Antes que nada, muchas gracias a todos por sus reviews. Sé que esta historia es de un estilo diferente a la anterior, pero creo que se corresponde más con esta etapa en la vida de los protagonistas. Si se preguntan por el narrador, otra vez voy a alternar a Arnold y a Helga, pero no haré un capítulo y un capítulo como antes, sino que será de acuerdo a los hechos que haya que narrar. También, en el fic anterior intenté centrarme más en Helga. Es posible que este sea más para Arnold. Estos primeros capítulos fueron solo la introducción, para aclarar lo que ha sido de ellos. Y sé que no son tan emocionantes, pero son necesarios para la historia.

De nuevo, gracias a todos por su apoyo y espero que este nuevo fic les guste también! Espero poder tomarme mi tiempo para contestar a algunos de sus reviews.


Incertidumbre

Arnold

El pequeño apartamento que Gerald renta desde que regresó de California, poco deseoso de continuar viviendo con su familia, tiene un viejo sofá que siempre me sirve de cama y que ya siento exclusivamente reservado para mí. Mi amigo insistió en que me mudara con él, pero yo me negué, ya que no puedo dejar solos a mis abuelos ahora. ¿Quién los ayudaría con la casa? ¿Quién los cuidaría? Es cierto que son las personas de tercera edad más independientes del mundo, pero aún así, a estas alturas dudo que puedan pasarse sin mí. ¿Y cómo abandonarlos ahora que me necesitan? ¿No me acogieron ellos cuando perdí a mis padres, no me criaron como a su hijo, haciendo todo lo que les fuera posible para que yo no notara el cambio? ¿No soy todo lo que les queda? No puedo marcharme ahora y dejarlos a su suerte con tantas responsabilidades. Alguien debe estar ahí para ellos, alguien joven y que pueda hacerse cargo de las cosas en las que ellos ya no pueden ocuparse. Al fin y al cabo, mi abuelo casi ha cumplido los noventa y un años...

Sacudo mi cabeza para alejar esas ideas, en tanto mi dedo índice recorre los orificios del rasgado tapizado verde del sofá de Gerald. Es de madrugada y no logro dormirme. Esta mañana ha caído la primera nevada y la calefacción en el edificio de departamentos de mi mejor amigo no es muy buena, por lo que estoy casi tiritando bajo mi manta de lana, sin siquiera haberme quitado la ropa que usé hoy. Gerald no parece tener ese problema, porque puedo verlo durmiendo profundamente a través de la puerta abierta de su habitación. El sitio es pequeño, pero es lo mejor que él puede pagar con su salario. Trabaja como secretario en el consultorio de un doctor. Por las tardes, claro, ya que por las mañanas ambos vamos a la universidad. Se aburre bastante, pero le gusta tener un trabajo y poder costearse su propio apartamento. Mi amigo siempre ha valorado mucho la independencia. No es el único: puede que Harold consiga un lugar para él y su novia Patty muy pronto. Está trabajando como carnicero con el señor Green y honestamente, creo que es el único que se encuentra totalmente satisfecho con su situación actual. Stinky aún cultiva verduras en su jardín, pero eso no le deja demasiado dinero, por lo que momentáneamente trabaja en un supermercado para tener otra fuente de ingresos, ya que está ahorrando para comprar su propia granja. Se supone que Sid va a la universidad también, pero se aburre mucho allí. Dice que busca algo más grande y está juntando dinero para hacer un viaje a algún sitio, aunque aún no sabe muy bien adónde, por lo que trabaja en una tienda de videos. Todos nos vemos con algo de frecuencia, pero, por supuesto, no tanta como antes.

Gerald y yo sí nos vemos bastantes veces por semana, especialmente desde que él y Phoebe terminaron. Ella se marchó a Oxford y les fue imposible mantener la relación a distancia. Estuvo muy deprimido por un tiempo y sospecho -sé- que aún lo está. Es por eso que paso varias noches de viernes aquí, para hacerle compañía y que no se sienta demasiado triste. Aunque no lo diga, sé que Helga teme que ocurra lo mismo con nosotros.

No he hablado con ella en un par de semanas, porque está muy ocupada estudiando para los exámenes del fin de semestre. Ni siquiera he podido preguntarle si vendrá para las vacaciones de navidad. Imagino que sí. Espero que así sea.

Nos acostamos tarde, de modo que debe estar por amanecer muy pronto. Normalmente no trabajo los sábados, pero por si acaso, después del desayuno regresaré a casa. Además, yo también tengo que estudiar para mis finales. Claro que no sé si lo lograré luego de no haber dormido. De verdad lo intenté, pero últimamente tengo muchas cosas en la cabeza y se me hace difícil.

Mi dedo índice sigue rasgando el ya de por sí gastado tapizado del sofá. Repaso mentalmente las cosas que tendré que estudiar hoy e intento organizar un pequeño cronograma para aprovechar el fin de semana. No es que recién comience a prepararme para los exámenes, pero hay mucho que hacer en la casa de huéspedes los días de semana. Mis abuelos intentan que esto no me distraiga, pero yo no quiero que hagan demasiados esfuerzos por mí. Al fin y al cabo, un poco de trabajo no ha matado a nadie.

Al girar levemente mis ojos hacia la ventana por milésima vez, finalmente distingo un leve resplandor violáceo que me indica que el amanecer se aproxima, de modo que me incorporo en el sofá, destapándome por completo. La manta se cae al suelo cuando me pongo de pie, pero me inclino para recogerla y dejarla doblada sobre el sofá. Gerald no es desordenado, pero dice que no es fácil mantener el orden cuando uno empieza a vivir solo, porque se está demasiado acostumbrado a que alguien limpiará el desastre que uno no limpie. Luego de guardar la manta y la almohada que he usado en el único armario de la casa, me dirijo a la diminuta cocina de Gerald, apenas separada de la sala del sofá por un biombo de madera, y pongo a funcionar la cafetera que sus padres le regalaron al mudarse. No hace tanto que comencé a tomar café: hasta hace poco lo consideraba repulsivo. En tanto agrego dos cucharadas de azúcar a la taza, oigo los torpes y adormilados pasos de mi amigo cruzar la sala para detenerse en el umbral. Volteo levemente y lo veo bostezando y rascándose el pecho.

-¿Adónde tienes que ir? -me pregunta, observándome con los ojos aún entrecerrados por el sueño.

-A casa. -contesto, revolviendo el café -Tengo varios exámenes esta semana y debo estudiar. ¿Tú no tienes que hacer lo mismo?

-No a las seis y media de la madrugada.

-Disculpa si te desperté.

Gerald se encoge de hombros, en tanto se dirige a servirse un poco del café que preparé.

-Nos juntaremos todos en Carmichael's esta noche. -me recuerda mientras lo hace -¿Vendrás? -Bebo un sorbo de café antes de responder que claro, que por qué no lo haría, a lo que mi amigo me mira extrañado -Imaginé que estarías ocupado hablando con tu novia.

Niego con la cabeza.

-Tiene mucho que estudiar. -la justifico -No vuelve a su habitación hasta tarde y cuando al fin lo hace, su compañera está ahí con sus amigos. Hacen mucho escándalo... y es imposible conversar así. -Gerald asiente con la cabeza en tanto endulza su café. No dice nada, pero sé bien lo que está pensando: así comenzó con Phoebe.


Pienso mucho en San Lorenzo. He estado releyendo una y otra vez el diario de mi padre y contemplando el mapa, buscando pistas que puedan ayudarme a encontrarlos una vez esté allí. ¿Por qué no he ido aún? La verdad es que no lo sé. Quizás luego de haberlo leído por primera vez, alguien me dijo que era demasiado joven y que la idea de enterrarme en una jungla sudamericana para buscar a mis padres desaparecidos desde hacía tantos años era una absurda fantasía. Yo jamás he pensado así. Siempre he creído firmemente en hacer lo que tu instinto te diga, en tener fe, en perseverar... Helga dice que tengo una asombrosa habilidad para hacer lo imposible posible. Lo cierto es que resulta increíble que ahora sus palabras consigan animarme tan rápido, cuando por tantos años no hizo más que insultarme. De verdad la echo de menos. Su actitud me hace mucha falta. De pronto me ha dado miedo que el tiempo pueda cambiarme. Ya Gerald dice que últimamente no he sido yo mismo. Yo también noto un cierto cambio en él, en realidad, pero supongo que es porque echa de menos a Phoebe o porque le molesta que, luego de tanto tiempo, no haya funcionado por algo tan tonto como la distancia...

Admito que han sido unos meses extraños.

Todas estas ideas han estado momentáneamente suspendidas en mi mente hasta el instante en el que entregué mi examen de Sociología 101, hace diez segundos. Ahora han vuelto, luego de la pequeña dosis de alivio que siempre trae el final definitivo de una clase semestral. Rápidamente recojo mis cosas y salgo del salón en silencio, para no perturbar a todos aquellos que aún siguen escribiendo. Los pasillos de la Universidad son bastante fríos, de modo que comienzo a abrigarme aún antes de haber llegado a la salida. No me he sentido muy bien esta semana: creo que he atrapado algo a consta de pasar una noche helándome en el apartamento de Gerald. Espero que no sea grave, porque no es un buen momento para enfermarme.

-¡Arnold! -me detengo al oír la voz de Lila diciendo mi nombre y volteo la cabeza para ver que se aproxima corriendo. Al parecer ha entregado su examen pocos segundos después que yo y se ha apresurado para alcanzarme. Normalmente no es algo que ella haría. Tal vez se sienta sola últimamente. Me sonríe con amabilidad al detenerse junto a mí, como siempre -¿Cómo crees que te fue?

-Creo que bien. Gracias, Lila. ¿Y a ti?

-Oh, también: no fue difícil. -comenzamos a caminar a la par, en tanto ella se pone su abrigo -Al parecer ya no seremos compañeros. -comenta, refiriéndose a que hemos terminado para siempre con Sociología 101.

-Supongo que no. -sonrío un poco: buenas noticias para alguien que conozco. -Pero aún podemos vernos en el pasillo.

-Eso espero. Es triste tener que separarse de los amigos. ¿Crees que haya nevado mucho?

No tengo tiempo de contestar, porque apenas cruzamos la puerta hacia la calle, lanzamos una exclamación al contemplar los estragos que ha hecho la nieve. Usualmente no cae tan temprano en Hillwood, pero este año el invierno parece haber llegado pronto. Lila dirige sus ojos preocupados hacia la parada de autobús, en donde una muchedumbre de gente ya se agolpa, posiblemente aguardando desde hace mucho tiempo. Comprendo su problema.

-¿Quieres que te lleve a casa? -pregunto, puesto que he venido en el auto de mi abuelo.

Ella niega suavemente con la cabeza.

-No quisiera ser una molestia, Arnold.

-No es nada: en serio. -insisto: mi conciencia no soportaría dejarla congelándose aquí, cuando es evidente que su autobús no va a llegar. -Tu casa no queda muy lejos de la mía.

-Sin duda el autobús no tardará mucho más...

-Lila, puedo llevarte perfectamente. Ven. -la tomo con cuidado del brazo para que se asome hacia la esquina, en donde el viejo packard verde de mi abuelo reposa cubierto de nieve -Mi auto está ahí, ¿lo ves?

La hago avanzar y ella comienza a caminar junto a mí.

-Es muy amable de tu parte, Arnold, -me agradece - ¿pero estás seguro de que no te molesta?

-Lo que me molestaría sería que no quisieras que te llevara.

Puede llegar a ser demasiado escrupulosa. Aunque siempre he admirado su personalidad, algunas veces esto ha llegado a serme un poco fastidioso.

Luego de esforzarme por quitar la nieve que cubrió el packard y de luchar un par de minutos con el motor, finalmente consigo hacerlo arrancar. Es una suerte, pues de lo contrario ambos nos habríamos quedado estancados aquí. También dentro del auto hace frío y el parabrisas se empaña constantemente, por lo que a cada rato debo pasar mi brazo para desempañarlo. Mientras me ocupo de esto, veo cómo Lila saca su celular de su mochila, posiblemente para enviarle un mensaje a su padre.

-Se preocupará al ver cómo ha nevado. -me explica -No sabrá cómo podré llegar a casa.

-No tardaremos mucho. -la consuelo.

-También yo debería aprender a conducir. -comenta, a lo que la miro asombrado.

-¿No sabes?

-No tuve oportunidad. -lo dice como si se disculpara -Y ya que ni siquiera necesito salir de la ciudad... Y tampoco voy a muchos sitios dentro de ella.

-Aún vives con tu padre. -deduzco.

-¡Oh, Arnold: no podría dejarlo solo! Soy todo lo que tiene y siempre hemos sido muy unidos... ¿Qué haría sin mí? Sé que suena algo dramático, pero...

-No, te entiendo. Me pasa lo mismo con mis abuelos. A su edad, sé que me necesitan en la casa, aunque no lo digan.

-Es difícil encontrar a alguien que lo entienda. -Lila sonríe y luego dirige sus ojos hacia la ventana por un momento -Un par de años más de secundaria no habrían venido mal, ¿no crees?

Titubeo, sorprendido por la pregunta.

Y por descubrir lo mucho que interiormente concuerdo con ella.