que no probaba chocolate —dijo mientras se cubría un poco la boca con su mano. Seth no pudo evitar ver lo delicados y finos que eran sus dedos, Bella se fijó en su escrutinio y comentó apenada—. ¡Oh Dios!, que maleducada soy. ¿Quieres? —dijo extendiéndole la pequeña bolsa. Seth sonrió negando.

—Son tuyas, guárdalas. Yo tengo otras que me mandó mi novia. —Bella asintió.

—Están muy sabrosas —convino y Seth le sonrió pensando que a él mismo no le gustaban mucho las galletas que Claire, su novia, le enviaba como merienda y Bella las veía como si fueran un tesoro, se dijo mentalmente que debía agradecerle más a Claire por estar tan pendiente de él.

—Yo horneaba a veces —continuó Bella llamando la atención de Seth—, cuando estaba en casa —prosiguió cabizbaja—. A mi pequeño le encantaban mis galletas.

Cerró la boca porque recordar a JJ era muy doloroso. Seth, que se fijó en su tristeza, se adelantó un poco y con lentitud apoyó una mano en su hombro.

—Lo lamento —susurró—. ¿Aún sabes de tu pequeño? —Bella asintió.

—Mi hermana lo cría, tengo mucho que no lo veo, pero sé que está bien.

Seth no supo bien como contestar a eso, por lo que asintió apenado apretando tan solo un poco su agarre en el hombro de Bella.

—Llegaron tus exámenes Swan —la voz de Gina los despabiló a ambos. Seth la soltó alejándose unos pasos, Gina lo vio frunciendo el ceño—. ¿Qué haces aquí Clearwater? —El muchacho se pasó la mano por el cabello.

—Vine a ver como se encontraba, yo…yo la traje desde la celda de castigo, solo…solo… —Bella se mantuvo en silencio y Gina sacudió la mano haciéndolo callar.

—Sé que tú ayudaste a trasladarla, pero esto no es un hospital con horarios de visitas, ve a hacer tu trabajo y déjame hacer el mío.

Gina no era grosera pero sí muy estricta. Seth dio otro paso hacia atrás y asintió a ambas damas pero dedicándole una sonrisa a Bella y salió de la enfermería. Una vez retirado, Gina empezó a chequear a Bella.

—El doctor llamó —empezó—. Me dijo que si tus exámenes salían bien podía darte de alta. —Le habían tomado una muestra de sangre a primeras horas de la mañana y tan solo tenían que esperar los resultados—. Si tus valores están dentro de los límites y tu nivel proteico también estarás lista para irte. —Alzó la vista y encontró en el regazo de la chica la bolsa de galletas, subió una ceja grisácea y la vio a los ojos, Bella se llenó de pánico y se sintió tonta por no haberla ocultado antes.

—Son galletas —dijo temblando—. ¿Quiere una?

Gina subió su ceja y bufando sacudió la cabeza. —Debo tomarte la presión —dijo sin quitárselas. Bella se enderezó y dejó que la vieja, y en el fondo amable enfermera, hiciera lo suyo; sintió como la abrazadera en su brazo izquierdo la apretaba hasta lo inimaginable y luego aflojó, mostrando en el pequeño monitor como estaba su presión sanguínea.

—Esto se muestra bien, finalmente llevas dos días con los valores correctos. —Bella sonrió educadamente—. Eso significa que pronto estarás fuera de aquí, de regreso a tu celda. —Bella asintió, sin saber aún si mostrarse alegre o abatida por dicha noticia.

—El director quiere que cuando salgas vayas a reunirte con él. —Las palabras la tomaron por tan sorpresa que se ahogó ligeramente cuando su cerebro las procesó, cerró los ojos pensando que era una real tonta en pensar que Caius no mandaría a llamarla. Después de todo, tenían un par de semanas que no se veían, esa era una de las otras razones para no querer salir de ahí; pero ahora era inminente su salida y con ella su inminente regreso a la oficina del director.

— ¿Me estás escuchando? —La voz de Gina la sacó de sus pensamientos. Bella parpadeó y asintió mientras se aclaraba la garganta.

—Sí…sí la escuché. —Tragó grueso recordando las manos del director clavándose en sus caderas y su insistente empujar dentro de ella, cerró los ojos y se estremeció de asco, tanto así que desechó el probar otra de las galletas de Seth, descartando la bolsa en la mesita junto a su cama. Gina vio su expresión con cejas levantadas, ella había visto los moretones en sus caderas y en su pecho, marcas que no tenían nada que ver con la celda de castigo, sin embargo no agregó nada.

—Enfermera Gina. —La voz de una oficial le llamó la atención de la entrada, Gina se alejó sin despedirse y Bella se quedó en silencio pensando en su inminente mejoría y por lo tanto en su inminente regreso a las manos de Caius.

Flashback.

¿Por qué estás condenada a la pena de muerte?

Bella bajó su mirada hacia sus pies. Estaba de pie en medio del despacho del director hacía unos meses atrás. Se había visto involucrada en una pelea con Victoria, la "dura" del plantel, las habían llevado a la oficina del director para comunicarles sus castigos, supo que Victoria había sido asignada a la celda de castigo por una noche, pensó que ella iba a sufrir la misma suerte, se sentía magullada, su labio había sido partido por un derechazo de Victoria y sabía que su pómulo se hincharía en cuestión de segundos, consecuencia del segundo golpe de puño cerrado que recibió antes de poder esquivarla.

No había podido atizarle ningún golpe a Victoria porque ésta la había atacado a traición, primero empujándola contra las baldosas de la pared de la ducha común del retén, reclamándole de que había tomado su ducha, para luego voltearla y atizarle los dos golpes que la tumbaron al suelo.

Todo se volvió un alboroto, Bella no sabía cómo defenderse físicamente, pero sabía cómo esquivar los golpes, había aprendido a la fuerza con James, porque cuando llegaba borracho a casa y ella se negaba a tener sexo con él, siempre intentaba uno o dos golpes antes de caerse rendido debido a la resaca o a cualquier efecto secundario de cualquier droga en su sistema.

Por eso cuando esquivó el tercer golpe de Victoria, ésta se resbaló en el mojado suelo convirtiéndose en el perfecto hazme reír de la ducha, obteniendo a cambio el odio irracional y a muerte de Victoria contra ella.

Tuvo la suerte de que las oficiales llegaron antes de que Victoria pudiera levantarse del suelo y arremeter en su contra, por eso se encontraba en el despacho del director de la cárcel, aún mojada y con el labio y el pómulo herido. Caius no pudo evitar ver como el overol naranja se pegaba a algunas partes aún húmedas de su cuerpo y como ella intentaba abrazarse a sí misma para disminuir los temblores de su piel debido al frío de la oficina.

Contesta a mi pregunta.Bella tembló de nuevo.

Ehh, yo, yo, mi… mi condena.Caius rodó los ojos con exasperación hurgó en el expediente que previamente había pedido a su secretaria y leyó por encima de sus cristales.

Homicidio.Se contestó a sí mismo la pregunta—. Caramba, para ser una asesina no sabes defenderte demasiado. Señaló sus golpes, Bella palideció un segundo sin saber cómo contestar—. Veamossiguió leyendo—. Agresión, secuestro, incendio y finalmente asesinato. Eres toda una joya para lo flaca y baja que eres.Bella no sabía qué contestar, le sorprendió levemente que el director estuviera asombrado y divertido con todos los cargos que su "querido suegro" había logrado imputarle luego de la muerte de James. Caius siguió leyendo y subió sus cejas un poco—. Secuestraste a tu propio hijo.Bella levantó la mirada, el recuerdo de JJ le caló hasta los huesos, Caius se dio cuenta de su cambio y se levantó sin cerrar el expediente.

Hummsusurró—. ¿No tienes palabras? No me dirás que eres "inocente".Al ver la falta de respuesta, su voz se endureció un poco más—. Te hice una pregunta.Ella parpadeó encontrando finalmente su voz.

Dije todo lo que tenía que decir en el juicio, director, nada de lo que diga aquí puede ayudarme. Caius mejoró su semblante y asintió con una mueca burlona.

Eso es cierto, pero quería saber los detalles morbosos.La chica se estremeció un poco y Caius soltó una risa burlona—. Veamosdijo regresándose al escritorio, Bella agradeció su lejanía momentánea—. Hiciste una petición.Leyó por encima los papeles.

contestó ella de inmediato. Caius levantó la mirada oscura hacia ella.

Así que tienes voz de nuevo.La chica se encogió nuevamente bajando la mirada a sus botas—. Quieres ver a tu hijo.La chica tembló. Cuando había preguntado si podía ver a su pequeño, le habían dicho que era imposible, sin embargo había quedado registrada su solicitud, no quería mostrar emoción alguna, porque reclusa o no, sabía que mostrarle tus más sinceros deseos a los villanos de la película nunca resultaba bien.

Sin embargo, no puedo evitar su emoción al escuchar las palabras. ¿Aún quieres verlo?La chica dio un paso hacia delante, atragantándose con sus propias palabras.

S…Cla...sí, sí señor. Claro que sí.Eso hizo a Caius sonreír, sin embargo bajó su rostro ocultándola.

Bella esperó paciente y entrelazando sus dedos expectantes. Caius se colocó frente a ella, pasó sus dedos por su barbilla, pensativo.Tal vez conozca a alguien. Los ojos de Bella se abrieron desmesuradamente sin poder ocultar ahora su emoción, sin poder creer su suerte.

¿En serio? ¿Usted…usted podría?Caius rio sin poder creer lo fácil que le había resultado aquello.

¡Claro!dijo con demasiada confianza—. Por supuesto que podría intentarlo, no será fácil, ni pronto, pero si muevo las piezas necesarias seguro podría hacer algo.

Bella se vio tentada a besar sus manos en gratitud, pero ese pensamiento se empezó a desmoronar cuando el director de la cárcel se colocó frente a ella viéndola penetrantemente a los ojos. ¿Con cuánto dinero cuentas?Las esperanzas se fueron al suelo, su barbilla y voz tembló.

No, no tengo dinerodijo aterrada. La familia de James se había quedado con todo para poder sobrevivir a la pérdida de su hijo. Lo poco que Charlie y Renée les habían dejado, lo administraba Rose, para poder velar de JJ.

Caius chasqueó los dientes separándose de ella.Malo, malodijo viéndose ligeramente contrariado—. Nada es gratis, chicuela. Deberías saberlo.Claro que lo sabía.

No podía perder esa oportunidad, por lo que sin pensar muy bien en lo que se estaba metiendo dio un paso al frente escupiendo rápidamente las palabras.

Haré lo que sea.Caius estaba de espaldas a ella y sonrió endiabladamente, sabía que llegarían a esto, no había otra salida posible, pero le encantaba hacerle creer a sus víctimas que ellas accedían a sus peticiones por motus propio. Acomodó su expresión mientras giraba.

Verásdijo entrelazando sus dedos—. Nadie puede enterarse de esta condescendencia contigo.Bella negó. Caius no podía creer lo tonta que era—. Entonces, ¿harás lo que sea?Bella asintió.

Por poder verlo antes hizo una pausa de mi condena, haré lo que sea.

Una vez salieron sus palabras de su boca supo que las pagaría muy caro, Caius cambió su semblante de inmediato, se puso frente a ella y obvió por completo el salto y el temblor de su piel cuando su mano fue a la parte superior de su overol naranja, cuando pescó el comienzo de su cremallera, los ojos de Bella se llenaron de lágrimas al entender a que había accedido con "hacer lo que sea".

Caius sonrió maliciosamente y empezó a bajar la cremallera por su frente.No tienes dinero, no tienes bienes y no posees nada más que yo desee como pago.La cremallera llegó a sus pechos y siguió bajando acompañando a una lágrima que se deslizó al mismo momento—. ¿Quieres verlo o no?La mano de Caius no se había separado del overol. Bella entendió que respondiera lo que respondiera él iba a continuar bajándolo, cerró los ojos sin contestar, Caius continuó su descenso.

Bella recordó con terror y lucidez cuando James la forzó la primera vez y la segunda y la tercera. Recordó también cuando se dijo a sí misma que era mejor no pensar, no sentir, que usaban su cuerpo mas no a ella, que su espíritu, su alma, se trasladaba a Wonderland o al País de Nunca Jamás, lejos de quienes la tocaban, lejos de quienes la utilizaban como descarga de fluidos. No tenía como defender su cuerpo de los atropellos, pero podía hacer algo diferente con su mente.

Sintió como su overol cayó al suelo de madera, haciendo sonar la metálica cremallera contra su brillante superficie, luego como su cuerpo fue llevado y presionado con fuerza contra la superficie del escritorio, dejando su trasero al aire, cerró los ojos y trató de recordar cosas bonitas, recordó su vida en la finca de los Swan, como ella y Rose se habían hecho más que amigas, hermanas.

Los pasteles recién horneados de Renée, ella y los demás chicos corriendo en los sembradíos, jugando al espantapájaros, la escuela, sus amigos de infancia.

Un quejido acompañado de una lágrima salió de sus ojos cerrados cuando, sin preparación alguna empujaron contra ella, cerró los ojos con más fuerza pidiéndole a su mente que le permitiera pensar en algo diferente de nuevo.

Funcionó, pero no por completo, dado que por más que se empeñara en recordar cosas diferentes, era imposible no escuchar los jadeos de Caius sobre su cuello y espalda.

Cuando finalmente dejó de bombear dentro de ella y le permitió alejarse, Bella se incorporó temblando del escritorio, se caló el overol sobre el cuerpo, vio como Caius se alejaba a su silla, encendiendo un habano sin siquiera mirarla. Subió con manos temblorosas su cierre y caminó despacio hacia la puerta, ahora, en su cuerpo, había otros dolores que adicionar a los de los golpes de Victoria.

Aún tendrás más cuotas que pagar, no he quedado satisfecho todavía.Esas fueron las últimas palabras de Caius y su segunda condena.

Fin Flashback.

— ¡Hey! —La voz de Gina la regresó abruptamente al presente. Gina tenía una bandeja con comida frente a ella—. Ten —le dijo colocándola sobre su regazo—. Tu última comida de enfermería. —Bella parpadeó confundida hacia ella—. Te dieron de alta, muchacha. Los resultados salieron satisfactorios. Esta es tu última cena aquí, mañana temprano te trasladan a tu celda nuevamente.

Bella vio la bandeja sobre sus piernas, tortilla de papas, brócoli asado, algo que parecía pollo desmechado y un vaso de leche, se veía bien, se veía decente, pero su estómago se había hecho un nudo, mañana regresaría a los pasillos del retén y estaba tan segura como que moriría en menos de seis meses, que tendría que pagar una nueva cuota con Caius, por un favor, que quería creer (aunque sabía lo contrario) que lo cumpliría al final y todo ese dolor tendría una razón de ser cuando sostuviera entre sus brazos a JJ de nuevo.

.

.

Edward había tenido unas semanas terribles.

Primero, su equipaje se había perdido en el camino de D.C. a Pensilvania, obligándolo a tener que comprar prendas a última hora, cosa de la que no tenía idea y era un desastre en ellas. Kate, su ex esposa era la que se encargaba de esos menesteres y antes de eso Esme, pero ahora estaba solo y sin mucho tiempo para contratar a alguien, por lo que tuvo que entrar a la primera tienda que consiguió, sin saber siquiera su talle confió en un par de trajes que le vendieron.

El trabajo que aceptó no fue ni por asomo sencillo, el retén estaba lleno de corrupción y sabía que no podía confiar en nadie, los guardias y trabajadores administrativos eran fieles a Caius y no les gustó su despido de ninguna manera.

Sin contar que la secretaria que trabajaba para Caius renunció con él, dejándolo en medio de la incertidumbre carcelaria. Pasó horas trabajando, durmió las dos primeras noches en su oficina, su espalda lo estaba matando, nunca había leído y estudiado tanto desde sus estudios de Derecho en Harvard muchos años atrás, ni siquiera en sus postgrados tanto en el extranjero como en los EEUU.

En Pensilvania, como en muchos estados de América, era legal la pena de muerte, pero las condenas en ese estado y en especial en la correccional Muncy habían aumentado alarmantemente, por lo que el ministro Jenks le había pedido. No podía confiar en nadie, pero tampoco podía crear el caos, empezando a despedir a sus empleados de forma arbitraria.

El día que lo nombraron director, fue frente a todo el personal del retén, junto al ministro que oficializó su nombramiento, luego hubo una rueda de prensa donde no pudo evitar preguntas acerca de su padre y lo que el apellido Cullen representaba, Edward recordó amablemente al periodista que él se apellidaba Masen y que aunque guardaba un gran orgullo y respeto por Carlisle no quería que lo etiquetaran con el éxito de su padre.

Cuando finalmente terminó aquella rueda de prensa, se presentó con las reas, fue en el patio trasero, la seguridad mantenía una barricada entre él y las reclusas, pero les informó su interés en las penas y en la calidad humana que tendrían mientras estuvieran recluidas.

Las mujeres se mostraron, algunas impresionadas por siquiera ver al director, otras apáticas a lo que pudiera decir y otras genuinamente atraídas a semejante espécimen que les habían asignado.

Si es él el que me va a poner la inyección letal, que me mate de una vez. Había bromeado una reclusa pelirroja con otra, la cual no pudo evitar reírse, el vivir tan cerca de la tragedia hacía que tarde o temprano te volvieras inmune al miedo de morir y llevaba al terrible paso de bromear sobre eso.

Luego de esa presentación, Edward no volvió a salir de su despacho por cuarenta y ocho horas seguidas, tanto así que solicitó fuera acondicionada la oficina conjunta como habitación temporal, los obreros habían sellado la puerta del pasillo de dicha habitación, abriendo una dentro de su oficina, que no dejaba sino hasta pasada la madrugada.

Cuando entendió a groso modo sus funciones y pensó que no podía saber más de penas judiciales, le informaron que su equipaje había sido encontrado y enviado a su oficina. Pero no todo había mejorado dado que el conserje de su edificio le avisó que el apartamento que le habían arrendado estaba siendo sometido a una exhaustiva fumigación por quejas de termitas en toda la edificación.

Haciendo ejercicios de motivación y obligándose a sí mismo a ver todo como una prueba que superar, se trasladó por tiempo indefinido a la habitación adjunta a su oficina, diciéndose que así tendría más tiempo para empaparse de su trabajo.

Era lunes temprano y habían pasado quince días desde que había tomado la que aún no sabía si catalogar como una buena o mala decisión. Estaba hablado con Carlisle esa mañana, le había reclamado dulcemente que no se había comunicado con Esme y que ella estaba preocupada por su único hijo.

—No he tenido tiempo, padre. Estoy bien, pero realmente ocupado. —Estaba sentado en la que se había convertido en su cama por los últimos días.

—Solo te digo, muchacho. Sé que debes estar ocupado, pero saca un poco de tiempo para ella. —Edward se pasó las manos por el rostro en un gesto cansado.

—Lo haré —convino pensando en cómo estaría su agenda para el día.

—Kate vino a almorzar con nosotros ayer. —Edward resopló una risa.

— ¿Y eso? —escuchó un sonido parecido en su padre.

—Tu madre la llamó por la costumbre de nuestras comidas de domingos. Se presentó con Tanya. Nos sorprendió bastante. —Edward alzó sus cejas en asombro.

—Puedo imaginarlo —convino en voz baja, Carlisle hizo silencio, para después agregar en voz baja.

—Hijo, siento si te faltamos el respeto abriéndole las puertas de la casa, pero esa chica fue parte de la familia por tanto tiempo. Ustedes dos, la verdad… lo lamento.

—Oye, oye —interrumpió Edward—. No me importa, ella y yo quedamos en buenos términos, no te preocupes. —Ambos se quedaron en silencio, luego Carlisle dijo en voz baja.

—Es una lástima, ¿no? —Edward no pudo evitar reír por lo alto. Carlisle siempre había sido un admirador del género femenino, supo de sus andanzas en la universidad y se sorprendió al saber que su padre había sido más mujeriego que él mismo, pero cuando conoció a Esme había dejado de probar, para dedicarse a la que él mismo decía, la mujer más polifacética que había conocido. Pero eso no significaba que dejara de admirar al género femenino y en más de una oportunidad le había indicado a su único hijo que Kate era todo un ejemplar, digno de ser admirado y devorado con la mirada.

— ¿Ya tienes secretaria? —preguntó el senador cambiando el tema. Edward abrió los ojos respirando profundo.

—Aún no. Estoy trabajando en ello, no ha sido fácil, se nota que la gente que trabaja aquí todavía es fiel a Caius y no he tenido tiempo de entrevistar a nadie.

Carlisle sintió el cansancio en la voz de su hijo, se preocupó de inmediato y buscó las palabras que iba a decir delicadamente.

—Hijo. —Su tono demostraba su preocupación. Edward cerró los ojos.

—No me digas nada padre —interrumpió de inmediato. No fue grosero y maleducado, sabía de la preocupación de su padre, pero Carlisle tenía que entender que él era un adulto responsable y capaz de solucionar sus propios problemas.

—Edward, por favor, ¿de verdad crees que fue buena idea? —Edward tomó su toalla y su cepillo de dientes—. Si quieres puedo hablar con Jenks, decirle que no es lo mejor para ti, todos cometemos errores hijo. —Edward respiró profundo indicándose que no debía alterarse.

—Fue buena idea, padre. Ningún trabajo es sencillo, menos al comienzo. Soy capaz de sacar esto adelante, de desmantelar la corrupción si es que la hay; solo necesito tiempo, viejo. Deja de preocuparte por favor, igual dile eso a mamá, estoy bien y por favor, no interfieras de ninguna manera, por favor —repitió con énfasis.

Carlisle sacudió la cabeza pero sonrió resignado, le fue familiar esa contestación, ya que una muy parecida le había dado él mismo a William Cullen, su padre, cuando decidió incursionar en la política y más adelante cuando intentó persuadirlo de postularse a senador.

—Está bien, hijo —dijo el patriarca, Interrumpió su flujo de palabras para recibir una comunicación de su secretaria. Edward tomó esa distracción como su vía de escape.

—Estaré bien, viejo. Pronto todo mejorará, mándale un beso a Esme y dile que la llamaré lo más pronto que pueda.

—Le diré eso, hijo. Éxitos. —Y entonces cerró la llamada. Edward sonrió torcido al escuchar la palabra éxitos, era tan de su padre, nunca deseaba suerte, eso no existía para él, solo existía el trabajo duro y el éxito, nada más.

Cerró la llamada y se dirigió al demasiado lujoso cuarto de baño de la oficina, desde que lo usaba se preguntaba para qué Caius querría tanto lujo en una prisión de alta seguridad, para él parecía algo absurdo, aunque ahora se beneficiara de dichos lujos.

El día arrancó con el papeleo normal y excesivo diario, miles de sentencias, copias de juicios y decisiones de jueces se regaban en su escritorio. Él era abogado por naturaleza y tenía un interés morboso en seguir el juicio detenidamente de por lo menos una de las internas.

El personal empezó a llegar, Edward fue capaz de escuchar las pisadas y el ruido pertinente de ellos, se levantó estirando su espalda y se sirvió una sustanciosa ración de café, suspiró ruidosamente y salió de su despacho.

Lo que le había dicho a su padre era cierto, pensaba que el personal aún era fiel a Caius, tenía que descubrir por sus propios métodos si tenía razón o no.

Caminó por los pasillos del edificio administrativo observándolos y asintiendo educadamente cuando hacían contacto visual, para la mayoría del personal era realmente extraño ver a Edward Masen por los pasillos, con su taza de café y una sonrisa educada en el rostro, todos estaban acostumbrados a los matones de Caius y pensaban por admisión que Edward se comportaría de la misma manera, solo que estaba esperando la llegada de sus matones de confianza.

El recorrido terminó y Edward se encontró con un visitante en la puerta de su despacho, dio el último trago a su café y acercó a la oficial.

—Buenos días. —La chica se giró de inmediato, parpadeó con algo de reserva al nuevo director, aún le costaba creer que fuera él.

—Buenos días, director. —Edward asintió educadamente, abrió la puerta del despacho y la dejó pasar primero.

—Disculpe mi mala memoria, ¿me dijo que era oficial…? —empezó Edward sin rastro de sonrisa en sus labios, sin embargo se notaba jovialidad en su mirada. La chica se sentó luego de que Edward señalara la silla frente a su escritorio.

—Brandon. Alice Brandon. —Edward tomó asiento, asintiendo—. Me informaron que me mandó a llamar, señor. —Edward entrelazó sus dedos.

—Sí, en efecto lo hice. —Duraron unos segundos en silencio. Entonces Alice alzó sus cejas interrogantes, Edward ocultó una sonrisa con una tos—. Sabes que aquí dentro no tienes que ser tan formal, ¿cierto? —Alice rodó los ojos, perdiendo por completo la compostura.

—Y quedé contigo que aquí no nos conocíamos. —Edward rio sacudiendo la cabeza.

—Oh vamos, nadie tiene como emparentarnos. Aún no le das el sí a mi querido primo y aunque se lo des, no tomarás el Cullen, sino el Hale.

Alice rodó de nuevo los ojos, pero suspiró soltando el aire. Edward entendió que ya había dejado de ser la oficial para pasar a ser la novia de su primo y mejor amigo.

— ¿Cómo está Jasper? —preguntó relajándose un poco, Alice asintió.

—Está bien, anduvo con resfriado estos días, pero ya está listo para regresar a los tribunales. —Edward sonrió sacudiendo la cabeza.

— ¿Nunca va a dejar la fiscalía cierto? —Alice rió.

—Ya nos conoces, ambos estamos listos para salvar el mundo. —Edward asintió—. Estaba bastante sorprendido cuando supo que venías para acá, me dijo que nunca pensó que aceptarías semejante propuesta.

Edward dio una risa más ligera. —Pues que se una de manos con su tío y tía. —Alice alzó sus cejas.

—Nadie quería que vinieras ¿no? —Edward se encogió de hombros.

—Da igual lo que piensen, soy lo suficientemente adulto como para hacer exactamente lo que me venga en gana. Es mi carrera, yo decido qué hacer, ¿no es así? —Alice hizo una mueca de suficiencia y asintió. Edward dio una risa más alta—. Aún recuerdo el ataque que sufrió Jazz cuando se enteró que trabajarías aquí. —Alice rio también.

—Él quería que dejara de patrullar, aquí no patrullo. —Su encogimiento de hombros fue hasta tierno. Edward soltó otra carcajada.

—Eres un caso Allie, no sé cómo Jazz quiere ese anillo en tu dedo aún. —En vez de ofenderse, Alice se encogió de hombros.

—Alguien tiene que intentar salvar el mundo desde aquí ¿no?

Edward se puso serio y entonces hablaron de trabajo.

—Voy a necesitar tu ayuda. —Alice asintió.

— ¿Qué necesitas?

—Que seas mis ojos y oídos, no sé por qué, pero creo que todos estaban a favor de la estadía de Caius y en contra de mi nombramiento, no puedo confiar en nadie aún, nada más en ti. —Alice suspiró.

—Tienes algo de razón, pero tienes que hablar con el personal, muchos están simplemente asustados con tu presencia, piensan que vas a ser un segundo Caius.

—Supongo, pero ahora no tengo tiempo para eso, estoy hasta el cuello de papeles y no puedo ponerme a entrevistar gente.

Alice se colocó de pie. —Pues saca algo de tiempo, yo mejor me marcho, se supone que esta visita era de trabajo —convino con media sonrisa, Edward sacudió la cabeza recordando.

—La reclusa —dijo recordando el primer escándalo que le tocó solucionar cuando tomó el cargo—. La de la celda de castigo. —Alice asintió.

—Está en enfermería, casi la trasladaron a un hospital, eso hubiera sido malo para tu mandato. —Edward respiró profundo, aunque no hubiera sido su decisión, si esa reclusa moría antes de su sentencia y más aún, si moría por maltratos, la responsabilidad iba a ser únicamente de él.

— ¿Qué sabes de ese caso? —preguntó a Alice que asintió.

—Gina, la enfermera me comentó que seguramente le dan de alta hoy, están esperando los resultados de los últimos análisis. —Edward se puso de pie.

—Bien, ¿podrías arreglar que venga aquí?

Alice frunció el ceño. — ¿Y eso? —Edward se encogió de hombros.

—Quiero saber qué fue lo que en realidad ocurrió, la versión de ella, claro. —Alice caminó a la puerta.

—Le diré a Gina que se lo comunique, yo debo hacer mis rondas. Nos vemos, director. —Edward rodó los ojos con dramatismo.

—Hasta luego oficial —convino al verla marchar.

La mañana prosiguió con un crescendo de trabajo, miles de expedientes llegaron a su poder, más un sinfín de llamadas de diferentes figuras políticas.

La hora del almuerzo llegó y se vio gratamente aliviado al poder salir de allí para comer donde fuera y con quien fuera. Llamó a Jasper y éste, asombrado de su llamada, se fue a comer con su primo, aquel que no veía desde que se habían graduado en la universidad.

— ¿Y cómo te tratan las reclusas? —preguntó luego de su segundo mordisco a la hamburguesa con queso de un pool bar no muy lejos de la fiscalía. La clientela que lo visitaba no tenía idea de que contaban entre ellos con dos de los mejores abogados de todo el estado.

—No me tratan, Jazz. Apenas las vi el día de la presentación. —Jazz asintió mordiendo su hamburguesa.

— ¿Y cuál es el trasfondo de tu nombramiento? —preguntó—. No me vengas con que eres el más apto, Jenks jamás nombraría a un civil para ese cargo, así que suelta la prenda.

Edward sacudió la cabeza con una mueca graciosa, se llevó la patata con kétchup a la boca y sacudió la sal de sus manos mientras masticaba con parsimonia, Jasper esperó mientras daba otro mordisco a su hamburguesa.

—Digamos que Jenks necesita que se revise el inventario de sentencias en la cárcel, eso es todo lo que puedo decir.

Jazz se limpió la boca con su servilleta de papel, asintió terminando de masticar. —Yo no he mandado a ninguna mujer a esa correccional, pero en eso tiene razón el ministro, la verdad. Es alarmante la cantidad de sentencias de muerte que ha habido en estos meses.

Edward asintió. —Ese es el trasfondo. —Su primo entrecerró los ojos.

— ¿Qué planes tienes para ello? —Edward soltó una carcajada y contraatacó.

— ¿Cuál es la estrategia para salvar a tu cliente actual? —Jasper lo vio con sarcasmo. Edward asintió—. Exacto, no puedes divulgar nada. Yo tampoco.

Siguieron con su almuerzo y procuraron no hablar de sus respectivos trabajos. Edward le contó lo de la visita de Alice a su oficina y éste le indicó que le gustaba que él fuera el director, por que así por lo menos Alice estaría un poco acompañada. Edward rio diciéndole que Alice era más fuerte que ellos dos juntos, pero el rubio admitió que aunque eso fuera verdad no podía dejar de preocuparse.

Volvieron a cambiar de tema y Jasper no pudo evitar reír a carcajadas al saber todos los tropiezos que había sufrido Edward para poder instalarse. Tanto se rió, que lágrimas salieron de sus ojos al saber que dormía en una cárcel por las noches.

—A ver —dijo Jazz, metiéndose el último pedazo de hamburguesa y controlando su risa mientras lo masticaba—. ¿Me estás diciendo que te quedaste sin ropa, y que para más colmo tu apartamento está lleno de termitas? —Edward vio con aburrimiento sus burlas.

—Ríete lo que quieras cabrón. —Jasper soltó una carcajada aún mayor por el insulto—. Pero sí, mi dirección actual es la cárcel. ¿Qué puedo decirte? Así puedo trabajar más.

Jazz se tomó las costillas con una de sus manos. —Espérate, espérate. —Respiró profundo, controlando la punzada en sus costillas—. Esto es demasiado, ¿eres huésped en una cárcel de mujeres?

—No seas idiota Jazz, no es gracioso. —El rubio sacudió la cabeza.

—No, no. Tienes razón —agregó intentando recomponerse—. Pero, ¿ves que irónico es esto? Interno a tu voluntad en un plantel de mujeres… Oh Dios, como me voy a divertir en las reuniones navideñas contando esto.

Edward sacudió la cabeza rodando sus ojos, sabiendo que dijera lo que dijera su primo iba a seguir burlándose, por lo que optó esperar a que se cansara de reír.

— ¿Ya? —preguntó al rato. Jasper subió uno de sus dedos indicándole que esperara, luego de reír un poco mas finalmente desistió—. Eres un idiota —dijo Edward malhumorado. Jasper se encogió de hombros.

—Hombre, por lo menos duermo bajo mi techo con la mujer que amo, no a menos de 50 metros de criminales y más solo que el número uno. —Alzó su dedo índice.

Edward sacudió la cabeza.

— ¿Ahora vas a meter mi soltería en esto? —Jasper se encogió de hombros.

—Hombre, menos mal no nos vemos con regularidad, la verdad eres una caja de burlas.

—Idiota —masculló Edward comiendo su último bocado. Cuando terminó estiró la mano al mesero indicándole con la seña universal, que le trajeran la cuenta—. Pagas tú —le dijo a Jasper. Éste asintió sacando la cartera del bolsillo interno de su saco.

—Claro, claro, lo último que quiero es que descompletes el dinero de la fumigación. —Jasper apretó los labios. Edward resopló. El rubio le entregó la tarjeta al mesero y aclaró su garganta—. Ok, ahora sí, en serio… —tomó una respiración profunda—. No hemos hablado desde tu matrimonio y ahora estás de nuevo soltero, ¿cómo la llevas? —Edward sonrió genuinamente.

—Aprecio tu interés, primo. Pero preguntas un poco tarde, llevo 8 meses separado de Kate, el trauma fue superado.

— ¿Estás seguro? Porque lo que ella hizo no fue fácil. —Edward esperó una burla de su parte, pero se dio cuenta que Jazz hablaba enserio, entrelazó sus dedos y respiró profundo.

—No fue fácil y aún no lo es. Kate y yo éramos costumbre, nos conocíamos… nos conocemos bastante bien. No te niego que pensé que duraríamos para siempre, jamás peleábamos y nos entendíamos demasiado —hizo una pausa y suspiró—. Supongo que ese fue mi error, confundir rutina y comodidad con amor. —Jasper lo vio fijamente.

—Lo siento. —Edward asintió, sonriendo por la repentina seriedad de su primo.

—Gracias —respondió—. Pero no pongas esa cara, yo estoy bien y Kate también. —Jasper asintió.

— ¿Has hablado con ella?

—Sí, mantenemos contacto, nos vimos en mi último fin de semana en D.C., me deseó suerte. —Subió sus cejas. Jasper se quedó momentáneamente serio y Edward decidió alimentar su humor—. Esta mañana me llamó mi padre, diciéndome que la habían invitado a nuestros almuerzos domingueros por tradición. —Jasper frunció el ceño.

— ¿Y cómo resultó eso? —preguntó extrañado.

—Él dijo que bien, pero me hubiera gustado verlo por una ventanilla. —Jasper frunció más el ceño sin entenderlo del todo. Edward extendió una sonrisa burlona en su rostro.

—Fue con Tanya. —Como lo esperaba, los ojos de su primo se abrieron de par en par, tartamudeó un poco antes de poder articular.

—Ta…Tanya ¿Tanya? La…la misma… ¿Tanya?

Edward rio sacudiendo la cabeza. —Sí, la misma Ta…Tanya —lo imitó burlándose. Jasper sopesó las palabras por un segundo y luego estalló en carcajadas.

— ¡Dios!, lo que hubiera pagado por ver la cara de Tía Esme.

Para cuando el mesero le regresó la tarjeta junto con el recibo a Jasper, Edward dejó caer algunos billetes como propina en la mesa y salieron del pequeño restaurante hacia la congestionada calle.

— ¿Tienes auto? —preguntó Jasper. Edward contestó a la defensiva.

—Tengo. —Jasper entendió su tono y sacudió la cabeza.

—Solo quería saber si necesitabas un aventón a tu cárcel por casa. —Y ahí estaba la burlita. Edward rodó los ojos.

—No, no necesito aventón. Además, no voy a casa ahora. —Jasper se obligó a no reír.

— ¿Y qué rumbo llevas?

—Me llegan unos paquetes del D.C. y quiero ir a buscarlos primero.

— ¿Mandaste a pedir sábanas? —Edward le mostró el dedo corazón, ya estaba cansado de las risas de Jasper, éste se detuvo estirando sus mejillas, reconoció que Edward ya no iba a soportar mucho más.

Después de una pausa, Edward respiró profundo.

—Mis trenes —dijo y Jazz puso los ojos en blanco obligándose de nuevo a no reír, pero su primo lo hacía condenadamente difícil.

— ¿Sigues con eso de los trenes? ¿No estás como grande para jugar con carritos?

—Púdrete, Jazz —convino sin más, no iba a explicar por enésima vez en su vida de su adicción a los trenes de escala, mucho había tenido haciendo que Kate lo entendiera para terminar en francamente nada.

Se despidieron y Edward esperó a que Jazz se perdiera de vista para entonces detener un taxi, era mentira que tenía auto, aún no había comprado uno; el viejo, producto del matrimonio, se lo había dejado a Kate. Bueno, ella le pagó su mitad, la verdad no le importó mucho. Kate adoraba aquel automóvil y para él cualquiera servía, siempre y cuando no pidiera muchos arreglos mecánicos. Pero con tanto trabajo no había podido ponerse a buscar un auto.

Mientras se subía a la cabina trasera del taxi y le indicaba al conductor la dirección de la oficina de correos, se prometió mentalmente que no pasaría del próximo fin de semana en ponerse a encontrar un nuevo vehículo.

.

.

Bella mordía con insistencia su pobre labio, tanto que llegó a sentir el sabor oxidado de su sangre; recogió sus dientes con premura por miedo a marcarse, pero en cuestión de segundos reanudó sus mordiscos sin siquiera darse cuenta.

Estaba esperando por Gina, ya le habían traído su overol naranja, sus botas negras y ropa interior limpia. Estaba vestida, sentada en el borde de la camilla que le había servido como cama por las últimas dos semanas. Quería volver a su rutina, moría por ver a su hermana y no le importaba de un todo el volver a ver a Jessica ni a Victoria y sus chicas, lo que la aterraba era su visita al director de la cárcel.

Gina se lo había recordado más de una vez, así que no podía simplemente hacerse la desentendida indicando que no sabía que había sido llamada; pero muy en el fondo sabía que si se saltaba una reunión con el director iba a ser peor para ella, de hecho, pensaba que fuera hoy a la hora que fuera la iba a pasar mal, dado que llevaba mucho tiempo sin cumplir sus citas, aunque eso no fuera su culpa.

Tocó los huesos de su cadera por encima de la tela áspera del overol, se sintió casi nostálgica de saber que no duraría por mucho tiempo el color pálido de su piel, ya que seguramente Caius la golpearía violentamente sobre el escritorio para demostrarle su incuestionable autoridad.

Mientras pensaba en algo que protegiera su piel, Gina entró de nuevo a la enfermería, esta vez acompañada de Jane, la odiosa oficial que la había metido en la celda de castigo.

Bella tembló de pies a cabeza sin poder evitarlo, recuerdos de uno de los matones de Caius lanzándola contra el frío suelo de la celda llenaron su mente, intentó sacudirlo de su sistema sin tener mucho éxito.

Gina le indicaba algunos cuidados que debía mantener, como el comer su ración del comedor completa y tomar unas vitaminas que le facilitarían a diario, Bella asintió sin realmente escuchar nada.

Jane le esposó las manos, la cadena que las unía era larga, en medio de la unión de las muñecas había otra cadena que asegurada a un cinturón de cuero, continuaban su camino hasta los pies, donde otro par de esposas abrazaron sus tobillos. Gina observó el proceso y se alejó una vez Bella estuvo asegurada.

Ambas mujeres caminaron fuera de la enfermería, Jane no dijo palabra y eso inquietaba aun más a Bella, que tropezó en dos oportunidades con las cadenas de sus pies.

—Si te caes te arrastrarás hasta la oficina del director. No tenemos todo el día, idiota. —El insulto fue susurrado, para que nadie más que ella lo escuchara.

Si Bella hubiera estado más pendiente y no tan nerviosa de su inminente regreso al despacho del director, le hubiera extrañado que Jane susurrara y no gritara, le hubiese parecido extraño que los hombres de Caius no las rodearan de camino al despacho, se hubiera dado cuenta que nada parecía igual a la última vez que pasó por esos pasillos, pero sus nervios eran tales y su angustia iba tan en crescendo que no prestó atención a todas las incongruencias que había a su alrededor.

Para cuando llegaron a la puerta, Bella no dejaba de morder su labio y no dejaba de sentir su estómago vibrar. La pequeña porción que había probado de pollo asado, tortilla de papas y leche como almuerzo, empezaron a revolverse en sus entrañas, sintiendo que había sido mala idea el haberlas comido.

Jane no pudo evitar empujarla contra la puerta de madera, se agachó mientras abría sus esposas de los tobillos y Bella se apoyaba de la puerta, eso también era extraño y fuera de lo común, pero igualmente Bella no le prestó atención. Jane le dio la vuelta violentamente y quitó el cinturón, dejándola nada más con las esposas de sus manos, esa rabia repentina sí la captó Bella, que por primera vez sintió que había algo raro con la rubia oficial.

— ¿Se…se encuentra bien? —Jane la vio con real odio, se acercó demasiado al rostro de Bella y ésta se alejó hasta que su espalda chocó con la madera de la puerta, Jane respiró sobre su rostro despacio. Bella cerró sus ojos, en las cárceles de mujeres era más que normal las relaciones lésbicas pero ella jamás las practicaba, no tenía idea de la inclinación sexual de la oficial, pero su cercanía no le gustó nada.

Jane rió para sus adentros por el susto de la reclusa, se acercó un poco más viendo como Bella apretaba los labios e intentaba apartar el rostro, justo en ese momento giró la perilla de la puerta plantándose sobre sus pies y empujando la puerta abierta tras Bella, que no tuvo otra opción que caer de espaldas, sobre su trasero en el interior de la oficina.

Jane rio esta vez por todo lo alto y cerrando de nuevo de un portazo se fue, dejándola sola.

Bella se incorporó sacudiendo un poco su overol, no era primera vez que estaba sola en la antesala del director, de hecho, Caius siempre la dejaba esperando ahí.

Sin observar a los lados y sintiéndose finalmente resignada con lo que sucedería con su cuerpo durante la próxima hora, decidió tomar la delantera. Si manejaba la situación de una manera diferente podía por lo menos no salir herida físicamente.

Concentrándose en no sentir y en pensar en su cuerpo como un ente separado de su espíritu, caminó resuelta al despacho del director, giró la perilla encontrándosela sin seguro y entró sin ver a los lados o sin fijarse en los cambios notables de la oficina, a pesar de que las cadenas que separaban sus muñecas eran largas, tenía que tener cuidado con ellas, apartó las carpetas del escritorio colocándolas en orden sobre el sofá de la entrada, recordando que siempre se preguntaba por qué Caius simplemente no lo usaba, luego sacudió la cabeza, el fin de Caius no era su comodidad en lo absoluto.

Después de desalojar el escritorio de las carpetas y otros utensilios como bolígrafos, cintas adhesivas y demás cosas, cuadró cuál sería la mejor posición para salvar los huesos de su cadera y su pecho, vio a los lados mordiéndose el labio, tomó entonces uno de los cojines del sofá y lo colocó sobre el escritorio y se reclinó sobre él probando su textura.

Si Caius aparecía con su apetito usual, no prestaría atención a que ella había usado algo para no dañarse la piel, luego pensaría como explicarle o simplemente se concentraría en descartar el cojín una vez el director terminara con su cuerpo.

Escuchó voces en el exterior de la oficina, su pulso se aceleró y de inmediato bajó el cierre de su overol, para descartarlo en el suelo, tembló de arriba abajo cuando sintió como la perilla de la puerta se giraba, su cuerpo se paralizó de repente y no pudo moverse hacia el escritorio ni tumbarse en el cojín para proteger sus huesos frontales.

No había pensado esto bien, si se colocaba de espaldas a la puerta, acostada sobre el escritorio, su derrier iba a quedar en primera plana mostrándose en todo su esplendor para cuando el director entrara y eso podía hacer que el director la tratara inclusive peor de lo que podía imaginar.

Cambió de planes violentamente; y temblando apurada optó entonces por tomar de nuevo su overol para colocárselo, la perilla giró lentamente, Bella alzó la vista aterrada obligándose a calarse aquel odioso overol que parecía empeñado en no cooperar, las cadenas de sus manos se enredaron con el cierre, para cuando la puerta se abrió medianamente, Bella ahogó un gritito y dejó de prestar atención a sus manos, dio un paso hacía atrás y tropezó con algo en suelo, no tuvo chance de sostenerse del escritorio por lo que cayó directamente al suelo, donde se convirtió en una mujer con la espalda descubierta, con un revoltillo naranja enredado entre sus manos.

Se quedó con la vista clavada en el suelo, escuchó una respiración acelerada seguida de un portazo. Cerró sus ojos esperando el jalón de cabello que la hiciera pararse.

—¿Quién eres y qué haces desnuda en el suelo de mi oficina?

Bella cerró los puños temblando, pero ahora de vergüenza, esa no era la voz de Caius.

.

.

El buen humor de Edward se había evaporado por completo, el almuerzo con su primo había llegado a su fin y se había tomado deliberadamente un par de horas más para poder así recoger sus trenes a escala que Esme había mandado por correo especial desde D.C. En vista de los inconvenientes en su departamento había optado por tenerlos en su oficina hasta que desapareciera la alarma de termitas, la mayoría de sus trenes eran de metal, pero contaba con algunos modelos clásicos (que valían miles de dólares) que estaban hechos en madera sólida.

Pero su mala suerte persistió cuando la amable, pero incompetente secretaria de la oficina de correos le dijo que su pedido se demoraría una semana más en llegar, dado que se habían presentado demasiadas condiciones e indicaciones a la oficina, que optaron por mandarlo por una vía más segura que la habitual y por eso se demoraría más tiempo que el regular.

Se había prometido mentalmente que no perdería los estribos, que no gritaría y que no se vería afectado por lo que le sucediera. Pero estaba llegando al límite de no retorno.

Llegó a la prisión como alma que lleva al diablo, dio algunas ordenes al aire y se encaminó de inmediato a su despacho, a medio camino se consiguió con la pequeña, odiosa y altanera oficial que estaba involucrada en el caso de la reclusa en la celda de castigo, cerró los ojos recodando su nombre, no tuvo éxito.

—Oficial —llamó su atención. Jane, sabiendo que no podía despreciar al nuevo director, respiró profundo y fingió una sonrisa mientras igualaba su paso—. ¿La reclusa? —preguntó Edward sin saludar.

—Esperándolo en su despacho, director. —Edward asintió.

—Perfecto, ¿el informe de la enfermera?

Jane bajó un poco el ritmo. —Lo debe tener Gina, director. —Edward entró a la ante sala y se giró frunciendo el ceño al no ver a la oficial a su lado, volteó hacia atrás y la vio fijamente.

—Tráigalo —dijo y Jane se detuvo por completo.

— ¿Disculpe? —La rubia intentó que su voz no sonara ofendida pero no lo logró. Edward dio una sonrisilla irónica.

—Vaya por el informe oficial y tráigamelo sin demorarse demasiado.

Sin esperar reacción alguna, Edward cerró la puerta de la antesala y se adentró sacudiendo la cabeza.

— ¿Qué más puede sucederme hoy? ¿Ah? —dijo a la nada y no pudo evitar sonreír al ver la puerta cerrada de su oficina, junto a la que ahora era la de su habitación. Recordó las burlas de su primo y sacudió la cabeza alejando esos comentarios de su cabeza, caminó entonces a la puerta de su oficina, aflojándose la corbata en el camino.

Esperaba encontrar a la reclusa que había mandado a llamar, en cierta forma, asumía que se trataba de aquella mujer en el suelo de su despacho, pero no podía entender sus fachas. Primero, ¿qué hacía en el suelo? Segundo, ¿por qué demonios estaba desnuda? Y tercero, (cosa que lo dejó altamente sorprendido) ¿qué hacía una mujer tan delicada, asustada y temblorosa en aquel lugar?

—Póngase de pie —dijo sin tocarla, aunque Esme le había enseñado a ser un caballero, nunca se podía ser demasiado amable con los reclusos, siempre podía ser usado en su contra.

Bella intentó ponerse de pie, pero sus movimientos eran torpes, no sabía quién era aquel hombre y para ser francos, la ponía demasiado nerviosa. Ella ahí toda desvalida, descuidada y poca cosa. Él (por lo poco que pudo ver) impecable, limpio, peinado y con un aire entre furioso y desconcertado que le hacía difícil respirar.

Se puso finalmente de pie, el overol finalmente había decidido colaborar con las cadenas de sus manos y se deslizó hasta su cintura, dejando su sujetador y parte de sus panties a la vista, Edward se cubrió los ojos y se dio la vuelta.

—Por amor a Dios, ¿quiere hacer el favor de cubrirse?

Bella sintió las mejillas inmensamente calientes, pero en vez de apenarse, una sonrisa incrédula se expandió por sus labios, había pasado tanto tiempo desde que se había ruborizado por última vez, que se sintió algo histérica.

—Yo…Yo, lo siento —dijo volviendo a intentar calarse el overol. Edward rodó los ojos estando aún de espaldas.

—¿Qué hace aquí? ¿Y quién es usted?

—Nadie —dijo de inmediato—. Soy simplemente nadie, estaba…me dijeron, iba a encontrarme con el director.

A Edward le extrañó como se refirió a sí misma, pero el motivo de su visita lo hizo desviarse de la pregunta.

—¿Vino a reunirse con el director?

—Sí—su voz fue un simple susurro. Edward sacudió la cabeza.

—¿Desnuda?—preguntó dándose la vuelta. Pero aún su pecho estaba tan solo con su sujetador. Edward se dio la vuelta de nuevo rápidamente.

—¡¿Puede terminar de vestirse?!— La chica se estremeció por el grito, contorsionó su espalda mientras calaba la tela sobre sus hombros con un poco más de rapidez. Edward solo volteó al escuchar el sonido de la cremallera al subir.

—Lo siento —dijo de nuevo. Edward caminó con rabia hasta su escritorio sin contestarle, se sentó en su silla reclinable y frunció el ceño al ver el cojín sobre el escritorio. Bella detectó lo mismo e intentó quitarlo con rapidez, dejándolo caer al suelo.

Mientras se incorporaba, no pudo evitar preguntar al verlo instalado en la gran silla de Caius.

—¿El director? —su voz era baja. Edward empezó a tipiar en su teléfono algo.

—¿Qué pasa? —Bella mordió su labio y por primera vez se fijó en sus lados, nada de lo que era habitual en la oficina de Caius ahora lo era.

No estaban los palos de golf de los que a veces presumía, no estaba la foto con el presidente Clinton que siempre pensó era una falsificación. Sus ojos se dilataron y parpadeó rápidamente.

—Disculpe, pero se…se supone que debo verme con el director. Yo…yo estaba, en…en la enfermería. Él…él me mandó a llamar.

Edward entrelazó sus dedos permitiéndose verla a la cara por primera vez, estaba asustada, claramente apenada y el hermoso sonrojo no se había marchado de su piel descubierta.

—Usted es Isabella Hester. —Bella tembló al escuchar su apellido de casada—. Soy Edward Masen, el nuevo director.

Bella parpadeó en su dirección, lentamente todo se iba derrumbando. —¿Di…di…director? ¿Nu...nuevo? —Edward asintió prestando atención a su escritorio, para luego fruncir el ceño extrañado.

—¿Dónde demonios están los expedientes que estaban aquí? —murmuró entre dientes.

Pero Bella no dejaba de temblar, Caius era una maldición, ella lo sabía, en el fondo se alegraba de haberlo perdido de vista, no más maltrato, no más violaciones.

Ahogó un sollozo contra la palma abierta de su mano, era cierto que Caius era todo aquello, pero también era cierto que, esa escoria era la única esperanza que guardaba para ver a su hijo de nuevo.