Advertencia: tanto los personajes como las situaciones son propiedad intelectual de Cassandra Clare.

El sueño del ángel caído

"Todo era dorado mientras caía

las brasas llameando, espadas encendidas.

Y todo era un sueño, un sueño

de oro y prisas

y el ángel cayó a sus besos

porque en el cielo no los recibía."

El sueño del ángel caído (Anónimo).


Todo estaba sumergido en un oscuro negro, impenetrable, doloroso, delirante. El mundo se había apagado, como una vela titilante y, de un soplo, todo se había impregnado de noche cerrada. Su cuerpo se sentía pesado, denso, extraño, y el frío le envolvía, tratando de congelar la sangre que aún corría por sus venas. Sentía miles de filos arañando su piel, desgarrando los huesos, arrancando su carne hasta dejarle expuesto, totalmente desnudo y vulnerable. Nunca había sentido algo así, tan intensamente cruel retorcerse sobre su cuerpo, una lenta letanía que sólo acabaría con la muerte. Las profundidades en las que estaba sumido, poco a poco, empezaron a clarearse, sentía chispas corriendo, resiguiendo su perfil, cálidas, reconfortantes y, poco a poco el dolor fue pasando, volviéndose más tolerable, más humano.

Abrió los ojos y, todo lo que pudo ver se redujo a dos esquirlas doradas brillando frente a él. Parpadeó, confuso. Trató de enfocar su mirada, pero sólo podía ver esos ojos rasgados, verdes, almidonados. Había esperado otro par de pupilas, las de su tutor, quien debería estar salvándole la vida, las de su hermana, preocupadas, pero llenas de fuerza y resolución, o las de oro de Jace, listas para reír al tenerle de regreso, pero no aquellos ojos de gato llenos de preocupación. La puerta estaba cerrada y, dispersos, revoloteando sobre su cuerpo herido todavía, entumecido, podían verse chisporroteando pequeños destellos de azul, eléctricas espirales de una energía sanadora que le estaban curando.

Magnus sonrió al encontrar sus ojos fijos en los suyos; era una sonrisa sincera, una que decía que se alegraba de verle vivo. Su cabello, usualmente lleno de purpurina y esculpido según la más rabiosa actualidad, lucía descuidado, cayendo sobre su frente, en mechones que ocultaban sus rasgos. Bajo los párpados podían verse pequeños surcos y púrpura tiñendo su piel bronceada. A su alrededor todo parecía sumido en un caos estudiado; las sábanas arrugadas, manchadas de sangre seca, almohadas tiradas, abandonadas en el suelo sin consideración; incluso las estrafalarias y estridentes ropas del mago se veían usadas, como si hubiera dormido con ellas de cualquier manera tirado a su lado, apoyando su cabeza en el espacio que quedaba. Las últimas luces brillantes se apagaro, como un susurro lastimero, atravesando su piel para fundirse con ella y, por unos segundos, todo él brilló, con toda esa magia vibrando en su interior.

Había estado contemplando el hermoso rostro de Alec al dormir, cómo su cuerpo se mecía, subiendo y bajando, al ritmo de su respiración, cómo el sol arrancaba destellos azulados de su cabello enmarañado y sucio y, de pronto, se había encontrado soñando con verse reflejado de nuevo en aquellos ojos claros y profundos. Eran de un azul plácido, que le recordaba al pasado. Había atrapado su mirada y había visto en ella algo que no esperaba hallar en uno de los hijos del ángel; simpatía, comprensión, admiración. Había sentido una corriente de empatía por aquel muchacho que parecía tan claramente perdido, oculto bajo la luz que irradiaban los demás a su alrededor. Parecía ser la clase de chicos que no se tienen en consideración, siempre pensando en los demás, anteponiendo la seguridad del resto a la suya propia. Pero para él, Alec brillaba mucho más que el resto, mucho más que ese chico de cabello dorado (cuyo nombre momentáneamente había olvidado); era serio, responsable, seguro, siempre preocupado, casi atormentado de una manera dulce, luchando por protegerles a todos, amando sin reservas a sus allegados, pero guardando en su alma el peso de un secreto que le hacía vulnerable, pero que sus ojos delataban. No era difícil leer su rostro, cómo se esforzaba por mantenerse impasible, pero traicionado por sus propias emociones que le llevaban a contemplar, embelesado, a James (estaba bastante seguro que así se llamaba). Sabía que no podía haber nada entre los dos, que aquella sonrisa casual, que había iluminado como mil soles su habitación, sólo era un encantamiento pasajero que terminaría por desvanecerse en su memoria, que olvidaría aquellos ojos en los que podía ahogarse, en los que bailaría por toda la eternidad si le brindaban la oportunidad, que la ansiedad que le había corroído al leer el mensaje, al saber que Alec había sido gravemente herido, pronto desaparecería, cuando el muchacho despertase y él tuviera que irse, siendo ya innecesario ahí.

Le había visto revolverse en callado sufrimiento, gotas perlando su frente, empapando su cabello y resbalando por su piel, impregnando la habitación con el aroma de la muerte contra la que tan desesperadamente luchaba por detener y cómo el hedor demoníaco trataba de consumir todo lo bueno que latía en Alec, para llevárselo, entregarlo al reino de la eterna oscuridad Pero había despertado, sus ojos abiertos al mundo de nuevo y el alivio relajó cada una de sus facciones. Sintió cómo oleadas de una extraña felicidad derribaban cualquier otro sentimiento que hubiera tenido. Y, entonces, se dejó caer, extenuado, estirándose a su lado, con los cabellos enredándose y confundiéndose sobre una almohada compartida en miradas silenciosas que se daban las gracias.

Su corazón parecía obstinadamente listo para estallar, latiendo tan rápido y fuerte que temió que algún mundano pudiera oírlo y asustarle. Por primera vez en mucho tiempo se sentía asustado; un miedo estúpido e irracional. Debería temer a los demonios a los que, frecuentemente, se enfrentaba, a aquello que le podía arrebatar a sus hermanos, su familia, incluso su propia vida, no una "cita". Ni tan siquiera podía llamarlo así, sólo sería una visita de agradecimiento. No parecía demasiado peligroso cuando lo planeó, al menos no en su mente, pero ahí estaba, a medio camino de la nada, con el corazón tan acelerado como para temer que huyese de su pecho y le dejase atrás, en un estado de alerta, vigilando que nadie le siguiera, que nadie descubriera ese secreto que ocultaba todo el peso de su alma.

Magnus Bane era deslumbrante de un modo que no terminaba de entender; tan brillante y glamouroso, mirándole. Se había interesado en él, no en Jace o Izzy. Siempre había sido una mancha borrosa en los límites de la visión, casi un decorado en un mundo en que sus hermanos relucían con una luz que opacaba todo lo demás. Nunca le había importado, pero cuando Magnus se fijó en él, sintió que tenía un lugar, que no era tan irrelevante como pensaba, que a alguien (que no fuera de su familia) le importaba. Y era una sensación extraña. No tenía muchas habilidades sociales, pero incluso él podía entender el significado de un guiño coqueto de ojos y una invitación para llamar. E iba a tomarlo, iba a hacer algo incómodo, algo a lo que no estaba acostumbrado, a salirse del recto camino que dibujaba su vida, a tomar el lado equivocado, experimentar.

Estaba demasiado sumido en el laberinto de sus pensamientos cuando recayó en donde estaba. La calle estaba en penumbra, oculta por los altos edificios industriales que se alzaban a sus lados, dejados, abandonados en un tiempo indefinido. Y ya no había marcha atrás. Reunió todo el valor y, antes de arrepentirse, tocó el timbre.

Sin duda Magnus Bane procuraba tener una vida repleta de extravagancia y sorpresas, pero cuatrocientos años de existencia no le habían preparado para afrontar la inesperada visión del joven Lightowood en el marco de su puerta. Las manos le temblaban ligeramente y las palabras parecían luchar entre ellas al ser dichas, apresuradamente, formando sinsentidos y haciendo que el pobre chico se sonrojase y pidiera perdón. Cinco intentos más tarde (y tras escuchar al menos diez veces "lo siento"), Alec finalmente encontró los términos adecuados para agradecerle. Aquello fue realmente inesperado. Nunca, jamás, ningún hijo del ángel le había agradecido nada, y había tratado con más de los que podía recordar. Conocía a muchos (había considerado ciertos nefilims como "amigos"), pero ninguno se había presentado a su puerta para hacer algo tan simple como dar las gracias. Era algo realmente encantador, se dijo; Alec, el hijo mayor del Instituto de Nueva York, inseguro y tímido, irresistiblemente sorprendente. Sus ojos azules resplandecían, cargados de una pureza devastadora, viendo el mundo a través de su inocencia, de aquella intensa sinceridad de color azul. Y era hermoso, aún cuando se sonrojaba (y podía describir cada tono que adquirían sus mejillas, desde rojo intenso, hasta malva) al pedirle una cita. Simple y demoledor. Se encontró encontrando sus labios y acabó aprisionándole contra la pared.

Su primer beso fue súbito e intenso, cargado de promesas y esperanzas, con un sabor a sándalo, a especies, a magia. Sus manos recorrían su espalda, describiendo curvas, acariciando su columna, dibujando sobre sus runas ocultas bajo la camiseta. Se sentía totalmente alienado, como si su pecho hubiera sido sustituido por un montón de fuegos artificiales estallando en su cabeza, llenando la oscuridad con miles de colores, acallando los latidos de su corazón y la voz que le decía que todo aquello era un error. Magnus había aceptado salir con él sin siquiera pensarlo. No sabía cómo reaccionar ante aquello, porque todo era nuevo, todo era diferente y brillante, del mismo modo en que la mirada gatuna del mago, perfilada de negro y purpurina dorada.

Podía asegurar que había perdido la cabeza. Solía actuar impulsivamente (y arrepentirse luego), pero aquello superaba con creces sus propias experiencias pasadas. ¡Y por supuesto que había aceptado! Una cita a solas con Alexander Lightwood, una noche de diversión y, tal vez, podría hasta cambiar su prespectiva sobre el amor, aunque sabía que sólo era una cita y que ni siquiera estaba realmente muy interesado en salir con él, que su amor pertenecía a su mejor amigo Jules (su nombre seguía bailando en el limbo de su memoria, pero era algo así, estaba seguro) y que, si estaba ahí era porque Magnus le había alentado, siendo muy probablemente la única atención masculina que había recibido. Pero estaba contento, porque el mundo se veía diferente reflejado en el azul de los ojos de Alec, porque realmente ese chico era un encanto y por la sencillez con la que había pronunciado "me gustas" antes de marcharse.