Un saludo a todos los que leen, siguen y apoyan esta fanfic, y un agradecimiento especial por haber esperado el nuevo capítulo. Sé que el concepto de cambio de género no es muy original en el sentido de que ya se ha visto en otros lados, pero espero que, aun así, mi historia les resulte interesante.
II
En Busca de Ayuda Profesional
— ¡Hoeh—hoeh! Bienvenido, ¿en qué puedo ayudarte…? Mmmm, ¿Choromatsu-kun?
De pie en el vestíbulo, y vistiendo su impecable bata blanca, Dekapan no estaba seguro a cuál de los seis sextillizos tenía frente a él, así que sólo intentó adivinarlo.
Su visitante, a quien solo podía reconocer como el gemelo de sudadera azul, lejos de mostrarse ofendido, pareció divertirse con su pequeña confusión.
—Nom, nom, querido profesor, mi nombre no es ese. Pero estuvo cerca —Le aclaró con una sonrisa—. Choromatsu es el tercer hijo, yo soy el segundo, Matsuno Karamatsu —hizo una pausa antes de quitarse los lentes oscuros y pronunciar su nombre con exagerado dramatismo.
— ¡Oh, por supuesto, Karamatsu-kun! Dime, ¿qué te trae por aquí?
Dekapan lo hizo pasar a su laboratorio, donde le invitó a que tomara asiento frente a una mesa circular, en el centro de la habitación.
― ¿Quién sabe? ―respondió Karamatsu, acomodándose en una de las dos sillas disponibles―. Quizás el inexorable destino o sólo el caprichoso azar.
En su empeño por querer oírse misterioso y profundo, sus extrañas palabras sólo consiguieron confundir al científico, quien se le quedó mirando sin entender a qué se refería.
Karamatsu se dio cuenta de ello, se aclaró la garganta y volvió a intentarlo una vez más.
—Lo que quise decir, profesor, es que tengo un problema con cierto asunto y pensé que usted podría ayudarme.
Sentado en el extremo opuesto de la mesa, Dekapan le escuchaba atentamente.
— ¿Un problema? Oh, claro, ¿por qué no lo dijiste antes? Cuéntame, ¿de qué se trata, dasu?
Karamatsu abrió la boca, pero volvió a cerrarla cuando vio que alguien llegaba al laboratorio. Era Dayon, el fiel asistente y amigo cercano del profesor Dekapan. Entró por una puerta que decía "Solo Personal Autorizado", vistiendo un ridículo traje de sirvienta. Con una boba expresión en su rostro, se acercó a donde estaban ellos y colocó la bandeja que traía consigo sobre la mesita.
— ¿Qué te gustaría tomar, dasu? —le ofreció el científico a su joven invitado— ¿Té o café?
Karamatsu ordenó un café sin azúcar, no precisamente porque le gustara su sabor, sino porque beberlo le hacía sentir genial y varonil y, sobre todo, porque estaba convencido de que con eso impresionaba a las chicas, aunque no hubiese ninguna en ese lugar.
Dayon sirvió una taza de café caliente a cada uno, les dejó el azucarero, para que pudieran endulzarlo, y un plato con galletitas de jengibre, para acompañar.
—Que lo disfruten, ¡Dayo—on!
Una vez a solas,Dekapan le pidió a Karamatsu continuar con su plática.
—Bien, como le decía, sobre mi problema...—habló nuevamente, sin quitarle la vista a su café ni al vapor que emanaba de éste—. Es acerca de uno de mis hermanos. Me apena admitirlo, pero las cosas no han andado muy bien entre nosotros. En realidad, ha sido así desde hace tiempo, desde que nos graduamos de la secundaria o incluso antes. Quizás, al principio, no quise aceptarlo. Quizás, inconscientemente, me dije a mí mismo que sólo era mi imaginación, que no había nada de qué preocuparse. Ahora, años más tarde, me doy cuenta de la dura realidad.
Karamatsu tomó la cucharilla que había junto a su taza y empezó a batir su café con suaves movimientos.
—No es que él no me agrade —precisó, observando la espuma que giraba junto a su utensilio de metal—, al contrario, hay muchas cosas que me gustan de su forma de ser, tanto buenas como malas, aun si se empeña especialmente por ocultar las buenas. Sobre todo, es alguien muy importante para mí y desearía que nuestra relación fuese un poco más cercana. Sin embargo…
A mitad de frase, dio un primer sorbo a su café. Estaba hirviendo todavía y le quemó la punta de la lengua, además de dejarle un desagradable sabor en la boca. Aun así, no lo escupió, cerró los ojos y, con mucho esfuerzo, se lo tragó de una sola pasada. Satisfecho, apartó la taza lejos de él y cruzó las manos sobre la mesita, procurando lucir no tan asqueado como en verdad se sentía.
—Sin embargo —continuó—, haga lo que haga, soy yo quien no consigue agradarle de ninguna forma y, en cambio, siempre termino por hacerle enojar. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última ocasión que pasamos algo de tiempo juntos sin que él se molestara conmigo. La mayoría de las veces desconozco por completo qué es lo que le pone de ese humor, considerando que es alguien a quien le cuesta expresar sus sentimientos. Quizás, si supiera de qué se trata, sería mucho más sencillo entender en qué me estoy equivocando ¿No lo cree así, profesor?
Dekapan tomó dos galletas y se las metió a la boca al mismo tiempo. Mientras escuchaba hablar a su invitado, había engullido casi la mitad de toda la porción y vaciado su taza de café.
—En efecto, dasu —respondió con la boca sucia y la barriga salpicada de migajas—. Averiguar la raíz del problema es el primer paso para una solución satisfactoria.
Aquello había sonado muy inteligente ¡Quién diría que lo había leído en el horóscopo!
—Siguiendo esa lógica, Karamatsu-kun, ¿has intentado hablar de esto con tu hermano? Tal vez, si le preguntas directamente qué es lo que le molesta, él mismo te lo diga.
—Ojalá fuera tan simple. Pero sucede que mi hermano es demasiado tímido. Aunque se lo pregunte, estoy seguro de que no será capaz de ser sincero. Por eso necesito de su ayuda y de sus brillantes inventos ¿No tendrá alguno, por ahí, que sirva para leer la mente de las personas? O mejor aún, un suero de la verdad que haga que, quien lo beba, le sea imposible mentir.
Dekapan se frotó la barbilla, pensativo.
—Mmmm, ahora que lo mencionas, solía tener una medicina que hacía algo similar a lo primero que dijiste…
A Karamatsu se le iluminó el rostro al escuchar su respuesta y no esperó a oír el resto de la historia.
― ¿¡Habla usted en serio!? ―exclamó, feliz, irguiéndose en su silla― ¡Eso es maravilloso! ¡Worderful!
―Por desgracias, no sé qué es lo que pasó con la última botella que me quedaba. Un día, simplemente desapareció y nunca más volví a verla, a pesar de que la busqué por todas partes.
― ¿Eh? ¿Desapareció? ―Karamatsu no estaba seguro de haber entendido y, poco a poco, su alegría empezó a desvanecerse―. ¿Pero, cómo? ¿Así nada más?
El científico se encogió de hombros.
―La verdad, ni yo mismo lo sé. Incluso hoy continúo preguntándome qué es lo que pasó con esa botella ¿Acaso la habré dejado caer por accidente o quizás la he olvidado en otro pantalón?
En realidad, la medicina a la que se refería, y de la cual no podía recordar su paradero, era la misma que, meses antes, había sido ya solicitada por dos de los hermanos Matsuno, Jyushimatsu e Ichimatsu. En aquella ocasión, la última dosis fue inyectada por accidente en el gato de uno de ellos.
― ¡Oh, ya recuerdo, dasu! ―exclamó Dekapan, atrayendo la atención de su invitado―. No, espera… me equivoqué. No recuerdo nada en lo absoluto.
Abochornado, el científico se disculpó por su torpeza.
―Está bien, profesor, no se preocupe ―sonrió Karamatsu en un intento por permanecer optimista―. Lo bueno es que en su laboratorio siempre puede producir más de la misma receta, ¿no es así? Si pudiera hacer, aunque sea una sola dosis, le estaré eternamente agradecido. No importa cuánto tiempo se tarde, esperaré lo que haga falta.
Pero Dekapan negó con la cabeza, apenado por volver a echar abajo sus esperanzas.
―Desafortunadamente, olvidé anotar la fórmula y, luego, nunca más fui capaz de reproducirla, a pesar de que lo intenté varias veces. No obstante, si en verdad la necesitas, puedo probar de nuevo hasta averiguar cómo era. Después de todo, sólo me llevó tres años de exhaustiva investigación el poder desarrollarla. Quizás, esta vez, sólo me lleve dos.
— ¿¡Dos años!? ―exclamó sorprendido Karamatsu, dejando caer los puños sobre la mesa. Aunque no era su intención reaccionar de modo violento, la sacudida hizo que salpicara café fuera de su taza.
Cuando dijo que podía esperar, creyó que, como máximo, serían uno o dos meses, y siempre suponiendo que el profesor sabía la receta. El enterarse de que no era así, lo cambiaba todo. De ninguna forma era posible que él se diera el lujo de una espera tan larga. En dos años, las cosas podían empeorar de manera irreversible y, para entonces, ya sería demasiado tarde.
Definitivamente, si había algo que el olvidadizo científico debía inventar era una medicina para la memoria. Le hubiera gustado decírselo, pero, luego, pensó que no lograba nada con ser grosero, y mucho menos con alguien que siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás. De modo que respiró profundo, sacó un pañuelo de su bolsillo y se ocupó de limpiar el café que había derramado.
―Lo siento. No ha sido mi intención… ―luego de limpiar, se puso de pie y, tan radiante como siempre, empezó a despedirse―. Bueno, creo que ya es hora de que me vaya. Gracias por su tiempo, profesor, y por su hospitalidad.
Dekapan también se levantó, aunque no muy alegre de ver partir a su visitante con las manos vacías.
―Lamento no haber sido de mucha ayuda, Karamatsu-kun.
―Descuide, profesor. Me complace que, al menos, haya podido escuchar lo que tenía que decir. Estoy seguro de que debe haber alguna otra forma de resolver este asunto.
Dando su visita por finalizada, Dekapan iba a dejar que se marcharse cuando, de pronto, se le ocurrió una idea.
―Aguarda un momento ―le llamó y éste se dio la vuelta―. Quizás no pueda ayudarte a entender qué es lo que siente y piensa tu hermano, pero puede que tenga algo mejor que eso.
Karamatsu lo miró confundido, sin saber a qué se refería. Con un gesto de su mano, Dekapan le indicó que viniera con él hasta una parte del laboratorio donde había un pizarrón. Su extensa superficie, de color verde oscuro, se hallaba ocupada hasta el último recoveco con toda clase de letras, números e intrincados símbolos científicos, escritos con tiza blanca.
En medio de todo ese embrollo, se hallaban dibujados, aunque no con mucha destreza, un cuerpo humano femenino y otro masculino. Los dos estaban desnudos y con sus respectivos aparatos genitales bien detallados. En el espacio de pizarra que había entre ambos cuerpos se veía el dibujo de una flecha de dos puntas, cada cual señalando a uno de los órganos reproductores.
Además de matemáticas, Karamatsu nunca fue muy bueno para las ciencias naturales, ni en física o en química, de modo que no entendió nada de lo que allí había. Aunque, sin duda, era impresionante. El profesor debía ser un verdadero genio, pero necesitaba con urgencia clases de dibujo y anatomía humana, Karamatsu habría estado gustoso de servir como modelo.
― ¡Hoeh―Hoeh! ―exclamó Dekapan, de pie junto a la pizarra―. Presta mucha atención, dasu, ya que lo que estoy a punto de revelarte es uno de los descubrimientos más extraordinarios del siglo veintiuno. Un hallazgo científico tan impresionante que podría aliviar el sufrimiento de millones de personas, crear una sociedad más justa y hacer del mundo un lugar mejor.
Karamatsu definitivamente no tenía idea de qué estaba hablando el profesor, pero se oía tan interesante y prodigioso que no pudo hacer otra cosa que quedarse a escuchar el resto.
Continuará…
