Capítulo I. Mentira
Llevaba más de dos semanas junto a aquella chica, la cual tenía desempeño casi nulo con la espada. Era un completo desastre. El primer día tras su instalación rompieron tres estandartes, destrozaron tres muñecos de entrenamiento y por casi le amputan un brazo a Vaike. Por ello ahí se encontraba, sentado sobre el césped de los jardines del castillo, donde se reunía con los Shepherds para entrenar a diario.
Emmeryn había tenido la idea de que Robin pudiese unirse a los Shepherds y así trabajar con ellos, lo que se resumía a patrullar de vez en cuando, entrenar y ser enviados a alguna misión. Sin embargo, gracias a la nueva incorporación, Chrom se había visto obligado a quedarse junto con Robin en el castillo hasta que fuera capaz de lograr los movimientos básicos de la espada.
La primera semana fue un caos, donde la chica, aunque sabía moverse para esquivar sus movimientos, era incapaz de devolverle algún ataque, y eso que había decidido entrenar de la forma más fácil posible. Intentó incluso que pelease contra Lissa y su hacha, sin embargo, logró que Lissa casi le cortase una de sus coletas de un hachazo, por lo cual decidió que lo mejor era que la instruyese él.
Ella no decía nada, sabía qué hacer en cada momento o si no, lo intuía con alguna clase de táctica que había desarrollado solo con verle. Parecía que aprendía de sus movimientos, y aunque los preveía, era incapaz de contraatacar.
Por eso, durante un entrenamiento de la tercera semana, Robin se desesperó.
- No, Robin, por tercera vez, deberías sujetar la espada de esta manera.
- Ya lo hago, Chrom, el problema no creo que radique en cómo sujeto la espada.
- Pues intenta colocarte bien, tu cuerpo debería hablar por ti en combate, y dejarlo ser.
- Si hago eso probablemente acabe cortada en dos. – Alegó la albina, exasperada.
- Mira. – Señaló el varón. – Así, ¿ves? Sé que mi estilo es mucho más bruto que el tuyo, pero podrías adaptarlo a ti, igualmente; ¿por qué tienes que instruirte en el dominio de la espada?
Robin lo miró, la verdad es que echaba de menos la sonrisa que le había dedicado en la sala del trono, ya que no la había utilizado más que cuando estaban fuera del campo de entrenamiento, resumiéndose en las comidas que compartían juntos, y a veces ni eso, pues la chica prefería esperar a que Emmeryn terminase sus enmendaciones para comer con ella, o incluso dialogar sobre algo que eran incapaz de explicarle.
Sin embargo, se lo tomaba como mejor podía.
- Porque cuando tenga que luchar, necesitaré plantarle cara a lo que tenga delante.
- Bueno… ¿Y el hacha? ¿No has probado el hacha?
- No… Y la verdad es que no me llama. – Respondió ella, mirando a la espada que tenía en la mano. - ¿Por qué tengo que practicar con una de hierro? ¿No sería mejor una de bronce? Es decir, no tengo ningún dominio sobre la espada, así que podría empezar desde un nivel inferior…
- No hay niveles, o al menos no hay unos prescritos. – Anunció él, clavando su espada en el suelo y cruzándose de brazos. – Pero si quieres, lo podemos intentar.
Robin dejó escapar una media sonrisa y luego fue directa a coger la espada. Una vez con ella en su posesión, tomó la posición de combate. Chrom lanzó algunas acometidas contra ella, que supo esquivar con facilidad, y luego fue su turno, donde, con un movimiento de muñeca, atajó contra el pecho de Chrom. Él no se lo había esperado y lo esquivó con dificultad, a lo que le siguió otra hacia la dirección donde lo había esquivado.
- ¡Vale, vale! – Exclamó, sobresaltado. – Está bien, Robin, lo has hecho muy bien.
Robin torció el gesto cuando bajó la espada.
- Parecía como si no te lo esperases.
- En verdad no me esperaba que lo hicieses a la primera con el cambio de espada.
- En combate te tienes que esperar todo del enemigo. – Murmuró ella.
Chrom bajó los hombros, ¿no se podía tomar una buena frase bien?
- Con un "gracias" hubiese bastado, Robin. – Replicó.
- La verdad es que me preocupa más el hecho de que tu no te lo esperases a que yo lo haya hecho bien, podría haberte matado aquí mismo solo por tu actitud.
- ¡Estamos entrenando! – Exclamó. – Por el amor de Naga, Robin; tómatelo con calma, esto no es el campo de batalla y tú y yo no somos enemigos, así que relájate.
- ¿Sabes? Creo que mejor lo dejamos por hoy, yo ya he tenido suficiente. – Con un movimiento de túnica, Robin desapareció por el arco que conducía a los pasillos exteriores del castillo, perdiéndose por la puerta de madera que llevaba al interior. Él se echó en el césped, incapaz de entender por qué se había puesto así.
¿Sería algo que habría dicho él?
Frederick lo encontró en aquella posición, preocupándose por verlo tan pensativo. Sin embargo, el príncipe no pudo evitar darle suaves evasivas a su leal acompañante, el cual, aunque sin creerle del todo, lo acompañó a que se asease.
Esa misma noche Chrom decidió no cenar con sus hermanas, sino que aprovechó la escapada que había tenido con Frederick a la ciudad para poder comer con los Shepherds en la cocina sin necesidad de molestar a los cocineros pues ellos mismos se prepararon su la cena. Sabía que tarde o temprano le caería una reprimenda, pero no se sentía de humor en aquellos momentos. Por un instante pensó que seguramente si él hubiera salido mujer todo habría ido de distinta manera, pero no, eran tres chicas contra él.
Tras la breve despedida que mantuvo con sus compañeros, caminó hasta su cuarto junto con Frederick. Entre su charla no surgió ningún inconveniente y Chrom comenzaba a olvidarse poco a poco de lo sucedido en el patio aquella tarde, hasta que llegó a su puerta. Allí, frente a él, se encontraba una silueta oculta bajo su capucha. Aquellos símbolos no eran otros que los de la joven de las dos coletas con la que había tenido aquella pequeña riña. Chrom se encogió de hombros, la verdad es que no estaba enfadado con ella ni mucho menos, simplemente no sabía cómo encararla después de lo ocurrido.
Frederick, sin embargo; enarcó una ceja, sin comprender qué ocurría con aquella situación tan tensa entre la invitada de la Exalt y el príncipe.
- Señorita Robin, ¿no debería estar en su cuarto? Es bastante tarde. – Puntualizó el hombre bajo la armadura. Ella, que había estado en todo momento mirando a un punto de su propia vestimenta, levantó sus ojos castaños y lo miró.
- Oh, lo lamento mucho Frederick, quería hablar con Chrom sobre el entrenamiento de hoy, la verdad es que no podía quitármelo de la cabeza.
Frederick mantuvo la compostura como buen guardián del de cabellos azules, carraspeó y volvió a insistir.
- Debería marcharse, creo que mañana tendrá otra sesión de entrenamiento. – El hombre parecía no doblegarse ante la situación. Chrom, por su parte, no sabía si agradecerle o ahogarle allí mismo. ¿Por qué querría Robin hablar con él? – Tendrá su oportunidad de hablar con el príncipe Chrom por la mañana.
- ¡Pero…! – Protestó ella, buscando la comprensión en los ojos del de cabellos azulados, pero él volvió a encogerse de hombros. La mujer soltó un suspiro de resignación. – Está bien, lo siento. – Se disculpó haciendo una leve reverencia. – Buenas noches, Frederick, Chrom.
Y pasando por su lado, la chica desapareció entre las luces y las sombras que se creaban en los pasillos del castillo por las antorchas que habían encendido al anochecer. Cuando ambos la perdieron en la lejanía, Chrom aprovechó y se despidió de su acompañante, quien le deseó buenas noches y así ambos también desaparecieron del pasillo.
Nada más entrar y cerrar la puerta, optó porque lo mejor sería dormir y que mañana todo saliese como tuviera que salir. Se puso su pijama y dejó la Falchion en su sitio. Y con un ligero bostezo deshizo la cama y se ocultó en ella tapándose hasta el cuello. Cerró los ojos…
Plonk.
El príncipe abrió de nuevo los ojos, sin incorporarse de la cama. ¿Qué había sido eso? Era imposible que fuese lluvia ya que el día había estado soleado, ¿quizá alguien en el pasillo? No, estaba seguro de que provenía de la ventana.
Plonk.
Otra vez aquel sonido. Era como si alguien estuviese tirando algo contra su ventana. Con cuidado se destapó y se levantó de la cama, yendo con cautela hacia su gran ventanal que daba con el pequeño balcón con el que contaba en su amplia habitación. Y lo que vio le pareció demasiado surrealista.
Robin colgaba de entre los barrotes de su balcón, tirando alguna que otra piedra pequeña. Chrom parpadeó varias veces, incapaz de creer lo que sus ojos veían, pero rápidamente abrió el ventanal y tomó el cuerpo de la chica que colgaba de su ventana.
- ¿Se puede saber qué haces? – Le preguntó, tomándola por ambos brazos. - ¡Te podrías haber matado!
- Sí, pero tenía que hablar contigo. – Respondió ella, mirándole directamente a los ojos. – Y Frederick no me dejaba.
- Podríamos haber hablado mañana como él ha sugerido, todo puede esperar, Robin. – Aquellas palabras no iban con mala intención, pero verla allí, colgando, le había hecho ver que había sido menos prudente de lo que solía ser. Eso o que no conocía del todo a su inesperada discípula.
- Pero no podría haber dormido pensando en esto.
- No ha pasado nada, Robin. – Le aseguró el príncipe, mostrándole una de sus más conocidas sonrisas. Él era conocido por toda Ylisse, y más por Ylisstol, donde había conquistado a más de una y uno por aquel simple gesto, donde el tema más importante puede verse aminorado por la fuerza de una sonrisa. Pero ella sabía que eso no era así, por eso bajó la mirada, incapaz de aguantársela por más tiempo.
- Sí que pasa, porque no te he sido del todo sincera.
Chrom no pudo evitar arquear ambas cejas y dejar que sus manos se deslizasen por los brazos de la chica, hasta llevarlos frente a él de forma cruzada.
- ¿A qué te refieres? – Preguntó él, aunque pronto añadió. – Espera, entra, aquí hace frío. – Invitó a Robin a entrar a su habitación, y aunque ella dudó por unos instantes mirando varias veces al interior y sabiendo que si alguien la descubría se metía en un lío bien gordo, obvió su raciocinio y entró en el lugar.
La habitación era amplia y con diversidad de mobiliario. La cama parecía hecha para tres personas, pero al contrario que la de ella misma o la de Lissa, no tenía cortinas blancas o semitransparentes, si no un cabecero de madera de roble color oscuro. Había un par de biombos y un acceso directo a un baño personal, un par de cómodas y bastantes lugares para dejar armas y armaduras. Al lado del ventanal había un pequeño escritorio con libros repartidos por toda la mesa, un par de cajones y herramientas para escribir. Todo el mobiliario era de madera oscura, que hacía contraste con las paredes claras de la habitación.
- ¿Y bien? – Preguntó Chrom, apoyándose en una de las cómodas.
- No soy una negada con la espada, en verdad he sido entrenada anteriormente y por ello sé manejarme con ella. – Explicó, jugando con las mangas de su túnica. – Desde pequeña he sido adiestrada en el combate y por eso veo y analizo cosas que muchos otros no se paran a ver, puedo hacer lecturas rápidas de mis enemigos y convertir eso en mi principal baza… - Dijo de carrerilla, evadiendo la mirada del príncipe. – Soy como una estratega, he participado en combates y he ganado cada uno de ellos… Por eso estoy aquí. – Le miró. – Le expliqué a tu hermana sobre mis habilidades cuando pedí refugio, y me informó sobre los Shepherds… Por eso me uní.
- ¿Y por qué no lo dijiste antes? – Chrom imaginaba que Robin ya había tenido experiencia por sus movimientos, pero no se esperaba que hubiese sido instruida concretamente en el combate, vale que para él no fuese más que la invitada de su hermana, pero al compartir con ella escenario de combate se había autoimpuesto la tarea de hacer que fuese autosuficiente, y si ahora le afirmaba que ya lo era… No sabía ni qué hacer, ni qué pensar.
- Porque quizás no me hubierais aceptado, la verdad es que no lo sé. – Se sinceró ella. – La señorita Emmeryn me lo ofreció tan bien que no pude negarme, pero tampoco quería llegar el primer día y ponerme a dar órdenes, ¿no?
- Robin, tu talento podría resultarnos de mucha ayuda. – Afirmó Chrom, acercándose a ella. – No sé por qué nos has mentido, pero creo que merecemos todos una disculpa.
- Lo siento, Chrom. – La respuesta fue inmediata, y acto seguido dejó caer su cabeza, avergonzada. No quería ser una carga para todos ellos, quería ayudarles y hacer que todo fuese más fácil, aunque con su pequeña mentira no hubiera logrado más allá de hacer todo lo contrario.
- Te perdonaré sí… - Se llevó una mano al mentón, pensativo. – Mañana me ofreces un combate de verdad, ¡sin contenerse! – Robin abrió los ojos más de lo normal, levantando la mirada de inmediato y encarándole, sin creerse lo que acababa de escuchar.
- ¿Quieres luchar contra mí? – Preguntó, anonadada.
- Sí, claro, si logras ganarme te perdonaré y estarás admitida al cien por cien en los Shepherds, ¿qué te parece? – Ofreció él con una media sonrisa, tendiéndole la mano a la peliblanca.
Dudó por unos momentos, pero luego le tendió la suya.
- Está bien, que gane el mejor.
¡Hola!
Esto se puede tomar como el primer capítulo. Tengo pocos escritos ya, pero me gustaría continuarla bien. Espero que después de recuperar mi juego pueda rejugarlo y así refrescarme la memoria. ¿Qué os parece?
¡Nos leemos!
