N/A: Hmm, creo que esto logró convencerme, sí, un poquito uwu
Rated: K
Genre: Romance.
AU o Canon: Canon de Sonic Riders: Zero Gravity, bajo el headcanon de que los Babylon podrían haber conservado las Arcas del Cosmos (pues al final sólo fueron a desconectarlas, y no mencionaron que querían hacerlas desaparecer).
~ Intento fallido de Fluff dedicado a Sughey~
Insomnio Estrellado
En el camino al edificio no hacía sino arrastrar las piernas, doloridas después de una de sus habituales carreras nocturnas; la única idea que rondaba por su cabeza era la de cuán bien le sentaría una cerveza, un gran plato de comida, alguna película por la tele y luego, un duradero sueño que durase hasta el próximo medio día.
¿Quién diría que las carreras amistosas junto a Sonic serían iguales —o hasta peores— a las competencias contra él?
El calor del establecimiento salió a recibirlo cual abrazo mediante el aliento de la calefacción, que le envolvió de pies a cabeza y lo acompañó durante su uso del ascensor y toda la caminata hasta su asignado apartamento. Apenas llegó, descargó sus pertenencias y se sentó a la mesa. Estaba Storm junto a él, sirviéndole comida y preguntándole una que otra cosa. Y no, no estaba enfadado, pero no era como si tuviese muchas ganas de hablar.
Arrastraba los utensilios contra el plato, se le resbalan al cortar y hasta fallaba en pinchar la comida.
La carrera le había absorbido hasta la más recóndita gota de energía —de buen humor, también—, y para cuando acabó la comida ya no quiso la cerveza, y cuando se levantó de la mesa ya no quiso ver la tele.
Dado el aviso a Storm de que intentaría dormir, salvándose así de su hostigoso servilismo, cargó su Type-J hasta llegar a su cuarto y dejarlo contra la pared. Ni siquiera prendió la luz, y no lo necesitaba; hace unos cuantos días había descubierto que, si se echaba en el colchón y corría la cortina de la ventana, se adentraba en la habitación toda la pasión nocturna de Future City. Era un espectáculo extraordinario que no podía ser más perfecto para él; todo era tan bohemio, con esa oscuridad que podía ambientarlo de una manera tan impecable en medio de una fiesta, con la música retumbando el piso, las luces de colores traspasando el vidrio, y hasta llegando a sentir el humo de los cigarrillos; todo era tan elegante, con los diseños de esos edificios —minimalistas— y automóviles —voladores— que lo ubicaban en una realidad futurista; todo era tan deportivo, con esas luces de neón que le recordaban a las señales de las pistas de carrera, y por eso era que recostarse en el colchón era tan satisfactorio como estar en una eterna competencia, en infinita unión con la adrenalina y la velocidad.
Se elogió tras darse cuenta de que era el mejor escogiendo los sitios de hospedaje para el grupo.
Colocó ambos brazos tras su cabeza, sin despegarse de la increíble vista. El líder suspiró en medio de su agotamiento, aliviándose sólo porque no habían planes últimamente. A pesar de haber sufrido aquella decepción con el Babylon Garden, el hecho les había sentado bien de algún modo, puesto que ahora se encontraban en medio de unas pequeñas vacaciones. Días de fiestas, noches de fiestas; alcohol y música infinita en aquella ciudad que jamás dormía. El sabor de los tragos y el olor a cigarrillo nunca los abandonaban del todo.
Quizá la única afectada era Wave, o algo así había notado. Y no era como si estuviese fijándose en ella más que lo habitual, no.
Acordarse de ella le fue dañino, y de inmediato se sumergió en una vergüenza total al recordar cómo habían estado interactuando durante los últimos días; él se había vuelto torpe, dudoso de sí mismo, y —cuando estaba lo suficientemente desesperado por retomar su autoridad— actuaba de manera agresiva. Era como si ya no pudiese verla igual que antes, y eso que lo único que había cambiado era...
No, no iba a decirlo. Se negaba a retomar el tema.
Pero... ¿por qué le había tomado tanta importancia a la supuesta nave, a esa leyenda antiquísima, a las Arcas del Cosmos? ¿Se había enamorado de ellas o qué?
No la entendía, ni a ella ni a su repentino estado melancólico; decaído. Y por lo mismo, pasaba a decirse que la belleza se encontraba en lo desconocido.
Con el tema ya en mente, dejó colgar su brazo y lo pasó por debajo de su cama, donde debiese estar la caja con las cinco piedras, las cuales no deberían volver a estar cerca de la isla flotante nunca jamás; y se alteró cuando, por más que moviese el brazo, no lograba tocar nada.
Se bajó de la cama y se agachó a mirar, y no, no había nada.
La duda le ganó al enojo en su interior, y avanzó con los pasos igual de exhaustos hacia el cuarto de la golondrina. El mundo entero corría peligro si ella las había arrebatado, y planeaba hacer algún extraño experimento, como habituaba. ¿Acaso nunca entendía?
No espero casi nada antes de adentrarse en el cuarto. ¿Tocar antes de entrar? Esa regla no corría para él; único y absoluto líder. Había empujado la puerta, sin saber qué esperaba encontrar, pero no vio nada excepto una habitación muy ordenada —tanto que parecía que nadie la estuviese ocupando—, una lámpara encendida y soledad absoluta. Había dejado de hacer el mantenimiento de las Gears y hasta sus propios proyectos de mecánica, supuso.
Caminó hasta quedar en el centro, buscando cual tonto, bajo tanta oscuridad y su clara ausencia.
Estaba muy rara; y claro, no era su problema, pero de todos modos... Se preocupaba por ella.
Sólo un poquito.
Giró en sus talones, sin creer que había estado a punto de entrar gritando y dispuesto a arrebatarle el maletín sin cortesía alguna, cuando ni siquiera había podido hablarle sin morir en el intento alrededor de la semana. Estuvo a punto de irse, hasta que, entonces, se percató de que el ventanal deslizable que cual conducía al espacioso balcón, no estaba del todo cerrado, y por el pequeño espacio que había se adentraba una molesta corriente de aire. Llegó y lo abrió un poco más hasta que cupo su cabeza y pudo asomarse. Miró a ambos lados; a la derecha, se mecía con el viento la ropa desde sus colgadores; y le costó bastante darse cuenta de que aquello, en la izquierda, casi irreconocible por la oscuridad del lugar, era Wave.
Y en un segundo, el desgano, la ira, pasaron a convertirse en deslumbramiento.
Desde su ubicación, salía el aire tibio proporcionado por la calefacción a pelearse con el frío que amenazaba con entrar al departamento, y se sentía raro al tener la espalda aún tibia mientras el viento le lamía la cara y alborotaba las plumas. No reaccionó, a pesar de lo molesta que se había vuelto aquella sensación; se mantuvo pasmado con su imagen. Estaba inclinada y apoyando los brazos en el barandal; con la ropa que había usado todo el día, los mismos jeans y los mismos zapatos; una manta sobre sus hombros y cerca de sus pies, seguramente frío, había un café. La miró por largo rato, como esperando a que hiciera algo; no sabía en particular qué, si acaso quería que se moviese, notase su presencia o girase para que Jet pudiese verle la cara. No sabía qué hacía allí, enfriándose, pero era un hecho que la estaba observando con la misma expectación del que mira algún acto de magia; como si estuviese flotando, como si estuviese cubierta de llamas sin quemarse, como si estuviese emanando brillos, destellos, fuegos artificiales; y en cierto modo, lo estaba haciendo... O al menos, así lo visualizaba Jet.
Su sola presencia ya era magia para él.
Y se veía tan mágica, simplemente quedándose en la misma posición y guardando, a veces, las manos en sus bolsillos. Y se veía tan preciosa, con sus plumas tan largas e ignorando su existencia, perdiendo por algún sitio, por algún rincón de la neón metrópoli, su azul mirada.
No había expresión ya en el rostro de Jet. Ni sonrisa ni llanto, ni enojo ni duda; su cerebro concentrándose en ella, y sólo en ella. El frío había contagiado todo el cuarto, pero él seguía allí, embobado, idiotizado. Llegó a preguntar qué hacía ella, a tales horas de la madrugada, contra tal frío y sin ninguna ocupación aparente...
Él quiso aclararse la garganta antes de hablar, pero eso de seguro llamaría su atención, y no quería tener sus brillantes y grandes ojos puestos encima suyo hasta que estuviese listo. Se decía, se prometía, hablar al terminar una cuenta de tres, pero quién sabe cuántas veces realizó la cuenta, se acobardó y repitió el procedimiento, por quedarse hipnotizado con su imagen y no querer despegarse de ella.
No quería que nadie arruinara el momento, cancelase la clara melancolía de los lentísimos pestañeos de la chica. Si alguien iba a arruinar aquella explosión de los sentidos, aquella obra de arte, sólo podía ser ella; —en secreto— dueña y señora del mundo del halcón; pues sólo con su imagen había descubierto que existía algo llamado belleza, y sólo en su cobalto mirar había encontrado aquello llamado vida, emoción, sentimiento; algo que lo llamaba, lo tentaba, y era como un enorme diamante expuesto ante él.
Y quiso hablarle otra vez, pero se le había pegado un odioso nudo en la garganta, algo que le hacía temer.
Se atrevió, aceptando su derrota y el hecho de que apenas las ondas sonoras tocasen sus tímpanos, la hermosura de aquella silenciosa expectación perecería.
—¿Wave? —Había sonado más dudoso, más intrigado, que enojado; perfecto.
Ella giró a verlo, pero no alteró su posición.
No tenía puesto su habitual pañuelo blanco, y en la cima de su cabeza había un desorden de partiduras que daba origen a un desarreglado flequillo.
—¿Es el microondas, verdad? —Se masajeó las sienes para regresar la cabeza al frente—. Ugh, no tengo ganas de arreglarlo ahora...
—¿Qué? ¡No! —Alzó una ceja—. Sólo quería... Eh... —Volvió a su anterior estado de asombro cuando notó que, tras su femenina figura, se extendía un perfecto paisaje de edificios, colores, luces; todo haciendo deslumbrar a la golondrina, y remarcándola tan bien como si ella fuese la protagonista y única merecedora de la perfección en el mundo—. ¿Qué haces tú acá?
Ella giró y caminó hasta quedar frente suyo, sujetando las puntas de la manta sobre su pecho. La miró, y por la tenue luz de la lámpara de dentro, se fijó en que no expresó sentimiento alguno al mover la ventana, cerrándola. Él subió una ceja, presionó el seguro y la deslizó antes de que ella se fuese. Habiendo retirado su mano él, ella la deslizó otra vez, y éste volvió a abrirla.
La oyó bufar y regresar a la baranda.
Él la imitó, cerrando tras suyo la ventana.
Se apoyó a su lado, con la misma inclinación. No había sino edificios de color negro, alumbrados o por las coloridas publicidades o con la luz de las ventanas que él percibía como pequeñas por culpa de la distancia, que brillaban de distintos colores; celestes, amarillas, rosadas. Abajo, en las autopistas, brillaban los focos neón, las señales de tránsito, las luces de los automóviles con ruedas, y en los tubos que estaban unos metros más arriba, volaban ágiles los últimos diseños aerodinámicos de éstos mismos.
¿Qué podría estar mirando ella?
Entre temblores e ira interna por sentirse así de vulnerable por alguien, la miró, y se sorprendió al hallarla sosteniendo su cabeza con el dorso de su mano, jugando distraída con la yema de sus enguantados dedos y perdiendo una decaída mirada entre éstos; contorneada por una luminiscencia color azul. Eso significaba que no estaba analizando nada en concreto... Y no era que ser la mecánico y la que armase los planes significase estar pendiente del trabajo a toda hora, pero...
Estaba curioso, eso.
—¿Y tú qué? ¿Qué tienes? —Preguntó Jet, mascullando la mayoría de las palabras por verse presionado a sonar amable.
Ella conectó ambos pares de ojos brevemente, antes de negar de manera tímida y enderezarse.
¿Qué se creía? ¿Que por que no tuviesen mucha confianza no podía contarle algunas de sus cosas? ¿O mínimo hacer el intento por formar un lazo más profundo donde no lo había?
No había para qué negarlo, se notaba triste, o al menos, acongojada. Y si se estaba haciendo la muda y la distante para provocarlo, ya vería lo que le esperaba. ¿Por qué simplemente no hacía responsable por causar tantas cosas dentro suyo y ya? Pero no; ¡tenía que hacerlo sufrir, tenía que ponerlo nervioso y tenía que hacerlo sentir mal por no saber comenzar conversaciones!
—¿Y bien? —insistió, cruzándose de brazos.
Ella acudió a mirarlo, y él sintió como si el fuego de su cuerpo se hubiese extinguido, como si ella hubiese caído de las alturas, y los destellos, los fuegos artificiales, hubiesen muerto.
Algo danzaba en su expresión apagada, algo que se resistía a confesar por alguna razón...
—¿Qué hubiese pasado si...?
La vio subir la cabeza hacia el cielo, y a pesar de la oscuridad presente, Jet notó en sus pupilas un brillo especial; el que murió al mismo tiempo que cuando cortó sus palabras..
—¿Si...? —la incitó a seguir.
Wave suspiró y perdió la mirada en algún sitio de la ciudad.
—Sólo me preguntaba qué hubiese sido si la nave hubiese realmente funcionado... Sin crear un agujero negro y eso.
Mantuvo sus ojos en ella.
—¿Y por qué te preocupa eso?
—Pienso en... —alzó su mano y comenzó a mover los dedos en una danza preciosa, lenta; como tejiendo sus encantos y creando todos esos destellos que tanto lo cautivaban—. Pienso en todo el espacio... Todo eso que estuvimos a tan poco de explorar... ¿Te imaginas, perderte entre toda esa negrura; llegar a... quién sabe, lo desconocido, lo que no se quiere conocer; seguir a esas estrellas que aquí no brillan porque las luces las extinguen?
Jet subió la vista y era cierto, no había ninguna pinta de brillo en los cielos, sólo oscuridad.
—Todo eso que pudimos descubrir... Responder todas esas dudas que dejaron los escritos de las ruinas... Cumplir los deseos de nuestros antepasados... Todo eso está arriba.
Su voz había pasado a ser un susurro, una entrecortada voz que al tocar su más íntimo deseo, temía arruinarlo.
—¿Y para qué querrías cumplir un deseo que no es tuyo? —Intervino—. Tenemos de todo aquí, estamos perfectamente bien. Hay tesoros, hay paisajes, hay carreras... Mobius no es tan aburrido como parece, Wave, hay cientos de cosas que de seguro no podemos ni imaginar.
Ni se dio cuenta cuando había subido el tono de su voz, por lo loca que sonaba la idea la mecánico y su ímpetu por anularla, pero a la chica no pareció atemorizarle. Ella mantenía aún la frente en alto, observando el cielo, acomodando la manta sobre sus hombros.
—Tesoros, tecnología, otros mundos...
—Idioteces.
—Hmm, sé de lo que hablo, y es obvio que no podrías comprenderme. —Wave se cruzó de brazos y ladeó la cabeza.
Recién allí se dio cuenta de que estaba comenzando a tratarla de manera grotesca, y se mordió la lengua, como castigándose.
—Veo tu punto, pero no entiendo... ¿Para qué?
Era peligroso, demasiado. Sin contar el agujero negro, perderse en algo como en el espacio, algo tan desconocido y temido, era adentrarse en un infinito donde no sabrías qué te esperaba; la muerte, otras realidades...
No era que fuese cobarde, pero arriesgarse de esa manera era bastante tonto.
—¿No eras tú el ambicioso, también?
—Esto es distinto —se defendió—. Además, si tu propósito fuese serle fiel a nuestros antepasados, tendrías grabado en la cabeza el mensaje final, que es no jugar con lo que está fuera de tu alcance...
Y sí, era cierto, podía que ella no fuese dueña del universo; pero al menos era acreedora de su mundo interno. Pensó en el panorama de su cuarto, cuánto le gustaría mostrárselo y así compartirlo con ella. Intentaba imaginar cómo se vería de celestial su figura contorneada por tantos colores, su risa resonando por el exceso de alcohol y su cuerpo ralentizado, la mirada perdida y las manos aferradas a las sábanas mientras todo daba vueltas.
Jet suspiró ante la idea y se inclinó contra el barandal.
—¿Cuál es tu propósito, a todo esto?
—Ninguno.
Volteó a verla, serio, con los ojos entrecerrados. Wave no duró mucho antes de comenzar a sonreír tímidamente ante sus sospechas.
—Bueno, verás... ¿Uno debe aprender de sus errores, verdad?
Jet asintió, algo dudoso.
—¿Siempre buscar más allá? —Sonrió, batiendo las pestañas.
Volvió a asentir.
—¿Ser más ambicioso con uno mismo?
—¡Que sí!
—Pues, si ellos fallaron y no pudieron sostener la nave, no veo porqué yo no pueda intentarlo, hacerle unas mejoras y...
—¿¡Qué!? ¡No! ¡De ninguna manera! —Frenó a gritos sus ideas; y ella frunció el ceño y bajó la vista, quizá sintiéndose regañada, o no valorada.
Una cosa era soñarlo, imaginarlo... Pero estar haciendo el intento, la práctica, era demasiado. ¿Acaso no pensaba en lo horrible que sería que el grupo se separase? ¿Tuvieran algún tipo de complicación y quedasen exentos de cualquier ayuda? ¿Perderse cual hormiga entre toda ese colosal abismo?
¿Acaso no sabía lo mucho que le dolería no volver a verla jamás? ¿Separarse de su voz, su imagen, su tacto?
Sólo olvídalo, ¿quieres? —resopló—. Concentrémonos en lo que tenemos y ya no sueñes tan alto.
—¡Argh! ¡Tú no entiendes! Si lo intento ya no sería solo un sueño, quizá podría funcionar y...
—Escucha —se enderezó, haciéndole frente a su emocionada mirada—, no estamos hablando de si puedes o no, de si funcionaría o no. Sé que lo lograrías, estoy seguro; pero lo que yo digo es que ya no nos arriesguemos. ¿Para qué quieres más, si no tenemos ni la mitad de todo lo que podríamos sacar de aquí?
Wave ya no pronunció sonido alguno, sólo regresó a su posición y ocultó su mirada de él.
—Oye, no puedes enojarte por algo así —gruñó.
Se agachó a recoger el café que por poco derramaba con el pie, y bufó antes de intentar acercarse.
—No lo entiendo... Estamos perfectamente aquí, no necesitas nada más... Están las fiestas, tesoros, salidas en la tele, contratos millonarios... —contaba con sus dedos—. Hay fama, dinero de sobra, gran reputación... Yo opino que estamos bien.
—Tú sólo hablas por ti.
—¿Yo? Yo tengo todo eso, mi velocidad, mis riquezas... —Cómo deseó poder verla mejor, en la oscuridad, y que sus siguientes palabras impactaran de lleno en ella—. Tengo a Storm y, con mayor razón, te tengo a ti.
Ella giró a verlo, con los ojos brillantes.
—¿O no? —dijo Jet.
Wave dio lo que fue el segundo suspiro de la madrugada.
—Pues sí...
—Será mejor que vayas adentro, y ya déjate de amargar por idioteces. —Intentó jalarla del brazo a la par que se pasaba una mano por las plumas, cual gesto originador de paz, cual calmante.
—No —se zafó—, tú vete, yo quiero quedarme aquí.
—¡No seas taimada, mujer! —volvió a tomarla—. Escucha —la miró a los ojos, a lo más profundo de aquellos ojos que parecían brillar aún en la oscuridad—; si yo tuviese la posibilidad de elegir entre quedarme en una caja de arena, contigo, o recorrer los cielos, con el miedo de perderte... Escogería la primera, y tú deberías hacerlo igual.
Silencio.
La imagen se volvió estática, y fue mejor así porque semejante belleza no era digna de procesar en unos cuantos segundos; se necesitaba más.
Mantuvieron una contacto visual que significaba miles de caricias que no podían surgir debido a la falta de confianza, por el mutuo nerviosismo que experimentaba al verse. Incontables sensaciones, promesas, revelaciones se podían inferir de una simple mirada fija y un par de palabras. Quizá ella captó el mensaje oculto tras esa declaración, o así esperaba él...
Tres pisos abajo, en la cuadra de al lado, comenzó a sonar un ritmo de electrónica que logró despegarlos.
Se mantuvo aguantando la respiración, con las mejillas ruborizadas y el corazón pesado; y había hablado tan en serio que Wave se sonrojó de igual forma. Pero ante aquella tibieza que surgió entre ambos no hizo más que entrar en pánico; no estaba acostumbrado a tanto cariño.
—¿Qué tanto me ves? Hace frío, entra de una vez —gruñó, y la empujó levemente para adentrarla al departamento.
Ella caminó delante suyo, con pasos flojos y perdidos como si no quisiera avanzar, y él se vio en la obligación de tapar la ventana con la cortina, para que Wave no viese la injusticia provocada por las luces artificiales que no dejaban brillar a las estrellas, y así no se viese incitada a armar planes peligrosos, y le naciese en el pecho a Jet el miedo de perderla.
Se quedó en el marco de la puerta, sintiendo unos ojos clavarse en su espalda, negándole la salida.
—Ah, por cierto... —giró, encontrándose con lo que era una pequeña sonrisa y unos ojos entrecerrados con quién sabe cuáles intensiones—. Dame las Arcas del Cosmos, sé que tú las tienes. Te queda prohibido acercarte a ellas desde ahora. —Jet extendió su mano hacia ella.
