Levi abrió los ojos, consciente de que un peligro lo acechaba en la oscuridad de su vivienda. Afinó sus oídos, ignorando el frenético latir de su corazón. Ahí estaba de nuevo, un sonido muy sutil, casi imperceptible pero que lo había puesto en alerta en el estado de semi inconsciencia en el que se hallaba.
Algo se arrastraba de forma sigilosa por el tejado.
Descruzó sus piernas y se puso de cuclillas sobre el colchón de su cama. Esperó unos segundos a que se le pasara el mareo y después puso sus pies desnudos sobre las tablillas de madera del suelo, despacio, tanteando primero para evitar que el material crujiera y delatara sus movimientos. Conocía aquella vivienda como la palma de su mano, estaba en terreno favorable y pensaba aprovechar esa ventaja.
Recargó su peso en los dos pies y avanzó agazapado hasta situarse al lado de una silla, donde había colgado un cinturón con una de sus armas. Alzó el brazo y dejó que se deslizara hasta su hombro, cerrando el puño de forma sistemática en torno a la empuñadura.
Identificó el chasquido del mecanismo de la puerta principal, solo unas manos expertas podrían haberlo accionado en tan poco tiempo. Levi rodó hasta situarse detrás de la puerta de su dormitorio, tal y como había hecho unas horas antes con aquel muchacho de cabellos rubios. La diferencia radicaba en que aquel muchacho había tenido la cortesía de anunciar su llegada, mientras que sus nuevos invitados pretendían sorprenderlo mientras dormía.
Tomó una silenciosa bocanada de aire cuando escuchó los pasos en el salón y se incorporó con lentitud para apoyar su espalda contra la pared. Desenvainó con la misma calma su daga, procurando que el roce de la afilada hoja contra la funda no delatara su posición. Esperó hasta que distinguió una sombra imponente colarse en su dormitorio y contó otros dos pares de botas que acababan de traspasar el umbral de la principal.
Unos dedos rollizos se apoyaron contra el lateral de la puerta. Levi entrecerró los ojos al distinguir una forma sobre el dorso de esa mano, pero el ángulo y la escasa iluminación le impedían descubrir de qué se trataba.
El intruso avanzó un par de pasos y se detuvo de improviso.
Levi se dejó caer al suelo un segundo antes de que aquel matón cerrara la puerta y lanzara un puñetazo en su dirección. Apretó los dientes y esquivó a duras penas una patada mientras se alejaba hacia el centro de la habitación con una serie de volteretas.
Acabó de cuclillas con la daga en la mano y una mirada fiera en sus iris grises. Pudo distinguir el rostro de aquel profesional, al menos lo que alcanzaba a ver a través de aquella espesa barba oscura.
Unos dientes mugrientos le dedicaron una horripilante sonrisa, casi lasciva. Levi no se dejó amedrentar por aquella expresión, ni por los dos metros de carne y músculos contra los que debía enfrentarse. Su enemigo llevaba los brazos descubiertos, mostrando el tamaño desproporcionado de sus bíceps cubiertos de abundante vello corporal. Levi ni siquiera parpadeó cuando el otro crujió sus nudillos con gesto amenazador.
—Eres mío—escupió el más alto.
Levi chasqueó su lengua y giró la daga sobre su mano, concentrándose en la mejor manera de abordar a su contrincante. Le había sorprendido su capacidad para localizarlo, pero también sabía que nunca se mandaba al mejor hombre en la avanzadilla. Aquel tipo imponía con su aspecto y puede que aquella fuera realmente la mejor de sus virtudes.
No tardaría en averiguarlo.
Aquella descomunal mole avanzó, acortando la distancia que lo separaba de Levi en pocos pasos, o al menos, pretendiéndolo. Tal y como sospechaba, sus movimientos eran precisos pero lentos, demasiado lentos. Levi dio un salto al frente con su daga apuntando hacia la garganta de su rival, sin embargo, hizo un quiebro en el último momento, antes de que aquellos brazos lo atraparan. El hombre parpadeó confuso, tardando en procesar la maniobra del más bajo.
Demasiado tarde.
Levi le estampó la silla en la espalda, reventando las patas y lanzando astillas en todas direcciones. El barbudo dio un traspiés hacia adelante debido al impacto, pero se estiró emitiendo un gruñido arrancado de lo más profundo de sus entrañas y giro su cuerpo para encarar de nuevo a Levi, como si este en lugar de una silla lo hubiera golpeado con una almohada.
El más bajo retrocedió un par de pasos, alejándose de la puerta, a través de la cual podrían introducirse los otros dos en cualquier momento. No quería que lo sorprendieran por la espalda. Su situación era un tanto desesperada, pero no se dejó vencer por el desasosiego. Analizó con inquietante calma a su enemigo, clavando en él una calculadora mirada que a menudo le bastaba para hacer cambiar de opinión a sus rivales.
La mano del hombreton se cerró en torno a la única pata que le quedaba a la desvencijada silla y la arrancó de cuajo sin quitarle ojo de encima al más bajo. Descartó los restos del inmueble con violencia en su dirección, pero Levi lo esquivó con facilidad. El estruendo resonó por toda la estancia y Levi lamentó en su fuero interno todo aquel destrozo.
Se lo haría pagar con creces.
Su enemigo avanzó de nuevo, oscilando su improvisada arma hacia la derecha, pensando que Levi realizaría una finta para esquivarla en dirección opuesta, donde su puño lo remataría la faena. Sin embargo, subestimó las habilidades del más bajo, que aprovechó el hueco que había entre sus piernas para deslizarse por debajo, no sin antes propinar un golpe en la entrepierna con la empuñadura de su daga. El barbudo se encogió sobre si mismo y Levi se incorporó a su espalda. Golpeó las corvas de las rodillas, tal y como había hecho con su primera visita, y cuando tuvo al barbudo de rodillas lo inmovilizó colocando la afilada hoja de su daga contra su cuello. Presionó ligeramente hasta conseguir que unas gotas de sangre se entremezclaran con la barba, arrancándole un gemido de dolor a su rival, que aún sujetaba su entrepierna entre sus manos. De haberlo tenido de frente, Levi habría podido apreciar las lágrimas que pujaban por salir de sus ojos.
—Pestañea y estás muerto.
En ese instante, la puerta se entreabrió con timidez a su izquierda y Levi acomodó a su rehén para que se girara en aquella dirección sin aflojar su agarre.
Un hombre delgado entró con una espada amarrada en el cinto y las palmas de las manos extendidas en dirección a Levi.
—Tranquilo, compañero, venimos a hablar.
La voz provenía del tercero, oculto tras la primera figura. Levi afianzó su agarre en el grandullón arrancándole otra protesta. El hombre delgado compuso una expresión divertida en su rostro y se apartó para dejar paso al que había hablado.
Lo primero que le llamó la atención a Levi fue la fragancia que llegó a sus fosas nasales. Era un olor un tanto cargante, incluso empalagoso, como si se hubieran mezclado dos perfumes diferentes. El cabecilla avanzó, ingresando en la habitación y haciéndose más visible ante la luz que se colaba por los resquicios de la piedra. Carecía de pelo en la cabeza y su vestimenta era la más elegante que había visto Levi en mucho tiempo. Unas calzas abombadas de color ocre, rematadas con un bordado dorado y un abrigo en tonos verdosos que le llegaba por debajo de la cadera, adornado con motivos similares a los del pantalón. Una barba recortada y pulcra enmarcaba aquel rostro entrado en años.
El hombre realizó una reverencia, algo fuera de lugar en un entorno como aquel. El gesto era tan extravagante como aquellos ropajes y Levi entrecerró los ojos con desconfianza, nadie en su sano juicio vestía colores tan llamativos en aquella ciudad, ni mostraba anillos de oro en los dedos. Aquella actitud jactanciosa no podía provenir de cualquiera.
Siguiendo aquella línea de pensamiento, los ojos de Levi se desviaron hacia el dorso de la mano del hombre que permanecía de rodillas a sus pies y distinguió la silueta de una J y una S grabadas a fuego sobre aquella castigada piel. Ahí estaban, los hombres que James marcaba como ganado, la banda más peligrosa de toda la ciudad subterránea.
Dirigió una intensa mirada hacia el líder, porque no podía ser otro el que se hallaba de pie frente a él. James sonrió al percibir él reconocimiento en aquellos iris grises y buscó un lugar sobre el que acomodarse. Chasqueó la lengua al observar la única silla hecha añicos en un rincón y optó por avanzar hasta el colchón. Alisó la superficie con la palma de su mano y se sentó, cruzando una pierna sobre la otra y apoyando sus manos en la rodilla. Su lenguaje corporal denotaba una seguridad insultante y Levi supo que su vivienda debía estar rodeada en aquellos momentos.
Recordó al rubio que lo había visitado horas antes y frunció el ceño.
James alzó una mano, como si pretendiera calmar a una fiera, a Levi no le gustó nada aquel despliegue de falsa cordialidad.
—Te ruego que no acabes con la vida de ese hombre. —Hizo una pausa y miró en derredor—. Dudo que quieras derramar su sangre sobre esta impoluta habitación.
Incluso su refinado lenguaje le hacía saltar todas las alarmas. El hombre continuó hablando, llevando una mano hacia su pecho.
—Disculpa mi grosería, ni siquiera me he presentado, aunque deduzco que ya intuyes quien soy. Mi nombre es James Sheider, y estos muchachos —dijo señalando con un cabeceo a los otros dos—, forman parte de mi banda.
Levi continuó taladrándolo con la mirada sin mediar palabra. El otro hombre que permanecía de pie junto a la puerta avanzó un paso, llevando la mano a la empuñadura de su espada.
—Contesta, sabandija.
James desestimó con un gesto aquella fanfarronada y mandó callar a su hombre con una mirada severa. Después, se dirigió hacia Levi de nuevo.
—No estoy aquí por gusto, como imagino que comprenderás, pero no he podido ignorar cierta información que ha llegado a mis oídos. —Paso uno de sus dedos por encima del dintel de la cama y observó lo extremadamente limpio que se hallaba todo—. Curioso...
—Farlan Church —pronunció el de la espada.
Su jefe lo volvió a hacer callar con un gesto y asintió con lentitud.
—Si, me consta que has recibido su visita hoy. Una lástima, nos hubiera gustado mucho unirnos a la velada a tiempo. Farlan es un antiguo amigo mío con el que me está costando contactar —explicó—, ni siquiera fue fácil dar con su informadora.
Una risa escapó entre los labios del otro.
—Como iba diciendo, ¿Rivaille?
Levi apretó la mandíbula y presionó la daga un poco mas sobre el cuello de su víctima.
—Levi.
James asintió de nuevo.
—Levi. No me sorprende que no supiera pronunciar bien tu nombre.
—Lo sorprendente es que pudiera pronunciar algo después de...
James alzó la mano y lo conminó a callarse una vez más. El delgado tragó saliva y retrocedió dos pasos en dirección a la puerta.
—Montaré guardia en la otra habitación.
Su líder asintió despacio con la cabeza y Levi comprendió la enorme influencia que poseía aquel tipo sobre sus subordinados. ¿Respeto? ¿Pavor? Lo más probable es que ambos estuvieran entremezclados.
—Disculpa a mis hombres, necesitan una buena lección de modales. No se puede esperar mucho de estos pobres desgraciados que rescaté de la miseria, pero te aseguro que son leales. —Hizo una pausa, suavizando el tono de nuevo—.Veo que eres diferente, tal y como me habían advertido, eso me agrada. Veo inteligencia en esa mirada, por eso sé que entenderás lo que te conviene.
Levi paseó su lengua por sus labios resecos y habló con voz enronquecida.
—No tengo nada que ver con ese hombre.
James sonrió entrecerrando sus ojos.
—Pero lo recibiste en tu casa.
—Tú también estás en mi casa.
James carcajeó.
—Entiendo. —Pasó una de sus manos por la brillante piel de su cabeza—. Verás Levi, el asunto que tengo pendiente con Farlan es importante para mí y, de momento, eres el único que me puede conducir hasta él.
—He dicho que no tengo nada que ver con ese hombre —contestó con más énfasis—. Solo sé su nombre, nada más.
James torció el gesto y se irguió descruzando sus piernas. Después, se inclinó hacia Levi con semblante sombrío.
—Te lo preguntaré una única vez, ¿qué hacía Farlan aquí?
Levi sopesó sus posibilidades. No había aceptado hacer ningún negocio con Farlan, ni siquiera sabía de que distrito procedía ni por qué lo había dejado escapar con vida. Había visto algo en aquellos ojos azules, algo que se veía muy poco entre aquellas calles de fría piedra.
Él no era un chivato, a pesar de que no le debía nada a aquel muchacho que había pretendido hacer un trato de mierda con él.
—Fregar mi suelo —contestó con displicencia.
La mirada de desconcierto de James lo hizo disfrutar unos segundos.
—¿Acaso te estás burlando de mí? —dijo mientras se incorporaba y ocultaba su mano tras su espalda.
Levi compuso una mueca y negó con la cabeza.
—Se equivocó de persona —añadió el más bajo—, fregó mi suelo y se marchó. No volverá por aquí, no lo busques en este distrito.
James relajó los hombros y se sentó de nuevo con lentitud, mostrando de manera sutil el cañón de la pistola que llevaba atada a su fajín. Le pareció curioso que Levi no delatara las intenciones del rubio o el motivo de su visita, tampoco es que lo necesitara, la mujer que les había facilitado el nombre también les había comunicado el motivo. Miró de reojo a aquel hombre que mantenía a un matón de dos metros doblegado con facilidad a sus pies, y supo que Levi se había ganado su fama a pulso.
—No volverá —murmuró James.
Levi asintió, notando que los dedos que sostenían la daga comenzaban a agarrotarse.
James rió y meneó la cabeza de nuevo.
—Volverá —añadió unos segundos después—. Y cuando lo haga espero que escojas bien tu bando, muchacho.
James descendió los escalones con paso firme, abandonando aquella vivienda de una forma muy diferente de la que lo había hecho Farlan horas antes. Todos y cada uno de sus movimientos denotaban que no se trataba de un matón cualquiera, ni siquiera parecía pertenecer a la ciudad subterránea.
Levi lo observó de brazos cruzados, con el hombro apoyado contra el marco de la puerta y el ceño fruncido.
«No. No es de aquí», pensó.
Levi no era un experto del mundo de la superficie, pero había convivido durante muchos años con un tipo que le había enseñado todo lo necesario para sobrevivir. Entrecerró los ojos al comparar a ese tal James con aquel hombre que se negaba a abandonar su memoria, Kenny el destripador.
Aquel tipo que venía a visitar a su madre, como muchos otros. Un matón con una reputación que lo precedía, con malos modos y mala lengua, pero con un bagaje adquirido lejos de aquellas paredes de piedra. Le había transmitido aquellos conocimientos de manera desinteresada cuando se quedó huérfano, como si de aquella forma estuviera saldando una especie de deuda con la fallecida. Jamás supo qué tipo de vínculo los unía a ambos, aunque en el fondo sospechaba que aquel hombre podría tratarse del padre que nunca conoció en su niñez.
Levi resopló molesto, observando la ancha espalda de James desaparecer tras un recodo. ¿Qué había hecho para ser desterrado a una ciudad como aquella?
Liam escupió a los pies de su compañero abatido, al que le estaban limpiando el reguero de sangre reseca que había dejado la daga de Levi en torno a su cuello.
—Ese enano te ha dado una buena paliza.
El otro contestó con un gruñido.
—Y tú pensando que te ibas a divertir con él—se burló el primero—. Llegamos a entrar cinco minutos más tarde y te habría encajado la daga en ese culo gordo que tienes.
Bruto, tal y como lo denominaban sus compañeros, apartó de un manotazo al anciano que trataba de curarlo y lució su envergadura lanzándole una mirada hostil a su compañero.
Liam chasqueó la lengua repetidas veces, negando con la cabeza y señalando a la espada que aún estaba sujeta a su cinturón.
—Reserva tus energías para cobrársela de vuelta, no tengo ningún problema en terminar lo que él empezó.
Bruto rugió con rabia y su barba se llenó de gotas de su propia saliva.
—Quietos.
Ambos se paralizaron al escuchar aquella voz tan autoritaria.
James se abrió paso hacia la habitación, apartando con delicadeza la pesada cortina que dividía la sala de curas del dormitorio de los integrantes más jóvenes de la banda. Aquella distribución no era casualidad. Para James, los niños debían aprender cuanto antes el aspecto de los huesos rotos, el pútrido olor de una herida infectada, el rostro demacrado de aquellos que no cumplían las expectativas, las noches sin dormir por culpa de los alaridos de aquellos desgraciados.
Debían aprender cuanto antes que solo había una manera de abandonar aquella banda, con los pies por delante.
—¿Lo dejamos con vida? —preguntó Liam con evidente desconcierto.
James sabía que se refería a Levi, aunque por su postura también habría podido hacer alusión a su corpulento compañero. Sabía que no se llevaban demasiado bien, pero se complementaban a la perfección y por ese motivo les solía asignar misiones conjuntas. Bruto era la fuerza de la que carecía el cuerpo enclenque de Liam, y éste último aportaba cierto sentido común a aquella mole descompensada.
El problema era que a ambos les sobraba bravuconería.
James avanzó mientras estudiaba a sus hombres. Cuando llegó junto a ellos, se detuvo e indicó con un gesto a Bruto que volviera a sentarse en la cama, después, se volvió hacia el más delgado.
—Sí, podría sernos útil.
Liam torció el gesto.
—Ese es un guillado.
James asintió y colocó una ensortijada mano sobre el hombro del flaco.
—En ningún momento he dicho que vaya a colaborar por las buenas —hizo una pausa y sonrió—. O de forma consciente.
—¿Crees que Farlan volverá?
—Levi no es un tipo convencional. De no haber llevado mi arma estoy seguro de que nos habría reducido a los tres sin mucho esfuerzo. —Dejó que su comentario hiriera en el orgullo a sus hombres—. Es bastante capaz, Farlan lo sabe, lo quiere de su bando.
—¿Y si mata a Farlan? —El líder negó con la cabeza.
—Sabe que no le conviene. Por ahora lo dejaremos tranquilo.
Liam parpadeó y torció sus labios en una sonrisa amarillenta y malévola.
—¿Y después?
James lo miró fijamente unos segundos y retiró la mano.
—Después dejaré que os divirtáis con él.
Bruto y Liam intercambiaron una expresión de júbilo y James abandonó la sala para no ser testigo de la sarta de brutalidades que enumeraron por sus bocas.
A/N: Guillado, según la jerga criminal que he visto en alguna página de dudosa fiabilidad, es un tipo que no acata órdenes, que va por libre. Espero que les haya gustado este cap, hace mil años que dejé esta historia empezada.
