LAS DESAPARICIONES
II
ISABELLE
28 de Octubre, año 1807
MI VISITA A LA CASA DE MIS PADRES COMENZÓ CON UNA MAÑANA BRUMOSA, EN LA QUE POCO A POCO EL SOL SE HACÍA CAMINO ENTRE LA HUMEDAD DEL AIRE. Después del desayuno, papá y yo salimos al jardín. Él eligió su lugar, bajo una haya cuyas hojas ya se habían tornado completamente amarillas. Estaba inquieto, pero se las ingenió para iniciar una conversación liviana, preguntó sobre mi escuela, sobre mi desempeño en la misma. Le llegaban reportes mensuales, pero aun así solicitaba mi versión. Yo le hablé sobre casi todo.
Como todo le sonó normal me informó sobre los planes que tenía para el día. "Debes saber algo" comenzó
"¿Sobre qué, papá?"
"Ojalá me hubieses advertido antes de tu venida" dijo, su compasiva sonrisa fue la primera señal "Se trata de Bernard y Rosalie, hace una semana les invité a cenar"
"Eso está muy bien, me alegro que hayan decidido reunirse nuevamente" dije sintiendo algo de alivio
"¿Podrás manejarlo?" lo dijo mientras alcanzaba unos lirios del valle, mirándome de reojo me los entregó.
"Claro, papá" contesté colocando los pequeños capullos en el ojal de su chaqueta.
Pensé que el encuentro sería difícil pero, no imposible de llevar a cabo. Hasta ese momento todo era llevadero.
Durante la tarde, Madame Barraud, planchó mis lazos y blusas. Luego me ayudó a preparar una bañera en mi habitación. En algún momento entre tareas mi madre debió haber llegado. No lo noté hasta que fui en busca de unas barras de jabón que las mucamas almacenaban en la alacena.
La enfadada voz de mi madre y la firme y templada de mi padre se hicieron audibles. Problemática a tratar: yo, la pobre chica encaminada a la tierra de las solteronas. Subtema: Ella pensaba que no podría manejar a una de las visitas involucradas en la problemática. Que me subestimara no era una sorpresa, pero lo siguiente sí me dejo bastante inquieta "¡Es muy pronto para un encuentro entre los dos!" Naturalmente me pregunté ¿Qué dos? Con quién me iba a encontrar a parte de sus amigos esperé a que revelara el misterio pero, luego de un silencio ella comenzó a lamentarse.
Cosas como "¡Este no era plan!" o "¡no debía pasar por todo esto!" afloraron de sus labios, y cuando ya no encontró más frases elocuentes con las cuales atacar a la cruda rueda del destino, vio que era hora de encontrar a un culpable "¿Por qué permitiste que entrara a esa escuela?"
Mi padre retrocedió. Es el afortunado poseedor de un temperamento equilibrado, algo que ni mi hermano ni yo parecemos haber heredado. Recuerdo que ante nuestras rabietas infantiles se había enfrentado con buen humor, de hecho, le recuerdo riendo ante mis pataleos, pero no cedía: no podía retirarme de la mesa hasta terminar toda mi cena, debía estar en cama a la hora, debía tomar su mano si quería salir de casa. Debía asumir las consecuencias si deseaba ir a La Maternité. Recuerdo haberle preguntado cuáles eran: ya verás, había dicho.
"Sé que el estudio para una muchacha es el plan errado" admitió a mi madre para mí sorpresa.
Mi madre emitió un sonido burlón, un acotado por supuesto
Tranquilamente mi padre replicó "el plan correcto no es realista, Oscar, tú no pudiste vivir de acuerdo a ninguno"
Hubo un tenso interludio antes que mamá contestara, pude escuchar pajarillos cantando por última vez antes de ser tragados por una lengua de fuego.
"¡Realista!" bramó "¡es como debe ser, es el camino que toda mujer normal debe seguir para alcanzar la felicidad!"
"¡Entonces supongo que tú no la has alcanzado!" escuché decir a mí antes afable padre. Había una nota herida en su voz, un resentimiento que nunca había notado.
Sin embargo, la discordia había surgido, y esa era la señal para arrancar. Mi madre siendo contrariada: el resultado de tal osadía es un espectáculo inolvidable, y sabía que aullaría todo el camino hasta encontrar su trofeo, que es tener la última palabra.
Cuando llegué a mi habitación mi baño estaba listo. Me hundí en el como si se tratara de la compuerta hacia otro universo. En la superficie, todo era claro y poco manipulable. Sólo al hundirme alcanzaba a tener la ilusión de una ira apaciguada, bajo el agua podía deformar sus voces.
Podía ignorarlo cuanto quisiera, pero al final yo siempre era el punto de conflicto. Ella y yo somos diferentes. No nos entendemos.
Creo que haber dicho eso, es entregar pobrísima información, rosa solo la superficie de algo mucho más complicado. Yo no acabo de entenderlo aún.
Oscar es una mujer mayor, pero de cuerpo y carácter muy fuertes. Tuvo una educación demasiado liberal como para hacerlo público, pero a pesar del amplio conocimiento y criterios que la formaron, fue ella quien más se empeñó en establecer las diferencias entre mi hermano y yo.
Recuerdo que para Alexandre, ella fue un modelo a seguir tanto como nuestro padre fue para él un guía. Lecciones de esgrima y cacería ambos le entregaban. Eran un trío feliz, un grupo completo y cerrado.
A veces era todo un evento, cuando practicaban puntería en improvisados blancos, salíamos fuera de la ciudad hacia una propiedad que mis padres habían adquirido en Argenteuil tras nuestro nacimiento. A campo traviesa me alejaba y agazapaba entre la hierba. Les observaba. Cuando estaba molesta lograba encoger y aplastar sus figuras entre la yema de mis dedos. En mis peores momentos les daba la espalda, imaginaba que era parte de otra familia.
Hasta el día de hoy me pregunto cómo es posible que Oscar sea mi madre. No puedo imaginarla, la figura llena y fértil de las mujeres que atiendo en el hospital parece ajena a ella. Alta, delgada, de cabellos rubios, extrañamente hermosa… extraña. Sí, extraña, demasiado enérgica, ágil e independiente para acercarse a mí, demasiado dueña de sí como para dar ejemplos a su hija.
Ahora estaba convencida que mi escuela era el obstáculo para el éxito marital; quizás convencería a papá que me sacara de allí y generalmente cuando se propone algo, termina consiguiéndolo.
Atenta a la discusión que aún sostenían, a ver si podía adelantarme a alguna determinación, comencé a prepararme para salir de la bañera. Me envolví en toallas y dirigí a mi cuarto de vestir. No había percibido la díscola presencia que me acechaba desde un rincón. Terminé por calzar mis zapatos, y entonces explotó en carcajadas. Sobresaltada miré en dirección al origen, tras las puertas de mi armario vi un pie asomándose, luego la pierna y el rostro enrojecido de mi hermano.
"¡Alex! ¿Hace cuánto tiempo te encuentras allí?" entre molesta y divertida había imprecado, su risa es algo contagiosa.
"No hace mucho" jadeando había contestado "quise aprovechar la oportunidad de echarte una broma, pero no pude aguantar" tuvo la desfachatez de agregar y se echó a reír de nuevo.
"¡Oye! ¿Acaso me viste salir de la bañera?"
Tragándose una carcajada, con aire maligno, lo meditó un momento "No sé a qué te refieres. Veo más huesos que tetas en ese cuerpecito"
Al segundo comencé a lanzarle zapatillas y cuanta cosa tenía al alcance ¡El maldito gusano me vio desnuda!
Agazapado se acercó como pudo, tomó mis brazos y no pude forcejear mucho "¡Oye ya basta!" demandó
Yo cedí, no tenía oportunidad de ganar contra él. "Lo vas a pagar, demonio" le amenacé entre risas.
"No lo dudo" dijo al tiempo que me soltaba "No sabía que vendrías hoy" agregó derrumbándose sobre una poltrona. Con un gesto me invitó a sentarme a su lado, pero su comentario enrareció mi buen humor.
En respuesta sonreí y me acerqué a mi tocador.
"¿Querías advertirme?" pregunté para confirmar, el asintió "Enserio no tenías que hacerlo, estoy bien, sólo son mi madrina y su esposo" tomé un cepillo, un par de peines y recogí mi cabello en un simple chignon.
Alex tiene el mismo cabello castaño descolorido que yo, como un experimento químico de la madre naturaleza; la melena oscura de nuestro padre y la dorada de nuestra madre maceradas por nueve meses dentro de una caldera. Se parece a papá, tiene su figura, y tiene los duros y grandes ojos azules de nuestra madre. Desde el reflejo de mi espejo vi cómo me observaban.
"Oscar casi me mata" dijo y aunque casi siempre Alexandre da razones a Oscar para darle una paliza, extrañada fruncí el entrecejo.
"¿Te gritaba a ti?" pregunté..
"En un principio" dejó su asiento y tomó mis hombros por detrás "Si hubiese sabido que estarías, no lo hubiese invitado"
No sé si palidecí o no, pero al menos pude explicarme el previo ataque de ira de Óscar "¿Francois está aquí?"
Él asintió "Está en mi cuarto, tuve que apartarlo de la línea de fuego" luego besó mi cabeza. El beso de Judas.
Los duelos son ilegales. No sé cómo había hecho para que no los descubrieran, pero había retado a duelo a Francois. Después de haberse enterado de sus andanzas a mis espaldas, mi hermano había enfurecido. Los dos espadachines habían terminado con heridas en las manos, pero Alex ganó el triunfo habiendo abierto un tajo en las costillas de su contrincante.
Luego de eso nuestros padres se enteraron, ya que era más que evidente que se habían apaleado entre sí. Pero la amistad entre ellos comenzó un proceso de recuperación, tras unas semanas se volvieron a hablar.
"¿Estás bien? Llevas casi dos minutos sin decir nada" Alexandre observó.
"Estoy pensando" le respondí y luego me levanté. Inspiré algo de aire, planché la parte delantera de mi vestido con las manos y agregué "Debo revisar los puestos de la mesa con Sylvie"
"¿Para qué?" con mueca burlona preguntó "¿te hará sentir mejor adornar la mesa?"
"¡No tonto, es que no quiero tener a tu amiguito frente a mí toda la noche!"
Mientras mi hermano se dirigía a su habitación yo dejé la mía para emprender el camino hacia el comedor. No tuve que explicarle mucho a Sylvie. Ya sabía que Francois estaba aquí.
Cuando terminé faltaba solo una hora y no quedaba más que esperar. Fui a la pequeña biblioteca de mis padres por un libro y me hice camino hacia la sala. Cuando entré pude darme cuenta que mi madre había planeado hacer lo mismo. Sentada en un sillón leía un viejo libro de filosofía y cerca de ella, se hallaba una mesita con una copa de vino tinto a la mitad.
"Buenas tardes madre" le saludé
"Isabelle" fue su respuesta. Sin expresión, no apartó su vista de Rousseau, como si mi presencia apenas fuese corpórea. Molesta, hice el camino hacia una silla, la más alejada que pudiese encontrar.
"¿Dónde está mi padre?"
La mirada que me dirigió no era tanto como una mirada, sino un par de lanzas afiladas, los ojos de un león a punto de lanzarse sobre mí; Lo engullí vivo y tú, serás la siguiente en ser desollada, deshuesada y fileteada… Su atención retornó a la lectura noticiosa "Se está vistiendo" dijo en un gruñido.
Nada más dijo y como siempre me acomodé con la esperanza de que nunca más abriera la boca. Traté de concentrarme en mi libro, pero pensé en la escuela y en que pronto estaría cubierta por un manto de hojas secas y multicolores. Quería regresar, en vez de quedarme en esa casa en donde todo se configura para pensar en qué había hecho mal.
"No hagas esto" escuché, entonces devolví mi atención hacia el interior de la sala. Ya estaba en penumbra y no me había dado cuenta que las velas habían sido encendidas, que el fuego de la chimenea ya crepitaba y que quizás mi madre me había estado hablando hacía ya un rato "¿Me escuchaste?" preguntó, entonces como despertando de un sueño, observé el manto de gravedad que le cubría.
"¿Es que no ves lo que ha sucedido? El curso que estás dando a tu vida no es el correcto" aclaró manteniendo la gravedad de su declaración "¿entiendes lo que te digo?"
"Creo que ni siquiera empiezo a entenderla a usted, madre" le contesté. Ella suspiró, cerró los ojos, cansada, decepcionada, molesta. Harta de mí, tomó su copa y un sorbo. Yo dejé mi asiento.
"¿A dónde vas?" preguntó
"A ver si puedo ser de ayuda en la cocina, disculpe"
En la cocina no fui de mucha utilidad, más bien parecía un estorbo para las mucamas. Terminé por doblar servilletas en una bandeja, porque no soportaba la compañía de tan severo crítico. Pero no podría distraerme, no iba a tener descanso. Los amigos de mis padres llegaron y distinguí la voz de su hijo saludándoles. La vos sorprendida de su madre preguntándole qué hacía aquí.
Me asomé por la puerta, y salí a espiar hacia el recibidor. Sabía que no podría hacerlo por mucho tiempo, no debían verme sorprendida, yo debía dar la bienvenida y tomar el control; así que inspiré, y me encaminé comenzando por quién me resultaba más fácil saludar.
"Buenas noches Señora Chatelet" comencé. Y gracias a dios la reacción fue la deseada.
"¡Querida niña!" respondió extendiéndome sus manos "Qué alivio ver que estás bien" dijo a la vez que me abrazaba.
Desde niña me agradaba y creo que yo a ella. Tocar el piano, bordar y cocinar mermeladas, eran sólo algunas de las cosas que había querido compartir conmigo. Sí, había temido por la amistad que compartía con mis padres, pero sobre todo temía perder su cariño. Después de todo, ella es mi madrina.
Con su saludo cobré algo de fuerza, entonces vino el Sr. Chatelet diciendo que extrañaba verme frente a sus estantes de libros y despojándolo de sus lecturas favoritas.
Era una lástima, era una escena familiar: vi a su hijo de pie detrás de él, saludando a mi hermano y a mi padre. Por un momento pensé que nada había cambiado.
No era cierto, claro, me bastó con ver a Francois. Con leve inclinación de mi cabeza tuve que emitir mi saludo "Bonsoir, Francois"
Eso dije pero bajo la superficie había una maraña de sentimientos Te extraño, pero… Pero. Esa palabra era un gran bache en el camino, la mierda contra la que me tropezaba. En el tropiezo, recordaba todo.
"Bonsoir Isabelle, es bueno ver que estás bien"
"Gracias" contesté, él también se veía bien, pero no quería que lo supiera.
En el momento en que me pregunté si podría arrancarle los ojos, sentí dos manos sobre mis hombros "Por favor, no nos quedaremos aquí toda la noche" mi madre dijo, invitando a todos hacia la sala. No recuerdo haber sentido tal nivel de gratitud hacia ella hasta entonces.
Todo era extraño, el saludo de mi antiguo prometido fue artificial y frío, y supongo que el mío hacia él resultó similar. Lo único que me contuvo fueron el conjunto de ridículas reglas de comportamiento civil o ciudadano. Diques para contener los rebalses de un río lleno de carísima porcelana para lanzar a la cabeza del traidor.
Dispuse los puestos de un modo en que se podrían reducir las oportunidades de cruzar nuestras miradas. Fue complicado, ya que mis padres y el Señor Bernard gustan de tener largos debates, no podía separarles, pero logré mi cometido principal. Recuerdo que el manejo de estas menudencias se me enseñó en la escuela de señoritas a la cual mi madre me había enviado; el curso se llamaba Aplomo y Discurso, el propósito de aquella lección era la de prevalecer la armonía entre invitados y el éxito de estas mismas reuniones y sus objetivos. Ahora supongo que debo agradecerle a mi madre. Pero creo que lo haré cuando nos encontremos en el más allá.
A mi lado la tenía a ella y por el otro a Alexandre, en frente a mi madrina quien a su lado se hallaba con su hijo que se encontraba en línea oblicua a mí.
Nadie habló de nosotros y podía percibirse en ocasiones el esfuerzo que colocaban en ello. Mi padre y Bernard hablaron sobre cuanto les disgustaba la dirección que el periódico nacional estaba tomando con respecto a las campañas que el ejército estaba realizando en Europa. Pero con respecto a eso, madre usaba la cartilla que todo militar tiene bajo la manga: confidencial.
Alex conversó con Francois sobre los últimos retratos que había finalizado por encargo de algunos suboficiales y banqueros, y Francois le habló sobre su inicio en la escuela de ciencias; siempre le interesó la astronomía. A mis trece años me había dicho que mi segundo nombre era el mismo de una estrella que podías observar en la constelación de Tauro, yo le dije que era una palabra griega que significaba pequeña madre y que pensaba que era una fortuna que no fuera mi primer nombre. Él levantó su mano y sin tocarlo se detuvo bajo mi mentón, dijo "¿Puedo?" yo asentí. Después de eso, me perdí, sentí un río enorme bajo mi piel, sentí el aire tibio de su respiración. Me dio mi primer beso.
Fue allí que ocurrió. No sé si recordó en la mesa mientras tomaba la sopa, que estábamos fuera en el jardín, escondidos entre un arbusto de lavanda y otro de rosas que terminó por arañarnos brazos y espaldas.
Mi madrina y yo hablamos sobre el Señor Lanois, un amigo en común de su esposo y mi padre. Recientemente había sufrido de una apoplejía y le visitaba a él y a su esposa los domingos al mediodía para ayudar con sus cuidados. Me preguntó tendría tiempo para ayudarle con aquellos menesteres y yo respondí que sí.
"Pobre hombre" comentó mi madrina "Aún así piensa que no está tan mal"
"Tiene la mitad de su cuerpo dormido y no puede salir de cama sin un bastón" le discutió su esposo.
"Se comparaba con sus vecinos, querido"
A esto mi padre estiró el cuello por sobre el arreglo floral que adornaba la mesa "¿Sus vecinos? ¿Qué les sucedió Rosalie?"
"Su sobrina desapareció, encontraron al culpable hace algunos días, pero de poco ha servido" contestó Francois en lugar de su madre "no han logrado dar con ninguna pista"
"Quizás esté flotando en el Sena" sin tino agregó Alex, recibiendo severa mirada de nuestros padres.
"No me explico cómo habrán raptado del interior de esa casa a esa muchacha" dijo mi madrina.
De forma automática mi madre giró su cabeza a mí
"No fue en su casa querida" corrigió el Sr. Chatelet, viendo que su esposa había alarmado a mi madre "era una profesora, salió de su escuela y nunca más regresó"
"Enseñaba en alguna escuela de niñas, supongo" mi padre comentó. Los bellos de mis brazos se pusieron de punta, casi adivinaba lo que venía.
"¿Cuál era su nombre?" mi madre preguntó.
"Ana Bouscat"
Al menos en ese momento, mi interés por Francois se había ido. Pude hasta soportar el resto de la velada con él mirándome o no, dirigiéndome la palabra o no. Daba igual.
LA LUZ DE ESTA MAÑANA PARECE REBOZAR POR LAS VENTANAS DEL CORREDOR PRINCIPAL. Deslumbrante, parece demasiada para una mañana otoñal.
Al final, y casi a la salida de la escuela, la pequeña y dorada figura de mi madrina, espera prácticamente diluida por la luz solar.
-Buenos días, Isabelle- mi madrina me saluda con un beso sobre cada mejilla.
-Buenos días madrina.
-¿Qué llevas ahí? – preguntó al ver el pequeño maletín que portaba
–Son sales aromáticas para la Señora Lanois.
-Buena idea Isabelle, la Señora Lanois ya casi no tiene nervios que salvar – dice y me pide le siga a la calle, en donde una diligencia nos espera – le vendrán muy bien para animar su espíritu.
Desde la calle Saint Jacques, los caballos tiran y nos llevan a cruzar el río por el puente más añejo de la ciudad. La calle a la que nos dirigimos es Mont-Blanc, cuyo nombre mi madrina dice solía ser la Chaussée d'Antin. Lo recuerda bien porque en la época en que mis padres formaban parte de la Guardia Francesa, su cuartel se hallaba en la intersección con el Boulevard le Petit Coblence.
Un escalofrío corre por mi espalda al pasar por ahí. Al comienzo de las insurrecciones de 1789, una compañía de guardias franceses se había revelado y enfrentado a la Guardia Suiza. Sé que mi padre casi se desangró hasta la muerte en algún punto, quizás justo en esa esquina.
POR RECOMENDACIÓN DEL SR. BERNARD, PAPÁ SE HABÍA ASOCIADO A UN CLUB EN PARIS A COMIENZOS DE DICIEMBRE DE 1790, LLAMADO LES AMIS DE LA VERITÉ. Por su consejo se suscribió a boletines y fue presentado como él mismo a salones que solía merodear, en sus días de lacayo, como informante de mí madre.
No me lo cuestioné hasta ahora. Me refiero al actual trabajo de mí padre.
André Grandier sabía hacer exactamente lo mismo que Oscar de Jarjayes, se había criado junto a ella después de todo. El problema era que él ya no podía vivir de esas habilidades. No sé cuándo sucedió o bajo qué circunstancias, pero mi padre perdió un ojo siendo aún joven, lo cual dificultó de forma considerable su antiguo estilo de vida.
Lo que quedó fue una mente curiosa, analítica y demasiado lógica. Mi hermano dice que es una de estas molestas personas que siempre saben todo, el tipo a la que detalle alguno se escapa cuando algo les llama la atención, porque parecen clasificarlo en una grilla organizacional impresa en alguna parte del cerebro.
Para esconder algo de él se debe usar mucha cautela.
Bernard Chatelet, le ayudó bastante en sus nuevos inicios. En la época en que yo no hacía más que babear y dormir dentro de una cuna, él le había presentado al Señor Charles Panckouke, editor y dueño del Mercurio de Francia y fundador del periódico El Monitor Universal.
El Señor Panckouke falleció hace tiempo, pero su periódico sigue vivo hoy y mi padre sigue empleado allí. Él dice que el cambio fue… algo afortunado, porque en el presente no le agrada mucho el modo en que sus superiores manejan las cosas.
Es secretario de Cambacéres, uno de los directores del periódico, y podría corroborar lo que muchos dicen; que el editor es prácticamente una marioneta de quien fuera nuestro primer cónsul, pero no es estilo de mi padre delatar a la gente. Antes de que sucediera, el ámbito político primaba en aquellas páginas, ahora es tan solo una sección, así como el arte, la literatura y las ciencias.
En su entrada al periódico Le Moniteur, conoció al botánico Michel Bouscat. Lo recuerda porque trabajaba para el editor y una de sus tareas era la de someter a evaluación los textos a publicar. También, porque compartió una celda con él cuando fueron apresados como sospechosos durante el gobierno del Terror. Michel no llegó a sobrevivir.
Como mi madrina había dicho, los Lanois y los Bouscat eran vecinos. De modo que al momento de salir de casa del enfermo casi de inmediato me doy cuenta que mi padre había planeado visitar a la segunda familia hoy.
No se ve sorprendido al vernos. El hombre con quien habla, cerca de un carruaje estacionado frente a la casa vecina, es quien había estado con el director de mi escuela el día en que mi madre me había visitado.
Él se adelanta a saludar a mi madrina, es obvio que ya se conocen. Mientras se saludan, mi padre se acerca a mi oído y murmura.
-Está en problemas, madeimoselle.
-¿Lo estoy?
-Hablaremos más tarde – dice tras besar mi frente, luego toma mi mano y me anima a avanzar un pasito más adelante que él y frente al hombre con el cual hablaba hace un momento – Paul Bouscat, ella es mi hija, Isabelle Grandier.
Yo sonrío al sentir el hálito de orgullo en la presentación de mi padre. -Gusto en conocerlo Señor Bouscat – digo haciendo una leve inclinación de mi cabeza.
Es un hombre de tez clara y de cabellos blanqueados me sonríe. -Un placer señorita- Serio, pero amable, responde a mí saludo, y luego por un segundo sostiene mi mirada – heredó sus ojos André ¿tendrá la agudeza de ellos también? – dice como un cumplido a mi padre.
Pero él solo responde con su enigmática sonrisa. Esconde todo detrás de ese gesto.
Ya casi instaladas en nuestros asientos, se despiden a la puerta del carruaje. Yo aguzo mis oídos, mientras mi madrina habla del menú que había dejado a medio preparar para su esposo e hijo. Entre una carne de res y un claffouti de cerezas papá dice -Te mantendré informado.
- Gracias
Una vez que cruzamos el río, fue fácil dejar a cada pasajero en su respectiva residencia. Luego de dejar a mi madrina en la suya, mi padre se encarga de que nos lleven de regreso a mi escuela. Había dicho que estaba en problemas, significaba que algo sobre mí le había molestado. Pero trato de desviarme del asunto y hacia aquel que más llamaba mi interés.
-Papá ¿De qué hablaban usted y el Señor Bouscat? ¿No es un secreto verdad?
No contesta, enmudece por un minuto y me mira -¿Ya no tienes confianza en mí? – pregunta, su rostro y su mirada, se hallan enmarcados por la oscuridad al interior del carruaje - Ana Bouscat era tu maestra y desapareció en tu escuela, Isabelle ¿por qué no me lo dijiste?
Le quedo observando sin saber qué responder.
Mueve la cabeza en negativa -Sé que estás a salvo, yo te permití entrar allí porque estaba al tanto de sus reglas ¿recuerdas?
Yo asiento -¿Entonces cuál es el problema?
Nadie puede perforarte y ver qué sucede en tu mente, pero con aquella intensidad y deseo de saber me ve mi padre ahora - Por un rumor llegué a enterarme del fin de tu compromiso ¿Por qué te alejas Isabelle? ¿Hay algo más que no nos hayas dicho, hija?
-No- digo y es mentira
-¿Qué cambió? – insiste. No sé qué decir, es que nada ha cambiado. No soy yo quién se aleja, todo a mi alrededor se aleja de mí como si yo no perteneciera.
Me encojo de hombros -Quizás es una fase de crecimiento hasta la adultez – bromeo, él sonríe levemente - ¿Cómo resulta todo al terminarla? ¿Mejora?
-Es un hermoso desastre, te encantará – responde uniéndose a mi buen humor, ese humor lleno de bromas y gestos evasivos, ese buen humor que él me enseñó a practicar.
ME PREGUNTO SI ESTÁ REALMENTE MUERTA
Si no lo está, debería aparecer. Irene Pontier está en problemas y graves.
Pude averiguar, entre los diálogos de los correveidiles de la escuela, por qué Irene había sido tomada en custodia. Habían encontrado el brazalete de Ana entre sus pertenencias, pero eso un objeto por sí solo, no es nada, debe ir acompañado de algo y en este caso era sangre. Seca, ferrosa, descarnada hediondez manchaba la añeja plata. Ahora todos pensaban que Irene había acabado con la vida de Ana, pero de la culpable nada se había podido extraer. El paradero de la desaparecida seguía siendo desconocido, pero el caso estaba prácticamente cerrado para la policía, ya tenían a la perpetradora en custodia. Pronto sería enjuiciada y ajusticiada.
Le propuse a mi padre retornar a casa más a menudo, cenar con él y dormir en mi cama. Aceptó gustoso y quedó en enviarme un coche en cuanto le envíe mi nuevo itinerario. Hablaré con nuestra directora, Madame Lachapelle, mañana a primera hora para realizar las modificaciones; probablemente me pida iniciar mi jornada a las cinco de la mañana, pero debo hacerlo. El Señor Bouscat le pidió algo a mí padre, creo que es sobre Ana, pero no quiere decirme y no lo hará.
Debo saber qué es, y estando cerca es que las oportunidades surgen.
OSCAR
Octubre 28 año 1807
FUE UNA TARDE DE MARZO, HACE CUATRO AÑOS, CUANDO ME DI CUENTA.
Recuerdo que la nieve ya se había derretido casi por completo en la ciudad y el jardín de nuestro hogar parecía estar a punto de renacer. Desde el segundo piso, dentro de la habitación de una de nuestras mucamas, podía verlo
Esa tarde, planeaba un nuevo viaje. Había terminado de comunicar a Sylvie que necesitaría mi equipaje listo para partir en dos días más y al terminar me había quedado prendada del paisaje. Luego, Alexandre irrumpió en la habitación.
"Sylvie, porqué hay canastos de ciruelas en la cocina ¿Es que harás mermeladas con ellas?" había preguntado.
"No lo creo, ya hay suficientes frascos en la alacena" afirmó la mucama, pero al observar al muchacho comenzó a inquietarse "Aun están ahí ¿verdad Alexandre?"
"Claro" asintió con un brillo glotón en los ojos.
Alexandre le observó perplejo cuando le vio salir como un petardo de la habitación. Sylvie sabía que mentía.
"Alexandre, ven aquí" le llamé, pero cauteloso permaneció en el umbral "¿Qué has hecho?" pregunté cruzándome de brazos
Debió notar el tono de suspicacia en mi voz ya que retrocedió un paso hacia el pasillo "Durante el día muchas cosas, Oscar"
"¿Qué clase de respuesta llamas esa? Ven aquí ahora mismo" demandé, se acercó dos pasos y agregué "Tu reporte de notas llegó hoy y debo decir que no es lo que esperaba jovencito…¡Alexandre!"
Con lo último dicho, solo provoqué una gran persecución escaleras abajo, hacia el jardín y hasta un roble que Alexandre escaló hábilmente para colocar distancia entre los dos. Pero, se equivocó, ya que comencé a ascender de igual forma hasta donde estaba. Cuando lo tuve en frente, aferrado de una rama, solo atinó a decirme "¡Lo intenté! ¡Pero, no entiendo la aritmética, de verdad que no, lo juro, lo juro!"
"Alexandre no discutiré esto aquí" exclamé mientras trataba de sostener el equilibrio "Ahora baja, porque irás a tu cuarto remediar esa falta inmediatamente"
"Pero, vas a castigarme"
"Si esta vez obedeces, te prometo que no lo haré" dije extendiéndole mi mano para estrechar la suya y sellar el trato. Más me interesaba verlo sobre tierra y a salvo, pero no creyóeneso. Cuando comenzamos a descender se empeñó en adelantarme, en llegar primero. Yo mantuve mi ritmo, después de todo no tenía doce años.
Dejé que se marchara, pensando en que le alcanzaría en su cuarto, preparando en mi mente el puñado de títulos que arrojaría sobre su escritorio para que estudiara y memorizara. El viento sopló sobre mi rostro y en un breve instante pude apreciar el cielo azul, libre de manchas nubosas, el aire y la brisa prometiendo el estío. Había cerrado los ojos para atraer viejos recuerdos, al abrirlos la vista de algunos edificios y casas interrumpieron la alegre visión del campo abierto de mi juventud. Mis ojos fueron en búsqueda de algún remanente natural en nuestro jardín; árboles, rosas, lavandas. A la distancia, y en medio se hallaba lo que no imaginaba.
"…Oh por Dios… ¡Isabelle!"
Alexandre era mucho más visible en términos de mal comportamiento. Pero desde esa tarde, la vista desde aquel árbol brindó una nueva perspectiva.
A mis trece años jamás pensé en otros chicos, por lo que la precocidad de mi hija me había tomado completamente por sorpresa. Detrás de un rosal y bajo la ventana de la cocina, ella y el niño Chatelet se besaban.
Bajé el maldito árbol, pero no recuerdo cómo. Me volví completamente loca. La indignación tomó presa de mí. Llegué a ellos, tiré de Isabelle apartándola de Francois, tomé sus hombros obligándola a enfrentar mi arenga. "¡Qué demonios crees que estás haciendo! ¡Crees que esto es correcto!¡Contéstame!"
No contestó por supuesto. Un par de ojos verdes, me observaban aterrados, mudos, incrementando mi ira. Ahora sé que no comprendía, pero era de esperar, era una niña. El problema era yo: llevaba suficiente tiempo en este mundo como para no saber lo que sucedía en una jovencita de casi trece años. Se suponía que debía saberlo, y que debía guiarla.
Solo fui capaz de provocar su llanto tras haberla abofeteado. No supe qué otra cosa podía hacer.
Llegada la noche, su padre y yo nos sentamos a discutir su situación. Tras haberle relatado el suceso de la tarde, él cayó en un peculiar silencio, sonrisa resquebrajada y ceño fruncido, el conjunto de gestos fue acompañado por un "Pero es una niña".
"Eso creí, André" contesté, pero el enigma que le inquietaba no era el mismo que revolvía mis pensamientos. "¿Qué haremos?" pregunté, y descreído me observó. Tanto así me había afectado, de repente era una inepta.
"Debemos hablar con los padres de Francois" propuso
"¿Qué solución ofreceremos?" pregunté una vez más, él frotó su rostro con ambas manos.
"No lo sé" contestó levantándose de su asiento "Me recuerda a ti, a la edad de trece años comenzaste a provocar dolores de cabeza a tu padre"
Intenté ignorar aquel comentario, abandoné mi silla y voltee hacia la entrada de la sala, pero no pude huir. No le habíamos oído llegar; ahí estaba, en frente de mí, lo que pude haber sido alguna vez, algo más simple, una vida normal y más llevadera. Nuestra hija, había dejado las trenzas y recogido su pálido cabello en su primer moño, vestido blanco de muselina cubría su floreciente cuerpo infantil. Una jovencita hermosa se revelaba ante mí y yo no sabía qué hacer con ella.
"Mejor… vuelvo a mi cuarto" dijo y tras el segundo que salió arrancando me apuré a cerrar las puertas de la sala. Contra el frío pecho de estas es que comencé a desesperar.
Sin decir palabra sentí el calor de André rodeándome, pero su abrazo no era un consuelo eterno, algo debía hacerse.
"Creo que es hora de que atienda a una escuela" le oí decir "Buscaré una mañana"
ALEXANDRE SE ENCUENTRA FRENTE A UN GRAN LIENZO. Con paleta de colores en una mano y un pincel en la otra, congela sus movimientos al darse cuenta de mi presencia en su taller. Por su mirada me doy cuenta de que no soy bienvenida, pero en realidad nadie es bienvenido en su territorio.
-Es mí casa – me defiendo – yo la compré.
-Es mi lienzo, yo lo compré
-¡Oh, vamos! – respondo esquivando sus brazos y dándome paso y ubicación en frente de un horrible retrato. -¿Qué es… Quién es?
-El peor de todos mis clientes, ya voy en la quinta corrección – resopla exhausto- no es mi culpa, alguien perdió el sentido de estética cuando lo fabricaron – refunfuña mientras yo disfruto a carcajadas de su desgracia.
-¿Has recibido compensación?
-Cincuenta por ciento al inicio y luego subí mi tarifa cuando escuché sus quejas acerca de su papada, la gran nariz aguileña, la calvicie y ahora su verruga.
-Supongo que aceptó ya que aún te veo trabajando en él
El asiente, pero veo que ya tuvo suficiente por el día y comienza a quitarse capote y a dar cierto orden a sus artefactos – Tengo hambre – escueta e instintivamente dice y no me espera.
-¿No has cenado? -pregunto al ver su ansiedad.
-No – replica- no me di cuenta de cuánto tiempo había transcurrido – explica mientras alcanza la salida del cuarto y el pasillo, obligándome a seguir sus pasos.
-¿A dónde vas?
-A la cocina, las mucamas están dormidas – le escucho gritar a la distancia.
Al llegar enciende algunas velas y nuestra cocina revela sus formas, mesones, anaqueles de cálidas maderas y altas paredes blancas. Mientras tomo asiento frente a la mesa en donde Madame Barraud y Sylvie se sirven sus comidas, él enciende la estufa, luego ataca la alacena. Surge con variada mercancía entre sus brazos. No me sorprende que se maneje tan bien en este espacio, desde pequeño acechó los manjares que yo ordenaba se ocultaran de sus glotonas manitas. Mientras se ocupa en la preparación de su platillo, pregunto por el paradero de su padre.
-Ha de ser alguna tarea de última hora ¿no?
-Eso creo, se tanto como usted – dice mientras me sirve una taza de té, luego me da la espalda, descuelga una sartén de la pared, bate unos huevos, sazona y vierte el revoltijo sobre la sartén ya caliente.
–¡Vaya! Eres muy autosuficiente – digo con un tinte de ironía – ¿en dónde está tu delantal? Podrías manejar el plumero por la mañana también, querido.
Ni siquiera ríe, de hecho, hace caso omiso de mi humorada. Termina de masticar un bocado de pan, sirve su comida en un plato, se sienta frente a mí y contesta.
-Nula habilidad con los utensilios de la limpieza, Señora – contesta, luego de tragar un bocado, gira su vista para dar un vistazo alrededor – van a regañarme cuando se levanten.
-Eres un desastre – le crítico y tomo un sorbo de té
Recuerdo que aún no cumplía quince años cuando decidió organizar su taller al interior de esta casa. Un día las mucamas simplemente encontraron el acceso restringido a una de las habitaciones destinadas a huéspedes, amigos o invitados.
Alexandre no resultó ser un estudiante modelo. No sacaba muchos éxitos en el liceo, pero esto lo tomó muy enserio:
"Quiero, una escena urbana" en una visita mi antiguo subalterno Alain de Soisson, le había encomendado. Antes de partir a la campaña Prusiana, mi hijo había terminado el lienzo.
El cuadro cuelga hoy en un solitario departamento. Describe el arribo de una diligencia, una familia descendiendo de esta y siendo recibida por el resto de sus miembros en la calle. Padres, abuelos, hermanos… rodeados de complejas situaciones, pero juntos.
Por mucho tiempo me pregunté qué le había hecho escoger esa escena.
Alexandre nunca me ha preguntado por sus abuelos, por el contrario de su hermana. "Están de viaje" su padre contestaba por mí. Yo no habría podido hacerlo. No he logrado hacerlo en mucho tiempo.
-Me gusta más hacer mis comidas aquí- comenta de la nada.
-¿Porqué?
-Junto a Sylvie y Madame Barraud se siente como si fuésemos más en esta casa. De hecho creo que me agrada oírlas regañar por la mañana, le da vida a esta tumba.
Trago saliva y siento el peso del mundo sobre mis hombros.
-Cásate y aumenta el número tú mismo.
-Trabajo en ello
-¡Ah sí!- sorprendida digo - ¿quién es?
Con un dejo de malicia se queda observándome, tomo su mano en un ademán que le exige la entrega de una respuesta. Él solo sostiene mi mirada.
-Se lo diré mamá, pero aún no, ella no está lista aún
-Por qué
-Usted no es fácil de digerir, solo mire a Isabelle
No sé cómo lo hace, pero este niño siempre ha logrado dejarme con la boca abierta.
-¿Qué quieres decir? – naturalmente la presión de mi mano sede sobre la suya, pero él logra retenerla.
-Por favor, no lo haga.
-¡Qué, Alexandre! ¡Qué estoy haciendo! – espeto, irritada trato de zafarme del agarre de su mano.
-Convertirse en una tapia – con gesto frustrado e igualmente irritado replica – somos sus hijos pero usted es un completo enigma para nosotros.
Yo alargo una mano y acaricio su cabeza. Él se entrega. Mis dedos recorren la complejidad de tonos dorados y cobrizos que aclaran más y más en las sienes- ¿Eso es todo? – me burlo. Levanta su rostro y me observa.
-¿Le han dicho que usted es la más pura expresión del sarcasmo? ¿Cómo es que papá la tolera?
Aplico una palmada a su mejilla izquierda y escuchamos el sonido de la puerta principal abriéndose y cerrándose. Nos levantamos y dejamos la cocina atrás.
Extenuado vemos a su padre dirigiéndose hacia nuestra sala, por un momento pienso que no nos ha visto, pero levanta la mano en señal de saludo -Buenas noches – dice a ambos.
-¿En dónde estabas? – le interrogo - es casi medianoche.
-Lo sé, el editor tuvo reunión con el Ministro de policía – con un gesto resignado admite
No aclara nada al respecto. Se desvía del tema y pregunta Alexandre sobre su día, si arregló el asunto sobre su último encargo, cuáles fueron los términos y si ambas partes quedaron conformes.
Tras aquella conversación Alexandre percibe algo, en el silencio y en nuestros gestos. -Buenas noches – lo despido y se retira
Cuando escucho una puerta cerrándose es que comienzo a acercarme. Ya al alcance, él apoya su frente en la mía, mis manos alcanzan sus mejillas y sus brazos envuelven mi cintura.
-Se supone que hoy es día de descanso – le escucho susurrar.
-Ya no sé qué es eso, ¿puedes recordármelo? – digo buscando sus labios con los míos, el se entrega y me toma.
Dejo que tomé mi mano y me guíe hacia la sala. Mientras yo descanso en una silla él va en busca de una botella de vino y dos copas. Algo que las mucamas dejaron al alcance horas antes al darse cuenta que nadie vendría a probar bocado.
De hecho, ahora pienso que no ha debido probar bocado alguno, no ha descansado por horas. Giro mi atención a él. La botella de vino está en sus manos, la mira fijamente, abstraído y alejado del momento que pensé que compartíamos.
-¿Estás bien?
- Si - abre la botella y sirve ambas copas, no bebe, entorna la mirada sobre mí rostro - Di una visita a la familia de Michel Bouscat, su hermano me ha solicitado un favor.
El bienestar se desvaneció de mi rostro. Algo me decía, no, que no debió hacerlo. Pero André se sentía en deuda con aquella familia. Desde que se hizo mención sobre el caso de esta joven mujer, su interés fue notable - Fue sobre su sobrina, ¿verdad? - sin mirarle pregunto
-Paul, se entrevistó con la mujer inculpada de su desaparición
-¿Era eso necesario? ¿La policía de seguro lo habría hecho?
-Fue la excepción a la regla – sombrío aclara – la entrevista nunca debió tomar lugar, la acusada tenía prohibido hablar hasta su juicio.
Se levanta de mi lado y ocupa una silla en frente de mí, busca mi mirada - la última vez que Irene Pontier vio a Ana, le seguía por el barrio periférico de Saint Jacques…
-¿Y luego?
Ahora toma la copa y un largo sorbo. No le era muy agradable continuar con la historia.
-Le vio entrar a una propiedad… Ana nunca salió, pasaron las horas hasta que vio las siluetas de unos hombres cargando bultos en una carreta, de esta carreta cayó un objeto que más tarde Irene conservaría, era un simple brazalete, pero por guardar el artefacto es que fue inculpada de robo y asesinato.
-¿La policía no tomó su declaración?
Él sacudió la cabeza
-No han hecho nada por encontrar a Ana, Paul está sólo en esto.
-Jamás lo hicieron, no en verdad – adivino, él asiente y yo desespero
Siento esa vieja sensación en mi espalda, esa confiable alerta de antaño, dos manos heladas en mi nuca. De más espera se trataron las campañas en que me vi involucrada, y en esa espera aquellas gélidas palmas me hicieron compañía. En noches de vela, creía escuchar a mi oído una advertencia… cuando finalmente la confrontación llega todo es fugaz, el sonido metálico de una espada acabando con millones de vidas. Ahora todo está calmo y me pregunto cuanto tendré que esperar antes de que suceda algo.
-No debes involucrarte en esto.
-Son solo algunas averiguaciones, no corro peligro- promete, como si fuera algo fácil y alcanzable para él ¿Cuántas veces estuve a punto de perderlo? Me alejo, desde una esquina de la sala le dirijo una mirada llena de reproches, de dudas y miedo - Cómo no podría hacerlo, ya sabes lo que su hermano hizo por mí en Duplessis, no estaría aquí si no hubiese sido por él.
Sé que sería admitir que en mi juventud fui una déspota, pero realmente preferiría haber continuado como el amo de este hombre.
